Restos de Almas Rotas: Capítulo 1 REMAKE
Primer arco: Marcados
Capítulo 1
Un Día Más
La oscuridad se traga por completo las calles, las paredes de los edificios apenas se pueden distinguir. Los charcos de agua que dejó la lluvia hace horas reflejan con suavidad la luz de la luna. La ciudad calla, cada pisada rompe el silencio, y el agua que cae al salpicar bajo sus botas solo logra humedecer su ropa aún más.
Y allí está, una simple silueta, una sencilla imitación que apenas conserva su forma. Intenta ponerse de pie, pero faltan sus piernas. Se arrastra a duras penas con sus brazos, pero no es suficiente, su cazador lo sigue con una calma anormal para alguien que arrastra su arma por el suelo, como si anunciara lo cerca que está.
—¿Es todo lo que vas a hacer? ¿Crees que servirá de algo?
Ambos se detienen, aquel sin piernas se voltea para encarar a su enemigo.
—¿Qué es lo que intentas hacer con esta matanza? ¿Tratas de buscar excusas? ¿Borrar el pasado?
No contesta, se mantiene de pie con el enorme filo de su espada aún descansando en el concreto.
—¿O acaso intentas ocultar lo que sientes en verdad? —Su respiración se vuelve gutural y escupe sangre por la boca —. Eres un hombre muy pequeño…
Responde levantando su espada y apoyándola sobre su hombro.
—¿Dónde está? —Habla con una voz apagada, exhausta.
Ríe entre su tos húmeda. —Así no es cómo funciona “Aiden”, ellos me olvidarán. Sigues matando sin propósito, ¿Y para qué? El mundo te dejará atrás igualmente.
Aiden aprieta la empuñadura de su arma con fuerza, el metal resuena al temblar. —¡Al igual que nosotros! ¡El mundo nos olvidó! ¡Como si no hubiéramos existido!
—Ustedes no son las víctimas.
—Claro que no, nadie lo es.
Suspira, y sosteniendo su empuñadura con una sola mano, apunta su filo hacia delante.
—No debatiré contigo y a ti ya no te quedan más vidas. Sabes a quién busco.
—Sí, lo sé. Pero, aunque lo supiera, prefiero morir aquí antes que por su mano…
Toma la empuñadura con ambas manos. —Entonces ya no sirves.
Con un solo movimiento de su espada, rebana a la criatura por la mitad. La carne y los huesos ceden con facilidad ante el filo y el abrumador peso del acero, su sangre sucia se desparrama por el pavimento antes de que su cadáver toque el suelo.
El sonido húmedo de la carne golpeando la calle rompe el silencio por unos instantes, su espesa sangre de un color casi como el petróleo ni siquiera es capaz de reflejar la poca luz que la luna ofrece. El líquido se esparce por unos segundos, pero se detiene pronto y se seca, dejando una mancha oscura que apenas y se puede distinguir del resto del camino.
—Ninguno sirve, nunca lo hacen.
Aiden agita con fuerza su espada para quitar el exceso de sangre, la levanta otra vez, y usa sus mangas para limpiar el resto, para luego colgarla en el gancho de su espalda. Se aleja caminando hacia el horizonte, perdiéndose en la oscuridad y el frío de la noche. El cuerpo destrozado que deja atrás comienza a descomponerse, lo hará hasta que ya no quede rastro, como si nunca hubiera estado ahí.
Pero la sangre permanece, y las manchas en su acero se niegan a desaparecer, sin importar lo mucho que las limpie, ni el tiempo que pase.
Los recuerdos también permanecen, y terminas por recordar con aún más fuerza aquello que quieres ocultar, en lo más profundo de tu ser, ese lugar que nadie más ve, es a veces un refugio para tu mente… O un recordatorio de lo que fue.
Las voces y los cuerpos flotan, nada tiene sentido, intentar darle forma a un rostro es difícil, pero sientes, escuchas sus voces, y sabes exactamente quien es…
—¿Crees que puedas hacerlo? ¿Quedarte?
—No lo sé, no creo que este sea un buen lugar para mí. Puedo sentir sus miradas en mi nuca, la forma en la que juzgan cada paso que doy. Ya estoy acostumbrado, nunca terminé de sentirme cómodo aquí, ni en ningún lado.
—Entonces, ¿Dónde te sentirías mejor? ¿Dónde querrías ir?
—Creo que, en algún bosque o montaña, cerca de algún lago. En una cabaña de madera, viviendo sin esta clase de personas mirando, tranquilo… Solo.
—¿Solo? Suena algo bonito en principio, pero, ¿No te molestaría?
—Todos terminamos solos en algún punto, no es una novedad para mí.
—No digas eso. Pero, ¿Qué tal si voy contigo?
—¿Conmigo? No podría… Digo, tú tienes tus propios planes, no quiero ser una piedra más en tu camino.
—Bueno, todavía quiero llegar allí, mis planes no han cambiado, pero una vez que terminemos con eso, tal vez…
—No sé si soy muy buena compañía…
—Oye, ya lo hablamos, es mi elección, ¿No? Al menos puedo tener eso.
—Claro, pero, quiero decir—
—No hay pero que valga, es lo que quiero… A no ser que tu no quieras que—
—No he dicho eso.
—Pues asunto arreglado —Se sacude los pantalones y se pone de pie.
—Bueno, bueno, pero no te puedes echar atrás.
—Ay, no seas tonto, ¿Cómo podría arrepentirme?
Es lo que quiero, quiero estar —
No te vayas…
Las palabras enmudecen, se pierden en el vacío de la mente, algo se las ha llevado.
Alguien azota la puerta de la habitación, el sonido hueco de la madera resuena por todo el aire.
Aiden se toca el rostro y abre los ojos, la luz apenas se filtra por las cortinas, pero es suficiente para vislumbrar el resto del cuarto. Es pequeño, hay un closet, la misma cama en la que está recostado, y un lavabo puesto en una de las esquinas.
Una vez despierto, se frota los ojos, se quita las sábanas y se levanta de la cama. La base de madera cruje ligeramente al ser liberada de la presión de su peso. Arrastra los pies hasta la puerta, la cual no ha dejado de sonar.
Toma la perilla y abre la puerta, la luz de la mañana lo ciega por momentos, hasta que divisa aquella figura que llamaba a su entrada.
—¡Aiden! ¿Por qué tardaste tanto?
—Déjame solo Talia, estaba durmiendo, ¿Qué pasa?
Talia sonríe de forma pícara, pero no responde.
—Vamos, o me vuelvo a la cama.
—¿Ni siquiera te cambiaste de ropa cuando llegaste hace rato?
Aiden observa su cuerpo, la luz que entra desde el exterior de la puerta muestra lo manchada que está su ropa, marcas de tierra, otras cuantas oscuras.
—Que puerco eres.
Él resopla y responde intentando cerrar la puerta, pero Talia se interpone para evitarlo.
—Oye, oye, no te enojes, vamos, tengo algo interesante que contarte.
Cede y suelta la puerta. —Bien, sé breve, estoy muy cansado para seguir tus “jueguecitos”.
—Sé que te gustan mis bromitas, aunque igual no es mi culpa que hayas dormido poco, ¿O sí?
—Talia —Habla con voz grave.
—Bueno, bueno. Esto te va a gustar, atrapé a uno… —Sonríe.
—¿Ajá?
—¿No sabes quién es?
—Juzgando la cara de idiota que tienes ahora, diría que tienes algo que me sirve.
—Mira, te perdono el insulto solo porque me caes bien. Tengo a uno de esos sujetos que estabas buscando.
—¿Un marcado? ¿Cómo lo sabes?
—Bueno, no sé si es un marcado, pero sí sé que estaba intentando comerciar con “esas” pastillas.
—¿Dónde está? —Aiden sale del cuarto y cierra la puerta tras de sí.
—O-oye, espera un poco.
—Vamos, terminemos con esto, mientras antes, mejor —Camina sin esperar respuesta.
—Bueno, bueno, ¡Espérame!
Ambos caminan por el pequeño edificio, el sol entra por las ventanas del segundo piso. Junto al cuarto de Aiden, hay más habitaciones cerradas, las personas ya están afuera haciendo sus vidas, por lo que no queda nadie más aquí.
Las escaleras de madera crujen bajo sus botas.
—Oye, oye, pero ni siquiera te he dicho a donde vamos.
—Al sótano, ¿No? ¿Dónde más?
—¿Cómo sabes?
—Porque no puedo interrogarlo en la prisión.
—Hmm, chico listo, pero no tienes la llave.
Ambos paran frente a una puerta doble que lleva a una habitación pequeña, al entrar, se encuentran con la entrada al sótano bloqueada por dos puertas metálicas, cerradas con una cadena y candado.
—Pero tú sí.
—Uy, le quitas lo divertido a la vida, quería explicar cuál fue mi plan para haberlo traído hacia aquí—
—Vamos, abre, no tengo todo el día.
—Bueno, bueno…
Talia usa la llave de su bolsillo para abrir el candado y quitar la pesada cadena de metal, arroja ambas al suelo.
—Las puertas son algo pesadas… ¿Podrías…?
Aiden suspira. —Claro…
Con algo de dificultad, se agacha para tomar el asa de una puerta y levantarla, para luego hacer lo mismo con la otra y abrir el pasaje.
—Buen chico —Le da un golpecito en la espalda y se adelanta hacia las escaleras.
Aiden no habla y baja con ella.
Los sonidos de sus pisadas al bajar las escaleras rebotan por las estrechas paredes, continúan por unos segundos hasta llegar al final.
—E-está un poco oscuro aquí, apenas entra luz, espérame, voy a buscar una linterna.
—No hace falta, sígueme, los cuartos tienen ventanillas por donde entra la luz, ¿No?
—S-sí, pero ¿Cómo vas a ver por dónde vas?
—No me cuesta ver en la oscuridad. Sígueme y no te tropieces —Camina sin esperar respuesta.
Tal y como suponía Talia, la luz apenas entra en el estrecho pasillo de poco más de 2 metros de ancho, a través de las ventanillas de las múltiples puertas metálicas que hay a lo largo de las paredes.
El eco que producen sus pisadas se escuchan por todo el lugar, no hay ningún otro ruido, ni siquiera del exterior. Pareciera que aquí no hay ni un alma presente.
—¿Cómo puedes ver algo así?
—Te dije que estoy acostumbrado, no es para tanto. ¿Qué sabes de ese sujeto?
—Pues solo lo que te dije, estaba intentando comerciar con drogas, lo engañamos para que viniera a este lugar y lo encerramos.
—¿Tú y quién más?
—Uno de los cazadores, le pedí ayuda mientras pasaba por ahí.
—Entiendo, ¿Falta mucho?
—No, de hecho, es esa puerta de ahí —Apunta con el dedo hacia delante.
Una puerta metálica, idéntica a las demás, está cerrada con un candado. Algo de luz se filtra por la pequeña ventanilla. Aiden estira su mano hacia Talia, y esta hurga en sus bolsillos para darle la llave.
Con el candado desbloqueado, Aiden toma la manilla metálica, pero se detiene y acerca el oído al frío acero de la puerta.
—Hmm, tal vez quieras alejarte un poco.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por esto—
Desliza la manilla a un lado, y junto a un gran estruendo, patea la puerta con fuerza.
Alguien grita del otro lado, el impacto lo arroja algunos metros al fondo de la oscura habitación.
Aiden entra y camina con confianza hacia el desconocido.
—Está algo oscuro aquí, ¿No?
El hombre sigue aún en el suelo, tiene una mano en el rostro, parece cubrirse la nariz.
—Mierda, ¿Por qué azotaste así la puerta? ¿Quién mierda eres?
—Pues sí que está oscuro, o al menos lo suficiente como para que no me reconozcas.
Dentro del cuarto hay solo una silla de madera, y en la parte superior de la pared del fondo, una pequeña ventanilla al ras del suelo del primer piso. Aiden da un par de pasos más adelante, hasta que el haz de luz del exterior ilumina su rostro.
—¿Me conoces?
El hombre retrocede, boquiabierto.
—Me conoces, claro que sí, él seguramente te ha hablado de mí.
—¿D-de quién hablas?
—Mira, ¿por qué no te sientas? Tenemos que hablar de algo.
Voltea a ver hacia atrás, a la entrada de la habitación donde Talia está parada. Esta, al notarlo, se apresura y camina hacia una de las paredes dentro del cuarto y apoya su espalda en ella.
El ahora prisionero se levanta del suelo en silencio, se sacude un poco su pantalón con sus manos y camina hacia la silla sin quitar la vista de encima de Aiden.
—Eres solo un chico, creía que serías más… No sé, ¿Viejo? —Toma asiento.
—Si, bueno, esto nos tomó por sorpresa a todos, y ustedes no son diferentes, solo que eligieron otro camino, ¿No es así?
—No sé de qué me estás hablando.
—Claro que no. Estoy buscando a alguien, ¿Sabes dónde está Varos Merek?
El hombre baja la mirada por unos instantes, la débil luz del exterior se filtra por su cabello.
—No tengo idea.
—Ah, ¿Sí? ¿Estás seguro?
—¿P-por qué no lo estaría?
Aiden suspira y se lleva las manos a la cintura. Con una postura relajada, camina lento hacia el prisionero, cada paso resuena en el frío cemento del cuarto.
La respiración del hombre se acelera, desvía la mirada hacia los lados y se aferra con fuerza a la silla.
—¿Q-qué carajos quieres de mí? —Aparta su cabeza hacia atrás.
Aiden acerca su rostro al hombre y lo examina, observa con detenimiento su ropa.
—Oye Talia, ¿Le quitaste las drogas?
—No, aún debe tenerlas.
—Muy bien, ¿Qué te parece si las entregas por las buenas?
—E-está bien, solo cálmate ¿Sí?
El hombre mete su mano en uno de los bolsillos de su chaqueta con lentitud, se está tomando su tiempo.
Eso no se escucha como una bolsa.
—No lo hagas.
—¿El qué? —Pregunta el desconocido sin despegar la mirada del rostro de Aiden.
—No creas que—
Sostiene algo con fuerza desde su bolsillo, y en lo que dura un pestañeo, acerca con rapidez una navaja a la cabeza de Aiden.
Un gran golpe seco, Aiden detuvo el ataque parando el golpe con su mano sosteniendo la muñeca del desconocido. El acero del puñal está a solo unos centímetros lejos de su cara; el brazo que sostiene el arma tiembla intentando acercarse, pero aparta el cuchillo de su rostro y le da un sólido puñetazo en el rostro que lo arroja de la silla.
El hombre cae como un costal de papas al frío cemento, su rostro aterriza en él, manchándolo con saliva y sangre. Sus quejidos y murmuros en el suelo hacen eco por la habitación.
—Eso fue muy estúpido —Se pone de pie y camina a donde cayó el hombre.
Aiden se inclina y toma la muñeca del desconocido, quien se niega a soltar el cuchillo. Forcejean por unos segundos, pero sostiene su brazo con tanta fuerza que su carne y huesos crujen ligeramente; el hombre grita, y solo en ese momento, suelta la navaja. Aiden la sostiene de la empuñadura y la observa.
—¿No lo revisaron antes de traerlo aquí? Pudo ser peligroso si alguien más venía a verlo.
Talia responde desde el fondo de la habitación. —N-no, parecía no tener nada en los bolsillos, además de las drogas.
—Eso fue un descuido que pudo costarle la vida a alguien. Toma, guárdalo —Arroja el cuchillo al suelo, cerca de los pies de Talia.
Aiden se agacha e inspecciona la ropa del prisionero. Él se resiste y forcejea como puede, intenta golpear a Aiden, pero este desvía sus puñetazos como si se tratase de la rabieta de un niño.
—¿Qué es…?
Algo le llama la atención en el forcejeo, una especie de marca en su clavícula. Sostiene con fuerza el cuello de del hombre y lo aparta a un lado.
—Claro… Tenía que ser —Voltea a ver a Talia —. Oye, ¿Cómo carajos lo pudieron traer aquí?
—¿A qué te refieres?
—A que… Mira, no importa —Vuelve su cabeza hacia el desconocido —. ¿Así que tú también eres un marcado? ¿Cómo no lo dijiste antes? Con razón tenías tanta fuerza.
No responde, y con sus ojos llenos de rabia, lanza un puñetazo al rostro de Aiden, pero este vuelve a desviarlo con su mano y responde con otro golpe más. Su cabeza se azota contra el cemento.
—Solo tienes que portarte bien… —Continúa hurgando en los bolsillos del hombre —Y aquí está, ¿Ves? Eso era todo.
Aiden se pone de pie, el sujeto aún está retorciéndose en el suelo.
—Estas drogas son de Varos ¿no?
—¿C-cómo lo sabes? —pregunta con voz rasposa.
—Por ese color azul de sus pastillas, además de que tú mismo me dijiste que lo conoces.
—Yo n-no hice eso.
—Claro que sí, solo necesito saber dónde está. No me verá venir, tú cooperas y yo te suelto. Es eso o dejo que el campamento te juzgue, y no les va muy bien a los traficantes de drogas, o los aliados de Varos.
El hombre tose un par de veces, y con esfuerzo, se intenta poner de pie. —No puedo decirte… Si lo conoces, sabes lo que me hará.
—No si yo lo encuentro primero…
—¿Tan seguro estás? Si mi vida va a depender de ti, entonces creo que lo mínimo que puedo hacer es ponerte a prueba.
—¿Qué sugieres?
Se para erguido —Sugiero que… Luches contra mí.
Aiden no reacciona, solo se queda de pie, escuchándolo.
—Sé que no eres un asesino, por mucho que Varos insistiera en pintarte así. Se supone que solo matas a esas cosas, recuerdo haberte visto como una clase de superhéroe, al menos cuando estabas con—
—Ve al punto.
—Bien. Lo que quiero decir es que podemos ahorrarnos todo el interrogatorio si me das una oportunidad. Un combate justo, si ganas, sabré si eres una amenaza para Varos y no tendré que preocuparme, te lo diré todo. Pero si pierdes, me iré de aquí, sin consecuencias…
—¿Estás seguro?
—No tengo muchas más opciones, pero esta es la mejor que tengo. No puedes ser invencible…
—Muy bien, si cumples tu parte, esto será más fácil para los dos.
El hombre limpia su boca con su manga y adopta su postura de combate. Aiden se mantiene con los brazos relajados.
El desconocido dobla sus piernas, y con su puño por delante, se abalanza y lanza un ataque rápido muy amplio, lo suficientemente predecible como para que Aiden lo esquive sin mucha dificultad dando un paso al lado.
Su puño corta el aire y derrapa por el cemento para detenerse. Sin perder más segundos, recorta distancias y lanza gancho tras gancho al rostro, pero que solo agitan el estancado aire de la habitación.
Uno tras otro, el prisionero no da cuartel y Aiden esquiva con ligeros movimientos de cabeza y de pies.
Un golpe directo se acerca a su rostro, y usando la palma de su mano, desvía su trayectoria empujando la muñeca del hombre a un lado, y con su otra mano libre y con la palma abierta, golpea sus costillas de forma que lo empuja junto a un golpe seco y el quejido del desconocido. El golpe parece haberlo dejado sin aire.
El prisionero se queja del dolor por unos instantes, pero vuelve a arremeter, solo con los puños, siguiendo los pies de Aiden, quien sigue esquivando como si los golpes fueran a cámara lenta.
Con cada golpe fallido, el sonido de la ropa sacudiéndose llena la sala, su expresión se agita, aprieta los dientes y frunce el ceño, acompaña cada golpe con cortas exhalaciones. En un momento, retrocede ligeramente y se abalanza sobre él para embestirlo con su hombro.
—Deberías prestarles atención a tus piernas.
Aiden esquiva con facilidad el ataque, pero esta vez patea sus piernas hacia el lado contrario. El hombre cae y se arrastra por el suelo algunos metros, aterrizando cerca de Talia, quien solo lo observa con atención.
—¡Miserable! —Grita y golpea el suelo con rabia.
Se levanta rápidamente y recorta distancias con Aiden otra vez. Lanza gancho tras gancho, directo tras directo, apunta al cuerpo, rostro, brazos, piernas, pero todos los golpes fallan, son desviados o bloqueados.
Esto ya está tardando demasiado, tengo mucho sueño como para seguir esquivando así.
Aiden se detiene de golpe y se para con los brazos extendidos hacia los lados.
—¿Terminaste?
—¡Eres un bastardo! ¡¿Quién te crees que eres?! —Responde jadeando.
El desconocido corre usando toda la fuerza de sus piernas, y estando a solo un metro de distancia, prepara su puño desde lo más atrás que puede, solo para lanzarlo directo al pecho de Aiden.
Sí, con esto debería bastar.
El sólido puñetazo aterriza directo en su pecho, el golpe seco resuena por todo el cuarto vacío. El desconocido retrocede unos pasos, sostiene su puño como si se hubiera lastimado.
—¡Mierda! ¿De qué carajos estás hecho?
¿Qué fue eso?
Hay algo… Siento que algo se revuelve dentro de mi pecho.
Aiden posa su mano en su pecho, se distrae, pero no tiene tiempo a reflexionar. El sujeto salta otra vez al ataque, aprovechando su apertura, pero ahora con su otra mano dispuesta a atacarlo.
¡Mierda! ¡Esto está mal!
El puñetazo se detiene en seco a unos centímetros de su rostro, lo detiene sujetando la muñeca del hombre y apartándola como si no fuera nada. Sin perder ni un segundo, golpea el estómago del desconocido con tanta fuerza que lo levanta unos centímetros en el aire.
El hombre se retuerce de dolor, suelta saliva por la boca e intenta sostener su estómago con su mano libre, pero Aiden no da cuartel, y con su palma abierta, golpea su rostro. El ardiente golpe en su mejilla hace eco por toda la habitación, y con solo ese ataque, el hombre cae varios metros hasta chocar con la pared al fondo del todo. No se mueve.
—¿Aiden? ¿Qué te pasó? ¿No crees que te pasaste un poco?
Aiden sostiene el pecho de su camiseta con fuerza, arruga su ropa e hinca una rodilla al suelo.
—¡O-oye! ¡¿Estás bien?! ¡¿Qué te ocurre?!
La boca me sabe a metal, ¿Qué me está—?
Arquea la espalda, y antes de que pueda darse cuenta, algo recorre su garganta, y él lo expulsa.
El suelo se mancha de rojo, Aiden está vomitando sangre ligeramente más oscura de lo que debería ser. Se sostiene la boca para tratar de impedirlo, pero no puede detener el torrente de líquido y simplemente se le escapa de entre los dedos.
El húmedo sonido de la sangre impactando contra cemento es desagradable, Talia se acerca corriendo a él y posa su mano en su espalda, la soba con cuidado usando movimientos circulares.
—Carajo Aiden, me estás asustando.
Aiden sopla unos momentos, expulsa sangre a tiras, pero en menor cantidad que antes.
—¿Crees q-que eso es más importante? —Responde tartamudeando y con la garganta pesada.
La cantidad de sangre que está expulsando se reduce hasta detenerse, tose un par de veces más y aclara su garganta con mucha dificultad.
—Mierda… No sé qué…
Aiden mira su mano, completamente manchada. La sacude, tirando al suelo el excedente.
—Oye, tienes que ir al médico ahora ya, ese sujeto sí que te lastimó.
—N-no fue eso, ni siquiera me dolió… Es otra cosa.
—¿Sí? Pues no serás tú quien lo decida, vamos, déjame ayudarte —Lo sostiene del brazo.
—¡No…! No, yo puedo, ya estoy mejor —Se pone de pie por su cuenta.
—P-pero—
—No pasa nada, toma la llave y cierra esto, me iré primero —Lanza un escupitajo rojo al suelo.
Aiden camina fuera de la habitación sin esperar a Talia. Ella se queda en el lugar por unos momentos, mira el cuerpo inconsciente del desconocido tirado al fondo como si fuera un trapo sucio, para luego voltear a ver la entrada, en donde ya no hay rastro de él, por lo que simplemente camina hacia la puerta metálica y la cierra con llave.
Hay unas marcas en el suelo, apenas distinguibles con la poca luz que logra entrar al pasillo. Son manchas de sangre, parece que sus botas quedaron impregnadas en rojo, marcando un perturbador rastro que se pierde en la oscuridad del sótano.
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