Desde la otra vereda
fictograma [Unofficial]
May 19, 2026
Hay recuerdos que vuelven sin pedir permiso. No hacen ruido.
Se apoyan en cualquier detalle mínimo y se quedan un rato, tranquilos, como si nunca se hubieran ido del todo.
En Curuzú, en los 80, yo iba a la secundaria a la tarde. El calor se pegaba a la ropa. La calle de tierra levantaba polvillo. La salida era siempre ese desorden hermoso de mochilas, carpetas dobladas bajo el brazo, chicos hablando todos al mismo tiempo y nadie queriendo ser el último en arrancar para su casa.
Y ahí, en algún punto del camino, empezaba.
—¡Raúúúll!
La primera vez me di vuelta como se da vuelta cualquiera cuando escucha su nombre. No vi a nadie. O sí. Pero lejos. Muy lejos.
Una figura flaca, parada en la vereda de enfrente.
—¡Te amo, Raúl!
Las risas aparecieron enseguida. Siempre aparecen. Sobre todo cuando algo se sale apenas del molde y nadie entiende bien qué hacer con eso.
Yo tampoco entendía qué estaba pasando, pero sí entendía algo mucho más simple: me estaba pasando a mí. Y a esa edad, con eso alcanza para sentir incomodidad.
El tipo era rápido. Pero rápido de verdad.
Cuando intentaba acercarme, ya no estaba. Cruzaba. Doblaba en una esquina. Desaparecía. Una sombra con zapatillas livianas.
Y no fue cosa de una tarde.
Se repitió. Días distintos. Horarios parecidos.
Yo salía de la escuela, caminaba unas cuadras, y en algún momento, desde lejos, otra vez la voz.
—¡Qué lindo que sos!
Nunca lo tuve cerca. Nunca a menos de cien metros. Lo suficiente para saber que era él. No lo suficiente para verle bien la cara.
Me quedó el cuerpo nomás. Flaco. Pelo claro, corto. Y esa manera de quedarse quieto antes de gritar, como esperando el instante exacto para aparecer y decir lo suyo.
Con el tiempo me empezó a cansar. A incomodar de verdad. A condicionarme.
Hubo semanas en las que no quería salir.
No era miedo, exactamente. Era bronca. Esa sensación fea de no poder hacer nada. Ni frenarlo, ni hablarle, ni entender qué quería realmente.
Porque no había diálogo. Había gritos. Distancia. Apariciones rápidas y desapariciones más rápidas todavía.
En esa época nadie te explicaba demasiado. Y uno tampoco preguntaba mucho. Las cosas eran así. Medio brutas. Medio silenciosas. Si algo te descolocaba, te lo guardabas o aprendías a convivir con eso como podías.
Hasta que un día dejó de pasar.
Así nomás.
Salí de la escuela, caminé las mismas cuadras de siempre y no hubo voz. Ni esa tarde ni las siguientes. Se fue de mi rutina igual que había entrado, sin cerrar nada, sin explicación, sin escena final.
Pasaron los años. Muchos.
Y cada tanto vuelve.
No vuelve como un gran recuerdo. Ni siquiera como una historia importante. Vuelve apenas como una imagen suelta: una calle de tierra, el sol bajando despacio sobre Curuzú y una voz cruzando desde la otra vereda.
Ahora lo pienso distinto.
Ya no tanto en lo que me generaba a mí, sino en lo que le debía estar pasando a él. Porque para hacer eso, para plantarse a cien metros y gritarle a otro lo que sentía en un pueblo así, en esos años, algo tenía que empujar muy fuerte desde adentro.
Algo que no encontraba salida por ningún lado.
Y nunca se acercaba. Eso también dice bastante.
No era avance. Era límite. Una manera rara de estar cerca sin terminar de exponerse. De decir algo enorme desde una distancia que lo protegiera de lo que podía venir después.
Yo lo corría. Él se iba.
Y ahí terminaba todo.
No sé qué fue de su vida. No sé si encontró un lugar donde no hiciera falta gritar desde lejos. Tampoco sé si alguna vez dejó de correr.
A mí me quedó eso.
Una voz cruzando la calle. Un chico que no sabía qué hacer con eso. Y el tiempo, que a veces no explica nada, pero acomoda las cosas de una manera más amable.
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