La presión espacial. Capítulo 13: Convencidos
Cap. XIII: Convencidos
Chase acariciaba su barba de forma pensativa mientras, con la otra mano, mecía un yoyó de antigravedad con aburrimiento, cuando Massiev entró como una exhalación en su despacho de la nave.
Chase se sobresaltó y casi le lanza el yoyó a la cabeza, pero lo perdonó en seguida. Sabía el tipo de noticias que le traía y no podía hacer otra cosa que alegrarse por ello.
—Toma. Siete más.
Massiev le estampó un matojo de papeles agarrados con un clip encima de la mesa.
—¿Siete? Vaya. La verdad es que no esperaba esto —reconoció Chase.
—Ni yo, ya lo sabes. Pero he de admitir que tenías razón. Al César lo que es del César.
Chase asintió con la cabeza. No le gustaba que le hicieran la pelota, pero esta vez se lo había ganado, qué narices.
Había pasado unos días muy malos después de grabar aquel discurso. Los días pasaban y nada ocurría. Pero claro, era normal que nada ocurriera. Aquella enorme tormenta estaba descargando lluvia torrencial y electricidad sin descanso en casi todos los núcleos habitados de aquel planeta. La gente tenía cosas más importantes de las que preocuparse.
El momento que había elegido para emitir aquello había sido pésimo, pero había hecho algo muy bien: enviar sus naves al planeta. No sólo habían sido de gran ayuda para la población, tanto las propias naves como el personal que iba en ellas, sino que su entrada de forma ilegal había hecho actuar a Maxime, el dueño.
Aquel hombre se mostró más preocupado de impedir, sin éxito, que las naves de Chase actuaran, que de ayudar a su propia gente. Esto provocó que cuando por fin el cielo se abrió y dejó de maltratar la superficie, ésta se llenó de gente cabreada con su gobernador.
Muchas de las personas que salieron a la calle habían visto cómo personal de seguridad del planeta enviado por Maxime, trataba de impedir el buen trabajo que hacían las naves y los chicos de Leao. En lugar de utilizar toda su fuerza para ayudar, Maxime había priorizado la “seguridad del espacio aéreo”. La consecuencia es que la percepción de la gente sobre Chase cambió. Él había hecho exactamente lo que había dicho que haría.
Maxime, viéndose acorralado tras todo esto, había tardado bien poco en firmar el acuerdo y en ceder la propiedad de su planeta a Chase, junto a su potencia de voto.
Pero después de aquello se había producido algo inesperado. Un par de días más tarde, mientras se encaminaban hacia su próximo destino, había llegado la declaración firmada del siguiente planeta al que habían puesto rumbo. Junto a ella, y esto era lo más sorprendente, venía la firma del que venía después en la lista. Sólo un día más tarde habían llegado las firmas de otros cuatro planetas. Después, habían seguido llegando en cascada.
—También he recibido noticias de la Tierra. Están construyendo, ahora, naves de guerra para combatirnos. Ahora, Chase —dijo Massiev con una gran sonrisa en la cara, casi aguantándose la risa—. A nosotros nos costó más de cinco años armar esta flota. Para cuando lleguemos allí, con suerte habrán construido el tren de aterrizaje de la primera nave. Nos los vamos a comer.
—Tranquilo, Massiev. Baja de la nube. No caigamos ahora en la euforia. ¿Cuántos planetas, además de estos últimos siete, han enviado su firma voluntariamente?
—Dieciséis. Más estos siete hacen veintitrés y ya teníamos veinte más. Ahora mismo están con nosotros cuarenta y tres sistemas.
—Nos faltan aún veinte más, amigo. Hay trabajo. No lancemos las campanas al vuelo… todavía.
—Chase, estas siete han entrado en las últimas cuatro horas. Nadie dice que no puedan seguir entrando más. Faltan los que están más lejos. Seguramente estén en camino.
Al de Leao aquello le olía a chamusquina. Los ejemplos de Lenn y Obbam podían haber calado en los dueños del resto de planetas pero, ¿de esa forma tan repentina?
Había visto algunas de las hojas con las firmas. No se limitaban a hacer la cesión, que era la parte legal que en realidad le servía, en algunas habían escrito textos. La mayoría, palabras de ánimo. Alguno hasta se había permitido el lujo de decirle que, si hubiera sabido antes sus objetivos, antes le habría cedido sus votos.
Estos le hacían una gracia especial: sus objetivos los había expuesto mil veces y nunca nadie le había hecho caso. Seguramente, la cascada de firmas se debía a algún acuerdo entre ellos. Al igual que ellos no tenían naves de guerra para detenerle, él no tenía personal suficiente como para dejar gente en cada planeta controlando lo que hacían sus Gobernadores o Dueños. Podían conspirar entre sí perfectamente.
Sin saber qué podía haber detrás de todo ello, se dijo que la decisión que habían tomado, por el momento, le beneficiaba. Se ahorraría un buen tiempo si no tenía que ir visitando cada uno de los sistemas. Y muchos dolores de cabeza. Debería estar atento a los movimientos de los “firmantes”, pero, por el momento, le bastaba.
—Bien, Massiev, cuando vuelvas a hablar con mi madre, cuéntale cuál ha sido el resultado y cómo van las cosas.
—No he… —pero se tuvo que callar al ver la miraba que le lanzaba su amigo.
—Sí has. No te preocupes, Massiev. Sé que preferirías no hacerlo. Antes de instigarte a ti, lo hacía conmigo directamente. Sabes que siempre te agradezco que me hagas de contrapunto, pero nunca te habías puesto así de cabezón. Estoy seguro de que tenías motivación extra.
—Touché —reconoció el rubio—, pero tengo que reconocer que esta vez estaba de acuerdo con ella. Te habría dicho lo mismo, aunque ya, da igual. Supongo que te llamará a ti, tarde o temprano.
—Rara vez lo hace ya, la comunicación directa es carísima y sólo llama si sabe que va a conseguir algo. Conmigo ya no lo consigue y no malgasta dinero.
Y casi como si la hubiera invocado, una luz blanca y amarilla se puso a parpadear en su escritorio. Chase sabía que sólo había un par de personas que pudieran realizar una llamada así. La comunicación cuántica era exclusivísima y cada llamada suponía un enorme gasto. O algo muy grave había pasado en Leao, o sería su madre para comentar la jugada.
“Perfecto”, pensó.
Despidió a Massiev con un ademán, que sabiendo lo que significaba aquella lucecita ya se había deslizado hasta la puerta, y tocó el botón que permitía contestar la llamada.
—¿Mamá?
—¡Hola, hijo! ¿Cómo estás? ¡Aquí la gente está de fiesta! —sonó la voz de su madre, jovial y excitada, hablando en su idioma natal, el portugués.
—¿Fiesta? —contestó Chase, sorprendido— ¿Tan interesada está con esto a la gente?
—Pues claro, hijo. Su gobernador se ha marchado del planeta para luchar por una causa justa. ¿Qué puede implicar más que eso?
Chase levantó los ojos por un momento. Su madre estaría llenando la programación de la televisión pública con programas dedicados a su memoria y a la adoración de la familia Anneru. Sintió pena por sus ciudadanos, o más bien por los productores y programadores: estarían perdiendo audiencia a espuertas. Pero poco podía hacer. Al fin y al cabo, lo más importante era que no se produjeran problemas y si su madre saludaba con aquella felicidad es que todo estaba más o menos bien.
—Mamá, no sobreactúes, por favor. Es mejor que esto pase más o menos desapercibido, por el momento. Recuerda que también hay empresas que estarán jodidas porque hay planetas que están bloqueando el comercio.
—Tranquilo, hijo, está todo controlado —contestó su madre, cuyo tono había cambiado y ahora se mostraba seria y medio molesta—. Te llamo para darte la enhorabuena y así me lo agradeces…
—Claro que te lo agradezco. Muchas gracias por alegrarte por mí, mamá.
—Pues sí. Deja que me alegre, ahora que todavía puedo.
—Ya empezamos. ¿Por qué no vas a poder alegrarte después?
—Pues porque esto que has hecho está muy bien y es muy bonito y muy humanitario. Te has hecho famoso en todo el universo ya. Todos te conocen. Pero no te temen. Ten cuidado, hijo, porque la fama a veces puede ser traicionera.
“Como tú” pensó Chase, pero dijo otra cosa.
—Ya lo sé, mamá. Es justo lo que le acabo de decir a Massiev. Aún hay trabajo por delante, no hay que dejarse llevar por la euforia.
—No es eso, hijo. La euforia es peligrosa, pero ser débil lo es más. Tienes una flota de guerra con un montón de armas nucleares. ¿Por qué no las has utilizado?
—Porque no ha sido necesario. Tú misma acabas de decir que he tenido un gran éxito. ¿Por qué debería utilizarlas?
—Porque es momentáneo, hijo. Momentáneo. Es admirable lo que has conseguido sin usar una sola ojiva allá en Obbam, lo reconozco.
—No te parecerá tan admirable cuando me lo estás recriminando y cuando presionaste a Massiev para que tratara de convencerme de que no lo hiciera.
—¿Yo? Me ofendes, Chase, hijo. Jamás haría yo eso… —y siguió un largo silencio.
—Ya. Bueno, mamá. Ya has visto. Se pueden hacer cosas sin necesidad de matar a gente. Quizá no me tengan miedo ni me teman, como tú dices. Pero es que lo que quiero es respeto, no miedo.
—El miedo va acompañado de respeto. Lo que tienes ahora no es respeto. Hazle caso a tu madre, que tiene experiencia en esto y aconsejó a tu padre toda su vida. Lo que tienes ahora es apariencia de respeto. En cuanto tengan la más mínima posibilidad, irán a por ti, porque no te tienen miedo.
Chase se sintió decepcionado, aunque lo esperaba. Su madre no había llamado para felicitarlo, sino para aleccionarlo. Quería ser un hijo para ella, no un instrumento. Y para no ser un instrumento se veía obligado a mostrarse más duro con ella de lo que le apetecía.
—Vale, gracias por el consejo, mamá. Pero haré las cosas a mi modo. Limítate a continuar llevando el planeta como hasta ahora, hasta que yo vuelva ¿vale? Creo que he demostrado tener el suficiente criterio como para tomar las decisiones que hacen falta para ganar esta batalla.
—Tú sabrás, hijo —le dijo ella, con displicencia—. Pero luego no digas que no te avisé. Me entristeceré mucho si no me escuchas y te pasa algo.
—No me pasará nada. Tendré cuidado. Y por favor, ten mucho cuidado tú también. Extrema las medidas de seguridad. Ahora que voy a ser el dueño de todo, vamos a tener más enemigos que nunca. Voy a colgar, que tengo órdenes que dar —mintió, sabiendo que “órdenes que dar” era una excusa perfecta para hacer que su madre colgara sin protestar—. Dale un beso al tío Felipe.
—De tu parte. Un beso, hijo. Acuérdate siempre de lo que te digo.
Pulsó el botón de cortar la comunicación.
"Acuérdate siempre…” sí se iba a acordar, sí… pero de olvidarse.
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