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La presión espacial. Capítulo 16: Interestelar

fictograma [Unofficial] June 17, 2026
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Cap. XVI: Interestelar

La gigantesca nave nim surcaba el espacio interestelar mientras se acercaba al Sistema Solar a una décima parte de la velocidad de la luz.

El viaje había sido sencillo, con dos únicos saltos a través de agujeros blancos pequeños, del tipo que el ser humano no había descubierto aún. Los viajeros, algo más de quinientos nims que se dividían en tres grandes grupos: militares, académicos y administrativos, buscaban formas de matar el tiempo mientras elucubraban y hacían apuestas tratando de adivinar cuál sería el trabajo que les tocaría hacer en la Tierra cuando llegaran.

La nave era enorme. Casi una ciudad en miniatura, ya que era una de aquellas que se habían utilizado siglo y medio atrás para llevar a la gente desde su antiguo planeta al nuevo, Iilnirev. Podía albergar a más de quince mil viajeros y se podía decir que iba casi vacía.

Cleo la había escogido por una sencilla razón: tampoco es que tuvieran muchas más naves. Desde que habían colonizado el planeta se había multiplicado la población, pero en Iilnirev aún había superficie y recursos de sobra y no tenía mucho sentido salir demasiado de él. Había algunas naves que se dedicaban a la investigación científica pululando en el sistema donde se encontraba el planeta, pero poco más.

Ahora ocupaba las mismas habitaciones que había ocupado en aquel viaje de éxodo: una zona a la que podía llamar “sus aposentos” y en la que disponía de prácticamente cualquier comodidad de la que disponía también en Palacio. Se encontraba en la sala de estar, donde departía con Aliz, su joven ayudante.

Estaban hablando tranquilamente, sentadas a ambos lados de una mesa circular, pegadas al gran ventanal que mostraba el universo perlado de estrellas.

—No entiendo por qué no los ha castigado en lugar de premiarlos, la verdad —comentó Aliz, sentada en la parte más cercana a la ventana. Cleo la miraba desde la otra parte, mientras se servía un vaso de jaerdina, una bebida nim con algunos grados de alcohol.

—Bueno, Aliz, habrá un montón de cosas que no entenderás, pero es algo completamente normal, no debes preocuparte por ello. No es porque no estés preparada, es que aquí la única que tiene experiencia en viajes interestelares soy yo. Es normal que a cualquier persona que haga esto por primera vez le asalten las dudas.

Aliz movió la cabeza con signo negativo. La respuesta no le convencía.

Ya estaban en camino y apenas sabía nada. Había reforzado su inglés. Había repasado el manual de costumbres humanas. Sabía cuál sería, a grandes rasgos, la función de militares, académicos y administrativos si el plan se llevaba a cabo y todo salía bien a la primera.

Pero no tenía ni idea de cuál iba a ser su función. ¿Iba a utilizarla simplemente como mayordoma? ¿Como valet o acompañante que sabe sonreír y saludar? ¿O iba a encomendarle alguna misión más complicada?

Esperaba que fuera esto último. No sólo porque quería hacer algo más que figurar, sino porque se veía preparada para ello. Quería demostrar que valía y quería sentir que la emperatriz confiaba en ella.

En el otro lado, Cleo sabía que la pobre Aliz estaba llena de dudas, pero no iba a disipárselas todas. Y no iba a hacerlo porque prefería que fuera así. Para la labor que tenía encomendada para ella, esa era la mejor estrategia de actuación.

Tenía plena confianza en ella, sin duda. Pese a que sabía que era la persona más joven de toda la expedición y a que no había terminado sus estudios de ayudante. Pese a que sabía por todo lo que había pasado. La conocía desde que había nacido y sabía que sería una digna representante de su estirpe.

Pero con veinte años, lo que Aliz tenía era capacidad de improvisación, adaptabilidad e imaginación. Y eso era lo que tenía pensado aprovechar de ella. Y para maximizar dichas cualidades, lo mejor era tenerla informada de lo mínimo que necesitara para no perder la cabeza cuando bajara al planeta humano.

—Para arraigar el sentimiento de pertenencia al grupo y subir la autoestima sin dañar el respeto por la autoridad —soltó Cleo de repente, después de dar un sorbo a su vaso.

—¿Cómo? ¿A qué se refiere? —contestó Aliz, sorprendida.

—Me refiero a lo que habías preguntado antes. Por qué he premiado a los chicos que se habían amotinado en lugar de reprenderlos o castigarlos. Verás, Aliz… yo misma fui quien ordenó que la zona deportiva permaneciera clausurada, antes de salir de casa. En realidad, esperaba que este motín ocurriera unos días antes. Estos chicos me tienen demasiado respeto.

—No entiendo nada —Aliz miraba a Cleo con los ojos abiertos como platos y las orejas dispuestas a recibir toda la información posible.

—Tengo casi trescientos años, Aliz… aunque me conserve de puta madre —sonrió burlonamente mientras daba otro sorbo a la jaerdina—. He hecho unos cuantos viajes interestelares y algunos de ellos con tripulación inexperta. Y sé lo que pasa.

Aliz no habló. En su lugar, cruzó las piernas y acercó la cabeza a la mesilla como para oír mejor.

—Lo que pasa es que estos viajes son largos —continuó Cleo—, que la gente está acostumbrada a salir a la calle, tomar algo, ver el sol, las lunas, las estrellas y tomar el fresco. Respirar aire planetario. Y aquí eso no existe. La mayoría no se dan cuenta cuando se alistan. Están tan acostumbrados a tener todo eso que ni siquiera les pasa por la cabeza como algo que puedan llegar a perder. De hecho, muchos ni siquiera se dan cuenta de que lo echan de menos. Se cabrean, están incómodos y no logran encontrar el motivo. No estamos hechos para vivir en el espacio.

—Pero, entonces… ¿Por qué dejó cerrada la parte de la nave con el acceso a las pistas deportivas? Si va a haber incomodidad, se trataría de maximizar el bienestar de la gente para evitar problemas, ¿no? No lo entiendo. El deporte suele considerarse bueno para estas cosas.

Cleo dejó que ella siguiera cavilando un poco mientras daba otro sorbo a su vaso y notaba el calorcillo del brebaje bajando por su garganta, mirando el inmóvil campo de estrellas por el ventanal detrás de Aliz. Finalmente, respondió.

—Eso sería lo normal. Lo que habría hecho cualquiera con corazón y sin experiencia. Sin embargo, proporcionar todos los servicios y comodidades posibles a los pasajeros no es la mejor manera de iniciar un viaje de estas características.

Aliz la apremió con un gesto y Cleo continuó exponiendo.

—La cosa es que estos chicos no protestaban porque las pistas de deporte estuvieran cerradas. Intenta ver un paso más allá, Aliz. Si las pistas hubieran estado abiertas desde el primer día, entonces, el problema habría sido que la comida podría ser mejor y es demasiado repetitiva, o demasiado especiada, o insulsa. O que los camarotes podrían ser más grandes, o más cómodos, u oler mejor. O que la luz podría ser más intensa, o menos, o de otro color… el asunto es que cuando un montón de gente lleva encerrada en una nave más de quince días, muchos de ellos van a encontrar algo de lo que quejarse. Porque su problema no es que no puedan hacer deporte, o que la comida no sea buena, o que los camarotes no estén a su gusto. Su problema es que llevan quince días sin ver el sol salir ni ponerse, sin recibir aire fresco en la cara, sin mirar al horizonte, sin tomarse una jarra de túdulo en la taberna de la universidad.

Aliz se quedó mirando a los ojos a Cleo y levantó una ceja, dando a entender que estaba empezando a comprender. Cleo removió el vaso y esta vez dio un buen trago, no solo un sorbo. Continuó.

—Esperaba que esto pasara a los diez días, ya te digo. Pero han tardado algunos más. Demasiado respeto. En fin, lo que tienes que entender es que tenemos una comida de puta madre, que los camarotes son mucho más grandes que los dormitorios que tienen la mayoría de ellos en sus casas, y que tanto la iluminación como la atmósfera respirable han sido estudiadas y generadas para resultar sanas y agradables al máximo. Si la queja hubiera estado relacionada con cualquiera de esas cosas, habría tenido difícil satisfacerla.

Cleo notó que Aliz iba desmenuzando la información, pero que el “clic” no terminaba de producirse. Le divertía verla tan atareada mentalmente, tratando de descifrar algo que ella le iba dando a migajas.

—Vamos, que hay que darles algo obvio de lo que quejarse. Y a ser posible, algo que tenga fácil solución. Negar la solución al principio, dejarles que refunfuñen un par de días, que armen algo de alboroto, y luego ejecutar esa solución fácil, dejando bien claro que lo haces únicamente porque ellos lo han exigido y te han hecho entrar en razón.

La joven abrió los ojos al máximo. Ahora sí, meneó la cabeza en sentido afirmativo.

—Entiendo… así sienten que han sido ellos.

—Exacto. Ellos son los que han abierto las pistas de deporte, no yo. Ellos han conseguido esa victoria sobre el poder establecido que los estaba oprimiendo y que no tenía en cuenta su bienestar. Y ahora, tenemos unos días más de viaje tranquilo en el que estas personas no volverán a sentirse mal ni darán ningún problema. Sienten que se les escucha, que son importantes y que su opinión es tenida en cuenta. No es mágico, pero eso elimina gran parte del malestar anterior.

—Vaya… ahora lo entiendo perfectamente —Aliz sonreía de oreja a oreja, aunque por dentro no estaba convencida de la ética de todo aquello—. Es un truco un poco sucio, ¿no?

—Puedes verlo así, o puedes verlo como entender la psicología de grupo en un entorno como éste. Para mí, Aliz, ellos son igual de importantes hayan hecho este pequeño motín o no. Ya los tenía en cuenta antes y los sigo teniendo en cuenta ahora. Nada ha cambiado en mi fuero interno con respecto a mi forma de verlos o considerarlos. Solo ha cambiado en el suyo. Si tenían alguna duda de que se les tiene en cuenta, la han disipado. Y nadie ha sufrido grandes daños por estar quince días sin jugar a baloncesto.

Aliz, divertida y satisfecha tras haber recibido una lección que consideraba interesante, se levantó de su asiento. Su intención era despedirse y marcharse a su habitación. Aunque en el espacio no había noche ni día, seguían el ritmo del planeta Iilnirev y llevaban el reloj ajustado a la franja horaria del continente gubernamental.

Según este reloj, era hora de irse a dormir. Cleo vio sus intenciones y la paró.

—Aliz, ven, siéntate un momento. Tengo que decirte algo importante —ella volvió a su asiento en la mesa, intrigada. Cleo continuó.

—Me imagino que cada día que pasa, te preguntas más por los detalles de nuestra misión.

—Se imagina bien, mi señora.

—Naturalmente. Bien, quiero que sepas una cosa importante: ni yo misma los sé.

—¿En serio?

—Así es. Oh, no te voy a mentir, claro que sé más detalles de los que te he contado. No son demasiados, pero estos detalles deben quedar sólo en mi conocimiento.

—No lo comprendo.

—Mira, la política humana es una cosa complicada. Las cosas pueden cambiar en segundos y, para tener éxito, es posible que tengamos que pasar en poco tiempo de hacer una cosa a hacer justo lo contrario. Existe una gran multitud de posibilidades. Sé que no entiendes nada aún, pero lo irás entendiendo. Lo que quiero es que no sientas que no te cuento las cosas porque no confío en ti. Si hay algún detalle que me guardo para mí, es porque para que esta misión funcione, es necesario.

Aliz no dijo nada, pero Cleo vio en su cara que estaba decepcionada. Decidió darle al menos un caramelito.

—Verás, ahora mismo hay dos fuerzas que se están disputando el poder en la Tierra. Nosotros vamos a hacer que la balanza se decante por una de ellas.

—¿Por cuál?

—Eso es lo que aún no sabemos al cien por cien. Cuando lleguemos allí, estudiaremos como está la situación. En primer lugar, pactaremos con el actual gobierno terrestre, pues es la posibilidad más sencilla, además de necesaria, aunque la menos beneficiosa. Es por eso que debemos mantener abiertas todas las posibilidades el máximo tiempo posible, ya que, si existe la posibilidad, cambiar de bando en el momento oportuno nos otorgará mejores condiciones. Y cuando decida si continuamos apoyando al gobierno o cambiamos de bando, probablemente no habrá señales evidentes de ello.

—¿Quiere decir que me va a tener engañada? —se atrevió a preguntar Aliz.

Cleo frunció los labios. No quería decir que sí, pero era que sí.

—No te voy a mentir, Aliz. No te voy a tener engañada, pero sí que es probable que te mantenga deliberadamente ignorante. Es probable que nos venga bien que tengas que deducir qué es lo que está pasando y por qué.

—Está bien, mi señora —dijo la joven, que no pudo evitar seguir teniendo cara de aceptarlo por obligación.

Cleo se levantó de la mesa y se despidió, marchándose a su dormitorio y dejando a la chica, que era la primera que había pensado en irse a dormir, allí sentada junto a la mesa, mirando por la ventana sin ver nada que no fuera su propio reflejo.

Aliz enfocó la mirada y observó todo aquel cúmulo de estrellas. Entre ellas debía estar la Tierra. Y debía estar Iilnirev, también. O no, y estaban justo por el lado contrario. ¡Sabía tan poco! Y esa emperatriz… qué poco la ayudaba. Sabía que ella la quería, pero también sabía que no la consideraba una Ayudante como había considerado a su madre o a su abuela o a cualquiera de sus antepasadas. Aún no.

Por el momento ella era una carga. Ya le había intentado convencer de que se quedara en el planeta y ahora le decía en la cara que prefería mantenerla ignorante que informarle de sus planes. Sólo podía pensar que era para que no los estropeara.

Se iba a enterar. Ahora, haría diez veces más. ¿Quería que dedujera sus planes? Los deduciría antes de que los hiciera, siquiera. ¿Quería que actuara de forma natural? Sería naturalísima, la mejor de las actrices.

Mientras, en la habitación de al lado, Cleo se desnudaba y se metía en su colchón, directamente apoyado sobre el suelo al estilo nim.

Mientras se tapaba con la sábana pensó en la pobre Aliz. Sabía que si se asomaba por la puerta la vería sentada con las piernas cruzadas y el semblante calmado, acariciando su larga coleta oscura con la mirada perdida en el infinito del cosmos… y un interior incendiado por fuego abrasador.

Se giró hacia el otro lado y sonrió mientras se acurrucaba para dormir: ese fuego era justo lo que necesitaba.

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