Los Viajes de Shin
Capitulo Cuatro: Máquinas de guerra
El destructor republicano abrió fuego sobre el ejército imperial con una furia infernal. El suelo se quebraba con cada descarga de artillería pesada, lanzando la tierra metros por el aire hecha pedazos. Soldados y acero eran reducidos a polvo y sangre que seguía manchando el páramo. La Legión de la Noche se veía obligada a retroceder junto a Shin, cediendo terreno metro a metro para evitar que las bajas siguieran acumulándose. La furia en los ojos de la princesa no era ajena para nadie.
El coloso de metal avanzó sobre la fortaleza cubriéndola con su bombardeo, consumiendo el devastado páramo y tiñéndolo aún más de rojo y carne esparcida. No había tiempo para mirar hacia atrás ni dejarse enloquecer por los gritos agónicos de quienes quedaban atrapados bajo el fuego. Una vez lo suficientemente lejos y atrincherados, Shin encendió el comunicador de su muñeca. La luz verdosa iluminó su rostro mientras establecía contacto con el Sueños de Dragón.
—Quiero un reporte —ordenó, con el sonido de fondo retumbándole en los oídos.
La respuesta llegó fragmentada, una voz masculina entre interferencias cargada de urgencia.
—Estamos… bajo supresión… —estática— no tenemos… —estática— hacia superficie…
La señal se cortó. La guerra en el espacio también se libraba.
Shin apartó la mano de golpe y se asomó por sobre el borde de la trinchera, clavando los dedos en la tierra seca y los ojos en la bestia de metal que se cernía sobre su objetivo. Cada tanto, restos de piedra y arena saltaban hacia ella y los soldados a su lado. Sus ojos de eclipse permanecían fijos en el destructor hasta que la voz agitada de un joven soldado la sacó del trance. Este llegó corriendo y se lanzó a su lado tomando cobertura, recuperando el aliento a trompicones.
—Comandante… —dijo entre jadeos mientras se ajustaba el casco— tenemos comunicación con la Nave Tormenta…
Se quitó el audífono de la oreja y se lo extendió. Era joven, demasiado para estar aquí. Shin lo miró un instante antes de tomarlo.
—¿Qué clase de nave es? —preguntó mientras lo enlazaba con su comunicador.
—Un clase Berserker, una fragata, Comandante… —el chico se encorvó cuando una explosión impactó cerca— ¡Tiene munición de penetración!
Lo gritó casi sin voz, medio sordo por la detonación.
—¿Cómo te llamas?
—Vastian, Comandante.
Shin asintió y se llevó el audífono al oído.
—Aquí la capitana del Sueños de Dragón para el Tormenta. ¿Me reciben?
—Fuerte pero poco claro, Capitana Shin. —Una voz gruesa, entrecortada por la estática.
—Me basta con que entiendan. Necesito un ataque sobre ese destructor. Objetivo prioritario.
—Recibido… —interferencia— esperamos confirmación estroboscópica…
Shin se levantó y comenzó a recorrer la trinchera. Larga, profunda, repleta de soldados: algunos recuperando fuerzas, otros disparando para mantener la posición, otros simplemente rotos, destruidos por dentro sin que ninguna bala los hubiera tocado todavía.
Encontró a Settdrik más adelante, dando órdenes a un grupo de hombres con la calma precisa de quien lleva décadas en esto. Shin lo tomó del hombro y lo giró.
—Settdrik.
El caballero de cabellos grises se puso derecho de inmediato.
—Tenemos apoyo de una fragata con munición de penetración. Pero alguien tiene que marcar ese destructor con un estroboscopio.
Una explosión cayó justo al borde de la trinchera. Ninguno de los dos se inmutó. Los soldados a su alrededor se tiraron al suelo cubriéndose la cabeza.
—Zolas tenía un marcador —respondió él rápidamente, poniéndose el casco— Iré a buscarlo y lo enviaré.
Shin lo soltó con un gesto y volvió al borde de la trinchera. Presionó el audífono con el dedo.
—Aquí Shin. Punto la marca de ataque. Autorización de peligro cercano.
No esperó confirmación.
Más allá, uno de los miembros de la legión salió corriendo por el páramo con el marcador en las manos. Cuando llegó tan cerca como el fuego le permitió, se deslizó por el suelo y apuntó el dispositivo hacia el destructor. Un láser verde lo marcó con precisión quirúrgica.
Shin levantó la mano. Los miembros de la legión y los soldados a su alrededor se pusieron en guardia, tensos como cuerdas a punto de romperse.
El marcador cumplió su función. El soldado emprendió la carrera de regreso esquivando el fuego enemigo. Varios impactos lo alcanzaron pero ninguno lo tumbó. Llegó justo cuando el comunicador confirmó.
—Objetivo reconocido. Marca de fuego confirmada. Carga lista.
Shin exhaló apenas.
—Fuego.
Por sobre las nubes ennegrecidas del páramo de muerte, un único proyectil descendió dejando tras de sí un trazado de luz roja. Impactó de lleno en el centro del destructor, cruzándolo de lado a lado. La nave se sacudió, su vuelo volviendo errático mientras intentaba elevarse. No lo logró. Un segundo proyectil descendió más cerca del puente, atravesándolo con la misma brutalidad, y lo que siguió fue una cadena de explosiones que lo incendió desde adentro mientras caía.
El destructor se estrelló a metros de las murallas de la fortaleza. El impacto y los pedazos volando fueron suficientes para abrir una brecha en las gruesas paredes de piedra.
Shin cerró el puño y lo bajó.
A su orden, la legión y los soldados imperiales saltaron de la trinchera con un único grito de batalla, pasando a su lado en marea de acero y furia, lanzándose hacia la brecha con todo lo que les quedaba
. Shin los siguió al último. Sin correr. Sus ojos fijos en la brecha abierta, en el humo que salía de ella como una invitación.
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