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Los hechiceros y la piedra de los elementos / 2 - Rumbo a Ocevaris

fictograma [Unofficial] June 7, 2026
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Un viaje largo le esperaba a Ocevaris, pero ¿cómo llegaría ahí? No tenía dinero ni un plan claro. Un avión era imposible, pero un barco… podría funcionar. El puerto monumental de Noveris funcionaba con una geometría implacable. Estaba abarrotado de comerciantes gritando sus precios en lenguas que no comprendía del todo, marineros empujando cajas que levitaban a unos centímetros del suelo y viajeros de todo tipo. Barcos con velas flotaban sobre el agua sin tocar la superficie, impulsados por corrientes invisibles. Enormes grúas magnéticas trasladaban contenedores de metal de forma automatizada, emitiendo zumbidos rítmicos que se mezclaban con el eco de las órdenes de los capataces. Criaturas marinas lumínicas asomaban de vez en cuando entre los muelles, dejando un rastro brillante en el aire antes de sumergirse de nuevo. Columnas de piedra flotante fungían como faros, iluminando el puerto con una luz cálida que vibraba con el viento. Abraham se sintió diminuto entre tanta energía. Todo se movía demasiado rápido. Nadie se detenía. Nadie lo veía. Caminó entre la multitud, tratando de escuchar fragmentos de conversaciones sobre rutas y destinos. Preguntó a algunos hombres sobre barcos que viajaran a Ocevaris. Un hombre se rió. Otro lo ignoró. Una mujer simplemente le dijo “no molestes” sin siquiera mirarlo. Durante un segundo, recordó cuando era niño y su madre lo llevaba al puerto a ver los barcos. Se sentaba sobre sus hombros y señalaba los más grandes, imaginando que cruzaban el mundo. Artemisa le compraba fruta seca y le decía que el mar nunca era enemigo, sino un camino al mundo más allá. Ahora el mismo lugar parecía enorme y frío. El aire olía igual, pero no sabía a casa. Tenía hambre. Le dolían los pies. No había dormido bien. Abraham, exhausto y con un nudo en la garganta por haber abandonado su casa, comprendió rápido que un adolescente de quince años sin dinero jamás conseguiría un pasaje legal. Aprovechando el destello cegador de una de las grúas, se deslizó por una pasarela interior, y se coló en la bodega de carga de un buque mercante con rumbo a Ocevaris. Se escondió en la penumbra profunda, agazapado entre pesados sacos de grano y contenedores de mineral, escuchando el rugido de los motores de levitación al encenderse. Pasaron las horas en un encierro asfixiante. Rodeado por toneladas de madera reforzada y la inmensidad del océano profundo, Abraham sacó la piedra café de su bolsillo. Cerró el puño con fuerza, concentrándose y buscando aquella gravedad viva que había sentido en su habitación. La piedra permaneció inerte y fría. El océano y el grosor del casco bloqueaban por completo su conexión con tierra firme. Sintió una mezcla de rabia y desesperación. La ansiedad comenzó a cerrarle el pecho mientras el balanceo del barco le recordaba lo lejos que estaba de los cimientos estables de su hogar. Buscando aire limpio para calmar las náuseas, Abraham subió a la cubierta a mitad de la noche. El barco avanzaba a gran velocidad bajo la luz plateada de la luna, cortando la superficie del agua con un sieso constante. Apoyado en la barandilla de popa, descubrió a un anciano de ropas gastadas y manos curtidas por el tiempo que observaba el horizonte con una tranquilidad extraña ajeno al ajetreo de los marineros en la proa. Abraham intentó retroceder, intimidado por la presencia del desconocido, pero el suelo de madera crujió bajo su pie. El hombre giró la cabeza despacio y lo miró con ojos intensos, oscuros y calculadores. –El aire del mar no cura el mareo de los nacidos en la tierra, muchacho –dijo el anciano. Su voz era grave, gastada, y pareció vibrar en la madera de la cubierta. Abraham se tensó, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos. –Estoy bien –mintió Abraham, apartando la mirada hacia la estela de espuma que dejaba el navío–. Solo quería salir de la bodega. Es difícil respirar ahí abajo. –La reclusión es el primer precio que se paga cuando comienzas un viaje –el anciano soltó una exhalación que sonó como un suspiro cansado, volviendo a mirar al océano–. Dejar tu casa, la seguridad de las calles, a tu madre o, en mi caso, a mi familia… Todo lo que conoces se convierte en un ancla que tienes que cortar si quieres avanzar. Aunque a veces, el corte sangra durante años. Abraham clavó los ojos en el perfil del anciano. El nudo en su garganta, el mismo que cargaba desde que salió de su casa, se apretó con fuerza. –¿Cómo sabe…? Yo no he dicho de dónde vengo. ¿Quién es usted? No respondió de inmediato. Pasó sus dedos curtidos por el borde de la barandilla, recorriendo las vetas de la madera como si estuviera leyendo un mapa invisible. –Alguien hizo tu mismo viaje hace mucho tiempo –contestó el viejo, con una amargura sutil en la voz–. Alguien que pensó que el mundo podía sostenerse si tan solo se sacrificaba lo suficiente. Dejas atrás una vida, las promesas que hiciste, la mujer que amabas… Te convences de que lo haces por un bien mayor, por el orden del mañana. Pero el mañana llega, el mundo sigue rompiéndose, y tú te quedas solo en un barco a mitad de la noche, descubriendo que tus manos solo saben construir ausencias. Abraham dio un paso al frente, movido por una mezcla de rabia y una punzada de sospecha que no supo nombrar. Las palabras del viejo se sentían demasiado personales, demasiado afiladas. –Mi madre me habló de personas que se marcharon –dijo Abraham, con la voz temblorosa–. Gente que prefirió las obsesiones y los secretos antes que quedarse. Mi padre… él también nos dejó. No recuerdo su rostro, pero ella siempre decía que tenía una mirada que parecía estar viendo otra realidad. Una mirada como la suya. El anciano cerró los puños sobre la barandilla. Por una fracción de segundo, la rigidez de su espalda se quebró, revelando un cansancio monumental. Cuando volvió a girarse hacia Abraham, sus ojos ya no eran calculadores; se veían cansados, cargados de un peso que no alcanzó a comprender. –La tierra es ciega en el océano, Abraham –dijo el anciano, pronunciando su nombre por primera vez, lo que hizo que a Abraham se le helara la sangre–. Vas a necesitar una guía cuando el camino se borre y tus pies ya no sientan el suelo. Si vas a buscar lo que ya se perdió, no puedes ir a ciegas. Toma esto, es un collar Vialux. Mira a través de su cristal cuando la oscuridad intente engañarte. Pero ten cuidado, te mostrará los caminos que los hombres comunes no pueden ver, pero la luz siempre puede llamar la atención de lo que habita en la oscuridad profunda. El hombre le extendió un objeto pesado. Era un colgante de metal oscuro con un cristal central tallado minuciosamente con la forma de un ojo humano. Abraham tomó el collar, sintiendo un escalofrío recorrerle la columna. Confundido, parpadeó por un instante. Cuando volvió a abrir los ojos, el anciano ya había caminado hacia la sombra de las velas mayores, desaparecido por completo del navío. Abraham guardó el collar bajo su ropa, ligeramente asustado. La calma de la noche duró muy poco. Desde el puente de mando, los gritos desesperados del capitán y el sonido violento de una campana de bronce rompieron el silencio. –¡Las lecturas térmicas del fondo están colapsando! –gritó el primer oficial, corriendo por la cubierta mientras los marineros tiraban de las cuerdas con fuerza para ajustar el rumbo –. ¡El archipiélago de pescadores del frente se está hundiendo, la piedra de los mueles se desmorona en arena fina! ¡Cambien el rumbo a babor, vamos a evacuar a los sobrevivientes! El barco comenzó a virar de forma violenta, inclinándose sobre el agua para dirigirse hacia las llamadas Islas Muertas, un territorio que sufría una crisis geológica inexplicable. Los marineros corrían de un lado a otro arrojando lastre, ignorando por completo la presencia de Abraham. Tratando de entender qué estaba pasando en medio del pánico de la tripulación, Abraham miró hacia el agua sobre la barandilla. Aislado en la negrura de la noche, se percató de un brillo tenue bajo la superficie. Debajo del agua nadaba una manda de criaturas gráciles, medianamente grandes, con cuerpos alargados y cubiertos de escamas traslúcidas que reflejaban la luz de la luna en tonos verdes y azules profundos. Sus aletas se movían lentamente, dejando ondas perfectas a su paso. Al verlas, Abraham recordó de inmediato una historia que su madre solía contarle en las noches difíciles: aun siendo marítimas, esas criaturas eran afines a la tierra y habían formado los continentes e islas de su mundo, moviendo con infinita paciencia pedazos de suelo desde el fondo de mar, montones a montones. La nostalgia invadió su pecho al darse cuenta de que las historias de Artemisa no eran simples cuentos para dormir. Deseando ver mejor a los animales y comprender el desastre del que hablaban los marineros, Abraham sacó el Vialux de su pecho. Con los dedos temblorosos, levantó el cristal en forma de ojo humano y miró a través de la lente hacia el mar turbulento. El cristal refractó la luz de la luna al instante. A través del Vialux, el agua oscura reveló una red compleja de líneas luminosas de un azul intenso que se entrelazaban como venas bajo la superficie. Sin embargo, al dirigir la mirada hacia donde estaban las islas Muertas, notó que las líneas azules se cortaban de golpe, dejando un vacío negro en la materia. Mientras intentaba enfocar aquel punto ciego, el cristal Vialux absorbió luz ambiental y devolvió un pulso sordo y pesado hacia el fondo del abismo. Abraham sintió un vuelco en el estómago cuando el griterío de marineros, el sonido de la campana y el rugido del viento en las velas se apagaron por completo. La noche quedó sumergida en un silencio denso y rancio que congeló el aire en sus pulmones. Bajó el talismán a toda prisa, asustado, pero el entorno continuó cambiando de forma extraña. La superficie del mar pareció perder su fluidez natural. El agua alrededor del buque se volvió espesa, oscura y pesada como el aceite negro, atrapando el casco del navío y deteniendo su movimiento en seco. Los marineros gritaban de terror al notar que el timón y la hélice se quedaban atrapadas en esa masa compacta y muerta que empezaba a emitir un frío invernal. Antes de que Abraham pudiera procesar lo que ocurría, una bestia de obsidiana y púas negras rompió la superficie. Emergió con los ojos rojos encendidos en furia y arremetió con toda su masa directamente contra el costado del barco, justo en la dirección donde él había apuntado con el cristal hacia las profundidades. El impacto partió la madera reforzada en miles de astillas, desatando el caos absoluto. Los marineros salieron despedidos por el aire; algunos cayeron directamente al líquido viscoso mientras otros se aferraban a los mástiles que se quebraban bajo la presión del monstruo. El barco comenzó a hundirse de proa a una velocidad alarmante, tragado por la densidad del agua negra. Abraham rodó por la cubierta totalmente inclinada, perdiendo el apoyo de sus pies. Intentó agarrase a la barandilla de metal, pero un segundo impacto de la serpiente de obsidiana destrozó la estructura. Salió despedido hacia el océano, sumergiéndose en el agua helada que de inmediato lo arrastró hacia la oscuridad del fondo, lejos de los restos del navío y de los gritos agónicos de la tripulación. El agua metálica y pesada comenzó a llenar sus pulmones, nublando su mente. Mientras se hundía en el abismo, una de las criaturas pacíficas que había visto momentos antes apareció a su lado. Su piel traslúcida brillaba con suavidad en medio de la negrura absoluta. El animal lo envolvió con una de sus enormes aletas, y al entrar en contacto con su piel, cubierta de una densa capa de arena gruesa y minerales compactados, Abraham experimentó la firmeza terrestre que su magia necesitaba. La piedra en su bolsillo emitió un pulso cálido y sordo, devolviéndole un último destello de fuerza física antes de que la inconsciencia lo tomara por completo mientras la criatura lo arrastraba hacia la superficie de las Islas Muertas.

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