La presión espacial. Capítulo 21: Alianza
Cap. XXI: Alianza
El interior del Palacio de las Naciones Unidas era tan lujoso como el exterior. Había sido levantado en un tiempo récord gracias al imponente poder económico de la familia Al Fahri, que lo había mandado construir un año antes de que Salman obtuviera la presidencia. Después habían recuperado el dinero invertido con creces, pues dicha familia cobraba un concepto de “explotación” al ente gubernamental mundial, que el presidente pagaba con sumo gusto con dinero del erario público.
Existían varias salas de reuniones dentro del Palacio y ahora, Manuel, Cleo y Aliz se encontraban en una de las más pequeñas, pero no por ello, menos estilosas.
Las paredes de aquella sala eran metálicas, de color blanco. Estaban conformadas por paneles curvados que se superponían a las verdaderas paredes de hormigón que delimitaban el espacio, justo detrás. No había un solo muro visible, nada que fuera completamente plano o contuviera algún ángulo, salvo aquel que formaban con el suelo. Ni siquiera en el techo. Era como si Gaudí se hubiera trasladado al siglo XXIII para diseñarla.
La mesa alrededor de la cual se habían sentado, en cambio, era bastante más común, con un acabado en madera oscura que daba sensación de elegancia y una forma completamente circular con un diámetro no excesivamente grande.
La luz del atardecer accedía por unos grandes ventanales y claraboyas de extrañas formas ovaladas, pero la luz interior de la habitación, que estaba regulada automáticamente, iba adaptándose al nivel de luminosidad general y aumentando poco a poco su intensidad, por lo que podían verse las caras perfectamente.
Manuel estaba sentado a un lado de la mesa, justo delante de una de esas ventanas y enfrente de él, estaban Aliz y Cleo. Era esta última la que hablaba.
—Coincidirá conmigo en que es una situación en la que todos salimos ganando. Usted se libra de ese conquistador y yo consigo el acceso de mi planeta a la membresía de las Naciones Unidas, con derecho a voto. Yo consigo proteger a mis ciudadanos, y ustedes se libran del problema que supone ese hombre.
Cleo hablaba con aplomo y sabía lo que hacía. Había encontrado a aquel Manuel menos destruido de lo que esperaba. Su pequeña victoria en la votación anterior, el hecho de que ésta se hubiera conseguido gracias a una maniobra suya, por muy burda que fuera, le había infundido unos ánimos que Cleo no había esperado ver en él.
No era demasiado importante, él seguía teniendo que encontrar una solución al problema, y ella era la única que podía dársela.
Aliz, por su parte, sentada a su lado, escuchaba con avidez. La joven gozaba de una memoria portentosa y sin intervenir, iba ordenando en su cabeza todo lo que oía. Tras la advertencia de la emperatriz, estaba determinada a deducir toda la información que pudiera de aquello que le faltara. Demostraría estar a la altura.
Manuel… tenía el cerebro en completa ebullición. Las ideas le iban y venían a una velocidad vertiginosa y, aunque estaba consiguiendo que no se le notara demasiado, no hacía más que dar gracias a su suerte. Su desconfianza inicial pronto se había disipado. Aquellas mujeres habían llegado en una nave extraña hasta la misma puerta del Palacio. Ningún ser humano podía hacer eso sin morir siete u ocho veces por el camino. No había duda de su procedencia y de su poder. Todavía le quedaba alguna, quizá, de sus intenciones.
Se habían presentado allí y habían traído la solución a todos sus problemas. Quizá no era una solución definitiva, pero debía contar con otra cosa: tenerlas de su parte significaba no tenerlas de parte del lado contrario.
—Señora Emperatriz, su oferta me parece, como usted dice, un caso de victoria dual, o como dicen en la calle, un win-win de manual. Pero tengo muchas dudas al respecto.
—Para eso estamos aquí. No nos marcharemos hasta haber resuelto todas sus dudas y haber firmado un acuerdo que asegure tanto mis peticiones como mis promesas.
Manuel lo pensó. Parecían tan humanas… Sí, eran bajitas: la más alta de las dos, que era la emperatriz, estaría en torno al metro sesenta y le sacaba a la otra la cabeza entera. Pero ya está. Nada más. Por todo lo demás, visualmente, eran dos mujeres como otras dos cualesquiera.
—Lo que usted propone, mi señora emperatriz —habló Manuel, que había comenzado a utilizar el título y la fórmula al entender la importancia de aquella conversación—, si no lo he entendido mal, es que demos de alta a su planeta como nación miembro de las Naciones Unidas, con el mismo estatus que tienen todas las naciones de la Tierra y todos los planetas exteriores con derecho a voto. Entonces, una vez adquirida esta membresía, ese Anneru perdería toda posibilidad de ganar. Necesitaría el apoyo de varias naciones terrestres o una zona entera para poder volver siquiera a empatar.
—Así es. Como le he comentado antes, señor Lechwiçza, conocemos perfectamente el espacio humano y comprendemos cómo funciona la política. Ustedes descubrieron el planeta de nuestros antepasados hace más de un siglo y saben que ellos les estudiaban. Nosotros no provenimos directamente de allí, pero los nims nunca hemos dejado de mirar a la Tierra. Les hemos seguido estudiando, durante siglos, de primera mano.
—Eso es algo turbio… —comentó Manuel, algo descolocado.
—Como usted quiera —contestó la Emperatriz—, pero es lo que hay. No hemos ejercido una vigilancia extensiva, compréndame, teníamos cosas mejores de las que preocuparnos. Pero antes de venir y hacer lo que estamos haciendo, nos hemos informado convenientemente, además de repasar los idiomas más hablados.
—Hablan ustedes el inglés casi mejor que yo —reconoció Manuel.
—Gracias. Lo que quiero que comprenda es que hemos venido aquí con la intención de ayudarles, pero no queremos irnos de vacío. Nuestra visita no es altruista, aunque persiga un fin humanitario. Nuestro precio es muy barato, sólo queremos formar parte del grupo. Queremos ser parte de las Naciones Unidas. Tenemos disponible toda la documentación necesaria para dar de alta el planeta como miembro de pleno derecho. Ya se lo he enseñado. Tenemos los censos, las fotografías, los mapas, las coordenadas de nuestra situación en el espacio. Podrán ustedes observar nuestro sistema desde aquí, pero con eso solo, no podrán asegurarse de que las cifras que les damos son ciertas. Por eso necesitamos su ayuda.
—¿Por qué no nos dice cómo llegar?
—Mire, si hemos venido precisamente ahora, es porque sabemos en qué situación se encuentran. En cualquier otro momento podríamos haber hecho esta solicitud. Antes, o después de todo el embrollo que tienen montado, cuando la situación política fuera más estable. Pero entonces les habríamos tenido que indicar cómo llegar hasta nosotros, habrían enviado naves para comprobar que los datos son ciertos, y esto es precisamente lo que no deseamos.
—¿Creen que aprovecharíamos la situación para desestabilizarles o algo así?
—No lo creo, estoy bien segura de ello. Nuestro armamento supera en varias magnitudes de potencia al suyo, pero eso no quita que haya ciertos aspectos culturales en los que su influencia sería altamente negativa para nuestra población. Mi deseo es que esta membresía sirva para hacer que nuestro choque cultural sea más progresivo y suavice el shock cuando se produzca.
—Me asaltan muchas dudas. Son ustedes muy parecidos a los humanos. Ya sé que es algo conocido, pero ¿y qué? La gente… no sé si se va a creer que son ustedes… bueno, de otra especie. Serán los primeros nims que conozcamos vivos. Eso va a ser un bombazo a nivel mundial, incluso en todos los planetas exteriores. Van a querer saberlo todo de ustedes. Van a tener que colaborar.
—Colaboraremos sin problema —contestó Cleo—. Gran parte del personal que me acompaña son científicos y académicos que vienen muy dispuestos a colaborar con sus homónimos aquí en la Tierra. Todos saben que pueden compartir todo el conocimiento que quieran salvo aquel que pueda poner en peligro a nuestra especie o nuestro planeta.
—Ese solo es un problema, pero hay algunos más. Para empezar, con esta acción acabaremos con las posibilidades democráticas de Anneru, pero no con el resto de sus recursos. Si se ve acorralado, utilizará todo ese armamento del que dispone y contra el que podemos hacer bien poco.
—Bueno, en cuanto a esto, ya ha visto cómo hemos descendido hasta la puerta de su casa. Supongo que no creerá usted que esta navecilla es la única de la que disponemos, o que las naves de Anneru tienen algo que hacer contra las nuestras. Si ataca, les defenderemos… y ahí tendrá usted su victoria definitiva. Pero antes de todo esto, necesitamos ser miembros de la asamblea y tener nuestro derecho a voto y la protección que otorga la membresía.
—En realidad, como ha dicho, se venden barato. Ya ha visto hasta dónde llega esa protección, siendo sincero. No hemos podido hacer nada por uno sólo de los planetas que han sido conquistados.
—Mire, señor Lechwiçza, es una protección distinta, usted debería saberlo. No les tenemos ningún miedo físicamente hablando. Si mañana mismo descubrieran como llegar a Iilnirev y nos atacaran, la batalla duraría diez minutos y no quedaría un humano superviviente. Pero sinceramente, es algo que no nos apetece tener que hacer. Para evitarlo, si somos miembros de la asamblea, tendremos unos socios que estarán obligados a apoyarnos. Si necesitamos dar una respuesta que por cualquier motivo sea violenta, tener un marco legal en el que apoyarnos también puede ser beneficioso. Dicho de otro modo, si somos de la asamblea, esa masacre de la que le he hablado, sería completamente legal, ¿entiende?
—Sin duda, la entiendo. Y debo decir que este aspecto es muy importante de cara a nuestro futuro acuerdo. Si asegura usted nuestra defensa, no podemos hacer otra cosa que escucharle y ofrecerle todo nuestro apoyo. Pero tenemos un problema aún más grave —continuó Manuel—. Y es que yo puedo hacer que sus documentos sean aceptados pese a no poder ser comprobados, pero esto solo hará que puedan ustedes ser propuestos como nuevo miembro. Para que les acepten, debe haber una votación y ahora mismo, tenemos esa votación perdida… o empatada, si quiere, lo cual es lo mismo en este caso. Anneru jamás dará el visto bueno para que su planeta tenga poder de voto y le termine de fastidiar el plan.
—Lo sé —contestó Cleo, segura de sí misma—. Por eso pienso hacerle una visita para convencerlo.
—¿Y cómo va a conseguirlo, si no es indiscreción?
Cleo apoyó la espalda en el respaldo de la silla y sonrió.
—Le haré exactamente la misma oferta que le estoy haciendo a usted.
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