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Los Viajes de Shin

fictograma [Unofficial] June 2, 2026
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Capitulo Trece: Tus ojos en mi

Shin levantó la mirada hacia su contraparte cuando esta se paró frente a ella, tapando el sol que bañaba su rostro.

La miró a los ojos. Notó la heterocromía pero no comentó nada.

Ambas se sostuvieron la mirada, cada una esperando que la otra iniciara algo. Solo quedó silencio.

Un silencio largo que se tornó incómodo hasta que su contraparte tosió levemente.

—¿Y bien?… —comenzó con un tono inquisitivo— ¿Qué… eres?

Shin se levantó quedando a su altura. Más allá del color de ojos y las vestimentas, la única diferencia notable entre ambas era el estado de sus caras. La de su contraparte había quedado con cicatrices notorias, marcas de los trozos de armadura que Shin le había incrustado la noche anterior. Aun así eran un reflejo vivo la una de la otra.

—A estas alturas es bastante obvio quién soy… —comentó Shin con un tono calmado mezclado con una leve altanería.

—No lo es. —Su contraparte se cruzó de brazos sin apartar los ojos— Puedes ser muchas cosas y ninguna me agrada.

—Bien. Supongo que te dejé el cerebro algo confundido, así que seré clara. Somos la misma persona.

Su contraparte frunció el ceño con molestia al serle recordado cómo había perdido la pelea. Dejó salir un sonido despectivo y elevó levemente el mentón.

—No somos la misma persona. Ni de cerca.

—Bien, quizás no. Pero ambas somos Shin Lorian.

Su contraparte dejó salir un sonido gutural, bajó los brazos y apretó los puños.

—No me llames por ese apellido. No tengo nada que ver con Dante Lorian.

Shin arqueó las cejas, impresionada de cierta manera de oír esas palabras salir de su propia boca.

—Tú… —dijo en un tono bajo— Eres parte de ese nuevo reino de Exquema, ¿verdad?

Su contraparte no respondió de inmediato. Comenzó a caminar, pasando a su lado y golpeando su hombro con el suyo. Se alejó unos pasos antes de girar la vista hacia atrás.

—El nuevo reino de Exquema es lo que Exquema debió ser… pero qué importa eso.

Sin más siguió caminando.

Shin se quedó donde estaba. Miró alrededor como si el paisaje que había estado mirando por horas fuera a cambiar en algo. No cambiaba. Cerró los ojos, los apretó con fuerza, los abrió, y siguió a su contraparte muy a regañadientes.

Caminaron con algunos pasos de distancia entre ellas por el páramo frío. Las montañas nevadas se veían al horizonte y de tanto en tanto un meteorito caía sobre ellas causando grandes explosiones y leves temblores, como había sido durante toda la noche. Shin temblaba levemente. Lo que quedaba de su ropa, casi reducida por las llamas verdes de la noche anterior, no era suficiente para aquel frío.Llegaron hasta donde se habían encontrado por primera vez. Su contraparte se acercó al cadáver de su hermano, cubierto por una capa de nieve que había caído durante la noche sobre el suelo carbonizado. Lo tomó de la armadura por el cuello y tiró de él como si nada, arrastrándolo unos pasos hacia un lugar que no había sido quemado. Lo dejó en el suelo, tomó su muñeca izquierda por debajo de la armadura y extrajo un comunicador. Luego soltó el brazo sin más y volvió a caminar.

Shin la siguió, esta vez a su lado, mirando cómo su contraparte encendía el dispositivo.

—¿No vas a darle una sepultura?

—¿Qué te importa?

Shin resistió el impulso de darle un puñetazo en el rostro y siguió caminando.

—Si no tienes nada que ver con mi padre… —tosió levemente— con tu padre… ¿de qué se trata todo esto?

Preguntó mientras señalaba el cielo donde los meteoritos seguían cayendo.

—Una guerra. ¿Qué más podría ser? —respondió su contraparte sin dejar de mirar el comunicador.

—¿Pero qué guerra? ¿Por qué se matan entre exquemanos?

—¿Por qué te importa? No eres tú quien lucha.

—¡Pero me importa saber qué mierda pasa aquí!

Su contraparte levantó la vista hacia los ojos de Shin, que parecían más rojos que antes. Guardó el comunicador dentro de la armadura y se cruzó de brazos.

—Deberías saberlo. Si somos la misma persona, deberías saber por qué lucho.

Shin dio un paso hacia ella, quedando cara a cara.

—No te confundas. Lo que sea que haya pasado en tu vida no es lo que pasó en la mía. —Apretó los puños a cada lado— Así que será mejor que empieces a explicar qué está pasando aquí.

Su contraparte notó el tono. Hizo un leve movimiento hacia atrás. Bastó con ver esos ojos rojos para saber que si volvían a pelear ahora no tendría tanta suerte como la noche anterior.

Dejó salir un suspiro y apartó a Shin con la palma antes de volver a caminar.

—¿Por dónde querés empezar? ¿Por mi nacimiento o por cuando todo se fue a la mierda?

—¿Por qué están luchando en una guerra civil?

—Porque Dante Lorian así lo quiso cuando se volvió un tirano.

Tirano. Esa palabra resonó dentro de Shin. Tan cercana, tan lejana a la vez.

—En Exquema no se gobierna con tiranía. Los dioses lo hacen.

Su contraparte la miró por sobre el hombro antes de dejar salir una risa leve que dejó a Shin sin respuesta inmediata.

—¿Y qué es Dante Lorian si no un dios? Una deidad suprema, en realidad… Siguió riendo un poco mientras avanzaba.

—Lo es. Pero no es como él es. El Imperio reniega de los dioses y lucha contra ellos.

—Quizás tu Imperio. Pero aquí… —se detuvo y se giró hacia ella abriendo los brazos como si quisiera abarcarlo todo— el Imperio es de los dioses.

Eso golpeó a Shin de manera brutal, generándole preguntas que se apilaban sin orden.

—¿Cómo?

Fue lo único que salió de su boca.

—¿Cómo? —repitió su contraparte— Ganando la guerra. —Lo dijo con cierto sarcasmo antes de seguir caminando.

—El Imperio perdió la primera guerra contra la República.

Shin lo dijo casi para sí misma, comenzando a entender, pero su contraparte la interrumpió.

—El Imperio arrasó contra la República en la primera guerra. Aquí mismo. —Pateó la nieve con la bota— En este mismo planeta de mierda.

—Pero si ganaron… ¿cómo es que los dioses…?

—Se unieron a Dante después de que este asesinara a Hazele. —Lo dijo con total normalidad antes de seguir caminando— El miedo es lo que hace que cualquiera cambie de bando.

Shin buscaba ordenar lo que estaba escuchando. Cómo todo podía distorsionarse con una sola acción. Se acercó a su contraparte caminando esta vez a su lado.

—¿Pero cómo terminaron así? ¿Cómo terminaste tú así?

Su contraparte suspiró mientras avanzaba sin mirar hacia atrás.

—Lo que fue la idea de Exquema se rompió poco después de la victoria. Con dioses sumisos bajo el poder de Dante, este poco a poco comenzó a verse a sí mismo como el único dios gobernante. —Miró hacia el cielo azulado— Las palabras dulces de los aduladores pueden cambiar a cualquiera. Incluso a él. El Imperio de Exquema es ahora el Imperio de los dioses, gobernado por un único dios.

Shin tragó saliva. Entendía más, pero había cosas que le costaba aceptar. Que ese lugar no fuera su hogar no lo hacía menos perturbador.

—¿Y tú? ¿Dónde entrás en todo esto?

Su contraparte guardó silencio por un largo instante, como si también se hiciera esa pregunta.

—Crecí con esa misma idea. Éramos dioses y nuestro derecho era gobernar por sobre otros dioses y por sobre los mortales como quisiéramos. —Su tono bajó levemente— Pero mi madre no lo veía así.

—¿Quién es tu madre?

—Mi madre… —se detuvo un instante, luego volvió a caminar— Serana Ikalis. La diosa del amor. Al decirlo pasó dos dedos juntos por debajo de su ojo azulado.

Shin notó el gesto y apartó la mirada, dándole su espacio mientras seguían con pasos lentos sobre la nieve que parecía infinita, bajo una lluvia de meteoritos y montañas blancas cada vez más cercanas pero igual de lejanas.

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