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De sueños angostos Colección de Cuentos Fantásticos 70°C

fictograma [Unofficial] June 1, 2026
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De algún día, tal vez mañana, tal vez ayer. Ya quién sabrá. Pues ¿quién contestaría, arrancados sus ojos? ¿Quién responde, devorado por sus propios saberes?

Mas ahora solo pregunto: ¿mañana el Sol de nuevo? ¿Amanecerá algún día? Pues, para mis temores, Dios quiera que no sean ciertos: ocho minutos y veinte segundos de agonía. Y de nuevo el reloj marca la medianoche.

Se repite el ciclo. Me hablan por la derecha, y los extraños, con inmensas lagunas en sus cabezas, parecen despreocupados. Asienten, sabiamente.

A mis pies se abren las mareas; en mis cielos, la tempestad se acerca cada vez más. Cruzo los bosques imperecederos. Me pierdo. Subo a la palmera más alta y contemplo lo que mis acciones han causado.

Ceniza. Sí, solo ceniza queda del paraíso de Adán.

Mas ya no lloro. Sigo avanzando hacia el País del Quizá. Y tal vez, solo tal vez, la respuesta se me sea dada.

Las montañas se juntan en una sola. Me impiden el paso: poderosa roca. Trato de escalar. Inútiles mis esfuerzos; subo dos pasos, y la lava consume dos más. Ya enojado y frustrado, tomó el hacha de cristal, y de un golpe seco parto en dos el mundo de Hu.

Su gravedad me atrapa.

Es él.

El enemigo, iluminado por el Sol.

Se presenta con gracia y cortesía. Presume ser más antiguo que el tiempo del hombre. Se acomoda la corbata y dicta el juicio. Continúa, con aires de grandeza, justificando su estupidez. Y de nuevo menciona:

—Para el último de la decadente raza, para el último testigo vivo, para el que se atrevió a soñar y a pelear por libertad…

Continúa.

—Para el último de los Llomas. Aquí, sentencia y veredicto: ¡culpable sea! Culpable por el simple hecho de… sí, culpable de haber amado.

—¿Cómo se justifica el acusado?

Doy voz retórica. Guardo silencio. Pues en sueños y los muertos no deben hablar con los vivos.

De nuevo habla, sin pensar. Exige que la verdad sea contada, que mire aquello a lo que tanto temo.

Su luz blanca se filtra por las cortinas, y sus cómplices, las estrellas juguetonas, no dejan de danzar.

No me atrevo a mirar. Pero sus voces son más fuertes.

Oculto bajo las sábanas, le concedo una pequeña mirada al cielo nocturno. Me digo, para apaciguarme, que no hay luz en sus noches; que la tempestad ha ocultado todo rastro de sus malicias, sus maravillas.

Ya calmadas mis penas, regreso a la cálida cama. Cierro entonces los ojos. Y cuando las campanas marcan la hora en que las brujas toman el té, de nuevo están ellos.

No sé si es la tempestad, o los relámpagos que se cuelan en mis párpados cerrados, pero está allí: su luz, de nuevo en la noche oscura, insistente.

Tengo miedo de volver a mirar. Así que solo abro un ojo, con los sentidos atentos al trueno, o a la vibración del paso del gigante.

Me digo a mí mismo: la noche idiota, y su Luna, cómplice en arrebatarme el descanso.

Pero el clima de hoy decía que sería una noche espesa de niebla, y Luna nueva en América.

Prendo la TV. Tal vez algo me distraiga, y los inciensos de Morfeo hagan justicia.

Solo alcanzo a ver la estática. Y de ella, figuras extrañas osan salir de la pantalla. Me quedo mirando, como si esperara el final de una novela. Pero sus colores, blanco y negro, se tornan en horribles ocres y amarillos.

Busco, sin más remedio, poner fin a mis temores. Pero las quimeras amarillas han tomado posesión de toda la habitación, negándose a dar tregua.

Tan solo atino a rogar que el día vuelva a salir.

Ya no hay santo, ni deidad atroz que pueda dar veredicto o sentencia. Pues las campanas han marcado los primeros ocho minutos y veinte segundos de una aterradora noche.

Solo espero que el Sol salga en la mañana…

Colección de Cuentos Fantásticos … 70°C

Obra autobiográfica

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