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  "publishedAt": "2026-06-30T17:32:24.489Z",
  "site": "https://fictograma.com",
  "textContent": "Noche de lluvia.\n\nNoche fría de marzo.\n\nNo sé adónde me llevan.\n\n«Es por tu bien», dicen.\n\nPero yo sé que, al llegar al destino, ya no hay salida.\n\nBajo rejas, hombres de blancas batas preguntan.\n\n—Nombre del paciente.\n\nDesesperada, mi madre, al clamor de las lágrimas.\n\nNo alcanzo a escuchar…\n\nNo me importa mi nombre… si hace mucho que lo he olvidado.\n\nDa igual.\n\nTan solo continúan los hombres con voces apagadas.\n\n—Prosiga.\n\nMe llevan al cuarto de mosaicos blancos.\n\nMe despojan de la armadura.\n\nMe arrebatan la coraza y el casco.\n\nMe quitan la espada y los conjuros.\n\nPero no saben que aún tengo los dientes.\n\n—Está sucio, necesita un baño. ¡Traigan la manguera!\n\nDe un momento a otro, solo puedo ocultar la cara del agua helada.\n\nMi cuerpo tiembla de frío, mas no de vergüenza, ante sus burlas.\n\nJuro escapar. Juro que el fuego primigenio arderá de nuevo con dolor y orgullo.\n\n—¡Este está casi muerto… traigan una sábana!\n\nTratan de ocultarme, tratan de callarme.\n\nPero sé que en verdad quieren enterrarme.\n\nEnterrarme, pues yo he visto la verdad de sus rostros.\n\nPeleo, araño y muerdo.\n\nMas mis uñas se quiebran y los dientes se astillan.\n\n—Este es agresivo. ¡Traigan el chaleco y el bozal!\n\nMe atan, me golpean y tratan de quebrarme.\n\nPero mi voluntad, mi verdad…\n\nPues sé qué se esconde tras sus batas blancas y sus drogas malvadas.\n\nSí, extraños extraterrestres bajo pálidas caras de silicona.\n\nLo sé, pues yo quemé hasta los huesos a uno de ellos.\n\nY allí se me reveló la verdad: bajo ellas, sus negras carnes.\n\nNo tuve miedo, ya que sé muy bien qué hay bajo la piel de los cerdos.\n\nRicas carnes asadas.\n\nPero me pregunté si, al igual que aquel que se hacía llamar hombre, sabría igual que la carne de mis cerdos.\n\nMe encerraron en una habitación ennegrecida.\n\nMis recuerdos se desviaron al primer día en que vi a uno de ellos.\n\n—\n\nSe presentó en la carnicería un niño, al igual que yo. Tal vez. Ya da igual.\n\nPero sus movimientos eran raros y su lenguaje confuso.\n\nMi madre dijo:\n\n—Es un niño con capacidades diferentes. Has de respetarlo, pues no comprende el mundo como nosotros. Es un ángel.\n\nPero yo sabía la verdad nada más verlo.\n\nMuy parecido al ser que la noche anterior vi en la TV.\n\nHacía días que anunciaban en Antena Trece, el canal de Ciencia y Misterio. Su presentador, un tal Loro, decía con toda seguridad lo siguiente:\n\n—La disección de un verdadero Homero. Solo aquí, solo en exclusiva por Loro. Véalo usted mismo y juzgue a las 11:30 p. m. Sábado de Terror.\n\nTan emocionado estaba. Siempre me fascinaron los enigmas del viejo mundo: qué se esconde más allá de la Atlántida, qué hay más allá del muro de hielo del Sur y qué habita más allá del Perdón del Mundo.\n\n—Mira, madre, ¿puedo verlo?\n\n—¡Ni pensarlo! Sacaste otro cero en el examen de matemáticas y, además, ya es muy tarde. ¡A dormir!\n\nNo saben la ira que sentí en ese momento.\n\nMe estaban arrebatando las alas del conocimiento.\n\nNo sé qué era lo que me llamaba de aquel.\n\nNo sé qué me hacía sentir que aquel niño extraño, sí, aquel Homero, aquel extraterrestre de la televisión…\n\nCabe recalcar que nunca pude ver el programa.\n\nPero eso no me impedía contemplar lo desconocido, lo inexplicable presente ante mí.\n\nY ese niño lo era.\n\nMe lo quedé viendo atento, sin pestañear, estudiando sus movimientos torpes.\n\n—¿Cómo estás, pequeño Johnny? Mira, Marta, cómo se quedan mirando; tal vez se vuelvan buenos amigos.\n\n¡Calla, madre!\n\n¿Yo ser amigo de un tonto? ¿De un Homero? ¿De un extraterrestre?\n\nDe manos sucias por su propia estupidez.\n\n¡Incapaz de chuparse una paleta con normalidad!\n\n—Gracias, doña García. Espero poder volver mañana por el morro. Vamos, cariño. Vamos, Johnny. Despídete de tu amigo.\n\nCon un gesto extraño se despidió.\n\nTal vez, si tan solo fuera más humano, tal vez, y solo tal vez, no sospecharía nada.\n\nPero para mis adentros lo supe de inmediato.\n\nSus manos, carentes de dedos.\n\nY en ellas el signo de los Homeros.\n\nVino ante mí para confirmar que él no era humano.\n\n—Pobre señora Marta. Debe ser difícil tratar con un niño así. Pero a veces Dios nos manda ángeles para que podamos apreciar nuestra propia vida.\n\nMas nada dije.\n\nCon esperanzas casi apaciguadas de que no volvieran nunca más.\n\nSi el Homero no volvía nunca más, haría lo que fuese.\n\nPor alejarlo.\n\nPor condenarlo ante la verdad.\n\n—Ve y trae el morro. Y ¡cuidado con el cuchillo!\n\nAunque yo, tan joven, sabía que si el trabajo estaba hecho, volverían mañana.\n\nNo, no, no.\n\nTengo que ocultar el cerdo.\n\nNo solo una parte. ¡Todo!\n\nAunque me cueste la vida.\n\nPrefiero arrebatar mi propia vida antes que dejar que se la lleve uno de sus extraños Homeros.\n\nFui a la parte trasera de la chanchera.\n\n—¡Sean libres, mis chanchos! Y llévense con ustedes el delicioso morrillo.\n\nAl ver cómo corrían los cerdos, desesperados por la libertad, mi madre escuchó el escándalo.\n\nDe ella surgió un vivo grito.\n\nMientras que yo, entre carcajadas, casi muero.\n\nSí, casi muero de risa al pensar que nunca más volvería a ver al niño Homero.\n\nLlegó la tarde.\n\nCasi oscurecía y mi madre aún perseguía a los veloces cerdos que ni la cola se dejaban agarrar.\n\nCayó en lágrimas.\n\nPero yo no pude sentir empatía ante su dolor.\n\nPues solo pensaba en el plan frustrado del pequeño extraterrestre.\n\nLlegó la mañana y el negocio no abrió.\n\nVarios vecinos llegaron a tocar la puerta de la casa.\n\nY mi madre, como un zombi por el exceso de cansancio y el abuso de pastillas para dormir, decía nada más:\n\n—Disculpe, vecino, pero ya se acabó la carne. Por favor, vuelva mañana.\n\nDe entre tantos y tantos llegó el enemigo.\n\nTomando las manos de la señora Marta.\n\nDel que se hacía llamar ángel.\n\nBendito.\n\nSanto.\n\nNo, no.\n\nÉl, al igual que el extraterrestre…\n\nEs que no se dan cuenta.\n\n—\n\nNo sé qué me pasó, pero cuando recuperé la conciencia estaba gritándole al Homero…\n\n—¡Vos, al que llaman ángel! Yo sé que te ocultas tras esa máscara mal puesta. No me engañan mis sentidos; sé reconocer a un extraterrestre a primera vista. Dime qué has venido a hacer a la Tierra de Oz. No eres más que un devorador de cerebros. No me llevarás al reino de la Atlántida ni bajo los mares del Sur. ¡Responde ahora!\n\nMas tu actitud no fue de confrontación, sino de un miedo genuino.\n\nPero seguí con mis peyorativas.\n\nHasta que las lágrimas brotaron de tus ojos y, al grito de los presentes, te acurrucaste sobre la calle de tierra.\n\n—¡Johnny! ¡¡Johnny!! ¡¡¡Johnny!!! ¿Qué le haces, maldito bastardo? ¡Mi pobre niño!… Mamá está aquí, mamá está aquí. ¡Largo, largo de aquí, pequeño monstruo!\n\n—¡¡¡AAAAAH!!! ¡¡¡AAAAAH!!!\n\nLa multitud presente se persignó ante los gritos del pequeño extraterrestre.\n\nPensé para mis adentros que la máscara de silicona se rompería, o primero mis tímpanos.\n\nNo podía dejar de verlo revolcarse en el suelo.\n\nCreo que yo sonreía de manera aún más extraña.\n\nLa multitud se amontonaba.\n\nAlguien me alzó. Sabía que había llegado mi momento de gloria.\n\n¡Sí! ¿Van a ovacionarme? ¿Vinieron a ver al monstruo comecerebros? Tranquilos, ya lo capturé. Vi a través de su disfraz. Ya no hay nada que temer.\n\nSentí un golpe seco en la nuca.\n\n¿Acaso el extraterrestre me golpeó con sus poderes mentales?\n\nUno tras otro.\n\nGritos de odio y rechazo.\n\n¿Acaso iban dirigidos a mí?\n\n¿Dónde está mi gloria? ¿Dónde están los aplausos y las flores?\n\nTomaron mi muñeca y me llevaron a través de la turba enfurecida.\n\nNo sé quién era, pues yo estaba en estado de espasmo, incapaz de comprender lo que ocurría.\n\nAl despertar, me encontré en la ducha de lo que parecía ser mi casa.\n\nAl lado del retrete había una figura pequeña, casi torpe, cubierta de polvo y moretones.\n\n—¿Madre? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está el festejo? ¿Dónde está la parranda y el buen vino?\n\nLa pequeña figura apenas me miró.\n\nUna inmensa decepción se reflejaba en su rostro.\n\nSe levantó lentamente.\n\nMe dio una cachetada.\n\nCon todos mis sentidos abiertos y al borde del dolor.\n\nDolor que no comprendía, al estar desnudo en la ducha.\n\nY tan solo pudo decir:\n\n—¿Te das cuenta de lo que has hecho?\n\nSe fue después de aquello.\n\nNo entendía aquellas enigmáticas palabras.\n\nMe dejó solo, frío, medio desnudo y molido, preguntándome qué mal habría hecho.\n\nPasó la noche sin dirigirme la palabra.\n\nAl amanecer, sin haber comido ni bebido.\n\nPues no sabía cocinar y el grifo era demasiado alto para mi pequeña estatura.\n\nNo sé cuánto tiempo pasó.\n\nPero quería, sin duda, el rico morrillo.\n\nLe dije a mi madre que lo preparara.\n\nY pensé que contestaría con su sonrisa de siempre.\n\nPero solo pudo decir, con la ira contenida:\n\n—Lleva tus cosas. Nos iremos de este pueblo.\n\nMe tiró la maleta a la cara.\n\nNo lloré ante el golpe repentino, pues al ver su rostro, mocoso y lleno de ojeras, no tuve la certeza de hacerlo.\n\nA la mañana siguiente, bien tempranito, nos embarcamos en el bus.\n\nDijo mi madre:\n\n—Te gustará la costa. El clima calientito y el aire de una ciudad de oportunidades. Conocerás nuevos amigos e irás a la escuela.\n\n—Pero no quiero ir a la escuela… Quiero ayudarte con la chanchera.\n\n—¡Ni hablar, a estudiar!\n\nNada pude decir.\n\nPor la ventana pude ver algo vasto, tan grande…\n\nEl mar, me dijeron.\n\nY un calor tan sofocante incluso en la noche.\n\nY mosquitos más hambrientos incluso que yo.\n\nSolo había conocido mi pequeño pueblo, sus seis calles medio abandonadas, los nombres de los niños desnutridos y las canciones frías de los Alpes.\n\nMi madre dijo que ya no trabajaría con los cerdos.\n\nQue comeríamos cosas ricas, no solo morrillo.\n\nQue probaría el pescado y el agua de coco.\n\nQue estudiaría e incluso llegaría a ser presidente.\n\n—\n\nDesperté helado.\n\nAún no salía siquiera el sol y ya nos estaban dando las blancas batas.\n\nNos dijeron:\n\n—Si quieren, pueden tomar un baño o ir directo al comedor.\n\nLas vísceras se retorcían por el dolor del hambre.\n\nFui el primero en sentarme en el comedor.\n\nPan de ayer, chocolate cortado y un caramelo de fresa.\n\nMis ánimos se fueron al piso al ver la mísera cantidad.\n\n¿Dónde está el morrillo? ¿Dónde está el buen vino de Castilla?\n\n—¿Disculpa, amigo? ¿Te vas a comer eso?\n\n—Vos y la reputa que te parió van a comer esto. Yo me largo. No condenarán mi verdad. Nunca diré dónde están enterrados.\n\nLos enfermeros me arrastraron al ver que hacía una escena.\n\nTiré la comida en la cara del pobre diablo que se sentó a mi lado y clamé con viva emoción:\n\n—¡Si quieren a sus muertos, llévenme más allá del Perdón del Mundo!\n\n—\n\n—Soy el psiquiatra Tal y Cual.\n\nDa igual. Todos son iguales.\n\nTodos solo quieren saber la verdad que les conviene.\n\n¿Quieren saber dónde están los Homeros y sus calaveras de cristal?\n\n¿Dónde están enterrados sus hijos?\n\n¿Dónde están los extraterrestres?\n\nSolo diré esto:\n\n—Ahora son cenizas. Ahora están en mi estómago. Ahora los Homeros arden en el fuego del Amazonas junto con los cerdos, libres de sus máscaras de silicona. Pues yo vi la verdad de sus apariencias deformes y mal construidas. Aunque no era su culpa. A ellos les sobraba un cromosoma y a mí me sobraba mi morrillo.\n\n—Llévenselo… Haremos un examen de ortodoncia.\n\nTodo lo que entendí fue que querían arrebatarme lo único que me vuelve humano.\n\nDe mis dientes.\n\nYa me arrebataron la armadura, me despojaron de las garras y me arrancaron las raíces del cabello.\n\nNo. No dejaría que me despojaran también de lo único que tengo para luchar, de lo único que me queda para masticar sus jugosos ojos.\n\n—\n\nEn una habitación iluminada.\n\nUn enorme espejo a mi derecha.\n\nA mí no me engañan.\n\nSé que me están observando.\n\nCon sus batas blancas y sus gruesos lentes posados sobre sus calvas.\n\nTengo que huir.\n\nTengo que hallar una salida.\n\nTengo que ir más allá… del Perdón del Mundo.\n\n—Abre la boca, cerdo. Podemos hacer esto a las buenas o a las malas.\n\nUna sonrisa.\n\nNo sabe de lo que soy capaz.\n\n—¡Suelta mi dedo, pequeño bastardo! ¡AAAAH!\n\nGolpe tras golpe aguanté.\n\nNo solté el dedo del maldito, a pesar del taladro haciendo estragos dentro de mi boca.\n\nYa no sé si era sangre del dedo carcomido o de mis propias heridas.\n\nEchado al suelo por el dolor o por la impresión de verme libre de mis ataduras, eché a correr.\n\nLa sangre brotaba a borbotones.\n\nLa alarma sonó.\n\nPero la noche era mi amiga y yo sabía escabullirme.\n\nCorrí hasta la salida.\n\nNadie me detuvo.\n\nTal vez fue la impresión.\n\nTal vez la figura ensangrentada los impresionó.\n\n¡No!\n\nConocían la verdad y seguían mis pasos.\n\nQuerían saber dónde me alimentaba.\n\nDónde estaban enterradas las calaveras de cristal.\n\nDónde estaban los Homeros…\n\nLos extraños extraterrestres.\n\n—\n\nFueron horas.\n\nTal vez días.\n\nNo paré el trote ni dudé.\n\nCarcajadas.\n\nAl llegar por fin a mi bosque.\n\nA mi sepulcro.\n\nA mi hogar.\n\nMe hallaba cansado.\n\nQuería recostarme.\n\nSolo dormir un momento.\n\nPero sabía que sus morrillos me devolverían las fuerzas.\n\nO al menos podría lamer sus huesos.\n\nSí.\n\nLa carne de los Homeros me llevaría de regreso a viejas glorias.\n\nSolo tenía que desenterrarlos.\n\nSolo tenía que probar un bocado.\n\nNo puedo dormir…\n\nAún no.\n\nSolo falta poco.\n\n—\n\nFRAGMENTO DEL PERIÓDICO LAS MARIANITAS\n\nEntrevista con el detective…\n\n—Se ha recuperado el cuerpo del paciente que escapó del psiquiátrico y fue hallado sin vida.\n\nLos motivos de su fallecimiento se deben a la pérdida de sangre, la inanición y el frío de marzo.\n\nAdemás de eso, se encontraron semienterrados los cuerpos de siete personas en total.\n\nTodos estaban gravemente deteriorados por el paso del tiempo y por la acción del paciente.\n\nSe cree que, de manera habitual, los desenterraba y los devoraba.\n\nPido disculpas a sus familias por mis duras palabras.\n\nPero los hechos son los hechos.\n\nY la verdad del caso…\n\nSea bendito Dios con él y con sus víctimas, por fin encontradas.\n\nColección de, _Cuentos Fantásticos_ …70°C",
  "title": "El Extraño y los Extraterrestres. Colección de Cuentos Fantásticos 70°C",
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