Los Viajes de Shin
Capitulo Catorce: Apertura del más allá
Llevaban horas caminando sin rumbo aparente. Las charlas eran breves, separadas por silencios largos e incómodos, y tanto caminar hacia ningún lugar comenzaba a irritar a Shin, que se abrazaba a sí misma contra el viento frío que corría entre los árboles del bosque nevado.
—¿Me vas a decir adónde vamos o seguiremos caminando hasta que te aburras?
—Puedes buscarte tu propio camino si quieres. No me importa.
Shin casi se lanzó sobre su contraparte, harta de las respuestas que recibía, pero ambas fueron interrumpidas cuando el comunicador dentro de la armadura roja comenzó a emitir un sonido leve pero constante. Un tic repetitivo.
—Ya era hora…
Su contraparte lo sacó y lo ajustó en su muñeca. Se activó con un holograma pequeño de color azulado, con varios datos flotando sobre la pantalla.
Shin se paró a su lado asomándose para ver. La interfaz no era muy diferente a la que usaba su ejército, así que podía seguir lo que su contraparte estaba haciendo.
—¿Un llamado de rescate? —murmuró sin apartar la vista.
—Sí. Hasta ahora en este lugar la cosa recibió señal. Con suerte alguna nave del Imperio que siga ahí arriba la verá y bajará por nosotras.
Shin elevó una ceja.
—¿Del Imperio?
—Sí. —Su contraparte apagó el comunicador— ¿Nunca secuestraste una nave?
—No es mi táctica usual.
Su contraparte subió y bajó los hombros ante la respuesta mientras miraba el cielo esperando ver algo de inmediato. Solo encontró la vista de siempre.
—Ahora bien… —dijo cruzándose de brazos— Llevamos horas hablando pero ni siquiera te has dignado a hablar de ti.
Shin puso las manos en la cintura mirando el cielo también.
—No pensé que te importara.
—No. Pero tampoco me gusta el silencio.
Shin dejó salir un suspiro, compartiendo el sentimiento sin querer admitirlo.
—¿Y qué de todas las cosas quieres saber?
—Lo más simple y lo que has estado omitiendo todo este tiempo. —Giró la vista hacia su rostro— ¿Cómo llegaste hasta aquí en primer lugar?
Shin señaló con el índice hacia el cielo donde la grieta seguía abierta, rodeada de nubes en remolino. Su contraparte la miró y luego volvió a mirarla con un gesto de duda.
—Eso no me dice nada.
—¿Esa cosa en el cielo no te dice nada? Ha estado ahí desde que llegué.
—He visto cientos de esas cosas desde que inició la guerra.
Shin dejó salir un sonido de pura incredulidad desde la garganta.
—¿Has visto cientos de esas cosas… incluso por dentro?
—¿De qué hablas? ¿Quién se metería a un agujero negro por voluntad propia?
—¡Eso no es un agujero negro! —Dijo con firmeza— Si lo fuera no estaríamos hablando ahora mismo.
—Poco me importa lo que sean. No me interesa uno más de los fenómenos del universo. El sonido del comunicador se volvió más constante e insistente. Su contraparte lo revisó y luego elevó la vista al cielo.
—Ya están aquí.
Se quitó el comunicador de la muñeca y lo lanzó a la nieve. Tomó a Shin del hombro y la arrastró entre los árboles.
El sonido de motores fue creciendo desde el cielo. Una pequeña nave de transporte comenzó a aterrizar en un claro cercano. Era el mismo tipo de nave que Shin había usado para llegar al suelo de Elisium en su realidad.
Ambas se tiraron al suelo detrás de un tronco mientras la nave aterrizaba.
Cuando se abrieron las puertas bajaron dos soldados de armadura blanca con diseños rojos. Un sonido de dientes apretados salió de su contraparte mientras los observaba. Shin no reconocía esas vestimentas.
Con un gesto de los ojos su contraparte los señaló.
—Son de los Skorp… —murmuró solo para ellas dos.
Shin negó con la cabeza con expresión de no entender nada, lo que le sacó un suspiro a su contraparte.
—La guardia personal de Karvios. Bueno… era su comunicador, después de todo.
Se levantó levemente y señaló a los soldados con dos dedos antes de separarse de Shin.
Ella hizo lo mismo por el lado opuesto, acechando entre los troncos en silencio. Los soldados ya podían oírse hablar.
—No veo señales del príncipe Karvios.
—¿Deberíamos Gritarle y ver si responde?
—Claro, si quieres que te corten la lengua después, adelante.
Ambos se separaron dándose la espalda mientras se adentraban al bosque.
La primera en actuar fue su contraparte, que saltó desde lo alto de un árbol sobre uno de los soldados rompiéndole el cuello. El sonido alertó al compañero, que se giró levantando el arma, pero antes de que pudiera decir una palabra Shin lo tomó por detrás y le torció el cuello, dejándolo caer sobre la nieve.
Ambas se miraron un segundo antes de caminar hacia el transporte.
El piloto esperaba en la cabina, distraído, hasta que miró hacia el lado por la ventana y vio el puño de su contraparte atravesarla. La mano lo tomó del rostro y lo jaló hacia afuera. Una vez fuera lo lanzó hacia atrás sin siquiera mirarlo. Solo se oyó el golpe seco y el crujido de huesos contra un árbol.
Su contraparte se metió a la cabina por la misma ventana y tomó asiento encendiendo el transporte. Shin subió por un lateral, cerró la puerta de salida y pasó hacia adelante tomando asiento como copiloto.
—¿Y ahora qué?
—Por mi parte me largo. Buscaré la manera de volver con mis tropas… si es que aún quedan tropas.
—Bien. A mí solo llévame donde pueda encontrar una nave.
Su contraparte la miró de reojo y se echó a reír.
Shin le devolvió la mirada sin entender la gracia.
—¿Por qué te ríes?
—¿Crees que te voy a llevar donde haya una nave? —Se volvió a reír— La única parte donde puedes conseguir una es la nave nodriza de donde salió este transporte.
Shin elevó las cejas poniéndose a la defensiva.
—Pues hazlo y luego te largas.
Su contraparte sacudió los controles elevando la nave de golpe hacia el espacio con sacudidas y turbulencia mientras se elevaban.
—No voy a meterme de cabeza en una nave de los Skorp. Pero puedo lanzarte al espacio cerca de ella.
—Deja de ser una molestia y solo acércame.
La mirada de su contraparte se tornó fría mientras la nave salía de la atmósfera hacia el frío vacío.
Ninguna de las dos tenía dificultad para estar en el espacio. Su piel no se enfriaba ni entumecía generando una calor natural gracias a su sangre divina. La nave cuya ventana estaba destrozada funcionaba lo suficiente para que puedan volar por el espacio.
Desde ahí podía verse el cementerio de naves flotando alrededor del planeta. Las mismas que caían en pedazos hacia la superficie siendo la lluvia de meteoritos que habían presenciado todo el día.
Entre ellas había una sola nave entera y operativa. Un destructor imperial enorme.
Su contraparte también lo observó antes de mirarla de reojo.
—¿Lo entiendes ahora? No planeo quedar muerta flotando en este lugar.
De pronto la alarma del transporte comenzó a sonar en rojo. Al mismo tiempo las luces del destructor, blancas hasta ese momento, se tornaron rojas y la nave comenzó a girar en dirección contraria hacia ellas.
Ambas quedaron mirando sin entender mientras la alarma no dejaba de sonar y el transporte comenzaba a sacudirse por una turbulencia extraña.
El gran destructor quedó en paralelo a la grieta sobre el planeta, que no solo se abría hacia abajo sino también hacia arriba, con pedazos de naves girando a su alrededor igual que las nubes en su otra cara.
Un estruendo salió del destructor como una alarma masiva que sacudió los oídos de ambas mientras el transporte se agitaba.
Ninguna entendía qué estaba pasando, hasta que el destructor abrió fuego con toda su artillería directamente hacia el agujero.
Y entonces entendieron que algo malo estaba pasando.
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