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Los hechiceros y la piedra de los elementos / 3 - Las islas Muertas

fictograma [Unofficial] June 14, 2026
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Capítulo anterior: https://fictograma.com/d/3137-los-hechiceros-y-la-piedra-de-los-elementos-2-rumbo-a-ocevaris/5

El sabor a sal y el dolor punzante de las costillas devolvieron a Abraham a la realidad. Despertó tendido boca abajo sobre una orilla de arena gris y gruesa, tosiendo el agua estancada que amenazaba con ahogarlo. A unos metros de distancia, varios pedazos de madera azulada flotaban a la deriva, arrastrados por la marea baja; los restos del barco que lo había traído desde Noveris.

–¿Hola? –gritó, con la voz rota y áspera–. ¡¿Hay alguien ahí?! ¡Capitán!

Nadie respondió. El único sonido era el lamento del viento sobre el océano. Se frotó los brazos, tiritó de frío, y metió la mano temblorosa en sus bolsillos empapados. La brújula seguía ahí, pero al sacar la piedra café, sintió un vuelco en el estómago. Estaba opaca, rugosa y fría. El chispazo de calidez que había experimentado al tocar la piel de la criatura marina en el fondo del océano se había desvanecido por completo.

–Vamos, haz algo… –murmuró Abraham, apretándola entre sus dedos sucios–. Anoche te sentías viva. ¿Por qué ahora no? ¡Háblame de nuevo! ¡Dime qué se supone que haga!

La piedra permaneció en silencio. Abraham la guardó, frustrado y, con un gesto de rabia, hundió su cara entre las rodillas.

–Esto es ridículo –susurró para sí mismo, con los ojos empañados–. Una voz en mi cabeza, una brújula rota y un anciano que desaparece en el aire. Soy un idiota. Debería haberme quedado con mi madre.

Un eco de gritos distantes rompió el silencio de la playa. Abraham se puso de pie, tambaleándose, y subió al pequeño acantilado que bordeaba la playa. Al llegar a la cima, el horror lo dejó sin aliento. Los muelles de piedra fina del archipiélago se estaban deshaciendo, licuándose en arena suelta al menor contacto con el agua. Las casas cercanas a la orilla perdían sus cimientos, deslizándose hacia el mar.

–¡Tiren! ¡No la dejen soltar! –gritaba un pescador de barba canosa, liderando a un grupo de personas que jalaban una cuerda gruesa atada a una estructura comunitaria que se venía abajo– ¡Los niños siguen en el segundo piso! ¡La escalera se rompió!

Abraham corrió hacia ellos, sacando la piedra café de su bolsillo mientras avanzaba. “El poder de la tierra te espera” , se repitió a sí mismo, recordando la voz de su habitación. Se plantó frente al suelo que se desmoronaba, extendió la mano derecha y apretó el objeto.

–¡Detente! –le ordenó al suelo, concentrándose hasta que le dolieron las sienes–. ¡Regresa a la normalidad! ¡Sé firme, maldita sea!

Nada ocurrió. La arena continuó escurriéndose entre sus pies, blanda y traicionera. La piedra en su puño parecía burlarse de él.

–¡Oye, tú, el muchacho de la playa! –le gritó el pescador canoso, con las manos ensangrentadas por la fricción de la cuerda–. ¡Deja de hablarle a la arena y ven a ayudar si no quieres que nos aplaste la estructura!

El baño de realidad lo hizo reaccionar. Tragándose el orgullo y la vergüenza, Abraham guardó la piedra inútil y corrió hacia los hombres.

–¡Sujeta aquí! –le ordenó un joven, pasándole un tramo de la cuerda tensa–. ¡Y tira con todas tus fuerzas cuando yo te diga!

–¡Entendido! –respondió Abraham, apretando los dientes cuando las fibras de la cuerda comenzaron a cortarle las palmas de las manos.

Pasó la siguiente hora tirando, cargando trozos de madera astillados y ayudando a evacuar a los heridos. Sus brazos ardían y la espalda le pesaba, pero el esfuerzo físico lo mantuvo enfocado. No había magia aquí; solo sudor, madera rota y el miedo de la gente.

Sin embargo, el peligro no había terminado. Mientras ayudaban a bajar a los últimos heridos del muelle principal, el agua del fondo marino se alteró. Una ola enorme y deformada comenzó a levantarse a pocos metros de la orilla, avanzando directo hacia la estructura debilitada. La arena bajo sus pies cedía a cada segundo.

–¡Corran! –gritó el líder de los pescadores–. ¡La ola va a derribar el muelle!

–¡No podemos, el viejo Tomás no puede caminar! –respondió el otro joven, tratando de cargar a un anciano herido.

Abraham miró la ola que se avecinaba y sintió que una rabia ciega reemplazaba al miedo. Estaba harto de ser un inútil. Se arrojó al suelo suelto, sacó la piedra café y, mirándola fijamente, soltó un grito que era mitad ruego, mitad pánico:

–¡Funciona, maldita sea, funciona!

Con un grito de pura impotencia, golpeó la piedra con toda la fuerza de su brazo derecho directamente contra la roca que sobresalía entre la arena, justo donde el agua disolvía el muelle. El impacto desató una vibración sorda que sacudió los huesos de Abraham. La arena mojada a su alrededor se compactó en un instante, cristalizándose en un bloque denso de arenisca y lodo endurecido. La masa sólida se mantuvo firme justo a tiempo para recibir el golpe de la gran ola, desviando la fuerza del agua hacia los lados.

–Pero ¡¿qué…?! –alcanzó a murmurar el joven de antes, mirando el suelo petrificado.

Abraham no pudo responder. Un dolor de cabeza cegador lo atravesó y su brazo derecho se volvió rígido como el metal, privado de toda fuerza. Cayó de rodillas sobre la arenisca que él mismo había compactado, y su mundo se volvió negro.

Horas más tarde, el calor de un pequeño fogón le devolvió el sentido. Abraham abrió los ojos bajo la lona de una tienda de campaña. Al intentar incorporarse, soltó un quejido; tenía las manos cubiertas de ampollas. El anciano de la barba canosa estaba sentado cerca de la entrada, observándolo en silencio. Al verlo despertar, se acercó con un plato de caldo caliente.

–Toma esto chico. Te lo ganaste –dijo el hombre, dejándolo a su lado–. Bébelo despacio si no quieres devolverlo. Los jóvenes me dijeron lo que hiciste en el muelle. Endurecer la arena de esa forma… nunca había visto algo así, ni siquiera en las ciudades flotantes del norte. El muelle sigue intacto y la gente se salvó gracias a ti.

Abraham miró sus manos heridas y luego el plato de caldo.

–No sé qué fue lo que hice –confesó, con la voz apagada–. Yo… intenté hacer algo antes y no funcionó. Pensé que no servía para nada. Casi dejo que la estructura cayera antes por mi culpa.

El hombre sonrió con una mueca cansada.

–La tierra aquí es traicionera, muchacho. En Ocevaris nada se queda quieto –el hombre se encogió de hombros, soltando una risa cansada–. Pero reaccionaste a tiempo. Eso es lo que cuenta. ¿Tienes familia en las islas principales? Sé que no eres de aquí, o te reconocería. ¿A dónde vas?

Abraham dudó un momento. Dejó el plato a un lado, metió la mano en su bolsillo y sacó la brújula. La aguja azul seguía vibrando, apuntando fijamente hacia el norte, donde el mar se volvía más oscuro.

–Tengo que ir hacia allá –dijo Abraham, señalando la dirección de la aguja con la cabeza–. Hacia el norte profundo. ¿Hay forma de llegar?

El anciano cambió el gesto, perdiendo la amabilidad. Miró la brújula y luego la cara de Abraham, frunciendo el ceño con evidente desconfianza.

–¿Al norte? Ahí no hay nada más que las ruinas de Ocevaris. Piedra vieja, corrientes que hunden barcos y leyendas de marineros locos. Nadie va hacia allá a menos que busque ahogarse.

–Tengo que ir –insistió Abraham, tratando de que su voz no temblara–. Es importante.

El hombre lo estudió en silencio durante unos segundos, suspiró y se puso de pie, sacudiéndose los pantalones.

–Mañana a primera hora viene un bote con suministros y medicinas desde la capital. Hablaré con el patrón para que te deje subir. Te pueden acercar a las islas al norte, pero de ahí en adelante estás por tu cuenta.

El hombre salió de la tienda, dejándolo solo con el sonido del viento golpeando la lona.

Abraham se recostó de nuevo en la manta, exhausto. Sacó la piedra café del bolsillo, que ahora emitía un calor apenas perceptible contra sus dedos heridos. No tenía un plan, ni sabía qué eran esas ruinas o qué suponía iba a encontrar ahí, pero al menos la piedra ya no se sentía como un pedazo de escombro inútil. Cerró los ojos y, por primera vez en todo el viaje, sintió que estaba en la dirección correcta.

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