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Los hechiceros y la piedra de los elementos 4 - Ocevaris y las Ruinas del Norte

fictograma [Unofficial] June 15, 2026
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Capítulo anterior: https://fictograma.com/d/3213-los-hechiceros-y-la-piedra-de-los-elementos-3-las-islas-muertas

El viaje en el bote de suministros duró una noche eterna. Abraham pasó la mayor parte del tiempo en silencio, sentado en un rincón de la cubierta, observando cómo el agua que salpicaba el casco se volvía cada vez más lenta, dejando una estela densa que tardaba minutos en desaparecer. Cuando las primeras luces del amanecer rompieron la niebla, la ciudad de Ocevaris apareció ante sus ojos.

No se parecía en nada a Noveris. La ciudad era un coloso de plataformas circulares de metal y madera flotante, interconectadas por puentes levadizos y una red interminable de canales navegables. Enormes chimeneas y tuberías de bronce recorrían las fachadas de los edificios, diseñadas para bombear y filtrar el agua del mar. Sin embargo, el muelle donde atracaron estaba sumergido en un ambiente de abandono y desesperación.

–Vaya vista, ¿eh? –dijo el capitán del bote, un hombre gordo con chaleco lleno de grasa mientras amarraba el bote al muelle–. Hace dos meses esto era el mercado de pescado más grande del mundo. Míralo ahora. Un basurero de aceite.

Abraham se asomó por la barandilla. El agua del puerto ya no era transparente; tenía la consistencia del lodo negro y brillaba con reflejos metálicos bajo el sol. Varios barcos pesqueros estaban varados, con sus hélices atascadas en la masa espesa. En los puentes, cientos de ciudadanos hacían filas kilométricas con cubetas de madera frente a las pocas tuberías públicas de donde aún salía un chorro de agua limpia.

–¿Por qué no solo limpian los canales? –preguntó Abraham, ajustando la correa de su bolso sobre el hombro adolorido.

El capitán soltó una carcajada amarga.

–¿Con qué, muchacho? Los filtros de la ciudad se queman cada tres días. El agua se está volviendo pesada. Si intentas nadar ahí abajo, te hundes como una piedra. Anda, baja ya. Bastante problema tengo con la guardia portuaria como para que me encuentren con un polizón de Noveris.

Abraham bajó a los muelles flotantes, sintiendo de inmediato cómo el suelo de madera se balanceaba de forma irregular bajo sus pies, una sensación que le revolvió el estómago. Sacó la brújula disimuladamente de su bolsillo. La aguja azul vibraba con fuerza, apuntando directamente hacia el norte, más allá de los límites de la ciudad.

Caminó por los pasajes bajos del puerto, esquivando a grupos de purificadores –hombres con túnicas empapadas que golpeaban el agua con largos remos de madera mientras cantaban oraciones monótonas, creyendo que el movimiento evitaría el estancamiento–. La atmósfera era claustrofóbica.

Al llegar al extremo norte del muelle de carga, una valla de metal y varios soldados con armaduras de bronce pulido le cerraron el paso. Detrás de ellos, el acceso al océano abierto estaba bloqueado por grandes redes flotantes.

–Zona restringida –le dijo uno de los guardias, apoyando la mano en el pomo de su espada–. El paso al norte profundo está prohibido por decreto del Consejo. Regresa a los canales internos, mocoso.

–Solo quería saber si hay algún barco que vaya hacia las islas del límite –intentó decir Abraham, tragando saliva.

–¿Estás sordo? Nadie va hacia allá –interrumpió el guardia, dándole un empujón leve en el hombro–. El agua allá arriba está muerta. No hay barcos ni comercio. Largo de aquí antes de que te encierre por desacato.

Abraham retrocedió, maldiciendo entre dientes. Se sentó en un cajón de madera, triste. Estaba varado otra vez.

–No vas a encontrar un mapa legal para ese lugar, niño.

La voz provino de la sombra de un almacén de redes. Un muchacho con ropa de cuero gastada y el rostro cubierto de cicatrices, lo observaba mientras limpiaba un largo cuchillo de pesca. Tenía una mirada astuta y una sonrisa que a Abraham no le dio ninguna confianza.

–¿Me estabas espiando? –preguntó Abraham, poniéndose a la defensiva.

–Es difícil no notar a alguien con ropa de tierra firme que intenta cruzar una frontera militarizada –el hombre guardó el cuchillo y se acercó, arrastrando los pies–. Me llamo Jarek. Y resulta que tengo un bote con el casco reforzado que puede cortar esa marea de aceite al norte. Por el precio correcto, claro.

Abraham miró la brújula en su bolsillo, que seguía temblando hacia el norte, y luego miró al contrabandista.

–No tengo dinero –confesó Abraham en voz baja.

Jarek entrecerró los ojos, recorriendo al chico con la mirada hasta detenerse en el colgante de metal parecido a cristal oscuro que asomaba bajo su camisa: el Vialux.

–El dinero va y viene –dijo el contrabandista, extendiendo un dedo hacia el pecho de Abraham–. Pero ese juguete que llevas ahí… ese cristal tiene buena pinta. Págame con eso y te dejaré en las ruinas inundadas antes de que caiga la noche.

Abraham apretó el Vialux contra su pecho, sintiendo el metal frío a través de la tela. Jarek seguía con el dedo extendido, esperando una respuesta, con esa sonrisa astuta que delataba a quien sabe que tiene toda la ventaja.

–Está bien –dijo Abraham, bajando la voz y sosteniendo la mirada de Jarek–. El collar es tuyo. Pero no te lo daré ahora, no confío en ti. Me dejas en las ruinas, y cuando mis pies toquen tierra, te lo entrego. Es mi única condición.

Jarek entornó los ojos, sopesando el trato. Soltó una risa seca y se dio la vuelta hacia los canales ocultos bajo los muelles.

–Tienes agallas para ser solo un niño. Está bien. Sígueme y no hagas ruido, la guardia no tiene sentido del humor hoy.

El viaje en el bote de Jarek fue una experiencia asfixiante. El motor hidráulico de la embarcación tosía con un quejido metálico mientras las palas de la hélice, diseñadas con un grosor especial, cortaban con dificultad el agua pesada. El océano aquí ya no se movía; era una llanura negra, brillante y aceitosa que devolvía un reflejo distorsionado de las nubes. No había olas, solo una vibración densa que sacudía el barco de madera reforzada.

A medida que avanzaban, el paisaje urbano de Ocevaris quedó atrás, reemplazado por la silueta de las ruinas. De la inmensidad del agua estancada brotaban enormes columnas de piedra tallada, arcos de templos antiguos devorados por el mar y cúpulas agrietadas que alguna vez pertenecieron a la civilización original del Agua. El silencio en el lugar era absoluto, terrible y pesado.

–Ya casi llegamos –dijo Jarek, reduciendo la velocidad del motor para que el bote se acercara más lentamente hacia la escalinata inundada de lo que parecía el templo principal–. Ve sacando el juguete. Quiero mi pago.

Abraham metió la mano bajo su camisa. Su mirada se desvió hacia el agua negra que rodeaba el bote. Recordó el naufragio del buque mercante. Recordó cómo, al mirar a través de la lente del Vialux, el cristal había lanzado un pulso que atrajo a la bestia de obsidiana desde el abismo.

Un pensamiento oscuro y frío, nítido como el hielo, cruzó su mente: Si levanto el collar ahora, y miro a través del ojo, la bestia vendrá y atacará a Jarek. Destruirá su bote, y yo podré bajarme en las ruinas sin darle el Vialux.

Abraham se asustó de la facilidad con la que el plan tomó forma en su cabeza. No sintió remordimiento en ese instante; solo una necesidad ciega de proteger lo único que le quedaba. Con los dedos temblorosos, levantó el Vialux y se lo llevó a la cuenca del ojo, apuntando hacia el fondo del agua aceitosa.

A través de la lente, la negrura del mar se abrió en venas de luz azul que colapsaban hacia un vacío central. El cristal absorbió la luz plateada de la tarde y, con un crujido sordo que vibró en sus dientes, devolvió el pulso pesado hacia las profundidades.

El aire se congeló. El silencio del entorno se volvió opresivo, apagando el siseo del agua contra el casco del barco.

–¿Qué demonios fue eso? –preguntó Jarek, poniéndose de pie de un salto, alarmado por el cambio repentino en la densidad del aire.

Bajo la superficie, una silueta colosal y erizada de púas negras comenzó a subir a una velocidad aterradora, directa hacia el bote. Al ver la silueta del monstruo reflejada en los ojos aterrorizados de Jarek, el peso de lo que estaba haciendo golpeó a Abraham en el pecho como un mazo. Iba a dejar que muriera. Iba a matarlo por un trozo de metal.

El pánico y el arrepentimiento lo asfixiaron. Abraham bajó el Vialux y, en un acto de pura desesperación por detener la tragedia que él mismo había provocado, se arrojó al suelo del bote. Sacó la piedra café de su bolsillo y la estrelló con todas sus fuerzas contra una de las vigas de madera pesada que reforzaban el barco.

–¡Muévete! –le gritó a la madera, a la piedra, al mundo entero.

La piedra café liberó un pulso cálido que se transmitió a través del casco reforzado del bote. La madera del fondo absorbió la dureza mineral de la piedra, volviéndose tan rígida y pesada como el granito por una fracción de segundo. El bote experimentó un impulso físico violento hacia el frente, un empujón tosco que lo lanzó un par de metros hacia adelante, justo sobre la escalinata de piedra del templo inundado.

Al instante siguiente, la bestia de obsidiana rompió la superficie del agua exactamente en el lugar donde el bote había estado varado un segundo antes. Sus fauces se cerraron en el vacío salpicando lodo negro y espero antes de volver a sumergirse en el abismo, frustrada por haber perdido el rastro del pulso luminoso.

El impacto de la ola aceitosa sacudió la embarcación, arrojando a Abraham hacia los escalones de piedra del templo. El joven rodó por la superficie húmeda, raspándose las rodillas y soltando la piedra, que rodó unos centímetros antes de quedar inerte.

Jarek, pálido como un muerto y temblando de pies a cabeza, se aferró al timón. Miró el agua donde la serpiente había desaparecido, luego miró la madera del bote –que aún crujía con una rigidez antinatural– y finalmente fijó sus ojos en Abraham con una expresión de puro terror.

–¡Tú estás maldito! –le gritó, con la voz quebrada por el pánico–. ¡Estás demente! ¡Traes a los demonios contigo!

–Jarek, espera, el collar… –intentó decir Abraham, arrastrándose para alcanzar su piedra.

–¡Quédate con tu maldito collar! –le aulló Jarek, encendiendo el motor con un tiró violento y desesperado.

Jarek giró el timón a fondo sin importarle que las hélices sufrieran con el agua espesa. El bote dio la vuelta a toda prisa, alejándose de las ruinas a máxima velocidad posible, dejando una estela aceitosa detrás.

Abraham se quedó tendido en el primer escalón del templo, escuchando cómo el motor de Jarek se desvanecía en la distancia hasta que el silencio sepulcral de las ruinas volvió a tragárselo todo. Se sentó despacio, apoyando la espalda contra una columna de piedra. Le temblaban las manos, más no por el esfuerzo físico, sino por el miedo a sí mismo. Había estado a punto de asesinar a un hombre por egoísmo.

Apretó el Vialux contra su pecho, y recogió la piedra del suelo. Estaba completamente varado en el norte profundo, rodeado de agua muerta y un templo caído, pero al menos el haberse arrepentido de su decisión le recordaba que aún tenía humanidad en él.

Levantó la mirada hacia el interior del templo sumergido. La brújula en su bolsillo dio un último vuelco, deteniéndose por completo. Había llegado.

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