ICARUS de Colección de Cuentos Fantásticos 70°C
Solo. Tal vez eso dirían algunos, u otros colgando del péndulo del cansancio. A mi izquierda, ilustraciones de las obras que alguna vez fueron y nunca volvieron a ser. A mi derecha, la caoba imbuida por temores y resquicios nunca vistos ni imaginados.
Mas recuerdo a lo que vine.
4.121, 4.122, 4.123…
Continúo ascendiendo por los escalones del quizá. Reposo las sienes en las rocas y las plantas de los pies en el aire. Las nubes hacen cosquillas a mis orejas, mientras gusanos se arrastran en la tierra húmeda devorando mis uñas carcomidas.
Cantan los cuarentones tallados en caoba. Me acerco a escuchar mejor, pero solo las polillas invaden el recuerdo, socavando en mí cualquier esperanza de concierto.
Voy, pues, de nuevo y de nuevo. Las cáscaras de las quimeras nacidas de mi mente ahora convertidas en pilares que transportan el tiempo en sus costillas. ¿Quién las construyó? ¿Los vivos? ¡No! Mucho peso para que ellos alcanzaran a esculpir mis ideales.
Reposo mi dolida espalda en ellos.
Pierden el equilibrio y caen clavados desde arriba como una lanza. Golpeo a la suerte con los nudillos; se abren las ideas contenidas. La sangre derramada abre la puerta carmesí.
Vuelvo a decir al que abrió:
—Está aquí el palpitar de mi corazón.
La vieja, con velas en la cabeza y olores de incienso, vestida nada más que de harapos, abre la boca inmensa. En ella, donde deberían estar la lengua y los dientes, solo hay espacio vacío. Pero la respuesta es claramente dicha:
—IR. La pregunta fue hace mucho respondida. Pregunte al otro lado a ver si la recuerdan.
Agradecido, pero no satisfecho. Dejo, o mejor olvido, lo que estaba haciendo. Debo proseguir.
—4.522, 4.523, 4.524…
Alzo la vista: miro arriba, a la derecha y abajo. La luz cortada en finos colores dorados, desplegando las sombras al más puro sinsentido. Veo el mohoso periódico emitido mañana. Lo levanto y leo los titulares antes que nadie: HOY, AYER, POSIBLEMENTE, MUERTE, HOMBRE, CONFIRMADO…
Algunas fotografías anexadas. Descubro la trampa, su treta desde hace 28 años. Las mismas palabras en todas las ediciones. Alteran el nombre del protagonista, hechos y circunstancias. Pero yo recuerdo el ayer, el mañana y el presente. No caeré en las artimañas de la realidad incuestionable.
—4.726, 4.727, 4.728…
Las masas nuevamente cansadas, hartas del sosiego de su Presidente. Habría evitado tanta fatiga con solo ir un poco más arriba. Simplemente tocar el timbre y hallar a los sentimientos.
Supongamos que viviera en el escalón 4 o en el 5; da igual si es el 7 u el 9. Entonces, del diario podrían cambiar las letras ya impresas. Veinticinco centímetros por cuatro es, a lo sumo, un metro. Tal vez, y solo tal vez, Rasmillo no publicará. Pero debo salir de esta gruta; grito para no enloquecer. Pregunto a tu divinidad y nada se pierde, puesto que ya está perdido, o no nacido.
—Niño, deseo hablar con la persona mayor de la casa. Dile que preguntan por el palpitar de un corazón.
Se retira a zancadas, con sus medias rotas y calzones cagados. El azul de cielo desvariado en sus ojos. Viene la persona que parece ser su madre:
—Señora, necesito ir a lo más profundo. ¿Dónde está el latir de este pobre corazón?
—Está equivocado, aquí hace mucho que dejó de latir tal esperpento.
—Gracias. Le ruego que me disculpe.
Se cierra la puerta. Casi al mismo tiempo la recorro veinticinco centímetros con el pie doblado al frente.
Un rugido atrás. Giro el cuello 180°. Suben las chaquetas negras, sus gorras vestidas de viseras doradas. Exclaman el que más sabrá. Pues yo solo subí la temperatura, mas nunca giré el cuello.
Otro impedimento, una extraña sensación de quietud. Algo doloroso y negro aumentando la aprehensión. No creo que haya dejado de latir, pero, en tal caso, la trascendencia es inútil, vana, grotesca. Se cierran las esperanzas al igual que las salidas; se abren las ventanas. Me apresuro.
—5.223, 5.224, 5.225…
Me aproximo a la barandilla. Ya estaré bien alto. Con grandes y agotadores entusiasmos, el deseo de terminar, lo sé bien, porque en verdad este plan es excelente.
Otras veces, por distintos asuntos o rivalidades, llegando el momento de actuar, nunca me opuse.
Y aceptando la cuestión tan cerca del desfiladero, es necesario consultarle. A no ser que sea más vehemente el fracaso, o el riesgo a las mieles de la gloria. Eso diría el palpitar.
Por el pasamanos descendiendo avistó unas ciudades brillantes, con el torso inclinado hacia adelante.
Viniendo a velocidad, instintivamente saco mi mano para no estorbarle.
Como estoy de nuevo al empezar una nueva, de aquellas que constantemente tienden a ir hacia la derecha, disminuyo la razón y pregunto al que está delante de mí.
Se trata de un viejo calvo. Cejas espesas. Sus pieles quemadas por el sol de mediodía. Nariz ancha con ventanas aplastadas como para frenar el aire en la caída.
Me mira y se ruboriza. Hace ademanes de desmontarse, pero sigue. Con todo, puedo preguntarle:
—Vuestro Señor, ¿aquí y ahora os pregunto, cuánto ha de faltar para estar cerca de vuestro —¡no me equivoco!— el mío palpitar?
Por una razón mi acento se transforma al medievo.
Se detiene en seco, piensa antes de responder. Con aires de grandeza ante la culpa, se rasca la calva y baja la cabeza diciendo con genuina culpa:
—Pues… verá, no sé. Mas hace mucho la he abandonado.
A continuación sigue por los escalones. Un poco más allá echa una mirada al reloj y, diciendo groserías, se embarca nuevamente.
Subo aún más, cuanto más. Con la eternidad aprendida en las espaldas. Las piernas molidas y los pulmones hinchados de tanto jadear. Unas gotitas de sudor resbalan lentamente desde la base del cuello y se introducen a fundirse con la tela.
—6.227, 6.228, 6.229…
Recuerdo haber visto aquellos, o tal vez fueron ilusiones mías.
Ahora, los de la funeraria regresan. Bajan en multitud, despacio. Con movimientos calculados, las garras espantosas y sus rostros de pura solemnidad. Atrás la procesión de blanco; los veo como fantasmas en pena y no me atrevo a preguntarles de la esperanza que me ata a la vida.
Murmuran entre ellos.
—Sigue vivo. Debe de estarlo. ¿Pero no fue ya enterrado trece veces?
Pasan a mi lado, me quito el sombrero en señal de respeto. Seguimos andando juntos hasta estrecharnos en el cruce. Los hígados ruegan a las lágrimas algo de agua. Ellos se quedan y yo sigo sin pensar.
En el siguiente descanso me recuesto sobre las mareas. Mi cabeza se posa en los continentes y mis pies, como de costumbre, con dolores insoportables.
El cuerpo molido de carne y huesos astillados. No importa, no me importa con tal de que recuerde el final de mi misión. Pero ahora pregunto: ¿Cuál era?
Empeoran los dolores, y más por el recuerdo de los que sutilmente no me abandonaron.
Siento claramente bajo las placas tectónicas miles de los tesoros que anhela el hombre. Las corrientes se relajan, el aire desciende, un éter de ángeles navegantes. Vuelvo a preguntar. Pero he olvidado lo que venía a buscar.
Recuerdo las experiencias y emociones de mi viaje hasta ahora. Los escalones que engañan, las negociaciones de altura inmaculada. Más bajo, miro el cieno con olor a verde.
Pero digo y diré siempre que el plan es infalible y dará resultado. Qué sería si el palpitar se apagase sin antes perdonarlo.
Asciendo.
—11.334, 11.335, 11.336…
En el escalón siguiente se produjo un cataclismo. En el otro una inundación, en el otro una guerra de tomates.
En el 12.000 me echan del empleo, en el 12.001 estoy a punto de morir de hambre. Unos niños bajan persiguiendo una pelota de goma.
Finalmente, me digo para darme calma: puedo ver la luz. Pero a qué precio, casi descuartizado. Es el fin del viaje.
Con el cabello grasoso, pegado en la frente de tanto suplicar. Mi boca, sal espesa. Mi traje desubicado, saliendo la corbata del cuello y los bolsillos sin una moneda.
El cielo nunca estuvo tan cerca, la niebla de impurezas no me deja ver claramente.
En las espaldas el dolor de las tinieblas y en los cesares bruta esperanza.
Toco la última de las puertas. Aparece una señora huesuda vestida de negro; su rostro, tan bello parece, tan joven y al mismo tiempo tan aterradora la vejez de los años.
Reúno fuerzas. Le pregunto:
—¿Es aquí donde está el desencanto del corazón palpitante?
La joven, la anciana, me responde sin mayor convicción:
—No está el señor. Salió y más ya no volverá.
Me derrumbo, la piedad hecha pedazos. Con la saliva hecha lava en la garganta, arde al hablar, pero hago el último esfuerzo por decirle:
—Señora, como a usted misma le consta, esta es la milésima vez que vengo. Cuando vuelva, por favor dígale que Saulo Manzano ha ido a la luna un domingo de marzo.
Colección de Cuentos Fantásticos… 70°C
Obra autobiográfica
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