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Eventos (no tan) Anómalos - Gorgonzola - Marcha Militar

fictograma [Unofficial] June 11, 2026
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Las rodillas de un hombre de sesenta y tantos años son como un par de amortiguadores viejos: si no los calientas, se quejan; si los exiges mucho, chillan. Pero cuando Lueur te dice “Gorgonzola, a caminar”, uno no discute. Especialmente cuando está a dos semanas de parir, camina como si fuera a la guerra, y tiene la paciencia de un fósforo encendido en un depósito de dinamita. El aire de la mañana en esta ciudad es engañoso. Frío en la sombra, pero con un sol que pegaba directo al asfalto. Íbamos por la avenida ancha, yo con las manos en los bolsillos de mi campera de cuero, intentando seguirle el ritmo a una mujer que, con nueve meses de embarazo, caminaba como si la persiguiera la policía aduanera. —Tormenta, bajá un cambio —le pedí, respirando un poco más fuerte de lo que me gustaba admitir—. Se supone que esto es para que la nena se acomode y vos te relajes, no un entrenamiento militar para invadir un país vecino. Lueur se detuvo en seco en la esquina. Su campera gris estaba abierta sobre una remera que le tiraba en el vientre redondo y enorme. Se apoyó una mano en la parte baja de la espalda y me miró con sus ojos oscuros, afilados, que podían cortarte al medio si los mirabas mal. —No me digas que el gran contrabandista del sur se está cansando a las tres cuadras —me provocó, y una sonrisa irónica, puramente Lueur, se dibujó en la comisura de sus labios—. A ver si Anónimo me mintió y no cruzaste la frontera huyendo de gendarmería, sino que la pasaste en un carro tirado por tortugas. Me eché a reír. Solté una carcajada ronca que hizo que una señora con un caniche se alejara un poco de nosotros. —Hija, yo no corro. Yo conduzco. El Mustang tiene trescientos caballos de fuerza para que yo no tenga que mover mis propias piernas. Y hablando de caballos de fuerza, vos vas a mil. ¿Qué te pasa hoy? Tienes cara de estar planeando un atraco a un banco. Lueur suspiró, un sonido largo que se deshinchó con ella. El semáforo se puso verde, y cruzamos, esta vez a un paso más humano. —Es el encierro —admitió, mirando sus zapatillas—. Anónimo se fue a las siete de la mañana. Trabaja hasta las ocho de la noche. Vuelve molido. Sé que lo hace por la nena, por nosotros, pero… el departamento se me hace chiquito, Gorgonzola. Y el silencio… el silencio me carcome las paredes. Le pasé el brazo por los hombros. No éramos de abrazos tiernos ni de sentimentalismos de tarjeta de cumpleaños. Nuestro idioma era el sarcasmo, el aguante, la resistencia. Pero, a veces, un abrazo de oso era la única traducción posible. —El silencio es jodido —asentí, recordando la cocina vacía después de que murió mi esposa—. Te hace escuchar los fantasmas. Ella no se apartó. —Mis fantasmas están muy despiertos últimamente. Me despierto a las tres de la mañana y pienso en… pienso en esa casa. En los gritos. Y me miro la panza y me aterra. Me aterra pensar que yo salí de ahí, y que no sé cómo hacer que mi casa huela a vainilla, como hacía tu mujer. —Me miró, y la vulnerabilidad en sus ojos me dio una punzada directa al pecho—. Anónimo me cuenta historias de ella, de cómo lo hacía sentir seguro. Y yo… yo solo sé tirar golpes y cerrar la puerta con tres candados. Frenamos frente a un cafetín de barrio, de esos que huelen a medialunas calientes y piso encerado con lavandina. —Un café —decreté, abriéndole la puerta—. El médico te dejará tomar un descafeinado. O un té. Y a mí me hace falta algo fuerte. A las charlas importantes no se va caminando por la vereda como si fueran palomas. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. El mozo nos miró con desconfianza. Ella, a punto de explotar de embarazo y con cara de enojada; yo, con aspecto de matón a punto de jubilarse. Pedí. Nos trajeron los pocillos y un par de medialunas. Lueur jugaba con el sobrecito de azúcar, rompiéndolo por los bordes sin abrirlo. —Me da miedo fallarle a la nena, Gorgonzola. Me da miedo ser demasiado dura con ella. —Mira, Tormenta —empecé, removiendo mi cortado espeso—. El miedo es buen consejero, pero pésimo piloto. Te voy a decir algo sobre Anónimo. Cuando él tenía la edad en que los nenes juegan a la bolita, yo me lo llevé a la ruta. Lo arrastré de provincia en provincia, durmiendo en estaciones de servicio y comiendo sánguches de fiambre barato. Le enseñé a no hacer preguntas cuando yo cargaba una caja en el baúl a las tres de la mañana. Di un trago al café, sintiendo lo caliente bajándome por la garganta. —Yo no fui un buen padre. Yo no le di una casa con olor a vainilla. Le di un V8 ruidoso y un padre roto. Y, sin embargo… míralo. Es el tipo más noble, bueno y leal que pisó este continente. Si se quema una lamparita, Anónimo busca un destornillador antes de insultar al enchufe. Lueur dejó el sobre de azúcar destrozado en el plato y me miró. Su rostro, enmarcado por el pelo castaño oscuro recogido en una coleta desordenada, se había relajado un poco. —¿Y qué significa eso, Mafioso Retirado? ¿Que los hijos crecen a pesar de nosotros? —Significa, mi querida hechicera de las puteadas y los mates amargos, que la crianza no es una receta perfecta de torta donde si te olvidas la levadura, el pibe no sube. Los hijos absorben. Sí. Pero Anónimo no absorbió mi mugre. Absorbió el amor con el que su madre amasaba y la certeza de que yo me hubiera tirado bajo un camión por él, aunque fuera un idiota en todo lo demás. La señalé con la cucharita de café. —Tú no tuviste eso en tu casa. Tuviste mierda. Pura y dura. Pero la cortaste de raíz. Cuando a los dieciséis agarraste tus pocas porquerías y saltaste por la ventana, no estabas huyendo. Estabas rompiendo el ciclo, Lueur. Estabas decidiendo que esa mierda no iba a seguir en tu sangre. Se quedó callada. Vi cómo la barbilla le tembló una fracción de segundo, pero no derramó una sola lágrima. Lueur Goguelin no lloraba en los bares. —Tu casa no va a oler a vainilla porque no eres la madre de Anónimo. —Apoyé mi mano grande y curtida sobre la de ella en la mesa, caliente y firme—. Tu casa va a oler a tu guiso de lentejas, a apuntes de matemáticas en la mesa del comedor, y a la risa tuya y de Anónimo. Y, cuando esa nena llore de noche porque le tiene miedo a la oscuridad, Anónimo le pondrá la luz de noche, pero tú vas a enseñarle cómo gritarle al monstruo debajo de la cama hasta que el bicho pida clemencia. Lueur soltó una carcajada, una de esas suyas, francas, roncas y perfectas que me alegraban la vida y asustaban a los mosquitos. La presión del aire a nuestro alrededor, esa que siempre parecía tener un dejo de pólvora cuando ella estaba tensa, se evaporó. —Un monstruo bajo la cama no dura cinco minutos conmigo en la casa, Gorgonzola. —Por eso estoy tranquilo, hija —le guiñé el ojo y tomé un mordisco de la medialuna de manteca—. Esa nena, Aurora… va a ser un huracán. Tiene tu sangre y tiene la bondad de Anónimo. Entre los dos, van a criar a una topadora que no va a pedir perdón por existir. Me recosté en la silla, terminando mi café, mientras ella se acariciaba la panza, una caricia ahora distraída y suave. —Hacen un equipo raro ustedes dos —comenté—. Y un equipo jodidamente bueno. —Nos compensamos. —Y por eso me vine antes del sur. No me lo pierdo por nada. Aparte… —señalé el vientre redondo—… necesito estar aquí para enseñarle a la nena cómo hacer un nudo de escape y jugar al póker antes de que ustedes la aburran con la escuela y las responsabilidades. Alguien tiene que ser la mala influencia aprobada por el Estado. Lueur agarró una servilleta de papel y me la tiró a la cabeza con una puntería letal. Rebotó en mi nariz. —¡Intenta enseñarle a timbear a mi hija a los cinco años y el que va a terminar atado a un paragolpes con tu nudo de escape sos vos, Gorgonzola! —dijo ella, con el tono de amenaza y burla que usaba siempre, con una chispa peligrosa en sus ojos oscuros—. Te lo juro por mi vida. La miré, solté otra carcajada y le devolví la servilleta. —Ya veo. Anotado. Dejaremos las cartas para cuando cumpla siete, me parece un trato razonable. El mozo vino con la cuenta, interrumpiendo mis brillantes estrategias pedagógicas. Saqué mi billetera gorda y pagué en efectivo, sin esperar el vuelto, con el ademán que uno adopta cuando sobrevivió a tantas cosas en negro que el cambio chico no tiene valor. Nos levantamos. El sol afuera estaba en su punto máximo, y la calle ruidosa y caótica de la ciudad nos recibía. Lueur se acomodó la campera, todavía con la mano en la espalda baja, pero sus hombros ya no cargaban con la tensión y el silencio que habíamos sacado a pasear hacía un rato. Ahora, su caminar tenía la vieja terquedad, ese ritmo guerrero. —¿Volvemos o te aguantas un par de cuadras más, Tormenta? —le pregunté. Ella me miró, y su sonrisa no era más la de la mujer asustada del pasado, sino la de una futura madre dispuesta a partirle la cara al futuro. —Dos cuadras más, Mafioso. Si las piernas me aguantan la panza, vos aguantas tu rodilla de chatarra. —Trato hecho, fiera. Andando. Arrancamos otra vez, codo con codo por la vereda. En silencio o hablando de cómo iba a pintar el cuarto, daba igual. Sabía, mientras le seguía el paso y cuidaba de que nadie la rozara, que Lueur estaba lista para la pelea que venía. Y, si se cansaba, Anónimo y yo íbamos a estar a su lado, en primera fila, cuidándole el flanco. Porque de eso se trataba ser familia, al fin y al cabo. Y juro que si había algo en este mundo por lo que estaba dispuesto a matar a alguien o incendiar el auto, era por proteger a ese pedazo de cielo raro y ruidoso que habíamos logrado construir.

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