Los hechiceros y la piedra de los elementos / 1 - Una nota en la sombra
¡Hola! Escribí esta historia cuando apenas tenía 12 años. Ahora de adulto, encontré una versión impresa que me trajo mucha nostalgia, y decidí reescribirla. La historia original estaba MUY infantil hahaha, así que ha sido modificada para hacerla más oscura, y con un mejor desarrollo de personajes (creo).
Las imágenes fueron hechas con IA, ¡espero eso no sea un problema para ti 🙏🏻!
Tanto ruido en Vía Terranova en Noveris hacía que Abraham se sintiera perdido en una marea de sonidos. Autos de energía luminiscente pasaban zumbando, con sus faros dejando estelas de luz que se quedaban flotando unos segundos en el aire antes de disiparse como polvo de estrellas. Niños gritaban emocionados al jugar con pequeñas esferas flotantes y, en el primer piso de la casa número 9, su madre hablaba por los teléfonos de arena con la energía de siempre y sin pausa. La arena dentro del auricular cambiaba de color según el humor de la persona al otro lado; hoy era un naranja nervioso que parpadeaba rápido. Abraham buscaba a Abreu, su traviesa mascota, pero con tanto ruido, su mente divagaba. Aun así, tuvo la sensación de que alguien lo observaba.
Se detuvo un instante, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Giró la cabeza rápidamente, pero, a través de la ventana de su cuarto, solo vio la sombra de un árbol meciéndose con el viento. Su madre siempre decía que el viento de Sylphora era muy fuerte, pero Abraham no vivía ahí, él vivía en Noveris, donde el viento solía mantenerse estable y la tierra nunca se movía. Los edificios estaban construidos tan perfectamente, que llevaban siglos sin una sola grieta. Por eso, cuando algo se sentía fuera de lugar, se notaba enseguida. Se frotó los brazos, incómodo, y regresó su mente al caos de su habitación.
Abraham pasó una mano por su cabello, notando como las puntas doradas brillaban bajo la luz de la lámpara, contrastadas con el oscuro café de lo demás. –¿Dónde se habrá metido Abreu? –murmuró, mientras su madre, Artemisa, le gritaba –¡Si sigues perdiendo cosas, tendré que atarte todo con un hilo, hijo! –Ella era una mujer alta de pelo largo rojo y unos brillantes ojos azules. Abraham puso los ojos en blanco y siguió buscando.
Se arrodilló para buscar a Abreu bajo la cama, cuando ocurrió. No fue un movimiento de lado a lado como en los libros de geografía; fue un golpe seco, un impacto que pareció venir desde el centro exacto del planeta.
La tierra de Noveris nunca había hecho ruido, pero en ese segundo, el suelo emitió un sonido. Sobre el escritorio, el teléfono de arena de Abraham –un regalo de su infancia que siempre vibraba en un amarillo pálido– se volvió de un gris ceniciento y muerto. Los granos de arena se detuvieron en seco, desafiando la gravedad por un instante, antes de volver a su color original.
Ese único pulso fue suficiente. En la mesa de noche, un mueble de madera de ébano, diseñado con la precisión matemática de los artesanos constructores de Noveris, emitió un clac. Un resorte, fatigado por la presión que no debería de existir, saltó. Una pequeña abertura lateral se reveló, un hueco oscuro que Abraham nunca había notado en sus quince años de vida.
Abraham se acercó a su mesa de noche y metió su mano con los dedos temblorosos en la abertura. Algo lo llamaba. Cerró su mano sobre un objeto y lo sacó. Era un relicario viejo, redondo y pesado, de metal oscuro con un grabado casi borrado: una inicial “C” rodeada de líneas que parecían raíces. Abraham lo reconoció al instante. Lo había visto una sola vez, hace años, cuando su madre lo guardó a prisa en un cajón. El relicario vibró una vez, luego, se abrió solo con un chasquido suave. Dentro había una piedra circular, café y rugosa, se veía cálida, como si estuviera viva.
Abraham la tomó y se quedó congelado. La piedra encajaba perfectamente en la palma de su mano derecha. Al tocarla sintió una chispa de poder, como si tuviera la gravedad en sus manos. Fue como si el objeto intentara fundirse con los huesos de su mano, obligándolo apoyar el brazo en la mesa por el peso repentino. Y entonces dentro de su cabeza escuchó un susurro, como de tierra moviéndose.
“Primer heredero de Cortázar… el poder de la tierra de espera”
“Cortázar”. ¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez que escuchó ese nombre? Su madre jamás hablaba de él, como si mencionarlo pudiera traer mala suerte. Lo único que sabía era que había desaparecido mucho tiempo atrás, llevándose todas las respuestas que Abraham necesitaba. ¿Podría esta extraña nota ayudarlo a descubrir quién fue realmente su padre?
Antes de que pudiera procesarlo, el susurró regresó, esta vez más urgente, acompañado de una imagen fugaz de tres figuras distantes, envueltas en ráfagas de agua, fuego y aire.
–Debes encontrar a los otros tres –resonó el eco en su mente–. La hechicera de fuego, el hechicero de agua y la hechicera del viento. Cada uno atrapados en una prisión de su propia esencia. La poderosa piedra de los elementos los espera en el centro de los cuatro.
“Esto no puede ser real” pensó, tratando de calmar su corazón acelerado. Se pellizcó el brazo con fuerza, pero el dolor no lo tranquilizó. ¿Y si aún estaba soñando? O quizá se había golpeado la cabeza buscando a Abreu y ahora imaginaba todo esto. Pero la piedra se sentía demasiado real, demasiado pesada en su palma para ser una simple ilusión. Cuando la observó más de cerca, notó pequeñas inscripciones en su superficie. Eran símbolos extraños, antiguos, mas no de un idioma que él reconociera, y sin embargo… familiares. No los entendía… todavía.
De repente, un ladrido rompió el trance. Bajo la cama, Abreu ladraba con insistencia, rascando el suelo como si intentara desenterrar algo. Abraham se agachó con dificultad, sintiendo todavía el brazo derecho pesado, y estiró la mano. Sus dedos rozaron algo metálico y frío que Abreu empujaba con el hocico. Al atraerlo hacia la luz, vio la brújula.
Mas no era una brújula común. En lugar de la típica aguja que apunta hacia el norte, tenía tres: una azul que apuntaba hacia el húmedo horizonte de Ocevaris, una roja incandescente a Ardaris, y otra gris que vibraba con un zumbido constante señalaba hacia Sylphora. Conocía esos nombres, los había leído en mapas de la escuela, más nunca los había visitado. Ocevaris era la región de los mares infinitos, un territorio donde las ciudades flotaban sobre el agua y el cielo se reflejaba en cada superficie líquida. Ardaris, por otro lado, era fuego y roca, con suelos volcánicos y montañas que escupían lava en intervalos impredecibles. Y Sylphora… una ciudad muy linda, donde se rumoraba que batallabas para dormir por el ruido del viento ahí.
Abraham frunció el ceño. –¿Qué significa esto? –susurró. Por un momento, pensó que quizá era una alucinación. ¿La comida le había caído mal? ¿Se encontraba en un sueño? La brújula no tenía sentido. Nada lo tenía. Se llevó las manos al rostro. ¿Y si simplemente se estaba volviendo loco?
Entonces, recordó algo. Un recuerdo vago, como una sombra en el viento. No sabía si era un recuerdo real o una imagen que le había llegado con la brújula. Él, de bebé en su cuna, su padre sosteniendo algo parecido… ¿una piedra? ¿Un mapa? No estaba seguro. Pero en sus ojos había una urgencia. Ese recuerdo, tan insignificante en su momento, ahora parecía gritarle desde el pasado, se imaginó sentir un empujón de la brújula en su mano al recordar esto. Se llevó la otra mano al pecho. El peso de la piedra que llevaba se sentía más vivo que nunca, como si tuviera pulso. El suyo. Cayó sentado sobre su cama, sin dejar de mirar la brújula.
Pasó minutos observándola, tratando de encajar las piezas. En un momento, la revelación lo dejó sin aliento. Era solo un adolescente de 15 años. No estaba seguro de si era un hechicero. No sabía si podría rescatar a nadie, pero sabía algo: no podía no hacer nada. No después de lo que había sentido. Las otras agujas que claramente representaban a los otros hechiceros le hacían sentir una urgencia. Y aunque el miedo lo paralizaba… sentía que algo más lo empujaba. Curiosidad. O tal vez… destino. En Noveris la tierra siempre era firme, sin temblores ni corrientes impredecibles. Los árboles crecían con raíces profundas, y los edificios estaban diseñados para durar siglos. Pero Ocevaris… Ocevaris era agua en todas partes. ¿Cómo encontraría a alguien atrapado en un elemento que nunca dejaba de moverse? Era hora de la cena.
Abraham bajó las escaleras con el corazón martilleando contra sus costillas. Al entrar en la cocina, la escena lo detuvo en seco. Su madre, Artemisa, estaba de pie frente al ventana. No gritaba ni hablaba. Estaba en un silencio absoluto, sosteniendo una jarra de agua que temblaba casi imperceptiblemente.
Abraham siguió su mirada. En la pared de la cocina, justo encima del lavabo, había una fisura. Era pequeña, del grosor de un cabello, pero en Noveris, una grieta se suponía era imposible.
–Mamá… –comenzó Abraham, sintiendo el peso de la piedra en su bolsillo.
Artemisa no volteó a verlo. Se limitó a pasar un dedo por la grieta, y Abraham pudo ver que sus ojos azules estaban empañados, aunque lo que veía en sus ojos parecía terror.
–La tierra ha hablado Abraham –dijo ella con una voz que no reconoció–. Y cuando habla, es porque ya no tiene fuerza para seguir callando lo que hay debajo.
Esa noche la cena transcurrió en un silencio inusual para ellos. Artemisa servía la comida con movimientos lentos, como si su mente estuviera en otro lugar. El aroma del estofado de raíz dulce llenaba el aire, pero Abraham apenas tocó su plato. Miraba a su madre y veía en ella una muralla de secretos. Quería preguntarle de Cortázar, quería gritarle que la piedra en su bolsillo latía al ritmo de su corazón, pero el miedo lo retenía. Su mente divagaba: la brújula, la misteriosa voz que había escuchado, y la piedra en su bolsillo. Era demasiado y todo llegó de la nada.
–No estás comiendo –comentó su madre. Lo observaba por encima de su plato, con una expresión que bailaba entre el deseo de protegerlo y resignación. Abraham comprendió entonces que ella sabía exactamente qué había sido ese temblor y qué significaban los objetos en su bolsillo. Pero también entendió que, por la forma en que ella evitaba su mirada, que ella creía él no estaba listo para la verdad.
–No tengo mucha hambre –respondió él sin levantar la mirada.
Ella dejó el tenedor sobre la mesa y suspiró. No insistió, pero sus ojos brillaron con una inquietud que esta vez Abraham no supo interpretar. Era como si esperara que él dijera algo, pero a la vez temiera escuchar lo que dijera. Él apartó la vista y fijó su mirada en la brújula que ahora descansaba en su regazo, fuera de la vista de su madre. Las agujas seguían firmes, marcando destinos que lo llamaban.
–¿Hay algo de lo que quieras hablar? ¿Hijo? –su voz sonaba casi como una súplica, la mano que posaba ahora encima de la de Abraham aumentaba este sentimiento.
¿Debería decirle algo a su madre? Que él supiera, nunca había habido secretos entre ellos. Pero sabía que, el hecho de que su padre estuviera involucrado, no le gustaría para nada. Decidió no hablar. Retiró la mano.
–Solo fue un día pesado, no te preocupes –Había veces en que su madre parecía poder leerle la mente, y en esta ocasión definitivamente sentía que lo estaba haciendo. Pero Artemisa no dijo nada. Abraham prefirió pensar en lo que seguía. ¿A quién debía encontrar primero? Ocevaris parecía la mejor opción. El hechicero de agua podría ser útil para encontrar a la hechicera de fuego en Ardaris. Artemisa rompió el silencio:
–Mañana será un día largo –auguró, una advertencia como si supiera del viaje de Abraham–. Deberías descansar.
Abraham asintió, pero no respondió. Por primera vez en su vida, no solo él le ocultaba algo, sino que además sintió que su madre le ocultaba algo a él. Algo importante. Y eso solo reforzó su decisión. Saldría en la búsqueda del hechicero de agua, sin importar lo que costara.
Abraham subió las escaleras y fue a su cuarto. Se sentó en el borde de la cama, mirando la brújula. Noveris seguía pareciendo perfecta desde su ventana, pero ahora él sabía que era una cáscara delgada a punto de romperse.
A la mañana siguiente, con una mochila, y la brújula y la piedra en sus bolsillos, pero sobre todo con muchos sentimientos por dentro, Abraham se detuvo frente a la puerta de su casa. Se agachó junto a Abreu, que lo miraba con esos ojos que parecían entender más de lo que deberían.
–Volveré, lo prometo –murmuró mientras acariciaba su cabeza.
Se levantó, con un nudo en la garganta, y abrió la puerta. El aire de la mañana lo recibió con un escalofrío. Dio un paso fuera. Luego otro.
–¡Abraham! –gritó su madre desde el interior, su voz temblorosa y llena de miedo – ¡No debiste haberlo descubierto tan pronto!
Se detuvo por una fracción de segundo. Pero no volteó. No podía. Cerró los ojos y siguió caminando. El misterio apenas comenzaba.
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