De sueños angostos Colección de Cuentos Fantásticos 70°C
De algún día, tal vez mañana, tal vez ayer. Ya quién sabrá. Pues ¿quién contestaría, arrancados sus ojos? ¿Quién responde, devorado por sus propios saberes?
Mas ahora solo pregunto: ¿mañana el Sol de nuevo? ¿Amanecerá algún día? Pues, para mis temores, Dios quiera que no sean ciertos: ocho minutos y veinte segundos de agonía. Y de nuevo el reloj marca la medianoche.
Se repite el ciclo. Me hablan por la derecha, y los extraños, con inmensas lagunas en sus cabezas, parecen despreocupados. Asienten, sabiamente.
A mis pies se abren las mareas; en mis cielos, la tempestad se acerca cada vez más. Cruzo los bosques imperecederos. Me pierdo. Subo a la palmera más alta y contemplo lo que mis acciones han causado.
Ceniza. Sí, solo ceniza queda del paraíso de Adán.
Mas ya no lloro. Sigo avanzando hacia el País del Quizá. Y tal vez, solo tal vez, la respuesta se me sea dada.
Las montañas se juntan en una sola. Me impiden el paso: poderosa roca. Trato de escalar. Inútiles mis esfuerzos; subo dos pasos, y la lava consume dos más. Ya enojado y frustrado, tomó el hacha de cristal, y de un golpe seco parto en dos el mundo de Hu.
Su gravedad me atrapa.
Es él.
El enemigo, iluminado por el Sol.
Se presenta con gracia y cortesía. Presume ser más antiguo que el tiempo del hombre. Se acomoda la corbata y dicta el juicio. Continúa, con aires de grandeza, justificando su estupidez. Y de nuevo menciona:
—Para el último de la decadente raza, para el último testigo vivo, para el que se atrevió a soñar y a pelear por libertad…
Continúa.
—Para el último de los Llomas. Aquí, sentencia y veredicto: ¡culpable sea! Culpable por el simple hecho de… sí, culpable de haber amado.
—¿Cómo se justifica el acusado?
Doy voz retórica. Guardo silencio. Pues en sueños y los muertos no deben hablar con los vivos.
De nuevo habla, sin pensar. Exige que la verdad sea contada, que mire aquello a lo que tanto temo.
Su luz blanca se filtra por las cortinas, y sus cómplices, las estrellas juguetonas, no dejan de danzar.
No me atrevo a mirar. Pero sus voces son más fuertes.
Oculto bajo las sábanas, le concedo una pequeña mirada al cielo nocturno. Me digo, para apaciguarme, que no hay luz en sus noches; que la tempestad ha ocultado todo rastro de sus malicias, sus maravillas.
Ya calmadas mis penas, regreso a la cálida cama. Cierro entonces los ojos. Y cuando las campanas marcan la hora en que las brujas toman el té, de nuevo están ellos.
No sé si es la tempestad, o los relámpagos que se cuelan en mis párpados cerrados, pero está allí: su luz, de nuevo en la noche oscura, insistente.
Tengo miedo de volver a mirar. Así que solo abro un ojo, con los sentidos atentos al trueno, o a la vibración del paso del gigante.
Me digo a mí mismo: la noche idiota, y su Luna, cómplice en arrebatarme el descanso.
Pero el clima de hoy decía que sería una noche espesa de niebla, y Luna nueva en América.
Prendo la TV. Tal vez algo me distraiga, y los inciensos de Morfeo hagan justicia.
Solo alcanzo a ver la estática. Y de ella, figuras extrañas osan salir de la pantalla. Me quedo mirando, como si esperara el final de una novela. Pero sus colores, blanco y negro, se tornan en horribles ocres y amarillos.
Busco, sin más remedio, poner fin a mis temores. Pero las quimeras amarillas han tomado posesión de toda la habitación, negándose a dar tregua.
Tan solo atino a rogar que el día vuelva a salir.
Ya no hay santo, ni deidad atroz que pueda dar veredicto o sentencia. Pues las campanas han marcado los primeros ocho minutos y veinte segundos de una aterradora noche.
Solo espero que el Sol salga en la mañana…
Colección de Cuentos Fantásticos … 70°C
Obra autobiográfica
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