Restos de Almas Rotas: Capítulo 22
Capítulo 22
Inusual
Hace frío.
Ligeros rayos de sol se filtran por las delgadas cortinas que mantienen la privacidad de la habitación, el aire se siente helado y provoca que de su boca salga vaho, se disuelve y desaparece con el pasar de los segundos.
Un repiqueteo se puede escuchar lejos, como lluvia impactando contra la cerámica, pero a su vez, se siente encerrado y envolvente, con algo de eco.
Erina arruga la nariz, su cuerpo le dice que ya es hora de levantarse. Estira brazos y piernas, sus músculos se relajan y suelta unos pequeños gemidos junto a un soplido largo y liberador al terminar. Uno de sus brazos aterriza al otro lado de la cama, pero su mano termina en el colchón; no hay nadie.
Abre los ojos de golpe y levanta la cabeza, Aiden no está. Las sábanas tienen un par de manchas rojas oscurecidas, Erina inspecciona el resto de las sábanas para ubicar más y voltea a ver el resto de la habitación. Sus latidos se aceleran con el paso de los segundos, no tarda en salir de la calidez de la cama al frío de la habitación.
—¿Aiden?
Erina abre la puerta de la habitación. La cerámica está helada, incluso hace que sus pies duelan, por lo que camina de puntillas hasta el salón principal. Las cortinas de los ventanales están cerradas, cubriendo la débil luz del sol, no se ve demasiado.
El repiqueteo se vuelve más claro, es una ducha.
—Oh, entonces hay un baño…
Erina se relaja y se sienta en una de las sillas que rodean la mesa del centro. Sobre la madera hay envoltorios de snacks, bastantes, más de la mitad de los que les quedaban. La espada de Aiden está apoyada en una esquina, su acero se ve limpio.
El agua deja de fluir.
—Qué bueno que tengan agua, ya me estaba cansando de las botellas y toallitas húmedas.
Junta sus manos y juguetea con sus dedos un par de segundos, pero nota que están helados.
—Qué frío… ¿Qué hora es?
Voltea la vista por todos lados, como si estuviera reconociendo la zona, pero solo se encuentra con la puerta que da al baño, y la otra de la habitación.
—¿Por qué tengo las piernas tan…? ¿Cómo no? Si ni siquiera me puse pantalones.
El agua de la ducha deja de escucharse.
—Mejor me voy a poner algo antes de que—
La puerta del baño se abre completamente en menos de un segundo, Aiden sale de la ducha vistiendo un pantalón delgado y una camiseta, además de una toalla colgada sobre su cabeza.
Erina queda congelada en el asiento mirando incrédula la situación, y Aiden solo queda de pie mirando al frente. Sus ojos bajan por un segundo, para luego subir.
—¿No tienes frío?
—S-sí, un p-poco…
—Vete a poner algo, te vas a enfermar.
Erina abre la boca, parece que va a decir algo, pero se arrepiente, se pone de pie y camina rápido hacia el cuarto con su cabeza agachada.
Aiden queda solo, parado en la sala.
—Rarita.
Erina se encierra en el cuarto, se sienta en la cama y se golpea las piernas con los puños, aunque sin usar demasiada fuerza.
—¿Qué me pasó? —Susurra —Ya me ha visto en ropa interior, pero ¿Ahora me da vergüenza? No es como que quiera acostumbrarme… ¿Pero de qué estoy hablando? Dios, me arde la cara…
Sacude su cabeza de lado a lado y se pone de pie, busca su ropa por la habitación y sigue susurrando para sí misma.
—Ya, ya, no es para tanto, cálmate, seguramente no vio nada, tampoco dijo nada, así que debería estar bien… Creo.
Toma unos shorts deportivos de su mochila y se los pone, le llegan casi hasta la rodilla.
—Ya sabía yo que estos me quedaban grandes, ¡Ya! ¡No me interesa!
Aiden escucha los reclamos de Erina desde la sala, pero no les hace caso y se sienta en una de las sillas. Se recuesta sobre la mesa con los brazos estirados.
Mierda, creí que mantenerme ocupado me distraería un poco, pero me sigue doliendo hasta el alma. Ojalá hubiera… ¡Analgésicos! Aún nos deberían quedar un par de cajas, quizás ayuden.
Voltea a ver la puerta de la habitación.
—¡¿Erina?!
—¡¿Q-qué?!
—¡¿Tienes los analgésicos en tu mochila, verdad?!
—¡S-sí! ¡Te los llevo en cuanto termine!
—¡Está bien, gracias!
Aiden vuelve a echarse sobre la mesa, aunque recuerda que está descalzo, o al menos solo con calcetines, por lo que se levanta, toma sus botas y le toma un rato vestirlas. Pasan algunos minutos, su cabello sigue húmedo, el frío no deja lugar a que el agua se evapore.
Erina sale de la habitación.
—Oye Aiden, ¿Te queda alguna toalla? Voy a darme una ducha también —Se acerca a la mesa y deja los analgésicos sobre esta.
—Si, en mi mochila hay una creo, espera, te la trai—
Tres golpes, ni más ni menos, el sonido seco de la madera llama la atención de ambos, alguien llama a la puerta.
—Espera, veré quien es —Aiden se levanta y camina hacia la entrada.
La puerta es de madera sólida, algo pesada y arrastrarla roza la cerámica. Es Raél, quien sonríe al ver a Aiden.
—Vaya, ya estás… —Examina la habitación —Más bien, ya están levantados, ¿Tan temprano?, son apenas las 7 de la mañana.
—Si, bueno, no hace bien dormir mucho.
—En eso te doy la razón. ¿Y no tienes frío?, fuera está helando y apenas estás vestido.
—Bueno, un poco, no demasiado.
—Bien, bien. No te quitaré más tiempo, ayer te vi bastante maltratado, supongo que, más allá de los moretones, si sigues de pie significa que no tienes heridas de muerte. —Ríe —Bueno, a lo que voy es que quería que fueras a ver a nuestro médico, el conoce nuestra fisiología mejor que nadie y podría echarte un vistazo.
—¿Nuestra…?
¿De qué está hablando?
—Oh, bueno, no te preocupes, no tardaremos, te hará muy bien. Los desayunos se sirven a las 8, así que les da tiempo de ir juntos.
Aiden desvía la mirada hacia el interior. Observa a Erina atenta desde el umbral, la puerta abierta del cuarto y la mesa llena de envoltorios. Baja la vista un instante, deja escapar una mueca rápida y asiente.
—Está bien… ¿Erina? —Voltea a verla.
—Sí, ve, yo iré a ducharme mientras tanto, aquí te espero.
—Bien, no me tardo.
—Estupendo, vamos. —Raél sale al exterior, Aiden lo sigue.
Erina mira unos segundos la puerta ahora cerrada de la entrada, para luego buscar la mochila de Aiden. La cajita de analgésicos queda sobre la mesa, olvidada.
Hay niebla por todos lados, cubriendo cada pasillo, cada callejón. El aire se siente húmedo por obvias razones, y en momentos así, Aiden se arrepiente de no haberse puesto algo más encima. Ambos caminan con calma, Aiden sigue a Raél de cerca y observa sus alrededores, no ve más personas, algunos edificios tienen encendidas unas tenues luces en su interior.
—Lo noté. —Rael interrumpe el silencio —Sé que seguramente tengas muchas preguntas, de como, por ejemplo, por qué soy tan amable con un desconocido, que quizás estoy siendo descuidado con nuestra comunidad, y puede que tal vez lo sea…
—Eso no me dice mucho…
Se escuchan ruidos en un edificio cercano, traqueteos agudos de lo que parece ser loza. Al pasar cerca, a través de una ventana, Aiden ve a un grupo de personas en una cocina.
—Ah, por cierto, este es el comedor, cuando terminemos con el médico, puedes pasar a comer aquí con tu novia.
—No es mi novia…
—¿No?, que raro, juraría que lo parecen.
—¿Y entonces? —Pregunta Aiden impaciente.
—Bueno, entonces te daré algo de contexto antes de que lleguemos a la clínica. ¿Tienes alguna marca rara en el cuerpo? ¿Alguna que apareció de la nada cuando comenzó todo este caos?
—Hmm, eso creo…
—¿Se ve algo así? —Raél se detiene, voltea a ver a Aiden y le enseña la muñeca de su brazo derecho.
Una marca similar a la de Aiden, un intrincado patrón similar a las raíces de un árbol, una marca pequeña del tamaño de una moneda.
—Eso creo…
—Bueno, necesito que olvides todo lo que creas de la lógica de este mundo y seas de mente más abierta.
—Viendo a las criaturas con las que he luchado, no me costará mucho trabajo.
—Tiene sentido… Ahora, ¿Dónde está tu marca?
Acabemos con esto rápido…
—En mi pecho, cerca del corazón—
—¡¿En el pecho?! ¡¿En serio?!
Unos golpes desde dentro de la casa que tienen al lado los interrumpe.
—¡Raél! ¡Por favor! ¡Acabo de terminar mi turno nocturno! ¡Déjame dormir! —Un hombre levanta la voz desde dentro de aquella casa.
—¡Lo siento! Ven, sigamos caminando.
Aiden voltea a ver la casa y ambos continúan su marcha.
—¿Y?
—Ah, sí, bueno, a lo que íbamos. En el mundo existen personas que portan estas marcas, esas personas como tú y yo son herederos de linajes sumamente antiguos. Aquellas marcas aparecieron al comenzar la catástrofe y solo en ese momento, como respuesta a la crisis, ¿Supongo que sentiste algo antes de que todo se fuera al carajo?
—Eso creo, me dio una puntada en el pecho.
—Esa era tu marca saliendo de su letargo. Verás, puedes tomar a las personas con esta característica como elegidos, bendecidos con un potencial enorme para crecer, mucho más que el de un ser humano normal.
El camino se abre hacia un edificio más grande que los demás, hay una cruz roja pintada con spray en una de sus paredes. Ambos se detienen frente al lugar.
—Las marcas crecen en diferentes lugares y además de tu nueva fuerza, te da una especie de sexto sentido capaz de sentir amenazas, y en el caso de ayer, sentir a nuestros pares. Entonces esa es la razón por la que confié en ti, sabía que no eras una criatura rara.
—Entiendo. También noté que llaman por nombres a las criaturas.
—Si, tienen sus nombres, pero nosotros no se los pusimos. Mira, por ahora ahorrémonos la gran historia que hay detrás de todo esto, entremos para que te echen un vistazo.
—Está bien.
La puerta está abierta, el sonido de unas campanillas colgadas tras ella los recibe. Es una pequeña sala de espera, hay asientos individuales pegados a las paredes, y al fondo, un mesón de madera que llega hasta el estómago, tras el cual un hombre con un chaleco café levanta la vista al escucharlos entrar.
—Ya llegamos, lamento venir tan temprano.
—¿Raél? Creí que vendrías más tarde con tu invitado.
Aiden solo revisa los alrededores con su mirada, hay algunas puertas que no saben dónde llevan.
—Si, bueno, es que anoche no viste lo maltratado que estaba, así que me apresuré, pero no veo que esté mal ahora.
—Comprendo, ¡Oh! Lo lamento —Rodea el mesón y se acerca a Aiden —, me presento, me llamo Conrad, soy el médico jefe de esta pequeña comunidad.
—¿Hay más? —Pregunta Aiden.
—Bueno, no, tenía un amigo que era mi aprendiz, pero se fue hace algunas semanas, así que estoy solo. Pero bien, no hablemos de mí, sígueme y pasemos a la consulta.
¿Será…? No, sería mucha coincidencia.
Posa su mano sobre la espalda de Aiden y lo guía con calma a una de las puertas, Raél los sigue, pero—
—¿A dónde vas tú? —Pregunta Conrad.
—Ah, sí, cierto, yo me quedo aquí —Rael mira alrededor buscando donde sentarse.
Ambos entran en la sala, un lugar limpio con un pequeño escritorio, una camilla acolchada a un lado y un par de sillas. Conrad camina tras el escritorio, hay una bata blanca de médico colgada y la viste sobre su ropa normal.
—Toma asiento sobre la camilla mientras me preparo.
—Bien.
Aiden apoya su mano sobre la camilla y baja la mirada al suelo para encontrar algo sobre lo que subirse, tantea con la bota hasta encontrar una pequeña escalerilla. La arrastra con el pie y sube lento y con cuidado intentando no moverse demasiado.
—¿Estás adolorido?
—A-algo así.
—Bien, no te preocupes, ahora veremos que te ocurre —Se acerca a donde Aiden está sentado.
De su cuello cuelga un estetoscopio y parece tener cosas guardadas en los bolsillos.
—Raél me contó que eras un marcado, así que los exámenes serán ligeramente diferentes a los comunes.
—¿Marcado?
—Ah, es cierto, vienes de fuera —Pone el estetoscopio en sus oídos y posa el diafragma sobre el pecho de Aiden —. Primero necesito que respires profundo por la boca y exhales cuando te diga. Inhala…
Aiden abre la boca y respira profundo hasta que sus pulmones se llenan de aire, sostiene unos segundos.
—Exhala…
Bota todo el aire acumulado luego de unos segundos. Siguen repitiendo el proceso un par de veces hasta que Conrad se quita el estetoscopio.
—Bien, tus pulmones se escuchan bien, no escucho nada fuera de lo común.
—Esto… ¿Qué eran los Marcados?
—Ah, sí, lo siento. Los marcados son los herederos de las bendiciones de la sangre, impartidas por El Origen. Linajes que se han perdido a lo largo de las generaciones, por eso son tan especiales y raros de ver hoy en día.
—Perdón, ¿Bendiciones? ¿El Origen?
—Hmm, no soy tan bueno para hablar de historia. Déjame ver tus brazos un momento.
Aiden extiende su mano derecha y Conrad la toma con cuidado. Inspecciona sus nudillos, muñecas y antebrazos.
—Qué raro, ¿No la tienes aquí? Tu marca…
—N-no.
Conrad toma su otro brazo y hace lo mismo.
—Bueno, dejando de lado que tienes las manos con un montón de cicatrices y moretones, no la veo por ningún lado, eso es raro.
—¿Por qué es raro?
—En los registros que tenemos, la mayoría de herederos de la marca suelen presentarla en manos, muñecas o en el resto del brazo. ¿Dónde está la tuya?
—En mi pecho, creo.
—¡¿En tu pecho?!
—¿Tan raro es? Raél tuvo la misma reacción.
—Si, bueno, he atendido a algunos marcados y todos las tenían en las zonas que dije, y creo que también es la primera vez que escucho de alguien que la tiene en el pecho, incluso en los libros.
—¿Y es algo malo?
—No necesariamente, solo es raro. Y viene de lujo que la tengas ahí ya que tengo que revisarte igualmente por heridas, así que necesito que te pongas de pie y te quites la camiseta por favor.
Aiden da un largo suspiro. —Está bien…
Con cuidado, hunde los dedos en el cuello de la camiseta y lentamente la jala hacia arriba, pasando por su cabeza y descubriendo su torso poco a poco. Cada roce con la tela se siente como cuchillas cortando su piel. Cuando termina y deja su camiseta a un lado, se encuentra con el médico congelado frente a él, mirando con sus ojos bien abiertos, como si no creyera lo que ve.
—Mierda, estás peor de lo que creí, no sé cómo te puedes callar algo así, yo estaría que no me puedo levantar de la cama…
—No es para tanto.
El cuerpo de Aiden está cubierto por moretones y cortes a medio cerrar, las heridas graves de ayer ahora están cubiertas por hematomas oscuros.
—¿No es para tanto? Te admiro muchacho. Estás con hematomas hasta arriba, lleno de cicatrices como si te hubieran arrastrado por el cemento, y aún así dices que estás bien. Voy a inspeccionar un poco tu cuerpo, espero que no te sientas incómodo.
—Haga lo que tenga que hacer.
Conrad levanta los brazos de Aiden y palpa con la yema de sus dedos sus moretones y músculos. Inspecciona por varios segundos el hematoma negro que rodea su hombro izquierdo, además de aquel que tiene en el costado junto a una cicatriz irregular.
—Carajo chico, no sé cómo te mantienes en pie, o como siquiera llegaste aquí caminando por la puerta principal, han debido de ser unas semanas muy duras desde que te hiciste esas heridas.
—¿Semanas?
—Sí, mira, lo que más me llama la atención es tu brazo izquierdo, pareciera que casi te lo arrancan, está casi todo morado. El resto de tu cuerpo no está mejor, tienes los músculos hechos trizas, y me imagino que tus nervios siguen el mismo camino. Pero aparte del dolor deberías estar bien, la mayoría de heridas ya han cerrado y como ya han pasado un par de semanas desde que te las hiciste—
—De hecho, ocurrió ayer…
—¿Perdona…?
Sin polvo ni imperfecciones, solo el olor del alcohol antiséptico predomina en la pequeña sala, ni aquel olor y la ausencia de cualquier ruido del exterior son capaces de revelar a Aiden si lo que acaba de decir fue un error. Hasta el ligero sonido de las manecillas del reloj de pared al fondo palidece en ese ruidoso silencio.
—Dije que fue—
—No, no, te escuché, no es eso lo que pregunté, es que…
—¿Y la marca?
—La veo, pero realmente me preocupa más lo que me acabas de decir. Antes que nada, ¿Estás herido de la cintura para abajo? Pregunto para evitar que te quites los pantalones.
—N-no, estoy bien…
—Muy bien, vístete y acompáñame a mi escritorio.
Aiden toma su camiseta y se viste mientras Conrad se sienta en su lugar, para al momento siguiente, Aiden lo acompañe. Los asientos son acolchados, bastante cómodos comparados con los de madera dura de la casa en donde pasaron la noche.
Sobre la mesa no hay mucho, solo un montón de hojas y cuadernos, además de algunos insumos de oficina, como lápices de grafito o bolígrafos.
—Dime una cosa, no me estás mintiendo ¿Verdad?
Aiden desvía la mirada un segundo antes de contestar —No, ¿Por qué lo haría? Dijiste que era diferente o especial, ¿No es normal entre los marcados?
—Bueno, sí y no, los marcados tienen un potencial físico mucho mayor al de un humano promedio, al menos cuando sus marcas se manifiestan. Ese potencial incluye una regeneración celular acelerada, pudiendo curar heridas graves en varias semanas, cuando a un humano le toman meses.
—Supongo que sí, entonces ¿Tan raro es?
—¿Raro? Oye… ¿Cómo te llamas? —Se lleva la mano al mentón.
—Aiden.
—Aiden, sí. Lo que iba a decir es que nunca en todos los años que he estudiado sus raras anatomías, nunca he visto ni leído sobre alguien que se regenerara tan rápido, es por eso que me muestro escéptico. El propio Raél fue atravesado por una bala hace tiempo y tardó como 3 semanas en sanar, y aún conservaba los hematomas. ¿Contra que carajo luchaste para acabar tan destrozado?
—Fue una de esas bestias, pero no sé cómo les llaman ustedes. ¿Tendrá algo que ver con la marca?
—Mira, si es raro que tengas una marca en el pecho, y quizás se trate de una anomalía en lo que respecta a los marcados, pero desconozco si ambos hechos están relacionados, ¿Todas tus heridas sanan así de rápido? ¿Puedes describirme el proceso por el que pasa tu cuerpo?
Aiden baja la mirada y se encuentra con un lápiz azul solitario sobre la mesa.
—Creo que esta es la primera vez que pasa, no sé bien que ocurrió, pero me dio una especie de subidón al luchar, y cuando me hirieron, pues no sé muy bien lo que pasó. Pero en otras ocasiones anteriores si me he tardado un par de semanas en que una herida cierre…
—Eso es algo vago.
—Lo sé, siento no saber más.
Conrad voltea a ver el reloj colgado en la pared.
—Vaya, falta poco ya para el desayuno. Mira, terminamos por ahora. —Abre un cajón bajo el escritorio y toma algo de él —Ten esto, debería servirte un poco para el dolor.
Aiden recibe un plástico con algunas pastillas —¿Qué es?
—Codeína, intenta tomar una solo cuando no puedas tolerar el dolor, trata de aguantar y no acostumbrarte. Vuelve mañana para llevar un registro de como evolucionan tus heridas, y así también seguimos hablando de lo que nos faltó, que aún hay cosas que no te he preguntado.
—Trataré. Otra cosa antes de irme, ¿Es normal que no sienta frío? Se supone que está helado fuera.
—Emm, no exactamente, pero igual es comprensible, con heridas así tú cuerpo eleva su temperatura a niveles bastante altos, como si tuvieras fiebre, tal vez sea eso, o que estás acostumbrado al frío.
—Comprendo, entonces ¿Ya puedo irme?
—Claro, cuídate, no te maltrates mucho.
Aiden se pone de pie, hace un gesto afirmativo con la cabeza y se retira de la sala mientras Conrad se queda en su silla.
El rechinar de la puerta al abrirse sobresalta a Raél, quien aún estaba sentado esperando.
—Sí que se tomaron su tiempo, ¿Todo bien? ¿Necesitas que te guíe de vuelta?
—No hace falta, recuerdo el camino.
—Muy bien, cuando den las 8 ambos pueden acercarse a la cocina, es como comer en la escuela, seguro que se adaptan —Raél sonríe.
—Bien, gracias.
Aiden afirma con la cabeza otra vez y se va del edificio.
Raél se queda en la clínica, Conrad también sale de la sala de atención y se acerca a él, quien está parado mirando en la dirección en la que Aiden se fue.
—¿Y? ¿Qué tal? —Pregunta Raél.
—Tenías razón… En parte —Se lleva la mano a la boca, ocultándola.
—¿A qué te refieres?
Conrad desvía la mirada hacia su mesón unos segundos, observa la montaña de papeles y libros que hay sobre él.
—Solo puedo intuir algunas cosas, pero creo que tendré que releer algunos de mis libros y confirmarlo.
—¿Tan raro es?
Conrad aclara su garganta —Decir que es raro es quedarse corto.
—¿Necesitas que hable con el anciano? O…
—Por ahora no, mantengámoslo entre nosotros, solo… No lo pierdas de vista.
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