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La presión espacial. Capítulo 10: Convenciendo

fictograma [Unofficial] June 12, 2026
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En capítulos anteriores: Chase Anneru, dueño y gobernador del planeta Leao, ha emprendido una campaña para ser presidente de la Tierra y acabar con los abusos de ésta. Su plan consiste en conseguir que los otros sesenta y tres planetas exteriores le cedan la propiedad y los votos asociados a la misma, utilizando una flota de guerra única en el universo… porque no hay más. Los dieciocho primeros planetas se rinden sin luchar, pero el planeta Lenn se niega a firmar y sufre el ataque de la flota de Leao. Cuando por fin firman, Chase se da cuenta de que lo que ha hecho le parece inmoral y no quiere volver a hacerlo, pero el nombre del siguiente planeta en la lista no le da muchas esperanzas…

Cap. X: Convenciendo

El despacho de Chase Anneru en la nave principal de la flotilla había sido ya testigo de demasiadas discusiones como aquella. Le parecía que llevaban días enteros dándole vueltas a la misma cuestión, una y otra vez. Lenn había sido el primer planeta en plantear problemas. Obbam parecía aún más obstinado y determinado a no entregarse. Massiev trataba de razonar y convencer a su amigo, como había hecho en el planeta anterior.

—No podemos rendirnos ahora, Chase, ya llevamos buena parte del camino recorrido. Recuerda todo el esfuerzo que has hecho. Mira por la ventana. Toda esa flota… no me puedes decir ahora que no sirve para nada.

—No nos vamos a rendir, Massiev. Simplemente, no voy a asesinar a más gente como método de presión. Al menos no hasta haber agotado el resto de posibilidades. Te lo dije el otro día.

—No hay más posibilidades, Chase. Entiendo lo que planteas, pero estamos aquí para conseguir un objetivo, no para caer bien.

Chase miraba por la ventanilla. En aquel globo verdeazulado era visible, a simple vista, una gran masa de nubes de forma espiral que abarcaba gran parte del ecuador, donde se concentraba la zona habitable (y habitada) de aquel planeta.

—Nos han dicho que no tres veces —comentó Chase—, pero no voy a volver a caer. No pienso acabar con más vidas inocentes. La gente de ese planeta no tiene la culpa de que sus gobernantes sean estúpidos.

—Pero, Chase —insistió Massiev—, es otra vez lo mismo que en Lenn. Lo hemos hablado mil veces. Unos cientos por miles de millones. Es mucha más gente la que vamos a ayu…

—¡Calla! —Chase le cortó con violencia— No me lo vuelvas a repetir, por favor.

—¿Acaso no es cierto?

—Sí, es cierto, Massiev. Pero también es cierto que me importaría una mierda el destino del universo si quien me está diciendo que quiere salvarlo ha matado a mi padre porque sí. Es una trampa, Massiev. Si nos provocan y caemos, perdemos a la gente. Y la gente es lo que nos hace falta.

—No es la gente la que vota por el presidente. Las firmas de esos gobernantes cediéndote sus votos son lo que hace falta.

—Sí, Massiev, necesitamos esas firmas para la parte oficial, pero la gente es la que hace que las cosas funcionen o dejen de funcionar. Si conseguimos la presidencia, pero luego tenemos a todo el mundo en contra, no conseguiremos hacer nada. Si la gente me ve como un sanguinario o un tirano, entonces no hay nada que hacer, habremos perdido incluso aunque ganemos.

—La gente no tiene sentido universal —Massiev negó con la cabeza—. Sólo miran lo que tienen al lado. Deberían entender la estrategia.

—Y nosotros quizá tenemos demasiado de ese sentido. Si bombardeamos Obbam, ya tendremos a dos planetas cuyos habitantes estarán al cien por cien en nuestra contra. Por mucho que obtengamos su firma y poder de voto… ¿de qué nos servirá?

—Nos servirá para lo que nos iba a servir: conseguir la presidencia de la Tierra y reordenar todo el sistema impositivo. No cambia nada, nos servirá para que nuestros planetas tengan futuro. Para acabar con esos chupópteros terrestres que no hacen más que lastrarnos a base de abuso fiscal. A la gente de Lenn le debería gustar eso. Y a los de Obbam, también. Si dispusieran del dinero que les roba la Tierra podrían prepararse mejor para tormentas como esa que tienen ahora mismo encima, por ejemplo —señaló la ventana—. Estoy seguro de que con el tamaño que tiene, va a provocar más víctimas que las que provocaríamos nosotros si hiciéramos como en Lenn, buscar un sitio poco habitado para…

—Deja de insistir, Massiev —cortó de nuevo Chase con contundencia—. Esa tormenta no es un ente físico al que se pueda atacar o doblegar. Nosotros, sí.

—Lo único que vas a conseguir es que se nos vea debilitados —el rubio se despeinó pasando la mano por la cabeza y frotando su pelo con nervios. Él también estaba cansado de tener que convencer a su amigo. Sabía que era un hombre con corazón, pero pensaba que, en la vida, a veces, hay que dejar el corazón a un lado—. Tu madre no estaría muy contenta de verte así de débil y… acojonado, permíteme que te lo diga, Chase, en confianza… como amigos que somos desde que éramos críos.

Chase lo miró de hito en hito. Massiev observó su expresión, pensó que estaría cabreado y se había preparado mentalmente para ello, pero lo único que hacía era una mueca de media sonrisa.

—Mi madre no tiene nada que decir aquí. El dueño de Leao soy yo. Te recuerdo, Massiev, también en confianza, que por muy amigos que seamos desde niños, sigues siendo mi subordinado. Y mi madre también. Mi decisión está tomada. Ahora voy a ir a dormir y mañana, cuando despierte, haré lo que te he dicho que voy a hacer.

—Haz lo que te dé la gana —contestó Massiev, visiblemente molesto—, pero no estamos como para perder tiempo. En dos semanas te quedarás sin opciones y tendrás que lanzar el ataque igualmente. Te dejo dormir, Chase.

Massiev se levantó del sofá. Sin decir una palabra más, abrió la puerta del despacho y se marchó. Chase lo vio salir y volvió a girarse y mirar por la ventana.

Ahora no solo Obbam estaba en su cabeza. Massiev le había metido la imagen de su madre y estaba seguro de que lo había hecho de manera consciente. Ella era una mujer ambiciosa, seguramente lo habría llamado para presionarle.

Cuando había muerto su padre y él había heredado el planeta, ella no había mostrado disgusto por no ser ella la receptora de tal herencia, aunque lo sintiera. Lo esperaba y además, creía que podría manipular a su hijo para que ejecutara cualesquiera que fueran sus intereses.

Chase se jactaba de ser el adalid de la justicia interplanetaria, aquel que devolvería la cordura a la fiebre impositiva humana, quien metería en vereda a aquellos abusadores. Pero en realidad, si hubiera buscado muy adentro, habría visto como todo ese ideal, todo ese conglomerado de pensamientos que había hecho que tomara cartas en el asunto, había ido siendo depositado por su madre durante toda la vida, como si se tratara de semillas pendientes de germinar.

Desde luego, jamás buscaría tan adentro de sí y si lo hacía, huiría de aquel lugar despavorido.

Sin embargo, su subconsciente se había dado cuenta con el paso del tiempo de que el “apego” de su madre también servía para que ella fuera, poco a poco, introduciendo esas semillitas en su cabeza y después moldeando lo que salía de allí. Así que ahora se alejaba de ella siempre que podía, aunque no supiera muy bien por qué.

Al mismo tiempo, ese pequeño desafío le hacía pensar que, si quería ser él mismo, lo último que tenía que hacer era escuchar a su madre. El hecho de saber que ella habría descargado ya su potencia armamentística sobre cualquier planeta que se hubiera atrevido a negarse a firmar el acuerdo le hacía mantenerse, aún más, en su idea de no hacerlo.

Aquella “noche” la pasó encerrado en el despacho. Durmió en el sofá y cuando se despertó se duchó con tranquilidad, utilizando el doble de tiempo del que usaba normalmente, se vistió con el traje que más le gustaba, se peinó con esmero y, después de mirarse al espejo y repetirse “esto merece la pena”, se marchó al set de grabación que había pedido que le prepararan.

No disponía de maquilladores, ni operadores de televisión, ni expertos en producción, por lo que sabía que el texto que leyera frente a la cámara debía ser especialmente potente: su imagen no iba a serlo. Sabía, además, que la gente lo recibiría con frialdad en el mejor de los casos, pues habrían recibido noticias de lo ocurrido en Lenn y por si eso no fuera suficiente, estaban sufriendo en esos instantes una de las peores tormentas registradas por el ser humano.

Al menos, de lo que sí disponía era de un buen equipo de hackers, y estos le ayudarían a meterse en los domicilios de todos y cada uno de los habitantes de Obbam, sustituyendo las señales de los diferentes canales de televisión que emitían en ese momento.

El mensaje se lanzó al aire cuatro horas después de ser grabado, y todo aquel obbamita que no estuviera luchando por no morir ahogado o salvar sus pertenencias del agua a causa de aquella indomable tormenta, pudo verlo.

Un Chase con una improvisada y no demasiado conseguida pose de afabilidad y confianza aparecía en los televisores de forma sorpresiva leyendo el siguiente comunicado:

“Buenos días, ciudadanos de Obbam. En primer lugar, quiero disculparme por presentarme en vuerstras vidas de una forma tan intrusiva y poco amable. Como sabréis, mi flota y yo llevamos unos días en órbita alrededor de vuestro planeta. Y como también estoy seguro de que sabéis, este no es el primer planeta en el que hacemos esto, sino el vigésimo.

Necesito que entendáis algo por encima de todo: yo no soy un conquistador. Sólo soy un hombre que trata de pelear por el futuro de todos nosotros, los habitantes de los planetas exteriores.

Vine a Obbam a pediros algo. No necesito de este planeta, así como de todos los demás, más que una cosa: la firma de su dueño y gobernador.

Sé que muchos de vosotros habréis visto lo que ocurrió en Lenn hace unos días. Sé que pensáis que podría pasaros lo mismo. Solo puedo decir que he entendido que cometí un horrible error que no volveré a cometer y que trataré de compensar en la medida de lo posible en el transcurso de las próximas fechas. Cada una de las vidas que se perdió en Lenn es una losa que pesa sobre mi conciencia.

Entiendo que ahora mismo no me creáis. Incluso que me odiéis. Sólo os pido, de forma injusta, que hagáis un esfuerzo en entender por qué estoy haciendo esto.

Asomaos a la ventana. ¿Os parece lógico que vuestro planeta, capaz de generar recursos de sobra para haber crecido desde la nada hasta lo que es actualmente, no tenga el presupuesto suficiente para prevenir y suavizar las consecuencias de una tormenta como ésta?

Nos están saqueando a cámara lenta. Los planetas exteriores financiamos las locuras, los excesos y el lujo con el que viven los mandamases y las élites de la Tierra. ¿Ha de ser esa nuestra función? ¿Ha de ser ese el lugar donde acabe el fruto del esfuerzo de nuestro trabajo?

Hay una alternativa. Y esa alternativa soy yo. No estoy aquí para obligaros a hacer nada en contra de vuestra voluntad, sólo para pedir vuestro apoyo. Un apoyo para liberarnos a todos del yugo de la explotación terrestre. Un apoyo que vuestro gobierno me niega porque al parecer, prefiere seguir vendiendo barato vuestro esfuerzo diario a quienes no nos dejan prosperar.

Si entre todos conseguimos el apoyo que necesitamos, conseguiremos revertir esta situación. Nuestros sueños de futuro volverán a tener sentido. Nuestro esfuerzo volverá a dedicarse a lo que tiene que dedicarse: nuestro bienestar y nuestra prosperidad.

Mi flota de guerra no se construyó para amenazar a personas inocentes a las que considero hermanas. Varias de mis naves están descendiendo en estos momentos para colaborar en la medida de lo posible en la protección y el rescate de las personas afectadas por esta desgraciada tormenta. Estas naves no han recibido el permiso necesario de vuestras autoridades para moverse en la atmósfera, pero si podemos saltarnos las normas para pedir el voto, también podemos hacerlo para ayudar cuando se necesita. Y eso, en este momento, es lo más importante.

Esta misma flota servirá, en el futuro y con vuestro apoyo, para convencer a esas élites terrestres de que lo que pedimos es justo, y para conseguir que dejen de poner su bota sobre nuestro cuello. Pero para poder conseguirlo, necesito vuestra confianza y la firma y el voto de vuestros gobernantes.

Permaneceremos en órbita hasta que termine la tormenta, ayudando en lo que podamos, nos dejen o no. Y después, permaneceremos hasta que la persona que rige el destino de este planeta se digne a pensar en el futuro de todos y no sólo en el suyo propio y en el de sus amigos terrestres. Hasta que se comprometa a dejar de ayudar a quien os oprime, por la fuerza de la razón que, estoy seguro, vais a saber hacerle comprender de forma pacífica, pero insistente.

Muchas gracias por vuestra atención, queridos hermanos de Obbam. Que la tormenta pase pronto y que sea lo más leve posible. El futuro, al final, será vuestro.”

Le había costado mantener la correspondiente cara de preocupación y obtener una expresión que diera peso a sus palabras, pero no era propenso a los grandes discursos ni un experto en ellos. Simplemente había tratado de ser sincero, dejando a la vez claras sus intenciones y un mensaje que, si bien era claramente populista, al menos tenía una base honesta y real.

Después de grabarlo lo visionó y estuvo de todo menos contento con él. Se veía poco imponente, algo titubeante y quizá más frío de lo que había pretendido, pero se dio cuenta de que, si lo repetía, aún le saldría peor. Él no era un actor.

Se retiró a su despacho y encerrado allí, dejó pasar las horas. Le informaron del éxito en la transmisión del mensaje y de que las naves que había enviado habían llegado al planeta, y alguna de ellas incluso había llevado a cabo misiones de rescate con éxito.

Se alegró, pero la alegría se fue diluyendo con el tiempo.

Tras la última información, había dejado claras instrucciones de no ser molestado si no se producían novedades importantes, y nadie le había molestado en horas.

Nada estaba pasando y él necesitaba que pasase.

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