External Publication
Visit Post

Eventos (No tan) Anómalos - Lueur - Metros Cuadrados de Victoria

fictograma [Unofficial] June 30, 2026
Source
El sonido de la cinta de embalar rasgándose es, para mí, la música más dulce del mundo. Significa cambio. Significa movimiento. Pero esta vez, por primera vez en mi vida, no significa huida. Significa crecimiento. Dejé la última caja de libros (“Pesada/Frágil”, según la letra prolija de Anónimo) sobre el parquet del que sería el living. Me enderecé, sintiendo el crujido en mi espalda baja, y miré alrededor. El departamento olía a pintura fresca, a encierro de meses y a ese polvo en suspensión que baila en los rayos de sol de la tarde. No era un palacio. Las ventanas daban a una avenida ruidosa y los azulejos del baño eran de un verde agua dudoso de los años setenta. Pero tenía dos habitaciones. Dos. Una puerta que se podía cerrar para tener privacidad y otra puerta, pequeña, al final del pasillo. —¡Mío! ¡Todo mío! —gritó una voz aguda. Un misil de cuatro años con coletas desarmadas pasó corriendo a mi lado, arrastrando un oso de peluche que era casi de su tamaño. Aurora. Entró derrapando en medias a la habitación pequeña, su risa rebotando en las paredes vacías. Anónimo salió de la cocina, secándose la frente con el antebrazo. Tenía una mancha de grasa en la mejilla y una sonrisa que iluminaba la habitación más que la lamparita desnuda que colgaba del techo. —La presión del agua en la cocina es excelente —informó, como si acabara de descubrir petróleo—. Y el horno funciona. Lo probé. No explota. —Es un requisito básico para un horno, mi amor —le dije, acercándome para limpiarle la mancha de la cara con el pulgar. Él me agarró la mano y la besó. Sus ojos brillaban con un orgullo que me apretaba el pecho. —Ya sé. Pero en el otro teníamos que encenderlo con un fósforo y una plegaria. Este tiene piloto automático, Lueur. Es el futuro. Me reí. Hacía apenas un mes, Anónimo había subido al escenario de la Escuela de Comercio para recibir su diploma de Técnico. “Con Honores”, decía el papel. Lo habíamos enmarcado antes incluso de tener dónde colgarlo. Y la semana pasada, el contrato. “Encargado de Ventas Junior” en una importadora del centro. Sonaba importante. Sonaba a sueldo fijo, a obra social, a que ya no tendríamos que contar las monedas a fin de mes para comprar leche. —¿Viste su cara? —preguntó él, señalando con la cabeza hacia el cuarto de Aurora. —La vi. Creo que está planeando dónde poner su ejército de muñecos. —Es su cuarto, Lueur —dijo Anónimo, y la voz se le quebró un poquito. Se aclaró la garganta, intentando hacerse el duro—. Su propio cuarto. Yo… yo compartí habitación con mi padres hasta los ocho y luego asiento de auto hasta los dieciocho. Tú… bueno, tú sabes. Y ella tiene el suyo a los cuatro años. Lo estamos haciendo bien, ¿no? Lo abracé, apoyando la cabeza en su pecho. Escuchaba el latido rápido de su corazón. —Lo estamos haciendo increíble, Anónimo. Lo estás haciendo increíble. —Seguimos siendo un equipo —susurró él contra mi pelo—. Tú con las clases, yo con la oficina. Vamos a llenar esta casa. Vamos a cambiar esas cortinas feas. —Oye, las cortinas venían con el alquiler, no te quejes. —¡Mamá! ¡Papá! ¡Miren! Nos separamos y fuimos hacia la habitación pequeña. Aurora estaba parada en el centro, con los brazos en jarras, mirando el espacio vacío con una seriedad ejecutiva. —Aquí —señaló una esquina— va la cama. Y aquí —señaló la pared contraria— voy a dibujar un sol grande. Con crayones. Anónimo palideció. —Eh… Auro, mi vida, el contrato de alquiler dice que no podemos pintar las paredes con… —Un sol —lo interrumpí yo—. Me parece una excelente idea. Pero tal vez lo dibujamos en un papel muy grande y lo pegamos, ¿te parece? Así lo podemos llevar si nos mudamos a un castillo. Aurora lo consideró. —Pero tiene que ser gigante. Anónimo suspiró aliviado. —Gigante será. Esa noche, inauguramos el departamento con el ritual sagrado de los Strano: pizza en el suelo. Todavía no habíamos armado la mesa, y las sillas estaban sepultadas bajo cajas de ropa, así que extendimos una manta en el living. Comimos de la caja. Aurora, agotada por la emoción y las carreras, se quedó dormida con una porción de muzzarella a medio comer en la mano. Anónimo la levantó con cuidado, limpiándole los dedos, y la llevó a su nueva cama (que habíamos armado esa misma tarde entre maldiciones y risas porque sobraban tornillos). Cuando volvió, se sentó a mi lado en el suelo, con dos copas de vino barato y una mirada de paz absoluta. —¿En qué piensas? —me preguntó, pasándome una copa. Miré a mi alrededor. A las cajas que contenían nuestra vida. A los libros que había rescatado de mi propia infancia, a la ropa de trabajo nueva de Anónimo, a los juguetes de Aurora. Pensé en la chica de dieciséis años que saltó por una ventana a la nieve para escapar del infierno. Pensé en el miedo, en el hambre, en la certeza de que nunca tendría nada mío. Y luego miré a este hombre, que me miraba como si yo fuera la arquitecta de su universo. —Pienso que ganamos —dije, chocando mi copa con la suya—. Pienso que le ganamos a todo, Anónimo. Al miedo, a la estadística, al pasado. Él sonrió. —Y recién estamos empezando. Mañana tengo que ir a comprar una extensión para el velador de Aurora. Y ganchos para los cuadros. Y… —Mañana —lo corté, besándolo—. Mañana nos preocupamos por los ganchos. Hoy, solo disfrutemos de que tenemos paredes donde ponerlos. Nos quedamos ahí, en el suelo de nuestro nuevo living, escuchando el sonido de la ciudad afuera, un rugido que ya no nos asustaba. Estábamos dentro. Estábamos juntos. Y teníamos metros cuadrados de sobra para llenar con todo el futuro que nos habíamos ganado a pulso.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...