External Publication
Visit Post

La presión espacial. Capítulo 17: Puchero

fictograma [Unofficial] June 17, 2026
Source

Cap. XVII: Puchero

—Aún no puedo creerme que seas tú. Yo… pensaba que… —Teo agachó la cabeza.

—¿Que estaba muerta?

—Sí… —una lágrima cayó de su ojo derecho, pero pudo contener las demás.

—Tranquilo, Teo…

A Teo se le habían juntado varios shocks al mismo tiempo y no tenía manera de poner orden en su cabeza. Era más bien como si no hubiera nada. No podía pensar. Lo que veía parecía un sueño o una realidad paralela de la que después no guardaría ningún recuerdo.

La había reconocido nada más entrar a la habitación y a partir de ese momento, su mente había quedado en blanco.

Ella había tardado en mirarle y cuando lo vio no lo hizo con sorpresa: ya sabía que él estaba allí. Él se había quedado parado como una estatua, mirándola con incredulidad hasta que fue ella misma quien lo llamó por su nombre.

Viéndolo tan afectado, le ofreció un plato de puchero, se puso uno para sí misma, y se sentaron los dos en una mesa apartada de los demás para poder hablar a solas.

Ahora Teo lloraba porque la referencia que había hecho su madre le había recordado que no solo sentía añoranza, sino también rabia por la ignorancia.

Le llenaba de alegría verla tan bien, pero… ¿por qué? ¿Por qué había pasado años sin saber nada de ella? ¿Por qué no se habían dado un abrazo nada más verse? La miraba y veía, por fin, los ojos de su verdadera madre, pero aun así… estaba rara. Se la veía contenta, pero estaba distante, más fría. No de manera muy obvia, pero Teo era su hijo y se lo notaba.

Logró tranquilizarse. A fin de cuentas, estaba allí con ella. La tenía delante. Podía hablar. Podía preguntarle cosas. No quería abrumarla, pero necesitaba ese par de respuestas. Necesitaba saber, porque quería dejar de sentir esa mezcla rara de culpabilidad y victimismo que le suponía pensar en ella, y que llevaba arrastrando años. Ahora ya no tenía por qué pensar más.

—Mamá, entiendo por qué te fuiste de casa. Pero, ¿por qué he estado años sin poder verte? ¿Dónde estabas? ¿qué ha pasado? —dijo mientras trataba de seguir conteniendo las lágrimas. Y ahora fue ella la que agachó la cabeza.

—Teo, cariño… no estaba. Me gustaría no tener que hablar de esto.

—Y a mí —dijo Teo, un poco cabreado al recibir aquella respuesta—, pero necesito saberlo. No he dejado de pensar que debería haberte buscado y buscado hasta saber qué era de ti y ayudarte. Sé que no estabas bien. La última vez que te vi…

—Estaba en el callejón de Puzol, sí. Con los mendigos, las putas y los drogadictos —cerró los ojos con fuerza, ella también estaba teniendo su propia batalla contra las lágrimas—. Me fui de allí a otro sitio parecido, cerca de Madrid. Me fui con una amiga que hice en el callejón. Y de verdad, preferiría no tener que contarte nada más sobre esa época.

—Tranquila, mamá. Perdóname. No es necesario que me des más detalles. Solo es que… no lo sabía y creía que o bien te habías… te habías muerto, o que me evitabas por alguna razón.

—No, Teo. Estuve en Madrid hasta hace año y medio. Lo siento de veras si te has sentido abandonado en este tiempo. Como te dije cuando me fui de casa, te quiero muchísimo, pero tú eres un hombre adulto y yo estaba siendo una carga. Ya sé lo que vas a decir —Teo había intentado interrumpirla, pero ella no le dejó—, que no era una carga, que podrías haberme cuidado. Y estoy segura de ello, porque eres un hombre honesto y capaz. Pero, ¿qué hay de mí? ¿Qué hay de lo que sentía yo? Lo siento mucho, pero soy incapaz de ver como mi hijo tiene que hacerse cargo de mí. En aquella época, no podía sentir nada más que ira y rabia y cuando no sentía ira o rabia, no sentía nada. Ni tenía fuerzas para nada. Pero sí cerebro y ojos para verte sufriendo por mí, cada día. Mi salud mental se estaba haciendo añicos. Pensarás que estar en el callejón no me ayudó mucho con eso y probablemente tienes razón, pero yo también soy una mujer adulta y tomo mis propias decisiones. Al menos, así sólo lo pasé mal yo.

—Bueno, yo tampoco lo pasé muy bien pensando todos los días dónde estarías. Sobre todo, desde la última vez que te vi. Antes, al menos, sabía dónde encontrarte. Podías haberle dicho a alguien que te ibas.

—Teo…

—Es igual. Perdóname, mamá. Yo también estoy… ¡joder! Todo esto me está superando. Me he quedado sin trabajo. No he comido nada en todo el día. Este sitio… es muy raro, y lo último que esperaba era encontrarte aquí —se calló un momento—. Y así de bien, mamá. Me encanta verte tan bien.

—Come, por favor. Se va a enfriar.

Teo cogió su cuchara y, sin muchas ganas, la metió en el plato y se la llevó a la boca. Con el hambre que tenía se habría comido hasta un neumático usado, pero, además, el puchero de su madre era Puchero de Su Madre™ y estaba buenísimo. La segunda cucharada ya la cogió con más ganas. Y no paró de coger una tras otra hasta que casi acabó el plato.

Su madre lo imitó, aunque ella comió con más calma. Teo notó que lo miraba y que ella, poco a poco, se iba enterneciendo más. Cuando ya estaba rascando el fondo, continuó hablando.

—¿Y desde hace un año y medio? Has dicho que estuviste en Madrid hasta entonces.

—Desde hace un año y medio que estoy con este grupo. Soy una de las cocineras.

—¿Cómo entraste, si puedo preguntar?

—En Madrid, mi amiga tenía un… amigo, que tenía contactos con ellos. Necesitaban gente para hacer trabajos ordinarios, no activismo, pero debía ser gente que tuviera una ideología mínimamente afín y fueran de fiar. Me hicieron una entrevista, como a ti.

—A mí apenas me han dicho nada. De hecho, no me han preguntado más que el nombre, y me han pedido que me inscriba. ¿Qué les has dicho de mí? ¿Por qué les intereso tanto?

—La otra vez que vinimos a Valencia tú tenías trabajo y te iba bien, dentro de lo que cabe, así que no dije nada. Había hablado de ti antes, pero solo a mis compañeros. Pero ahora, cuando íbamos a venir otra vez, me enteré de que te habían despedido. Me imaginé que necesitarías ayuda y aquí te pueden ayudar. Mira lo que han hecho conmigo.

—Estás muy bien, mamá —Teo meneó la cabeza, seguía sin creérselo— ¿Qué hacéis, viajáis de aquí para allá?

—Los de este grupo, sí. Somos una de las compañías de reclutamiento. Rül es el reclutador, somos un par de cocineros, y unos cuantos de la compañía de seguridad. También ha venido algún activista, pero no están aquí ahora. Llevamos un par de meses. Mañana nos vamos.

—¿Adónde?

Ella puso una mueca incómoda, pero acercó la cabeza a la mesa e hizo un gesto para que Teo hiciera lo mismo. Susurró.

—A Barcelona.

Teo continuó hablando enseguida, tratando de disimular.

—¿Y habéis reclutado a muchos, aquí?

—No demasiados, la verdad. Hemos estado demasiado tiempo para tan poca productividad, pero bueno, a veces, pasa. Si antes de hacerles la entrevista les dieran un plato de mi puchero, lo mismo tenían más éxito.

—Ja ja ja —Teo rió, y agradeció la nota de humor de su madre. Hacía tiempo que nadie lo hacía reír. Terminó de sorber las últimas gotas de caldo.

—No me has dicho qué les has contado de mí.

—Nada que no sea verdad. Que eres un genio de los números y de la informática.

—¡Mamá! No soy ningún genio. De ninguna de las dos cosas. Que sacara buenas notas en el colegio no significa que sea especial. Simplemente a mí me interesaban esas cosas más que a otros.

—Pero sacaste buenas notas también en el instituto, en la Ciudad. Con compañeros de toda Valencia, y fuiste el primero de tu clase.

—Sí, y creo que era el quinto año consecutivo que el primero de la clase era alguien de afuera de los muros. Mamá, eso pasa porque los que somos de aquí o de alguno de los otros barrios externos tenemos mucho interés en sacar buenas notas. Queremos salir de aquí. Los que son de la Ciudad van al instituto casi porque les obligan. Casi todos saben lo que van a hacer ya cuando terminen de estudiar, no influye demasiado si son buenos o malos. A la mayoría, con aprobar para que no les abronquen en casa, les vale. A nosotros, no. Nosotros necesitamos ser excelentes. Pero eso no nos hace genios.

—Tú mismo acabas de decirlo. “Excelente” —replicó ella, algo malhumorada.

—Fui excelente en mi curso, sí. ¿Pero hace cuánto fue eso? ¿Quince años? ¿Veinte?

—Hace catorce años.

—Catorce. Pues eso. Y después del instituto estuve casi cuatro años sin trabajar, ni tocar un ordenador. Las matemáticas sólo las uso para jugar. Y el trabajo en el que he estado… pues era un trabajo sencillísimo. Cualquiera de los de mi promoción podría haberlo hecho. En consecuencia, lo poco que he podido aprender estos años ha sido por mi cuenta y si te soy sincero, sabiendo que no me iba a servir para nada, no he aprendido demasiado. Así que no, no soy ningún genio informático, ni matemático.

Su madre se mostró molesta y algo nerviosa. No importaba lo mucho que se opusiera él. Para ella, era un genio quisiera o no.

—Está bien, Teo. Pues al menos, eres informático y matemático, ¿no? Con eso bastará, no es que aquí hagan pirámides, tampoco. Tienen muy pocos informáticos. Y te darán casa y buena comida todos los días. Y cuando estés dentro, quizá con tu influencia empiecen a hacer cosas más importantes.

—Ja ja ja, ¿quién te crees que soy, mamá? No soy ningún líder revolucionario. Y la verdad, estoy por declinar la oferta. Puedo conseguir comida yo solito.

—Dónde, ¿en el vertedero? Venga, Teo, no me toques las narices.

—Como tú has dicho antes, tomo mis propias decisiones.

—No seas rencoroso.

—Oh, mamá —Teo estaba desconcertado—. No es rencor. Es que, es una locura. No soy John Connor. Vale, sí, admito que se me dan bien las matemáticas y que puedo también ser de ayuda en el apartado informático. Pero, la verdad la has dicho tú misma hace un momento: no me parece que esta gente haga nada importante.

—Y qué vas a hacer tú, ¿nada? Lo importante es que tengas algo con qué vivir. Si ayudamos a los demás, mejor, pero al menos preocúpate por ti mismo.

—Eso es lo que haré, buscarme la vida.

—Se nota que acabas de comer bien.

Teo cerró los ojos y no contestó. Ella insistió.

—Teo, no puedes declinar. Te enviarían a Madrid o Barcelona. Tienen bases mucho mejores que esto y pisos francos. Incluso algunos dentro de la Ciudad. En Madrid y en Barcelona se vive mejor que en Valencia y hay algo menos de represión. Vivirás bien, te llevarán comida cada semana a casa. Y harás lo que te gusta. ¿Qué más quieres?

Teo ya había tomado su decisión con anterioridad, lo había hecho tras reflexionar y pensar en ello, no era una decisión tomada a la ligera, y no quería cambiarla.

—¿A cuántos han cogido desde que estás aquí? Me refiero a la policía. ¿A cuántos?

—No lo sé, Teo. No los he contado.

—¿No se han llevado a nadie que conocieras? ¿A alguien a quien le hayas servido puchero? Sabes que no lo volverás a ver, ¿verdad?

—Rara vez descubren los pisos francos.

—Rara vez no es nunca, mamá. El riesgo no me vale la pena. Si fuéramos a hacer algo serio, importante… si esta gente consiguiera algo alguna vez, pues sería otra cosa. Pero no pienso arriesgar el culo para robar coches o poner parches. ¿Crees que si entrara aquí la policía en este momento tendrían piedad con alguno de nosotros? ¿O siquiera preguntarían qué hacemos aquí? Nos lanzarían por la ventana sin pensar dos veces.

—Necesitamos a alguien que cambie las cosas.

—Tú lo has dicho. Lo necesitamos. Mamá, yo no soy un líder. Puedo tener dentro toda la rabia del mundo, pero no tengo la menor puta idea de cómo organizar a un grupo de gente, de cómo motivarlo o de cómo hacer un plan para secuestrar a alguien o poner una bomba… ni siquiera conseguir o fabricar una. Estoy de acuerdo, necesitamos a alguien que sepa.

—Pero, Teo, ¿crees que la gente nace enseñada? Los conocimientos se pueden adquirir con las ganas, la personalidad.

—¿Y crees que tengo esa personalidad? Mamá, he necesitado que mi vecino prácticamente me arrastre hasta aquí, el último día, a última hora.

Ella bajó la cabeza y la meneó tímidamente. Era un cabezón. Toda la vida lo había sido y no había cambiado un ápice desde que no lo había visto. Pero era un cabezón bueno. Al final, vendría. Solo que sería cuando lo decidiera él.

Lo miró con ternura y le sonrió.

—¿Quieres postre?

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...