El Extraño y los Extraterrestres. Colección de Cuentos Fantásticos 70°C
Noche de lluvia.
Noche fría de marzo.
No sé adónde me llevan.
«Es por tu bien», dicen.
Pero yo sé que, al llegar al destino, ya no hay salida.
Bajo rejas, hombres de blancas batas preguntan.
—Nombre del paciente.
Desesperada, mi madre, al clamor de las lágrimas.
No alcanzo a escuchar…
No me importa mi nombre… si hace mucho que lo he olvidado.
Da igual.
Tan solo continúan los hombres con voces apagadas.
—Prosiga.
Me llevan al cuarto de mosaicos blancos.
Me despojan de la armadura.
Me arrebatan la coraza y el casco.
Me quitan la espada y los conjuros.
Pero no saben que aún tengo los dientes.
—Está sucio, necesita un baño. ¡Traigan la manguera!
De un momento a otro, solo puedo ocultar la cara del agua helada.
Mi cuerpo tiembla de frío, mas no de vergüenza, ante sus burlas.
Juro escapar. Juro que el fuego primigenio arderá de nuevo con dolor y orgullo.
—¡Este está casi muerto… traigan una sábana!
Tratan de ocultarme, tratan de callarme.
Pero sé que en verdad quieren enterrarme.
Enterrarme, pues yo he visto la verdad de sus rostros.
Peleo, araño y muerdo.
Mas mis uñas se quiebran y los dientes se astillan.
—Este es agresivo. ¡Traigan el chaleco y el bozal!
Me atan, me golpean y tratan de quebrarme.
Pero mi voluntad, mi verdad…
Pues sé qué se esconde tras sus batas blancas y sus drogas malvadas.
Sí, extraños extraterrestres bajo pálidas caras de silicona.
Lo sé, pues yo quemé hasta los huesos a uno de ellos.
Y allí se me reveló la verdad: bajo ellas, sus negras carnes.
No tuve miedo, ya que sé muy bien qué hay bajo la piel de los cerdos.
Ricas carnes asadas.
Pero me pregunté si, al igual que aquel que se hacía llamar hombre, sabría igual que la carne de mis cerdos.
Me encerraron en una habitación ennegrecida.
Mis recuerdos se desviaron al primer día en que vi a uno de ellos.
—
Se presentó en la carnicería un niño, al igual que yo. Tal vez. Ya da igual.
Pero sus movimientos eran raros y su lenguaje confuso.
Mi madre dijo:
—Es un niño con capacidades diferentes. Has de respetarlo, pues no comprende el mundo como nosotros. Es un ángel.
Pero yo sabía la verdad nada más verlo.
Muy parecido al ser que la noche anterior vi en la TV.
Hacía días que anunciaban en Antena Trece, el canal de Ciencia y Misterio. Su presentador, un tal Loro, decía con toda seguridad lo siguiente:
—La disección de un verdadero Homero. Solo aquí, solo en exclusiva por Loro. Véalo usted mismo y juzgue a las 11:30 p. m. Sábado de Terror.
Tan emocionado estaba. Siempre me fascinaron los enigmas del viejo mundo: qué se esconde más allá de la Atlántida, qué hay más allá del muro de hielo del Sur y qué habita más allá del Perdón del Mundo.
—Mira, madre, ¿puedo verlo?
—¡Ni pensarlo! Sacaste otro cero en el examen de matemáticas y, además, ya es muy tarde. ¡A dormir!
No saben la ira que sentí en ese momento.
Me estaban arrebatando las alas del conocimiento.
No sé qué era lo que me llamaba de aquel.
No sé qué me hacía sentir que aquel niño extraño, sí, aquel Homero, aquel extraterrestre de la televisión…
Cabe recalcar que nunca pude ver el programa.
Pero eso no me impedía contemplar lo desconocido, lo inexplicable presente ante mí.
Y ese niño lo era.
Me lo quedé viendo atento, sin pestañear, estudiando sus movimientos torpes.
—¿Cómo estás, pequeño Johnny? Mira, Marta, cómo se quedan mirando; tal vez se vuelvan buenos amigos.
¡Calla, madre!
¿Yo ser amigo de un tonto? ¿De un Homero? ¿De un extraterrestre?
De manos sucias por su propia estupidez.
¡Incapaz de chuparse una paleta con normalidad!
—Gracias, doña García. Espero poder volver mañana por el morro. Vamos, cariño. Vamos, Johnny. Despídete de tu amigo.
Con un gesto extraño se despidió.
Tal vez, si tan solo fuera más humano, tal vez, y solo tal vez, no sospecharía nada.
Pero para mis adentros lo supe de inmediato.
Sus manos, carentes de dedos.
Y en ellas el signo de los Homeros.
Vino ante mí para confirmar que él no era humano.
—Pobre señora Marta. Debe ser difícil tratar con un niño así. Pero a veces Dios nos manda ángeles para que podamos apreciar nuestra propia vida.
Mas nada dije.
Con esperanzas casi apaciguadas de que no volvieran nunca más.
Si el Homero no volvía nunca más, haría lo que fuese.
Por alejarlo.
Por condenarlo ante la verdad.
—Ve y trae el morro. Y ¡cuidado con el cuchillo!
Aunque yo, tan joven, sabía que si el trabajo estaba hecho, volverían mañana.
No, no, no.
Tengo que ocultar el cerdo.
No solo una parte. ¡Todo!
Aunque me cueste la vida.
Prefiero arrebatar mi propia vida antes que dejar que se la lleve uno de sus extraños Homeros.
Fui a la parte trasera de la chanchera.
—¡Sean libres, mis chanchos! Y llévense con ustedes el delicioso morrillo.
Al ver cómo corrían los cerdos, desesperados por la libertad, mi madre escuchó el escándalo.
De ella surgió un vivo grito.
Mientras que yo, entre carcajadas, casi muero.
Sí, casi muero de risa al pensar que nunca más volvería a ver al niño Homero.
Llegó la tarde.
Casi oscurecía y mi madre aún perseguía a los veloces cerdos que ni la cola se dejaban agarrar.
Cayó en lágrimas.
Pero yo no pude sentir empatía ante su dolor.
Pues solo pensaba en el plan frustrado del pequeño extraterrestre.
Llegó la mañana y el negocio no abrió.
Varios vecinos llegaron a tocar la puerta de la casa.
Y mi madre, como un zombi por el exceso de cansancio y el abuso de pastillas para dormir, decía nada más:
—Disculpe, vecino, pero ya se acabó la carne. Por favor, vuelva mañana.
De entre tantos y tantos llegó el enemigo.
Tomando las manos de la señora Marta.
Del que se hacía llamar ángel.
Bendito.
Santo.
No, no.
Él, al igual que el extraterrestre…
Es que no se dan cuenta.
—
No sé qué me pasó, pero cuando recuperé la conciencia estaba gritándole al Homero…
—¡Vos, al que llaman ángel! Yo sé que te ocultas tras esa máscara mal puesta. No me engañan mis sentidos; sé reconocer a un extraterrestre a primera vista. Dime qué has venido a hacer a la Tierra de Oz. No eres más que un devorador de cerebros. No me llevarás al reino de la Atlántida ni bajo los mares del Sur. ¡Responde ahora!
Mas tu actitud no fue de confrontación, sino de un miedo genuino.
Pero seguí con mis peyorativas.
Hasta que las lágrimas brotaron de tus ojos y, al grito de los presentes, te acurrucaste sobre la calle de tierra.
—¡Johnny! ¡¡Johnny!! ¡¡¡Johnny!!! ¿Qué le haces, maldito bastardo? ¡Mi pobre niño!… Mamá está aquí, mamá está aquí. ¡Largo, largo de aquí, pequeño monstruo!
—¡¡¡AAAAAH!!! ¡¡¡AAAAAH!!!
La multitud presente se persignó ante los gritos del pequeño extraterrestre.
Pensé para mis adentros que la máscara de silicona se rompería, o primero mis tímpanos.
No podía dejar de verlo revolcarse en el suelo.
Creo que yo sonreía de manera aún más extraña.
La multitud se amontonaba.
Alguien me alzó. Sabía que había llegado mi momento de gloria.
¡Sí! ¿Van a ovacionarme? ¿Vinieron a ver al monstruo comecerebros? Tranquilos, ya lo capturé. Vi a través de su disfraz. Ya no hay nada que temer.
Sentí un golpe seco en la nuca.
¿Acaso el extraterrestre me golpeó con sus poderes mentales?
Uno tras otro.
Gritos de odio y rechazo.
¿Acaso iban dirigidos a mí?
¿Dónde está mi gloria? ¿Dónde están los aplausos y las flores?
Tomaron mi muñeca y me llevaron a través de la turba enfurecida.
No sé quién era, pues yo estaba en estado de espasmo, incapaz de comprender lo que ocurría.
Al despertar, me encontré en la ducha de lo que parecía ser mi casa.
Al lado del retrete había una figura pequeña, casi torpe, cubierta de polvo y moretones.
—¿Madre? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está el festejo? ¿Dónde está la parranda y el buen vino?
La pequeña figura apenas me miró.
Una inmensa decepción se reflejaba en su rostro.
Se levantó lentamente.
Me dio una cachetada.
Con todos mis sentidos abiertos y al borde del dolor.
Dolor que no comprendía, al estar desnudo en la ducha.
Y tan solo pudo decir:
—¿Te das cuenta de lo que has hecho?
Se fue después de aquello.
No entendía aquellas enigmáticas palabras.
Me dejó solo, frío, medio desnudo y molido, preguntándome qué mal habría hecho.
Pasó la noche sin dirigirme la palabra.
Al amanecer, sin haber comido ni bebido.
Pues no sabía cocinar y el grifo era demasiado alto para mi pequeña estatura.
No sé cuánto tiempo pasó.
Pero quería, sin duda, el rico morrillo.
Le dije a mi madre que lo preparara.
Y pensé que contestaría con su sonrisa de siempre.
Pero solo pudo decir, con la ira contenida:
—Lleva tus cosas. Nos iremos de este pueblo.
Me tiró la maleta a la cara.
No lloré ante el golpe repentino, pues al ver su rostro, mocoso y lleno de ojeras, no tuve la certeza de hacerlo.
A la mañana siguiente, bien tempranito, nos embarcamos en el bus.
Dijo mi madre:
—Te gustará la costa. El clima calientito y el aire de una ciudad de oportunidades. Conocerás nuevos amigos e irás a la escuela.
—Pero no quiero ir a la escuela… Quiero ayudarte con la chanchera.
—¡Ni hablar, a estudiar!
Nada pude decir.
Por la ventana pude ver algo vasto, tan grande…
El mar, me dijeron.
Y un calor tan sofocante incluso en la noche.
Y mosquitos más hambrientos incluso que yo.
Solo había conocido mi pequeño pueblo, sus seis calles medio abandonadas, los nombres de los niños desnutridos y las canciones frías de los Alpes.
Mi madre dijo que ya no trabajaría con los cerdos.
Que comeríamos cosas ricas, no solo morrillo.
Que probaría el pescado y el agua de coco.
Que estudiaría e incluso llegaría a ser presidente.
—
Desperté helado.
Aún no salía siquiera el sol y ya nos estaban dando las blancas batas.
Nos dijeron:
—Si quieren, pueden tomar un baño o ir directo al comedor.
Las vísceras se retorcían por el dolor del hambre.
Fui el primero en sentarme en el comedor.
Pan de ayer, chocolate cortado y un caramelo de fresa.
Mis ánimos se fueron al piso al ver la mísera cantidad.
¿Dónde está el morrillo? ¿Dónde está el buen vino de Castilla?
—¿Disculpa, amigo? ¿Te vas a comer eso?
—Vos y la reputa que te parió van a comer esto. Yo me largo. No condenarán mi verdad. Nunca diré dónde están enterrados.
Los enfermeros me arrastraron al ver que hacía una escena.
Tiré la comida en la cara del pobre diablo que se sentó a mi lado y clamé con viva emoción:
—¡Si quieren a sus muertos, llévenme más allá del Perdón del Mundo!
—
—Soy el psiquiatra Tal y Cual.
Da igual. Todos son iguales.
Todos solo quieren saber la verdad que les conviene.
¿Quieren saber dónde están los Homeros y sus calaveras de cristal?
¿Dónde están enterrados sus hijos?
¿Dónde están los extraterrestres?
Solo diré esto:
—Ahora son cenizas. Ahora están en mi estómago. Ahora los Homeros arden en el fuego del Amazonas junto con los cerdos, libres de sus máscaras de silicona. Pues yo vi la verdad de sus apariencias deformes y mal construidas. Aunque no era su culpa. A ellos les sobraba un cromosoma y a mí me sobraba mi morrillo.
—Llévenselo… Haremos un examen de ortodoncia.
Todo lo que entendí fue que querían arrebatarme lo único que me vuelve humano.
De mis dientes.
Ya me arrebataron la armadura, me despojaron de las garras y me arrancaron las raíces del cabello.
No. No dejaría que me despojaran también de lo único que tengo para luchar, de lo único que me queda para masticar sus jugosos ojos.
—
En una habitación iluminada.
Un enorme espejo a mi derecha.
A mí no me engañan.
Sé que me están observando.
Con sus batas blancas y sus gruesos lentes posados sobre sus calvas.
Tengo que huir.
Tengo que hallar una salida.
Tengo que ir más allá… del Perdón del Mundo.
—Abre la boca, cerdo. Podemos hacer esto a las buenas o a las malas.
Una sonrisa.
No sabe de lo que soy capaz.
—¡Suelta mi dedo, pequeño bastardo! ¡AAAAH!
Golpe tras golpe aguanté.
No solté el dedo del maldito, a pesar del taladro haciendo estragos dentro de mi boca.
Ya no sé si era sangre del dedo carcomido o de mis propias heridas.
Echado al suelo por el dolor o por la impresión de verme libre de mis ataduras, eché a correr.
La sangre brotaba a borbotones.
La alarma sonó.
Pero la noche era mi amiga y yo sabía escabullirme.
Corrí hasta la salida.
Nadie me detuvo.
Tal vez fue la impresión.
Tal vez la figura ensangrentada los impresionó.
¡No!
Conocían la verdad y seguían mis pasos.
Querían saber dónde me alimentaba.
Dónde estaban enterradas las calaveras de cristal.
Dónde estaban los Homeros…
Los extraños extraterrestres.
—
Fueron horas.
Tal vez días.
No paré el trote ni dudé.
Carcajadas.
Al llegar por fin a mi bosque.
A mi sepulcro.
A mi hogar.
Me hallaba cansado.
Quería recostarme.
Solo dormir un momento.
Pero sabía que sus morrillos me devolverían las fuerzas.
O al menos podría lamer sus huesos.
Sí.
La carne de los Homeros me llevaría de regreso a viejas glorias.
Solo tenía que desenterrarlos.
Solo tenía que probar un bocado.
No puedo dormir…
Aún no.
Solo falta poco.
—
FRAGMENTO DEL PERIÓDICO LAS MARIANITAS
Entrevista con el detective…
—Se ha recuperado el cuerpo del paciente que escapó del psiquiátrico y fue hallado sin vida.
Los motivos de su fallecimiento se deben a la pérdida de sangre, la inanición y el frío de marzo.
Además de eso, se encontraron semienterrados los cuerpos de siete personas en total.
Todos estaban gravemente deteriorados por el paso del tiempo y por la acción del paciente.
Se cree que, de manera habitual, los desenterraba y los devoraba.
Pido disculpas a sus familias por mis duras palabras.
Pero los hechos son los hechos.
Y la verdad del caso…
Sea bendito Dios con él y con sus víctimas, por fin encontradas.
Colección de, Cuentos Fantásticos …70°C
Discussion in the ATmosphere