La manta rosada
fictograma [Unofficial]
May 14, 2026
Otis miraba aquel planeta desde la órbita a través del cristal de visualización de la nave. Devanaba sus sesos, daba vueltas a la cabeza. Él era un exobiólogo y delante tenía algo que no había visto en su vida. Algo inédito que a buen seguro le procuraría un buen nombre entre los entendidos de su profesión.
Sin embargo, no era esto lo que lo movía a utilizar su cerebro al máximo rendimiento. La razón para ello no era ese globo rosáceo que tenían ahí debajo. Era la mujer que tenía a la izquierda, mirando por el cristal igual que él.
—¿Tan raro es? He visto otros planetas con hierbas de colores —dijo ella.
—Muy raro. El problema no es el color, aunque resulta curioso. El problema es que es omnipresente. Está en todos lados. No parece haber un centímetro de este planeta donde no crezca esa hierba —contestó Otis, tratando de resultar muy profesional.
—A mí me parece una tontería, no sé por qué le das tanta importancia —ella le contestó con desidia.
Aquella mujer era un sueño para Otis. Un sueño inalcanzable, desde luego. Una Descubridora de planetas® estaba fuera de la liga de un simple exobiólogo como él, de los que en la Tierra había a pares.
Además, él era muy normalito, estaba un poco pasado de peso y nunca había sabido cuidarse ni se había preocupado por su aspecto. Sabía de sobra que era algo platónico y esto lo hacía sentirse algo desgraciado, pero, al mismo tiempo, agradecía que le hubiera tocado ella y no otro descubridor como compañero de viaje. Al menos podía admirarla y, si de vez en cuando recibía algún comentario despectivo fruto del gran carácter que ella tenía, esto no hacía más que excitarlo todavía más.
Ahora, con aquel planeta extraño esperándolos ahí abajo, sabía que tenía por delante unos días ajetreados. A simple vista y basándose en los primeros datos que los sensores de la nave habían podido recabar, aquel globo era un jodido paraíso. Y los jodidos paraísos se venden por mucho dinero. Si aquel planeta podía significar algo para él por su extraña flora y fauna, aún lo significaba más para ella, que se forraría si es que podía venderlo.
El problema era sólo ese pasto fucsia…
—
Con la nave ya posada en el suelo del planeta, Shaina miraba cómo aquel chaval hacía su trabajo. Le exasperaba. Había viajado sola por el espacio por más de dos años y ahora les habían impuesto esto: tenían que llevar un exobiólogo enviado por la Tierra en la nave para que hiciera las valoraciones previas con respecto a la posibilidad de colonización de cada planeta nuevo descubierto, antes de poder ser vendido.
Un coñazo.
Antes podía ir en pelotas por la nave si le daba la gana, podía eructar sonoramente después de comer, podía pasarse el día entero durmiendo si le apetecía. Ahora tenía que mantener la compostura y dar una imagen decente.
Además, el tipo parecía gafe. No era mal chico, pero desde que lo llevaba en la nave no habían hecho más que visitar piedras sin aire, y aquello no daba dinero. Y ahora que por fin habían llegado a un sitio bueno, encontraban esa hierba rara que le iba a fastidiar el negocio.
Habían dado varias vueltas al planeta, habían pasado un par de días estudiando los animales y dejando que la nave recogiera muestras de aire, agua… Habían analizado todo y el planeta era completamente habitable. Estaba prácticamente “para entrar a vivir”, el aire era respirable, el agua limpia, la vegetación agradable y extrañamente colorida, sin virus, sin microorganismos peligrosos y sin un solo animal carnívoro.
Eso, que no era un problema en sí, no era normal. De hecho, era único. Otis se lo había dicho, pero ella ya lo sabía de sobra, había descubierto suficientes planetas con vida por su cuenta para saberlo.
Y al parecer, esa característica única era consecuencia de otra característica única: esa omnipresente manta de hierba de color rosa que envolvía todo el planeta. Todos los animales se alimentaban completa o parcialmente de ella. Habían visto animales comer ramas de árboles, hojas de arbustos, bayas de plantas, algas marinas… pero, además, todos comían también de aquella hierba.
Ahora tenía un ejemplo bien curioso delante de su cara. A través del cristal de visualización podía ver unos enormes animales a unos cincuenta metros de la nave, pastando mansamente. De lejos, eran parecidos a elefantes, aunque sus patas eran mucho más finas y largas, casi como las de una jirafa. Se fijó mejor en la escena: había dos que habían encontrado algo más divertido que pastar.
—¡Otis! Ven aquí, creo que querrás ver esto.
Él sólo tardó unos segundos en aparecer por la puerta, se quedó mirando a la pareja de animales que ella le señalaba y emitió una media sonrisa.
—Muy interesante. Gracias por avisarme, Shaina.
Aquellos dos jirafofantes parecían estar copulando. Uno estaba montando sobre el otro, con las patas delanteras levantadas y realizando movimientos rítmicos y algo espasmódicos con la cadera.
—Me he imaginado que te interesaría esta mierda. ¿Cómo vas con tu investigación? Termina pronto, quiero saber si vamos a poder vender este planeta —ella le apremió.
—Pues, lo cierto es que la investigación no va mal, esa hierba es muy… curiosa. Pero no creo que vayas a poder sacar un duro por este lugar. Es demasiado especial. Cuando informe, prohibirán su colonización.
—Pues no informes.
—Si no informo y ese césped al final resulta peligroso, me puede caer un buen paquete.
—¡Bah! Siempre con monsergas. Pues venga, vuelve a tu laboratorio y termina tu investigación. Si esto no vale para nada, quiero largarme de aquí cuanto antes. No estoy para pérdidas de tiempo y me estoy desesperando aquí parada. De hecho, mira, creo que voy a ponerme un traje y salir a dar un paseo.
—Haré lo que pueda. Ten cuidado si sales.
—Otis, he pisado doce planetas con vida antes de este, no me jodas, creo que ya sé el cuidado que tengo que tener.
Shaina lo vio salir de la cabina con la cabeza gacha. Menudo palurdo. Ya que les obligaban a tener que llevarlos encima, por lo menos le podían haber puesto a alguien competente. Porque además tenía que aguantar que estuviera cerca de ella cada dos por tres.
Y no es que le diera asco. Era lo contrario, y entonces era ella la que se daba asco a sí misma.
Llevaba casi tres años de descubridora, dedicada a viajar por el espacio de aquí para allá sin más cosas en la cabeza que su propio trabajo. No tenía tiempo para hombres. Pero le ponían a aquel tonto al lado y su cuerpo reaccionaba. Su cabeza no lo deseaba, pero cuando estaba cerca de él, lo olía. Y cuando lo olía, algo dentro de ella se despertaba.
Contrariada, se puso el traje de exploración y se dirigió a la esclusa. Pasó por el portal de descompresión aunque no era necesario y salió al exterior.
Estiró los brazos y se desperezó. Miró a las criaturas que seguían pastando a lo lejos, sin distinguir ya a las que había visto en pleno acto sexual. Ahora todas comían junto a aquellos árboles de hojas azuladas. Abrió el cristal del casco. El aire era respirable, así que, ¿por qué no respirarlo? Tragó una buena bocanada y recibió una sensación muy agradable.
Era algo común en los planetas vírgenes como aquel: siempre había un olor impecable a naturaleza, aunque en aquel sitio, con la leve brisa que corría, el olor era… especialmente especial. No solo era agradable y relajante… era apetitoso. Se agachó para sentirlo más de cerca.
—
Otis ya llevaba casi una hora en el laboratorio preparando una de las muestras que habían recogido. Ya había estudiado la muestra “normal”: un trozo de cinco metros cuadrados de aquel manto de césped rosado. Ahora le tocaba a la muestra “especial”.
Desde el aire habían visto que en varios lugares del planeta había extensas planicies y algunos valles cubiertos por pequeños montículos que variaban entre los pocos centímetros y los veinte metros de altura. Al bajar a recoger las muestras, habían aterrizado en uno de ellos y, con la ayuda de un par de robots, se habían llevado uno de aquellos “granos” junto al cuadrado de cinco metros, que habían arrancado de una superficie plana.
El estudio del trozo plano ya le había dado la suficiente información para confirmar sus sospechas. Aquello hacía la fotosíntesis, pero no parecía alimentarse sólo de la energía del sol y de los nutrientes de la tierra. Entre las raíces se distinguían otros tipos de estructuras filamentosas de las que no había podido determinar su utilidad con certeza. Y si aquello lo había visto en el trozo “normal”, no esperaba ver nada menos extraño en el trozo “raro”.
Había pensado que el bulto sería una protuberancia de tierra sobre la que se extendía la hierba, pero no parecía ser así. Al tocarlo no era duro, sentía como se achataba y cedía un poco ante la presión, como si tocara la superficie de un balón pinchado.
Levantó la cúpula de protección del depósito de muestras donde había dejado el “grano” y metió las manos en los guantes anclados al cristal. Cogió uno de los bisturís, pero miró la cosa y le pareció una tontería. Aquello era un trozo de suelo. Dejó el bisturí y agarró un cuchillo.
Al clavarlo en aquel bulto, un montón de líquido corrosivo comenzó a emanar de la herida que había causado. Parecía evidente que en aquel punto el césped no era solo un recubrimiento y que aquellos granos no eran parte de la orografía del terreno, sino más bien del cuerpo de aquel ser.
Drenó todo aquel líquido verduzco y viscoso en el interior de la cabina de investigación y recogió algunas muestras en envases para estudiarlo después con más detenimiento. El olor era nauseabundo, pese a que estaba usando una buena mascarilla química y todo el líquido permanecía dentro del tanque de investigación.
Con la ayuda de unos fórceps abrió aquel abultamiento ensanchando la “herida” que había hecho con el cuchillo. Allí adentro, embadurnado en aquel asqueroso fluido verde, había un animal a medio descomponer.
Era uno de los cervatillos que habían visto al llegar al planeta, aún conservaba parte de su pelaje azulado, aunque en otras partes sus huesos eran visibles y su cuerpo parecía una pastosa mezcolanza de vísceras. Los cuernecillos estaban intactos.
Con las manos metidas en los guantes trató de manipular al animal y moverlo para ver mejor sus partes “digeridas” y si había allí adentro algo más que el propio bicho. Descubrió una bolsa carnosa que no pertenecía al pobre cervatillo y estaba unida a las raíces del césped rosado por pequeños tubos blancuzcos y flexibles. Estrujó uno de esos pequeños tubos que había quedado desconectado al hacer él la primera abertura.
Del tubo salió algo de aquel líquido verde, pero este era de un color más oscuro y todavía más viscoso.
Con la vista fijada en aquello, Otis sacó sus manos rápidamente de los guantes unidos al recipiente, dando un grito.
—¡La hostia!
Se miró las manos y vio que las tenía intactas. Se acercó de nuevo al tanque y observó los guantes. No, no había sido sólo una sensación. Aquel líquido estaba deshaciendo el guante izquierdo.
Esos guantes estaban fabricados con la más avanzada tecnología del momento. El material del que estaban hechos tenía propiedades no-newtonianas, se ponían rígidos y más duros que el diamante al recibir un golpe fuerte, pero eran flexibles si se usaban de forma normal. El material había sido diseñado para ser resistente a absolutamente todo. ¿Qué mierda llevaba aquel líquido?
Fue rápidamente al lugar donde había dejado los recipientes con las muestras del líquido drenado anteriormente. Los comprobó uno por uno. Parecían estar bien. Aquel fluido era algo más claro, más líquido, de un color más vivo. No debía ser la misma sustancia. Se acercó de nuevo al contenedor y observó el bulto abierto. El guante había perdido parte del dedo pulgar, pero el líquido no parecía pasar de ahí. Visualmente revisó el tubo blanco del que había salido y la bolsa pastosa a la que estaba adherido y vio que allí adentro ya no quedaba nada. Comprobó que la cúpula de cristal del tanque estaba bien cerrada de todos modos, por si acaso.
Con uno de los tarros de líquido en las manos, se dirigió de nuevo a la mesa del microscopio y se sentó en su silla de trabajo. Antes de comenzar a prepararlo para estudiarlo, recapituló.
No podía afirmarlo tajantemente, al menos de forma científica, pero parecía claro que aquel bulto era un estómago. El líquido verde claro debía ser algún tipo de jugo intestinal, algo para descomponer los cuerpos. El verde oscuro quizá fuera otro tipo de jugo con la misma función, pero se utilizara sólo para presas más difíciles o para los momentos con más necesidad de corrosión, como el principio de la digestión.
Aquello podía ser una respuesta, pero abría mil preguntas. El lugar de donde habían recogido el bulto era una enorme planicie de varios kilómetros cuadrados que estaba llena de ellos, y algunos tenían veinte metros de altura. Por otro lado, si aquello era un estómago, ¿había boca? Parecía evidente que no. Lo más probable es que las presas estuvieran ya muertas antes de ser digeridas. Caídas en el suelo, serían asimiladas poco a poco por este.
¿Y cerebro? ¿Habría un cerebro?
Se quitó la mascarilla y respiró hondo, hastiado. ¡Ah! Al menos, aquello sí que era un aroma. El cuadrado de césped “normal” que había estado investigando anteriormente seguía en la mesa y su olor era tan potente que enmascaraba el pútrido hedor del líquido verde. Era curioso, no solo era un olor agradable, era un olor que daba hambre, que se metía en su nariz y activaba la misma parte del cerebro que el olor a pan recién hecho.
Más relajado, agarró los mapas que habían hecho desde la órbita con la función de escaneado de la nave y los observó con detenimiento. Aquel césped rosa estaba en todos los sitios, desde la cúspide de las montañas hasta el fondo de los mares. No encontró una sola pizca de tierra visible, igual que las otras veces que lo había revisado. Igual que cuando lo habían visto con sus propios ojos desde la órbita baja.
Negó con la cabeza. La única cosa que le quedaba clara era que iba a ser completamente imposible vender aquel planeta. Era demasiado extraño e interesante, y cuanto más investigaba, más extraño e interesante se ponía. Así que no tenía sentido hacer mucho más. Por supuesto, en cuanto se le pasara el susto volvería al tanque y seguiría revisando aquel grano, y también echaría antes un vistazo en el microscopio a aquel líquido verde, pero pronto tendría que llamar a la Tierra, enviar sus informes y salir de allí con las manos vacías, y con Shaina cabreada y decepcionada.
Era una lástima tener que abandonar algo por ser demasiado bueno. Había que admitir que la visión del globo rosado y azul perlado de nubes blancas desde el espacio era algo espectacular. El planeta en sí, incluso ya en tierra, era precioso y llamativo, con sus árboles y animales de colores exóticos y vívidos. Y de cerca, aquel césped era suave y agradable… y vaya, también era bien sabroso al masticarlo.
Entonces fue cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
¿Comerse un objeto de investigación? ¿Cuándo había dejado de ser un científico responsable para convertirse en un inconsciente? ¿Cuándo había arrancado aquellas briznas que ahora dejaban aquel inigualable sabor en su paladar? Joder, qué ricas estaban.
Arrancó unas pocas más del cuadrado y se las metió en la boca, prometiéndose que serían las últimas. Mientras preparaba la muestra de líquido verde en el microscopio incumplió su promesa varias veces más. Era como estar viendo una película con una bolsa de palomitas al lado y tratar de no coger ninguna: imposible.
Puso el ojo para mirar por el microscopio después de terminar de colocar una gota de aquel líquido en la plaquita, pero lo retiró al momento. No tenía el ánimo. Estaba nervioso. Se sentía agitado, incómodo. No podía dejar de mascar. Lo mejor era largarse de allí, alejarse de aquella cosa por un rato. Pero antes, cogería un poco más.
Era momento de ir a ver si Shaina había vuelto de su paseo, y si no, llamarla por el comunicador. Aquello empezaba a darle demasiada mala espina.
Se dispuso a levantarse de la silla, pero se sentó en el mismo momento. No hacía falta avisarla, Shaina estaba allí.
Con un brazo elevado apoyándose en el marco de la puerta del laboratorio, mostrando que había abierto la cremallera de la parte superior de su traje casi hasta el ombligo.
Cuando Otis pudo pensar que había abierto los ojos de par en par de forma demasiado evidente, era tarde para evitarlo. Iba a decir algo, pero sólo pudo abrir la boca en silencio, así que ella se le adelantó.
—¿Terminas ya o qué? He salido afuera, pero me he tenido que volver a entrar, ahora hace mucho calor.
—Pues… la verdad es que casi podría dar la investigación por terminada —contestó Otis, titubeando—. Pero hay malas noticias, es imposible que te dejen vender esto…
Ella echó a andar con porte firme hacia el asiento de Otis. Él ya no tenía los ojos tan abiertos, pero la seguía con la mirada y pudo ver cómo mascaba algo de forma obvia. Ella llegó a su lado y dejó caer la mano sobre la mesa con fuerza, provocando un pequeño rebote de todo cuanto había en ella.
Él se sobresaltó y trató sin éxito de no mirarle los pechos, que habían quedado justo a la altura de su cara.
—Eres un vago. Si no vas a conseguir que me den algo por este sitio, al menos haz algo de provecho.
Lo empujó con tanta fuerza que la silla volcó pese a tener ruedines. Otis quedó despanzurrado en el suelo, ella terminó de bajar la cremallera de su traje, se lo quitó y se sentó sobre él, moviendo su cuerpo de forma rítmica sobre su pubis. Después se apartó y entre los dos consiguieron arrancarle el traje a Otis.
Pasaron horas entregados a una vorágine sexual sin límites. Otis jamás había pensado que albergara tal potencia en su interior. Shaina nunca había intuido que podía llegar a extraer tanto placer de aquel idiota atontado.
Completamente entregados, sólo quitaban su atención del otro esporádicamente para coger algunas hebras más de la muestra y mascarlas con ansia. No repararon en cómo las raíces cartilaginosas comenzaban a cubrir los cristales en el exterior, ni sus oídos escucharon los crujidos metálicos por encima de sus propios gemidos.
Una vez estuvieron exhaustos, aún con el deseo encendido y magnificado, pasearon juntos por el pasillo de la nave hacia las duchas. En su abstracción miraban lascivamente las pupilas del otro y ni siquiera pudieron observar cómo aquellos tubos blancos palpitantes manaban litros de líquido verde oscuro sobre el cristal de la cabina, ya cubierto al completo por una espesa capa de tierra marrón entremezclada con estructuras venosas que crecían por momentos y se agarraban con pequeños órganos succionadores.
Una vez en los baños, mientras el agua que caía del techo los salpicaba, no tardaron en volver a respirarse y tocarse y morderse y excitarse mientras al agua comenzaban a unirse algunas gotas viscosas de color aceitunado.
—
Seis meses más tarde, una nave de descubrimiento con un piloto y una investigadora llegó a un planeta cuyo aspecto era increíblemente colorido y llamativo.
—¿Tan raro es? He visto otros planetas con hierbas de colores —dijo él.
—Muy raro. El problema no es el color, aunque resulta curioso. El problema es que es omnipresente. Está en todos lados. No parece haber un centímetro de este planeta donde no crezca esa hierba. ¿Qué serán esos montículos? Vamos a bajar ahí…
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