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Lo que el tiempo no se llevo

fictograma [Unofficial] June 4, 2026
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Era una de esas madrugadas en las que el tiempo parece perder significado. Llevaba horas frente a la pantalla, programando. Las líneas de código se mezclaban unas con otras mientras intentaba terminar un proyecto que, unas horas antes, parecía sencillo. La habitación estaba en silencio. Solo se escuchaba el sonido ocasional del teclado y el zumbido constante de la computadora. Afuera, la ciudad dormía. No recuerdo en qué momento exacto el cansancio me venció. Solo recuerdo el sueño. Me encontraba en Guadalajara. No sé por qué era Guadalajara; en los sueños rara vez existen explicaciones. Simplemente lo sabía. Caminaba por calles iluminadas por luces cálidas, rodeado de desconocidos que parecían tener un destino claro mientras yo avanzaba sin prisa, como si hubiera olvidado a dónde iba. Me detuve en un puesto de tacos. El olor de la carne asada se mezclaba con el humo que subía lentamente hacia la noche. Las conversaciones de otras personas formaban un murmullo constante y lejano. Todo parecía extrañamente real. Entonces vi a alguien conocido. Al principio pensé que era una confusión. Después de tantos años, la memoria suele jugar trucos. Sin embargo, algo me obligó a mirar de nuevo. Era el hermano de Sara. Y fue curioso. Porque en el instante en que lo reconocí no pensé en él. Pensé en el tiempo. Pensé en cuántos años habían pasado desde la última vez que escuché ese nombre pronunciarse con naturalidad. Más de una década. Tal vez doce años. Tal vez trece. Los suficientes para que una vida completa pudiera ocurrir entre dos recuerdos. Me quedé observándolo durante unos segundos antes de acercarme. Nos saludamos. Conversamos. Y finalmente pregunté por ella. Al escuchar su nombre sentí algo que no esperaba. No fue tristeza. No fue felicidad. Fue el despertar de una emoción antigua que había permanecido enterrada durante años. De pronto recordé quién era yo cuando la conocí. Era un estudiante de ingeniería en tercer semestre. Tenía más preguntas que respuestas. Creía que el futuro era un territorio inmenso y que el tiempo avanzaba tan despacio que nada importante podía perderse para siempre. Qué poco entendía entonces sobre las despedidas. Sara llegó a mi vida durante aquella época. Y un día simplemente se fue. No hubo una discusión. No hubo una traición. No hubo explicaciones. Solo un adiós. Con los años aprendí que existen despedidas que terminan una historia y otras que la dejan suspendida en algún lugar de la memoria. Las segundas suelen durar más. Le pedí a su hermano que la llamara. No respondió. Lo intentó otra vez. Nada. Por alguna razón, aquello no me desesperaba. Mientras esperaba, sentía que algo más importante estaba ocurriendo. Era como si el sueño no estuviera intentando llevarme hacia Sara. Era como si estuviera llevándome hacia alguien más. Hacia mí mismo. Recordé la manera en que veía el mundo a los veinte años. Recordé la facilidad con la que podía ilusionarme. Recordé aquella versión de mí que todavía no conocía muchas de las renuncias que trae la vida. El hombre que observaba la pantalla hasta la madrugada y el joven que soñaba con el futuro parecían personas distintas. Sin embargo, allí estaban ambos. Encontrándose en medio de un sueño. Después de un largo rato, su hermano hizo un último intento. Esta vez ella respondió. Aceptó verme. Y entonces ocurrió algo inesperado. Sentí una felicidad inmensa. No porque creyera que realmente iba a reencontrarme con ella. Sino porque, por primera vez en muchos años, sentí la misma emoción que había sentido cuando era joven. La ilusión. Esa palabra tan simple y tan rara en la vida adulta. Mientras caminábamos para encontrarnos con ella, imaginé comprarle flores. Pensé en lo que podría decirle. Pensé en cómo sería verla después de tantos años. Pero en el fondo comprendía que ninguna de esas cosas era realmente importante. Lo importante era aquella sensación. Porque durante unos minutos dejé de sentirme como alguien de treinta y dos años. Volví a sentirme como aquel muchacho que apenas comenzaba a descubrir quién era. Y entonces desperté. Abrí los ojos. La habitación seguía allí. La computadora seguía encendida. La madrugada seguía avanzando. Durante unos instantes permanecí inmóvil, observando la oscuridad. Sentía felicidad. Una felicidad tranquila, difícil de explicar. Pero junto a ella apareció también la melancolía. No porque el sueño hubiera terminado. Ni siquiera porque supiera que probablemente nunca volvería a verla. La melancolía provenía de otro lugar. Provenía de comprender que el tiempo nunca devuelve lo que se lleva. Podemos conservar los recuerdos. Podemos visitar el pasado en fotografías, canciones o sueños. Pero no podemos regresar. Aquella versión de mí que la conoció ya no existe. Aquel joven que creía que algunas personas permanecerían para siempre quedó atrás hace mucho tiempo. Y quizás eso fue lo que realmente encontré aquella noche. No a Sara. Sino el recuerdo de quien fui cuando ella formaba parte de mi vida. Cuando finalmente me levanté de la cama, comprendí que el sueño nunca había tratado sobre un reencuentro. Había tratado sobre la memoria. Sobre el paso del tiempo. Sobre las personas que se marchan sin explicaciones. Y sobre la extraña manera en que, incluso después de tantos años, una parte de nosotros sigue habitando los lugares donde alguna vez fue feliz.

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