La presión espacial. Capítulo 3: Vestuario
Cap. III: Vestuario
La Gran Emperatriz Cleo paseaba arriba y abajo por el vestuario del servicio del Palacio Imperial. Era un lugar amplio, algo húmedo a esas horas de la noche, después de que la gran mayoría de los empleados se hubiera duchado, cambiado y marchado. Sólo Cleo y Aliz, su ayudante personal, rondaban la gran habitación. Mientras ella andaba nerviosa de aquí para allá, hablaba a su pupila, que escuchaba sentada en uno de los bancos, justo delante de su taquilla.
—Por favor, Aliz, piénsalo bien antes de darme una respuesta definitiva. No hay prisa, no es necesario que sea hoy. Esto va a durar años… diez, doce, catorce… no lo sé. Solo volveré tras haberme asegurado de que todo quede tal y como yo quiero —decía, mientras era por completo incapaz de ocultar su nerviosismo, hablando a la chica sin mirarla a la cara.
—Pero, mi señora… soy ayudante de la Gran Emperatriz… y las otras emperatrices no quieren este tipo de ayuda. Usted es la única a la que mi familia ha servido desde siempre. Además, yo no sé hacer nada más.
La ayudante, sentada en el banco en una posición que mostraba su incomodidad, tampoco podía ocultar que aquella conversación no le resultaba nada fácil.
La situación de Aliz era muy distinta a la de las mujeres que habían ocupado el puesto de “Ayudante de la Emperatriz”, uno de los pocos puestos hereditarios de aquella sociedad, que había sido instituido desde el primer día en que fue declarado el Imperio.
Las primeras Ayudantes habían realizado labores realmente épicas que habían ayudado a dar forma a lo que ahora era la sociedad nim. Habían sido indispensables para el imperio.
Sin embargo, su último gran hito había sido ciento cincuenta años atrás, con el Gran Éxodo al planeta Iilnirev, y desde entonces las Ayudantes se habían dedicado a tareas menos rimbombantes pero igualmente necesarias, como ser la representante de la Emperatriz en determinados actos o visitas, o ayudar en los quehaceres cotidianos. Su madre y su abuela habían sido de estas Ayudantes con un perfil más bajo y funcional.
Pero al menos, se habían tenido la una a la otra.
Aliz estaba sola. Con veinte años recién cumplidos y con la formación especial para ser Ayudante por finalizar, había pasado por un infierno en los últimos años de su adolescencia.
Su abuela había fallecido tres años atrás presa de una enfermedad degenerativa que había ocultado por años para no preocupar a nadie. Su madre la había seguido solo unos meses después, sumida en una gran depresión, víctima de otra enfermedad fácilmente curable que había resultado fatal por su destruido estado anímico.
En cuanto a su padre… vivía, pero no quería ni recordarlo. Se había marchado de su lado siendo una niña, incapaz de asumir el protagonismo que tanto su mujer como su suegra tenían en la sociedad. Era un ser débil al que Aliz no deseaba ningún mal, pero tampoco esperaba nada de él. Ni siquiera su presencia.
Ahora veía ahí delante a aquella mujer a la que consideraba la persona más poderosa del universo, observaba como se debatía dentro de sí misma y sus pies no podían parar quietos.
Mientras comenzaba de nuevo a caminar sin rumbo sobre el sudoroso suelo de aquel vestuario, Cleo continuó hablándole, sin tener demasiado claro qué pretendía con aquellas palabras.
—Aliz… la preparación para ser ayudante de la emperatriz incluye todo tipo de enseñanza. Claro que sabes hacer algo más. Podrías dedicarte a lo que quisieras. Y si no… puedes tomarte unas vacaciones. Seguirás teniendo los privilegios de tu puesto y la misma paga, por supuesto.
—¿Unas vacaciones de una década? No, gracias, mi señora. De verdad, a no ser que a usted le resulte un inconveniente, me gustaría acompañarla. No sé si estaré a la altura, pero puedo prometerle que me esforzaré al máximo.
Aliz se encontraba en una encrucijada. Todo lo que le había ocurrido en los últimos tiempos, justo en la época más influenciable de su personalidad, la había convertido en una chica seria y solemne con una forma de ser que asiduamente la llevaba a la introspección, aunque en el fondo, subsistía la chiquilla alegre y curiosa que había sido durante su niñez. Tenía miedo de lanzarse a un viaje extraño, largo y del cual no tendría ningún control, pero aún le parecía peor quedarse allí en el planeta, sin familia y sin lo más parecido que tenía a ella.
Eso sí, aquella mujer habría hecho bien en quedarse quieta… el continuo paseo la estaba poniendo de los nervios.
—Claro que estarás a la altura, Aliz. Sin ninguna duda. Sólo es que me parece injusto hacerte esto, después de todo por lo que has pasado —dijo finalmente la emperatriz, parándose de nuevo delante de ella.
—Mi señora, no quiero ser la pobrecita —contestó, tratando de mantener una imagen de orgullo—. Si me quedo aquí, no seré otra cosa que eso. Con todo mi respeto: insisto en que quiero ir. Entrenaré lo que sea necesario. Tendrá usted de mí lo que necesite.
—Está bien, está bien —finalmente, Cleo claudicó y Aliz agradeció que dejara de marearla con sus caminatas—. Entiendo tu punto de vista. Pero tienes que entender que lo que ahora ves como una posible aventura puede convertirse en algo bastante jodido si las cosas no salen como está previsto. Y rara vez salen —Cleo la miró levantando las cejas, como esperando una confirmación por su parte.
—Sé lo que quiere decir, mi señora —contestó Aliz, casi desafiante—. Lo acepto. Cuente conmigo para lo que haga falta.
Cleo admiraba aquella predisposición. No sabía si era la genética, la educación o una simple coincidencia, pero la mayoría de sus ayudantes habían sido audaces y valientes. Más que ella misma, y a cambio de una milmillonésima parte del reconocimiento que ella recibía. Aceptó la respuesta de Aliz.
—Habrá una gran reunión en la Universidad Imperial. Acudirán estudiantes y académicos candidatos a acompañarnos en el viaje. Daré un discurso y explicaré los detalles de nuestra misión. Si quieres, puedes acompañarme para ir pillando de qué va la cosa.
—Así lo haré, mi señora.
Cleo la saludó y salió del vestuario. Mientras el olor a humedad, champú y geles se iba adormeciendo en su cerebro, pensaba. ¿Había ido allí realmente a intentar convencer a Aliz de que se quedara? ¿O sólo había ido para oírla decir de su propia voz que quería ir al viaje y exculparse a sí misma si algo le ocurría?
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