QUIERES CASARTE CONMIGO
LicAntonini21 Es una historia romántica muy tierna.
Pienso que, si esta historia se hubiese canalizado por medio de una analogía o metáfora de fondo (por ejemplo, ya que se está frente al lago, comparar cada uno de los sentimientos y acciones, con los procesos vitales del lago -las olas, el viento suave que lo arrulla, la vida que corre en su profundidad-), hubiese tenido peso literario. El material es bueno, pero necesita escenas, giros y ritmo. También hay que recortar frases repetitivas para no empalagar el paladar del lector.
En cuanto a la prosa, creo que ese estilo “staccato” (de frases sueltas o párrafos de una sola línea) no favorece al ritmo de la narración y no genera la suficiente musicalidad; además, al escribir de esa forma, con párrafos de una sola oración, no se es capaz de desarrollar una idea como se hace en párrafo tradicional; por tanto, sugiero evitarlo. Por ejemplo:
Recuerdo que el tiempo pareció detenerse.
La ayudé, ella siguió su camino y desapareció entre la multitud.
Pensé que aquel encuentro no había significado nada. Continué con mi vida.
Una vida solitaria, repetitiva y vacía.
Hasta que un día volvió a aparecer.
La vi nuevamente y, por segunda vez, mi mundo se detuvo.
Reconocí en sus ojos la misma soledad que existía en los míos.
La vi alejarse otra vez entre la gente.
Pero entonces ocurrió algo diferente.
Ella se detuvo.
Volteó hacia atrás.
Me miró.
Y yo la miré.
Me hizo una señal.
Sin pensarlo corrí hacia ella.
Cuando alcancé su mano, nuestros mundos volvieron a encontrarse.
Tal vez no sucedió exactamente así.
Pero para mí ella fue un faro en una noche llena de niebla.
Fue el ruido que rompía mis noches silenciosas.
Fue mi sol cuando todo parecía oscuro.
De ella aprendí a amar.
Aprendí a querer.
Aprendí todo lo que sé.
Ella fue mi todo cuando yo sentía que no tenía nada.
Desde que la conocí jamás entendí por qué la amaba tanto.
Nunca pude decidir si me gustaban más sus ojos o su sonrisa.
Y ojalá nunca descubra la respuesta.
Porque mientras no la encuentre, seguiré enamorándome de ella cada día.
Amaba despertar a su lado.
Comer con ella.
Dormir junto a ella.
Simplemente estar con ella.
Por eso creí que era evidente cuánto la amaba.
Pero desperté de mis pensamientos y la vi frente a mí, llorando, preguntándome algo muy simple:
—¿Me amas? Y claro que la amaba.
Claro que quería casarme con ella.
Claro que quería pasar toda mi vida a su lado.
Entonces, ¿por qué nunca lo había dicho?
Porque tenía miedo.
Miedo a que todo terminara.
Miedo a amar tanto y descubrir que el para siempre no existe.
Miedo a despertar un día y no verla junto a mí.
Miedo a comer sin ella.
A vivir sin ella.
A existir sin ella.
Yo solo ya no sabía quién era.
Ella se había convertido en una parte tan importante de mí que imaginar una vida sin ella me destruía.
Construí un escudo hecho de miedo.
Y me convencí de algo absurdo.
Pensé que si nunca hacía una promesa, nuestra historia jamás tendría un final.
Pensé que mientras no hubiera una fecha, una boda o un compromiso, podríamos permanecer juntos para siempre.
No era que no quisiera casarme.
No era que no la amara.
Simplemente veía las promesas como fechas de caducidad.
Creía que el “felices para siempre” solo era posible mientras no dijéramos nada.
Pero ella estaba frente a mí.
Y comprendí que tal vez el error era mío.
Quizás para ella una promesa no significaba el final de algo.
Quizás era el comienzo.
Se pueden agrupar las oraciones que desarrollan la idea inicial, convirtiéndose en párrafos legibles, como estos:
Recuerdo que el tiempo pareció detenerse.
La ayudé; ella siguió su camino y desapareció entre la multitud. Pensé que aquel encuentro no había significado nada. Continué con mi vida. Una vida solitaria, repetitiva y vacía.
Hasta que un día volvió a aparecer.
La vi nuevamente y, por segunda vez, mi mundo se detuvo. Reconocí en sus ojos la misma soledad que existía en los míos. La vi alejarse otra vez entre la gente. Pero entonces ocurrió algo diferente.
Ella se detuvo. Volteó hacia atrás. Me miró. Y yo la miré. Me hizo una señal.
Sin pensarlo corrí hacia ella. Cuando alcancé su mano, nuestros mundos volvieron a encontrarse. Tal vez no sucedió exactamente así. Pero para mí ella fue un faro en una noche llena de niebla. Fue el ruido que rompía mis noches silenciosas. Fue mi sol cuando todo parecía oscuro.
De ella aprendí a amar. Aprendí a querer. Aprendí todo lo que sé. Ella fue mi todo cuando yo sentía que no tenía nada. Desde que la conocí jamás entendí por qué la amaba tanto. Nunca pude decidir si me gustaban más sus ojos o su sonrisa.
Y ojalá nunca descubra la respuesta. Porque mientras no la encuentre, seguiré enamorándome de ella cada día.
Amaba despertar a su lado. Comer con ella. Dormir junto a ella. Simplemente estar con ella.
Por eso creí que era evidente cuánto la amaba. Pero desperté de mis pensamientos y la vi frente a mí, llorando, preguntándome algo muy simple:
—¿Me amas?
Y claro que la amaba. Claro que quería casarme con ella. Claro que quería pasar toda mi vida a su lado. Entonces, ¿por qué nunca lo había dicho?
Porque tenía miedo. Miedo a que todo terminara. Miedo a amar tanto y descubrir que el para siempre no existe. Miedo a despertar un día y no verla junto a mí. Miedo a comer sin ella. A vivir sin ella. A existir sin ella.
Yo solo ya no sabía quién era.
Ella se había convertido en una parte tan importante de mí que imaginar una vida sin ella me destruía. Construí un escudo hecho de miedo. Y me convencí de algo absurdo. Pensé que si nunca hacía una promesa, nuestra historia jamás tendría un final. Pensé que mientras no hubiera una fecha, una boda o un compromiso, podríamos permanecer juntos para siempre.
No era que no quisiera casarme. No era que no la amara. Simplemente veía las promesas como fechas de caducidad.
Creía que el “felices para siempre” solo era posible mientras no dijéramos nada.
Pero ella estaba frente a mí. Y comprendí que tal vez el error era mío. Quizás para ella una promesa no significaba el final de algo. Quizás era el comienzo.
Esto lo digo desde un punto de vista de un lector común.
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