La presión espacial. Capítulo 8: Conquistador
Cap. VIII: Conquistador
La flota de guerra estelar del planeta Leao permanecía impasible e imponente en el espacio cercano al planeta Lenn, situado a un buen puñado de años luz del planeta Tierra.
Aquella flota de naves era una rareza, el máximo exponente del material de guerra espacial humano.
No porque fuera experimental o de última generación. En realidad, con una cantidad de recursos suficientes y tiempo, el ser humano podría haber hecho algo mucho mejor.
Era la más potente flota de naves espaciales bélicas humanas por una sencilla razón: era la única.
En la nave TG1, la principal y más grande de aquella escuadrilla, el ideólogo, financiador y constructor de aquellas naves conversaba, cabreado, con el que era su mano derecha.
—¿Por qué son tan imbéciles, Massiev?
—Cada mundo… es un mundo, Chase. No te preocupes, de verdad. Las bajas han sido mínimas. Y acabo de recibir noticias desde el planeta: el pueblo está presionando al gobernador para que baje de la burra. Seguramente esta misma tarde o mañana, claudiquen.
Chase Anneru era el dueño y gobernador del planeta Leao. Era joven, aún no había cumplido los cuarenta y en realidad, aunque había heredado el planeta de su padre casi una década atrás, aún era conocido en casi todos los sitios como “el hijo del dueño” de Leao. La sombra de su padre era alargada, pues había sido un hombre de gran éxito.
Aquella campaña era su forma de decirle al universo que él era un ser independiente, con iniciativa propia, y que si era dueño y gobernador de un planeta era por pleno derecho. Él no era menos que su padre.
—Claudiquen, claudiquen… no tendrían que claudicar. Tendrían que pensar. Razonar. Darle un poco a la sesera. Me cago en todo, Massiev.
—Chase…
—Márchate, haz el favor. Te llamaré más tarde. Necesito estar solo. Avísame si hay novedades.
Rinat Massiev era su inseparable compañero. Su amigo de la infancia. Se habían criado entre algodones en un Leao casi recién colonizado, siendo el padre de Rinat uno de los mejores amigos del padre de Chase y fundador de varias de las primeras y más exitosas empresas del planeta. Ahora lo aborrecía.
Todo había ido bien al principio. Habían ido consiguiendo sus objetivos más o menos al ritmo esperado y sin tener que disparar una sola vez. La visión de la imponente flota orbitando el planeta y la constatación de que no había forma humana, literalmente, de hacerle frente, había sido suficiente para que los planetas amenazados firmaran los papeles necesarios para ceder a Chase su propiedad. Dieciocho planetas más el propio Leao estaban ya a su nombre. Pero habían surgido dificultades con este último y desde que eso había ocurrido, su amigo le resultaba cada vez más insoportable.
No solo su amigo. Aquel despacho, la nave entera, el espacio. Todo. Añoraba su planeta Leao, su lugar de trabajo allá en su mansión, desde la cual podía asomarse por una ventana y ver la imponente cascada de Freitas y al fondo, la incipiente metrópoli que era la ciudad capital de su planeta.
Ahora, acababa de terminar con la vida de más de cuatrocientas personas y de dejar estéril y radiactiva por décadas una porción de un planeta.
Había tenido que hacer muchas, muchas cosas de las que no se sentía orgulloso. Había tenido que contratar bajo mano a ingenieros de las mejores empresas del universo para construir aquellos navíos. Había tenido que falsificar sus contratos y controlarlos férreamente para que no soltaran prenda. El control de toda aquella gente, bañada en dinero público, le había sumido casi en la locura, pero cuando había comprobado el resultado se había sentido satisfecho. Tres enormes navíos, en uno de los cuales se encontraba, y otras treinta naves más pequeñas capaces, cada una de ellas, de descargar armamento nuclear en cualquier momento.
Las naves carecían de potencia para pelear cuerpo a cuerpo en el espacio, el armamento era rudimentario: misiles cargados con ojivas nucleares cuya tecnología tenía más de dos siglos. Pero eran baratas y efectivas. Cumplían a la perfección su misión: ser una visión amenazante en el cielo.
Y ahora, habían demostrado que también podían ser efectivas si se las ponía en acción.
Con los ojos cerrados, reclinado en su silla de despacho, respirando con parsimonia, Chase trataba de poner en orden sus pensamientos.
Su propósito era noble. Necesitaba esas actas de cesión de la propiedad. Necesitaba ser el dueño de los sesenta y cuatro sistemas exteriores. Y lo necesitaba para conseguir que de una vez la Tierra dejara de atosigarles e impedir su crecimiento a base de impuestos y obligaciones abusivas.
Había expuesto aquello mil veces en las reuniones que mantenían periódicamente los respectivos dueños y gobernantes de los planetas exteriores, pero había sido ignorado cada vez.
No hacía tanto tiempo que estos planetas habían sido colonizados. El suyo era uno de los más antiguos y su padre había puesto un pie en él hacía poco más de sesenta años. Esto significaba que él era uno de los pocos dueños “de segunda generación” y esto, a su vez, que en las reuniones se le solía desdeñar con delicadeza la mayor parte de las veces, y con desprecio, el resto.
Había intentado, por su cuenta, proponer cambios en la presión fiscal en las reuniones de las Naciones Unidas a través de su representante en la Tierra, pero sin el apoyo de sus colegas propietarios de planetas, la propuesta no era más que una simple solicitud sin ningún tipo de recorrido ni posibilidad de resultar aceptada.
La única vía que le había quedado era aquella. Debía “conquistar” uno a uno cada sistema estelar y después, acercarse a la Tierra, presentarse personalmente en una de las reuniones de las Naciones Unidas, y lanzar una moción de censura. Con los votos de todos los planetas exteriores a su favor, no solo tenía garantizada la salida del actual presidente, sino su posterior investidura como sustituto.
Pretendía ser el primer presidente de la Tierra que no había nacido en la Tierra. Y esto acrecentaba su angustia actual.
No quería ser visto como un sanguinario, alguien que había llegado al poder abusando de su fuerza. Y ahora, tras haber ordenado el lanzamiento de aquel misil que había convertido en pequeñas partículas de polvo atómico a más de cuatrocientas almas, se daba cuenta de que no solo era una cuestión de imagen. No solo no quería ser visto como un sanguinario: no quería serlo.
Había pretendido llegar hasta el Palacio de las Naciones Unidas con todas sus actas de propiedad firmadas sin disparar un solo tirachinas. Y aquí estaban estos estúpidos del planeta Lenn, negándose a firmar, con una flota cargada con arsenal suficiente como para acabar con todo su planeta tres veces delante de sus narices. Volvió a preguntárselo en voz alta.
—¿Cómo pueden ser tan imbéciles?
Esta vez no estaba Massiev para responderle con cualquier perogrullez. Se levantó de la silla, rodeó la mesa, se tumbó en el sofá y miró al techo, con las manos por detrás de la nuca haciéndole de almohada.
Había prometido a todos los dueños de los planetas conquistados que, una vez conseguidos sus objetivos, les devolvería la titularidad de sus feudos. Les había dejado seguir gobernando con total libertad mientras tanto. Sin una sola condición. Incluso les había dejado cortar lazos comerciales con Leao si es que tenían alguno, mientras duraba la campaña.
Pero con estos le daban ganas de no hacerlo.
Le daban ganas de deponerlos inmediatamente y a ser posible, aniquilarlos.
Intentó decirse a sí mismo que aquellas personas habían muerto por culpa de sus propios dirigentes. Porque ellos no habían aceptado, como los dieciocho anteriores, poner el planeta a su nombre sin oponer resistencia. Ellos eran los responsables. Ellos le habían obligado. Pero casi no lo conseguía. Se recordaba demasiado bien dando la orden de descargar aquella bestia en el planeta.
Se levantó del sofá, harto de darle vueltas a la cabeza y se dirigió al mueble bar. Sacó una botella de whisky y un vaso y se puso un buen lingotazo. Cuando estaba a punto de bebérselo, alguien llamó a la puerta.
Él, que sabía de sobra que era Massiev, dijo:
—Entra.
La puerta se abrió y apareció la figura alta y rubia de su amigo, que era al mismo tiempo su mano derecha y la máxima autoridad del pequeño ejército que comandaban. Massiev no tardó en informar, con una sonrisa de oreja a oreja:
—Como te decía, Chase. Han claudicado. Las protestas de…
—No quiero que me lo expliques —cortó Chase—. Por favor, Massiev. Me vale con que lo sepas tú. ¿Han enviado la escritura firmada?
—Viene de camino. Pero hemos visto por televisión como la firmaban. El dueño y tres testigos, representantes del pueblo.
—Perfecto. Uno menos, pues. No quiero saber nada más de este planeta. Cuando llegue, pon la escritura con las demás. Diecinueve y Leao son veinte. Nos quedan cuarenta y cuatro. ¿Quién es el siguiente?
—Obbam.
Chase pareció tener un pequeño microinfarto. Su expresión era de intenso hartazgo y decepción.
—No me jodas…
—¿Qué pasa? —se interesó Massiev.
—El dueño… un tal Maxime. Se llevaba fatal con mi padre. Es uno de esos vejestorios que se creen los reyes del universo. Uno de esos flipados que creen que lo saben todo solo porque son viejos y creen que son muy listos solo porque están podridos de dinero. Es un intransigente.
—Seguro que está al tanto de lo que hemos hecho aquí. No creo que haya problemas.
—Espero que no. No pienso asesinar a más gente. O si lo tengo que hacer, será a quien se me oponga y con mis propias manos.
—Vamos, Chase. Lo hemos hablado miles de veces… —Massiev se puso en modo “amigo comprensivo”. No era la primera vez que lo hacía. Esa era, de hecho, su principal función últimamente. Sabía que Chase deseaba hacerse un nombre, como también sabía que para hacérselo le necesitaba a él—. Por cada víctima, ¿a cuántos vamos a salvar, Chase? ¿Mil? ¿Diez mil? Escúchame, no eres un asesino. Ni lo serás si tenemos que bombardear Obbam, o Lurkes, u Ofenón, ¿me oyes? Ni aunque tengamos que bombardear la Tierra.
—No pienso bombardear la Tierra.
—Ya lo sé, Chase. Es un supuesto extremo. Lo que quiero decir es que no somos responsables de las muertes que provoquen esas bombas que llevamos cargadas en las mini-naves. Lo que estamos exponiendo, nuestro objetivo, es leal con la humanidad. En su completa definición.
Chase lo miraba con cara de fastidio. Massiev continuaba.
—No es que estemos haciendo algo por nosotros mismos. No es ambición lo que tenemos. Es pura y dura subsistencia. Si la Tierra sigue ahogándonos a impuestos, no serán cuatrocientas personas las que sufran, serán millones. Ya has visto lo que ocurre allí. Su gente se les muere y a ellos les da igual. Tienen a medio planeta deseando largarse de allí y al otro medio, muerto de hambre. Su razón de ser es controlarnos, esquilmarnos, extraer de nosotros todo el rendimiento del trabajo que no hacen ellos. Si seguimos así, todos y cada uno de los planetas exteriores serán como la Tierra más pronto que tarde. Lo que hacemos es una labor humanitaria.
Finalmente, Chase contestó.
—Massiev, no me tienes que convencer. Yo mismo elaboré esa narrativa. Sé por lo que lucho. Es solo que, si tengo que matar, preferiría matar al gilipollas que me está plantando cara, no a una serie de personas que no conozco y que no me conocen a mí.
—Te vuelvo a repetir, Chase, que esas personas, esos cuatrocientos o los que hayan sido, no pueden compararse con los millones a los que estamos salvando y dando un futuro mejor.
—Ya lo sé… —Chase dijo esto y trató de parecer convencido, pero los gritos de los veintitrés niños que habían muerto en su ataque le seguían resonando en la cabeza— ¿Quieres un whisky?
—Claro.
Massiev aceptó el vaso, lo vació de un trago y lo volvió a poner para que su amigo se lo rellenara. Había argumentado todo aquello quizá por centésima vez en los últimos dos días. Mil veces lo había escuchado salir de su boca: unos cientos a cambio de miles de millones.
Pero en el fondo, esos cientos también rasgaban su alma hasta lo más profundo de su ser.
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