Los Viajes de Shin
Capitulo Dieciocho: Espacio perdido
Cuando se levantó se puso la ropa con pereza y lentitud, la boca medio abierta y los ojos aún entrecerrados por el sueño que le pesaba.
La ropa interior primero. Luego un pantalón negro con varios bolsillos a los lados y unas botas altas que abrochó apenas. Estiró los brazos por encima de la cabeza haciendo crujir varios huesos mientras caminaba hacia el baño dando pequeños giros de cadera.
Se lavó la cara varias veces, tallando con más fuerza cada vez hasta quedar satisfecha, y alzó la mirada hacia el pequeño espejo.
Ojeras leves. Ojos dorados apagados. Cabello rojizo casi brillante. Lo único que brillaba de verdad era el piercing en la ceja.
Dejó salir un largo suspiro que fue interrumpido por una sacudida fuerte que la lanzó hacia adelante, golpeándose la frente contra el espejo.
Un golpe leve. El espejo no se rompió ni se agrietó.
Sacudió la cabeza frunciendo el ceño con irritación, salió del baño y se puso encima una camisa blanca de cuello abierto sin abrochar.
Otra sacudida la hizo tambalearse mientras subía la escalera que estaba al salir por la puerta. Al frente, otra habitación igual a la suya, separadas por aquella escalera central que comenzó a subir rascándose la cabeza mientras las sacudidas la movían de un lado a otro.
Una vez arriba llegó a la cabina de lo que parecía ser una nave.
—Qué parte de ir despacio se te olvidó, imbe…
No terminó la frase.
Por el gran vidrio de la cabina, el espacio exterior estaba repleto de escombros y trozos de naves destrozadas que flotaban a la deriva. En el asiento derecho había alguien cuya cabeza se movía a la par que la nave esquivaba los fragmentos flotantes de un lado a otro.
—Olvídalo…
Dijo lento mientras se sentaba en el asiento izquierdo y miraba hacia afuera.
El que pilotaba era un chico de cabello negro recortado con el rostro colorado por el esfuerzo y la concentración, dando tirones en los mandos de un lado a otro.
—¿Por qué estamos aquí?
Preguntó ella ajustándose en el asiento.
—Salieron de la nada. Se supone que aquí no había nada según el mapa.
Ella mantuvo la vista sobre los escombros. Pedazos que llevaban bastante tiempo a la deriva. Algunos reconocibles por estar más enteros. Otros completamente irreconocibles, imposible saber qué clase de nave fueron alguna vez.
—¿Un cementerio quizás?
—No explica de dónde salieron. Es como si las hubieran escupido aquí.
Ella dio un leve escalofrío antes de encender una de las pantallas frente a ella.
—¿No había otra ruta en el mapa?
—Todas las demás están controladas por la federación. Esta que pasa por Elisium es la única que todavía no tiene drones.
—Hubiera preferido los drones…
Se recostó en el asiento dejando la pantalla a un lado, reclinándose hacia atrás y apoyando las botas sobre la consola.
—Yo hubiera preferido no tener que venir contigo, pero aquí estoy…
—Porque eres un buen amigo, ¿no? —Sonrió mostrando los dientes.
El chico solo suspiró dando otro jalón a los controles para esquivar otro pedazo flotante. Poco a poco salieron de aquel lugar dejando ver a la lejanía un gran planeta partido en dos, con un enorme agujero en el centro.
—¿Y qué haremos cuando lleguemos? Es más, ¿para qué quieres ir a ese lugar?
Preguntó con un tono de duda y molestia mientras giraba la vista hacia ella, tan relajada con las manos detrás de la nuca y las botas apoyadas.
—Es una fecha importante. —Bostezó— Pudiste negarte pero no lo hiciste.
—Sí lo hice. Mil veces. Y me arrastraste igual.
—Porque eres un buen amigo, ya te lo dije.
El chico suspiró y soltó los controles, apretando botones en la consola para dejar la nave en curso automático. Ajustó el asiento hacia atrás mientras el planeta se acercaba y lo pasaban por el lado.
Ambos lo siguieron con la mirada en silencio hasta que una alarma de la nave dejó salir un holograma rojo con la voz de un sistema automático.
—Advertencia. Está entrando al sistema del viejo Imperio. Cualquier nave y tripulación será considerada amenaza para la federación y clasificada como terro…
El holograma no terminó. Una patada de la bota de la chica lo apagó al instante. Volvió a su cómoda postura.
El chico ni siquiera reaccionó. Rostro sereno y aburrido hacia el espacio vacío. Acostumbrado.
—¿Cómo se dice “eres una imbécil” en exquemano?
Preguntó mirándola de reojo.
—Fácil. Se dice “Dag Irkis Bozna”. O sea… “eres un imbécil”.
—Shin… Dag Irkis Bozna…
Replicó él sonriendo con el borde de la boca.
—Garken, Ghash nila…
Replicó ella sonriendo también antes de que ambos se rieran brevemente y volvieran la vista al frente.
—Por más que vuelvas ahí jamás va a cambiar algo, Shin. Lo sabes.
—No voy para que cambie algo. Eso no me importa.
Ella bajó las piernas y se levantó del asiento, pasando a su lado y quedando de pie un segundo.
—Es una fecha importante, ya te lo dije.
Le dio una palmada en la cabeza antes de volver a caminar.
—Voy a cocinar algo. Avísame cuando estemos por llegar.
Fue lo último que dijo antes de bajar por la escalera, dejando solo al chico que se sobó la cabeza donde recibió la palmada y quedó recostado mirando hacia el vacío del espacio.
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