QUIERES CASARTE CONMIGO
fictograma [Unofficial]
June 25, 2026
Una pareja sentados juntos, enfrente a un lago, en el atardecer del día.
La conozco desde hace tres años. Llevamos uno viviendo prácticamente como novios, aunque nunca lo hemos sido oficialmente.
Entramos en una especie de duelo silencioso: ella esperaba que yo me declarara y yo nunca lo hacía. Con cada mes que pasaba, su ilusión crecía más.
A este paso, ya no esperaba una declaración de noviazgo, sino una propuesta de matrimonio.
Una tarde, finalmente me lo reclamó.
Me dijo que si vivíamos juntos, comíamos juntos y hacíamos prácticamente todo juntos, ¿por qué nunca le había pedido que fuera mi novia?
Entre lágrimas, me confesó que soñaba con una boda, un vestido blanco, una iglesia, nuestras familias reunidas y felicidad por todos lados. Me dijo que desde niña había imaginado ese momento, que esperaba que algún día llegara su príncipe azul.
También me dijo que estaba cansada.
Que quizás yo era egoísta.
Que tal vez la había utilizado para cumplir mis propios caprichos.
Que probablemente no quería nada serio.
Que quizás ni siquiera era la única mujer en mi vida.
Que había sido muy fácil estar juntos por comodidad y por los gastos compartidos, pero que nunca la había visto realmente como mi mujer.
La observé llorar.
Cada segundo que pasaba comprendía más cuánto tiempo había guardado todo aquello en silencio.
Estaba cansada de la farsa.
De la apariencia.
De una mentira disfrazada de felicidad.
Para mí, aquello parecía el final.
Ella había iniciado y concluido toda nuestra historia mientras yo permanecía callado.
Y entendí algo: no decir nada también dice mucho.
Con un nudo en la garganta comencé a hablar.
Le conté cómo nos conocimos.
Iba rumbo al trabajo cuando choqué accidentalmente con ella.
¿Fue amor a primera vista?
Quizás.
Recuerdo que el tiempo pareció detenerse.
La ayudé, ella siguió su camino y desapareció entre la multitud.
Pensé que aquel encuentro no había significado nada. Continué con mi vida.
Una vida solitaria, repetitiva y vacía.
Hasta que un día volvió a aparecer.
La vi nuevamente y, por segunda vez, mi mundo se detuvo.
Reconocí en sus ojos la misma soledad que existía en los míos.
La vi alejarse otra vez entre la gente.
Pero entonces ocurrió algo diferente.
Ella se detuvo.
Volteó hacia atrás.
Me miró.
Y yo la miré.
Me hizo una señal.
Sin pensarlo corrí hacia ella.
Cuando alcancé su mano, nuestros mundos volvieron a encontrarse.
Tal vez no sucedió exactamente así.
Pero para mí ella fue un faro en una noche llena de niebla.
Fue el ruido que rompía mis noches silenciosas.
Fue mi sol cuando todo parecía oscuro.
De ella aprendí a amar.
Aprendí a querer.
Aprendí todo lo que sé.
Ella fue mi todo cuando yo sentía que no tenía nada.
Desde que la conocí jamás entendí por qué la amaba tanto.
Nunca pude decidir si me gustaban más sus ojos o su sonrisa.
Y ojalá nunca descubra la respuesta.
Porque mientras no la encuentre, seguiré enamorándome de ella cada día.
Amaba despertar a su lado.
Comer con ella.
Dormir junto a ella.
Simplemente estar con ella.
Por eso creí que era evidente cuánto la amaba.
Pero desperté de mis pensamientos y la vi frente a mí, llorando, preguntándome algo muy simple:
—¿Me amas? Y claro que la amaba.
Claro que quería casarme con ella.
Claro que quería pasar toda mi vida a su lado.
Entonces, ¿por qué nunca lo había dicho?
Porque tenía miedo.
Miedo a que todo terminara.
Miedo a amar tanto y descubrir que el para siempre no existe.
Miedo a despertar un día y no verla junto a mí.
Miedo a comer sin ella.
A vivir sin ella.
A existir sin ella.
Yo solo ya no sabía quién era.
Ella se había convertido en una parte tan importante de mí que imaginar una vida sin ella me destruía.
Construí un escudo hecho de miedo.
Y me convencí de algo absurdo.
Pensé que si nunca hacía una promesa, nuestra historia jamás tendría un final.
Pensé que mientras no hubiera una fecha, una boda o un compromiso, podríamos permanecer juntos para siempre.
No era que no quisiera casarme.
No era que no la amara.
Simplemente veía las promesas como fechas de caducidad.
Creía que el “felices para siempre” solo era posible mientras no dijéramos nada.
Pero ella estaba frente a mí.
Y comprendí que tal vez el error era mío.
Quizás para ella una promesa no significaba el final de algo.
Quizás era el comienzo.
Aun con miedo, pensar en verla todos los días de mi vida hacía que ese miedo desapareciera.
Después de decir todo aquello, me puse a llorar.
Pensé que cualquiera se alejaría después de escucharme.
Pensé que merecía alguien mejor.
Ella era hermosa.
Perfecta.
Mi mundo.
Y yo solo era un hombre lleno de dudas. Pasaron unos segundos.
Entonces apoyó su cabeza sobre mi hombro.
Sentí su calor.
Sentí su presencia.
Y dijo:
—Solo necesito que lo digas, y estaré contigo toda la eternidad.
En ese momento toda nuestra vida juntos pasó por mi mente.
Las risas.
Los abrazos.
Los momentos simples.
Todo.
Y comprendí algo.
Había pasado tanto tiempo preocupado por el futuro que olvidé vivir el presente.
Quería estar con ella mañana.
En diez años.
En veinte años.
Pero había olvidado estar con ella hoy.
Había olvidado abrazarla hoy.
Había olvidado decirle “te amo” hoy.
Pensé tanto en el mañana que dejé escapar el ahora.
Y entendí que mi verdadera eternidad no estaba en el futuro.
Estaba en cada instante que compartíamos juntos.
Quizás el error fue mío por tener miedo.
Quizás el suyo por esperar tanto tiempo.
Pero por poco, ese miedo nos separa para siempre.
Entonces la abracé.
Y le dije:
—Te amo tanto que jamás te lo dije.
—Te amo tanto que sin ti no soy nadie.
—Te amo.
—Te amo.
—Te amo.
No sé por qué tardé tanto. Pero…
—¿Quieres casarte conmigo?
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