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La presión espacial. Capítulo 24: Caminos

fictograma [Unofficial] July 2, 2026
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Cap. XXIV: Caminos

Cleo yacía despatarrada sobre el sillón de control de la cabina de su navecilla auxiliar. Se había quitado el odioso vestido nada más entrar al aparato, pisando la larga cola y saliendo toda ella por el cuello-barco, mientras se lanzaba sobre el sillón del puesto de mando suspirando de alivio y placer mundano.

Los primeros veinte minutos de viaje los había dedicado a algo a lo que siempre daba mucha importancia: descansar. Se había dado el lujo de no pensar en nada más que en lo cómodo que era aquel sillón, en lo suave que resultaba su tacto directamente sobre su piel y en lo relajantes que se veían las estrellas inmóviles en su ventana de visualización externa.

Pero después se había obligado a volver al mundo real. Aún tenía mucho trabajo por hacer.

Iba camino de la flota de ese tal Anneru, el cual le generaba muchísimas dudas. Los nims tenían esa antigua red de microcámaras y micrófonos repartidos por la Tierra desde siglos atrás. La red databa de los primeros tiempos en los que los nims habían descubierto el planeta humano, y de eso habían pasado más de cuatrocientos años. Era una red maltrecha por su longevidad, pero aún funcionaba, siendo un testimonio de la alta tecnología nim ya por aquel entonces.

Sin embargo, tenía un defecto: había sido desplegada en un momento en el que el ser humano todavía estaba confinado en la Tierra, y después, los propios problemas de la especie nim habían hecho que pudieran hacer poco más que mantenerla. En consecuencia, los nims, y Cleo en particular, estaban bien informados de lo que ocurría en el planeta de origen humano, pero todo lo que sabían de los planetas exteriores era la información que pudieran recoger allí, de segunda mano.

Lo único que Cleo sabía de Anneru era que era hijo de un empresario norteamericano y una modelo portuguesa, y que había nacido en el propio Leao. Sabía que el planeta era uno de los que el ser humano había colonizado hacía más tiempo, y a la vez, uno de los más alejados del planeta de origen. También sabía que, económicamente, era de los planetas exteriores más poderosos.

Pero no sabía nada más. Anneru tenía unos cuarenta años, era un hombre de mediana edad, más joven que el presidente Al Fahri, quizá de la misma edad que Manuel. Pero no sabía si era un líder carismático o un papanatas. No conocía su personalidad ni su forma de desenvolverse, más que lo que había podido conocer por comentarios de gente terrestre.

Se incorporó en su sillón y lo acercó a la consola de mando. Pulsó el botón del comunicador y pidió llamar a su nave nodriza.

—Mi señora. General Paol al habla —contestaron casi al momento.

—Hola, Paol. ¿Cómo va todo por ahí?

—Todo bajo control, mi señora. La gente está impaciente por comenzar a trabajar, pero nada más —el general de sus fuerzas militares, Paol, que había quedado al mando de la nave mientras ella estaba fuera, informaba con diligencia— ¿Qué tal en la Tierra?

—Bien, por el momento todo ha salido bien. Pero todavía tengo que hacer varios movimientos antes de decir que ha sido un éxito. Necesito que armes la nave. No al completo, sólo el calentador de partículas.

—Sí, mi señora. ¿Hay algún problema? ¿Prevé que sea necesario desplegar a mis muchachos?

—No, no, tranquilo, Paol. Activa el calentador y apunta a las coordenadas que te enviaré por consola en cuanto cortemos. Pero no te preocupes con respecto al despliegue bélico. Si alguien se pone nervioso, explícale que es solo una demostración. No preveo que tengamos que realizar más movimientos en breve.

—Así lo haré, mi señora.

—Bien. Mantén a la gente ocupada. Una vez tengas el arma activada, apuntada y preparada permanece atento al comunicador. Emitiré una llamada que no quiero que contestes: cuando la recibas, simplemente dispara.

—Sí, mi señora —contestó el general, que en su vida había disparado nada en una misión real, y cuyo orgullo se presentía en el tono de sus palabras.

—Te dejo, Paol. Estáis haciendo muy buen trabajo, seguid así.

Cortó la comunicación y envió las coordenadas deseadas por la consola. Se iba a volver a tumbar en su sillón cuando cayó en la cuenta de que todavía tenía una cosa por hacer.


Manuel fumaba un Smoky Poles tras otro sentado en su escritorio, en su despacho del Palacio de las Naciones Unidas. Se había marchado allí cuando su presidente lo había “echado” de aquella reunión que había tenido con la alien, y desde luego, no había cerrado los micrófonos, pero ni siquiera había escuchado la conversación. Su IA le haría después un resumen y le transcribiría en papel lo más importante.

Aquella emperatriz se había despedido rápidamente y se había marchado sin volver a verlo a él. No le molestaba, pues sabía que ya había negociado con ella todo lo que había que negociar, pero sí le preocupaba.

Todo había sido demasiado rápido. Todo era demasiado bueno.

Si las cosas marchaban tal como habían hablado, ella engañaría ahora a aquel Anneru prometiéndole su voto, después bajaría a la Tierra para la siguiente reunión bisemanal, y cuando aquel conquistador tratara de echar al presidente con otra moción de censura, se encontraría con los votos de la nim y su planeta, ya admitidos en las N.U., en su contra.

Eso lo dejaría sin opciones y lo obligaría a atacar. Y según la emperatriz, sería entonces cuando ella acudiría al rescate y lo destruirían definitivamente.

Hasta ahí, le parecía verosímil. Se daba cuenta y admitía que, en cualquier otra situación en la que no hubiera estado con el agua al cuello, jamás habría confiado en un plan que dependía de tantas traiciones. Cuando alguien se muestra tan confiado en la traición, siempre hay que estar muy atento para no ser uno mismo el traicionado. Pero realmente, no veía otra posibilidad.

Si aquellas mujeres habían llegado con su nave a escasos metros del Palacio sin ser abatidas, ni tan siquiera molestadas, estaba claro que su poder tecnológico era inabarcable para el ser humano.

Lo primero que tendría que hacer era salir a explicar a todo el mundo lo que había pasado. Tendría que dar una rueda de prensa junto al presidente y a ser posible, rápido. Había un preocupante “2367” parpadeando en su monitor de llamadas perdidas, ya que evidentemente, todo el mundo había presenciado cómo aquella nave había bajado hasta allí.

Tendría que explicar que los nims estaban vivos, que habían venido, y cuáles eran sus intenciones. Al menos las oficiales. Tendría que dar, quizá, la noticia más importante escuchada jamás por la humanidad: la existencia y presencia de una especie extraterrestre, inteligente y viva. Iba a ser una locura, y estaba empezando a pensar cómo dosificarla. No podía estar pendiente de todo el mundo ahora. Y tampoco tenía demasiado que mostrar.

Apagó su Smokyes en su repleto cenicero y se acercó al ventanal. Abrió un poco las cortinas. Miró el lugar donde horas antes aquella extraña nave había permanecido posada. La vegetación seguía intacta, con aquellos arbustos que estaban justo antes de llegar al lago. Volvió a su mesa y encendió la pantalla del ordenador. Manejó su acceso al programa de vigilancia y conectó la cámara de la habitación de Aliz. Encendió otro Smoky.

La chica no estaba. Se sobresaltó por un momento, pues no la vio en la nítida imagen de transmisión directa, pero apareció en seguida por la puerta del baño, lanzándose directamente a la cama de un salto.

Estúpidos moralistas, los baños siempre eran los puertos seguros de todos los malhechores. Él mismo los había utilizado mil veces, aquella tontería humana del “respeto por la intimidad” hacía que fuera más fácil grabar una tortura o una extorsión que a una persona cagando.

Dejó de pensar en ello y se fijó en la chica. Solo estaba tumbada boca arriba, mirando al techo, con las manos cruzadas sobre el pecho. Se la veía enana en aquella cama tan grande. Pero se la veía humana.

La gente sabía de sobra que los nims eran casi iguales a los humanos, pero en una versión ligeramente más compacta. Pensó que, por el momento, no les hacía falta verlos. Dejaría a la chiquilla en paz hasta unos días más adelante. Era mejor tratar de “bajar la expectativa” y al mismo tiempo crear un poco de confusión. Que expertos y analistas discutieran en televisión entre ellos y así, quizá, le dejarían un poco más de cancha a él. Si no mostraba nada se le echarían encima, pero estaba acostumbrado y sabía que podía aguantar perfectamente unos días más.

La dejaría en paz solo de cara al público, claro. Porque había una cosa que tenía bien clara: sólo había una forma de conseguir más información sobre aquella emperatriz y sus intenciones, y aquella forma aparecía ahora mismo en su pantalla rascándose un pie en una cama seis veces más grande que ella.


Aliz también hacía tiempo que se había quitado el impresionante pero irritante vestido imperial. Se había puesto un pijama de los que le habían dado los ayudantes de Manuel antes de encerrarla en aquella habitación y había tenido que reconocer que su comodidad era extraordinaria. No tenían ningún tejido como ese en Iilnirev y con el continuo frescor del aire acondicionado del edificio, no sólo reconfortaba su tacto, sino que proporcionaba el calorcito exacto para poderse relajar sin pensar en incomodidades físicas.

Sin embargo, tumbada en la enorme cama, pese a todo, estaba incómoda.

No física, sino mentalmente.

Le habían dicho que podía recorrer el edificio e incluso salir a los jardines, que eran muy bonitos y evocadores. Le habían dicho que a todos los efectos ella debía considerarse la representante de la Emperatriz, una extensión de ella y que debía exigir y recibir el mismo trato. Pero no se sentía una emperatriz. Se sentía una prisionera. O peor aún, un objeto. La habían dejado en prenda como quien deja un reloj o un puñado de monedas como garantía de un préstamo.

Se decía que seguramente la emperatriz tenía aún algún propósito para ella, algo oculto, una de esas cosas que “no le contaba porque era lo mejor para la misión”. Pero al poco se contestaba a sí misma que no debía creerse tan importante, y que su único propósito al dejarla allí era cumplir la doble función de ser una garantía de lealtad y quitársela de en medio.

Pero algo que la emperatriz sí le había contado era que esa lealtad no era, o no tenía intención de ser, tan leal. Manuel y Al Fahri eran la apuesta segura, pero Anneru era la apuesta que daba mayor rendimiento. Si su emperatriz al final se decidía por este último, ¿qué sería de ella?

Como si la hubiera estado invocando, su muñeca izquierda comenzó a vibrar. Su pulsera le indicaba que la emperatriz deseaba hablar. Buscó el auricular entre las pocas pertenencias que había conseguido traer y que estaban desordenadas en el interior de un pequeño maletín al lado de la cama. Cuando lo encontró, se lo puso rápidamente y tocó el extremo de su pulsera que servía para contestar.

—Mi señora.

—Hola, Aliz, cariño. ¿Cómo estás? ¿Te he despertado?

—No, mi señora. Estaba tumbada en la cama, pero no puedo dormir. Estoy demasiado cansada.

—Ha sido un día duro. Duerme todo lo que te dejen. La habitación parecía un poco triste, pero cómoda. Aprovéchala.

—Lo haré, mi señora.

—Hola, Manuel —dijo Cleo, sorprendiendo a Aliz, que no entendía a qué venía aquello—. ¿Crees que no nos está escuchando? O él, o una de sus máquinas, que luego le pasará la transcripción. Sólo quería que lo tuvieras claro. Y él, también.

—Sí…

Aliz no tuvo más remedio que agudizar los sentidos. Si se lo había indicado tan claro era por dos cosas: una, que a ella no le importaba que Manuel supiera que sabían que escuchaba, y dos, que en aquella conversación, las verdades estarían ocultas entre líneas.

—No quiero que pienses que te he dejado abandonada, o que eres una moneda de cambio —continuó la emperatriz—. Mientras estés allí, eres yo. Te he dejado en la Tierra para que Manuel sepa que no voy a traicionarle, pero tu función no se limita a eso. Tienes la responsabilidad de dar a conocer la presencia nim al ser humano, vas a ser el primer contacto oficial entre las dos especies. Mantente disponible y amable, pero impón tus límites. Piensa. Toma decisiones.

—Sí, mi señora.

—Tienes deberes, pero también tienes derechos y tienes poder para ejercerlos. Exígelos, si es necesario. Mi lealtad está asegurada con tu presencia en el Palacio, no permitas que eso se ponga en duda, ni en tu cabeza ni en la de nadie. Y recuerda lo que hablamos en la nave: necesitaré tu juicio y tu acción.

—Sí… mi señora.

—Contestas de forma automática y lo entiendo. Reflexiona, pero no sobrepienses las cosas. Actúa según tu propio criterio, yo estaré siempre para apoyarte.

—Gracias por el apoyo, mi señora, pero sí es cierto que estoy un poco perdida —estuvo a punto de decir “y me siento sola”, pero no quiso dar muestras de debilidad—. Pero supongo que estoy demasiado cansada. Intentaré dormir bien esta noche, si no me pierdo en esta cama.

—Hazlo. Es lo que voy a hacer yo ahora mismo. Te mando un gran abrazo, Aliz. Hablaremos pronto.

La conversación finalizó y Aliz estampó de nuevo su espalda contra el colchón. Pensaba que no le había servido para mucho, pero había algo que sí le había afectado. La emperatriz no solía “mandar abrazos”, menos aún, darlos. Le había reconfortado y le había hecho confiar en que no era una mera pieza de cambio, que tenía una misión.

Pero seguía sin saber cuál era.


Cleo cortó la comunicación y, esta vez sí, apoyó la espalda desnuda en el respaldo del sillón y suspiró relajada.

Sabía que la pobre chiquilla estaba hecha un lío, pero le venía bien que así fuera. Lo único que necesitaba, por el momento, era que mantuviera los ojos abiertos. Sabía que Manuel no se fiaba de ella, de la misma forma que ella no se fiaba de él. Los acuerdos podían ser beneficiosos para ambos, pero aquel pájaro sabía de sobra que un acuerdo con Chase era, para ella, más beneficioso que pactar con él.

Zanjó el asunto en su cabeza y puso rumbo hacia la flota de guerra. Podría haber llegado en solo unos minutos, pero se dijo que había llegado la hora de descansar de verdad. Además, debía dar tiempo a que en aquellas naves se enteraran de lo que había pasado en el Palacio de las Naciones Unidas, allí abajo, en la Tierra. Sería bueno que hubieran escuchado algo antes de recibirla. Adaptó la velocidad de la nave para llegar en seis horas y se dio la vuelta en el asiento.

Con su técnica aprendida y mejorada a lo largo de su extensa vida, cerró los ojos y durmió casi instantáneamente.

Al despertar, habían pasado algunos minutos menos de aquellas seis horas que había previsto. En la ventana de visualización veía, distantes, algunas de las naves de aquella flota del planeta Leao. Las luces y el sonido del comunicador de la navecilla llevaban un par de minutos luciendo y sonando tintineantes.

Se incorporó y apretó el botón para contestar.

—Comunicación aceptada. ¿Con quién hablo?

—Cabo Charles, departamento de comunicación de la flota TG de Leao. ¿Con quién hablamos nosotros? Están en una zona restringida, por favor, aléjense lo antes posible.

—Soy la Gran Emperatriz Cleo, del planeta Iilnirev. No me voy a alejar porque vengo a visitarles a ustedes. Quiero hablar con su jefe, un tal Chase Anneru. Infórmele —Cleo lo pidió como le habría pedido una barra de pan a un panadero.

—¿Oiga? ¿Quién dice? Mire, no estamos para juegos. Ya estuvieron hace unos días aquí unos activistas pacifistas y dejamos claro que no queremos visitas. Está usted en una zona de guerra. Tiene media hora para alejarse o informaremos de su presencia, lo cual puede acarrearle indeseadas consecuencias.

Cortaron la comunicación sin darle oportunidad de contestar. “Perfecto”, pensó, encogiéndose de hombros.

Miró al suelo, al lado de la silla, donde yacía su vestido imperial, pisoteado. Tendría que desecharlo en el atomizador y coger otro de los que llevaba. Ningún problema, tenía un mínimo de media hora. Se volvió a reclinar en el sillón y se desperezó. Agarró una bolsa de snacks de la despensa que tenía justo debajo del cuadro de mando.

La abrió y comenzó a masticar despreocupadamente.

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