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CAPITULO 4: LA CITA DE JUEGOS

fictograma [Unofficial] June 14, 2026
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-Bueno, Raiden, me tengo que ir o me meteré en serios problemas -anunció Kasai, deteniendo su paso por un momento. Raiden lo miró fijamente, asimilando la situación. -Entiendo… -respondió Kasai al detallar el aspecto de su nuevo conocido, no pudo evitar hacer una pregunta-: Oye, esa ropa que tienes puesta… ¿es la única que tienes? Raiden bajó la mirada hacia sus propias prendas y soltó una leve sonrisa, algo resignado. -Sí. Como no tenemos tanto dinero, no suelo comprarme ropa. Todo lo que poseemos lo hemos conseguido gracias a los recursos de este bosque. -Mmmm… - Kasai se quedó pensativo un instante, conmovido por la determinación del chico de ojos honestos- Vendré a verte más seguido, Raiden. Quiero ayudarte con tu entrenamiento. Los ojos de Raiden se iluminaron con entusiasmo. -¿De verdad? ¡Me serías de gran ayuda! -¡Entonces me voy! Sin perder un segundo, Kasai se dio la vuelta y comenzó a correr a una velocidad asombrosa, levantando ráfagas de viento a su paso. Raiden se quedó estático, contemplando la silueta que se alejaba en el horizonte. -¡Wao, qué chico tan rápido! -Qué bueno, chico -comentó el abuelo, apareciendo detrás de él con los brazos cruzados y una expresión serena. -¡Sí! -respondió Raiden con energía, sin apartar la mirada del camino por donde el pelirrojo había desaparecido. La escena cambió drásticamente. Ahora, Raiden se encontraba sentado en el suelo de la zona de entrenamiento, intentando recuperar el aliento. Frente a él, de pie y con una postura imponente, se alzaba su abuelo. El ambiente se sentía pesado, cargado con la seriedad de lo que estaba por venir. -Ya viste cómo es el entrenamiento -comenzó el anciano, con voz firme-. Esto es lo que tendrás que hacer durante los próximos cuatro años. Pero no solo eso; también tendrás que entrenar tu cuerpo al límite. Cuando estés golpeando la roca y tus manos ya no puedan más, entonces tendrás que hacer cien flexiones, cien sentadillas y cien abdominales. Y cuando termines eso, le darás tres vueltas completas a esta isla. Luego, volverás a hacerlo una y otra vez. Raiden escuchaba en silencio, sintiendo cómo la presión aumentaba con cada palabra. -No recibirás nada de mi ayuda -sentenció el abuelo, mirándolo con severidad-. Tendrás que conseguir tu propia comida. Por ahora, tu único objetivo es romper esa roca. Raiden tragó saliva con dificultad. El desafío era monumental, casi inhumano, pero la determinación en sus ojos no flaqueó. -Entiendo. No te defraudaré. El abuelo suavizó un poco la mirada, desviándola hacia el bosque. -Ese chico es muy fuerte. -¿Eh? -Te vendrá muy bien su ayuda. Escogiste un rival muy fuerte, Raiden. -Sí… -Raiden se apoyó en sus rodillas y se puso en pie, con el rostro serio-. Por eso mismo no puedo perder. ¡Voy a seguir! Sin perder más tiempo, se posicionó frente a la roca y comenzó a golpear. -Uno… dos… tres… -su voz resonaba con cada impacto. El abuelo sonrió de medio lado, complacido por la tenacidad de su nieto. -Sí que eres persistente. Entonces, nos vemos. -… Siete… ocho… nueve… El anciano se retiró, dejando al chico solo con su esfuerzo. Raiden continuó sin detenerse, repitiendo la extenuante rutina una y otra vez mientras las horas pasaban, hasta que el sol se posicionó en lo más alto, marcando el mediodía. -¡… Y cien! -exclamó finalmente, cayendo de rodillas. El sudor empapaba su cuerpo por completo y su respiración era un jadeo constante. -Ter… miné… todas… -logró articular entre resoplidos-. Ahora tengo que… darle las tres vueltas a la isla… Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie. Sus piernas y brazos temblaban violentamente, amenazando con ceder en cualquier momento. Comenzó a caminar con pasos lentos y torpes. -También tengo que comer algo… -murmuró, sintiendo el vacío en su estómago. Mientras tanto, en la cabaña, el abuelo miraba por la ventana, observando la posición del sol. -Ya es mediodía. Espero que Raiden pueda sobrevivir a eso… ¡Tok, tok! El sonido de alguien llamando a la puerta interrumpió sus pensamientos. El anciano alzó una ceja, extrañado. -¿Eh? ¿Será Raiden? Caminó hacia la entrada y abrió la puerta. Para su sorpresa, un chico de cabello rojo se encontraba allí, de pie y con una postura educada. -Buenas tardes -saludó el joven con una leve reverencia. -Así que eres tú, muchacho -dijo el abuelo, reconociéndolo de inmediato. -¿Dónde está Raiden? -preguntó Kasai, mirando hacia el interior de la casa. -Debe de estar en la zona de entrenamiento. Sigue entrenando. -¿Sí? -Kasai apretó los puños, sintiendo cómo una chispa de competitividad se encendía en su pecho-. ¡Maldición, no me puedo quedar atrás! Sin decir más, dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad en dirección al área asignada. El abuelo soltó una carcajada ronca mientras lo veía marchar. -Je… Sí que consiguió un rival digno. Kasai llegó a la zona de entrenamiento, pero al mirar a su alrededor, frunció el ceño. El lugar estaba completamente desierto, a excepción de la imponente roca manchada. -¡RAIDEN! ¡¿DÓNDE ESTÁS?! -gritó a los cuatro vientos, pero solo obtuvo el eco como respuesta-. Pero si aquí no hay nadie… No me digas que está en el bosque. ¡RAIDEN! A una distancia considerable, en medio de la espesura de los árboles, una voz cansada respondió: -¿Eh? ¿Alguien me llama? Los pasos rápidos de Kasai se hicieron audibles hasta que finalmente apareció entre los arbustos, deteniéndose frente al exhausto pelicastaño. -Te alcancé, Raiden. -Ah, Kasai… Viniste muy rápido -dijo Raiden, apoyándose en un tronco para no caer. -Sí. Pero antes que nada, toma esto -Kasai le extendió una bolsa de tela que llevaba consigo. Raiden la recibió con confusión, sopesándola en sus manos. -¿Eh? ¿Qué es esto? -Es ropa. Es más de tu estilo -explicó Kasai con una sonrisa amistosa. Raiden abrió la bolsa y miró las prendas, pero de inmediato sintió un golpe de orgullo y timidez. -Pero… no puedo aceptar esto. -¡Hombre, no te hagas el duro! -reprochó Kasai, dándole un leve empujón en el hombro. -No, en serio, no lo puedo aceptar… Kasai cruzó los brazos y lo miró con una sonrisa pícara, arqueando una ceja. -Raiden… dentro de dos semanas tienes una cita, ¿no? El rostro de Raiden se encendió en un vivo color carmesí. Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa y la vergüenza. -¡¿O-Oye, cómo es que tú…?! ¡¿Escuchaste todo?! -¡Jajaja! -Kasai estalló en carcajadas ante la reacción de su amigo. -¡Te escuchó todo el mundo! -reclamó Raiden, sonrojándose aún más, queriendo que la tierra lo tragara. -Acéptalo -dijo Kasai, recuperando la compostura y mostrando una sonrisa sincera-. Es mi forma de disculparme por lo que te hizo ese chico la otra vez. Raiden miró la ropa y luego a Kasai. La calidez del gesto disipó su timidez. -Si tanto insistes… gracias. -Pero antes que nada, deberías darte una ducha -comentó Kasai, arrugando un poco la nariz con gracia-. Apestas a sudor. -Ah… Cerca de aquí hay un río. Ambos jóvenes comenzaron a caminar adentrándose más en el bosque. Mientras avanzaban, Kasai rompió el silencio. -¿Y qué se supone que haces en este bosque exactamente? -Le volveré a dar tres vueltas a la isla -respondió Raiden con naturalidad. -¡¿QUÉ?! -exclamó Kasai, asombrado por la brutalidad de la rutina. ¡GRREEE! Un fuerte y prolongado gruñido interrumpió la conversación, proviniendo directamente del estómago de Raiden. Este se rascó la nuca, completamente avergonzado. -Ah… lo siento. Es que no he comido nada. -Si quieres, vamos a la cabaña de tu abuelo primero para que busques algo -sugirió Kasai. -No, no puedo volver a la cabaña hasta que pueda romper esa roca -explicó Raiden con seriedad, recordando la condición de su abuelo. -¿Entonces? -Tengo que conseguir comida, pero hay un pequeño problema… -¿Un pequeño problema? -repitió Kasai, ladeando la cabeza. -Sí… Es que no sé cómo conseguir comida. -¡¿Ehhh?! -Kasai se quedó de piedra, mirando a Raiden como si estuviera viendo a un alienígena. La escena cambió al llegar a la orilla de un hermoso río de aguas cristalinas que fluía con fuerza. -Mira, este es el río que te había mencionado -dijo Raiden. Sin perder tiempo, comenzó a quitarse la ropa vieja y gastada para poder asearse, mientras Kasai se sentaba en una roca cercana, observándolo con una mezcla de incredulidad y curiosidad. -Déjame ver si entendí… ¿Viniste a este bosque sin siquiera saber cazar? Entonces, ¿cómo es que sobreviviste la otra vez? ¡SPLASCH! Raiden realizó una perfecta clavada en el agua, sumergiéndose por completo antes de salir a la superficie, sacudiendo su cabello empapado. -La verdad… me comí todas las bayas que me encontraba. También comí corteza de árbol, aunque sabía muy feo. -¡Claro que sabe feo, eso no se come! -gritó Kasai con una ironía hilarante, llevándose una mano a la frente-. Cielos… Entonces te enseñaré a pescar. -¿De verdad? -Los ojos de Raiden brillaron-. ¿Eh? ¿Tú sabes pescar? -Sí, mi madre me enseñó cuando era pequeño -respondió Kasai con orgullo. Raiden se quedó flotando en el agua, mirándolo con fijeza. Una duda asaltó su mente. -Pero… ¿por qué me ayudas tanto, Kasai? Kasai lo miró directamente a los ojos, con una expresión madura y una sonrisa franca. -Te considero mi rival, pero también un amigo. Es lo que cualquier amigo haría. Al escuchar esas palabras, Raiden sintió un cálido sentimiento en su pecho y le dedicó una gran sonrisa llena de gratitud. Saliendo del río, sacudió el agua de su cuerpo. -¿Andando? ¿Y cómo me enseñarás a pescar? -Primero, vístete -dijo Kasai, lanzándole la bolsa que contenía la ropa nueva. Raiden atrapó la bolsa en el aire y comenzó a cambiarse. Al ponerse las prendas, se dio cuenta de los detalles: se trataba de una pantaloneta negra que le llegaba justo hasta las rodillas, una camisa de color blanco puro, y una chaqueta de color negro que complementaba el conjunto a la perfección. -¿Cómo sabías que me gusta el negro? -preguntó Raiden, gratamente sorprendido. -Solo creí que ese color te quedaría muy bien -respondió Kasai, restándole importancia con un gesto, aunque complacido con el resultado. -¿En serio? -Raiden se miró a sí mismo, admirando cómo le quedaba la ropa. Se sentía cómodo y renovado. -Bien, ahora te enseñaré a pescar -anunció Kasai, cambiando radicalmente a un tono serio-. Coge un palo y una piedra filosa. Raiden obedeció de inmediato, buscando los materiales entre la orilla. Kasai tomó el palo y comenzó a frotar con fuerza la piedra filosa contra un extremo del mismo. -Primero es la herramienta… ¡Y tarán! Así de fácil tienes un arma. Con esto podrás defenderte y cazar. Raiden asintió repetidamente con la cabeza, mirando el objeto como un estudiante emocionado en su primer día de clases. -Lo segundo es buscar la zona donde haya muchos peces -continuó el pelirrojo. Raiden levantó la mano con entusiasmo, interrumpiendo. -¡¿Y dónde queda eso, Kasai-sensei?! -En una cascada. -¿Una cascada? -Así es. Los peces siempre nadan contra la corriente, y donde más se les dificulta subir es en las cascadas; ahí se amontonan. Si no estoy mal, por aquí hay una cascada cerca. -¡Entonces vamos! -exclamó Raiden, lleno de energía. Ambos comenzaron a caminar, siguiendo el cauce del río en dirección contraria a la corriente. Poco tiempo después, la escena cambió al llegar a los pies de una ruidosa pero hermosa cascada. Kasai se encontraba de pie sobre una roca húmeda, sosteniendo el palo con un pez perfectamente incrustado en la punta. En su rostro se dibujaba una sonrisa rebosante de confianza. -Mira, así de fácil se atrapa un pez. -¡Wau…! -pronunció Raiden, con los ojos abiertos de par en par y el rostro iluminado por una profunda admiración hacia las habilidades de su amigo. -Ahora inténtalo tú, Raiden. Raiden dio un paso al frente, empuñando su propio palo afilado. Concentró su mirada en el agua, tratando de divisar el movimiento de las siluetas plateadas. -Entonces… ¡aquí voy! ¡Ahhh! -gritó, levantando su brazo con fuerza antes de lanzar el estocazo. ¡PLASH! El agua salpicó con fuerza, pero cuando el movimiento se detuvo, el fondo del río se veía claramente a través del agua cristalina. El palo no había tocado nada. Sin embargo, Raiden no quería admitir el fracaso de inmediato. -Ahora te mostraré un pez enorme -dijo con una mirada y una sonrisa forzada de confianza, intentando mantener la compostura mientras levantaba el palo. Al ver la punta completamente vacía, Kasai no pudo contenerse. -¿Eh? ¡Jajajaja! ¡Pero si no atrapaste nada! Raiden bajó los hombros, mostrando una cómica cara de total decepción y frustración. -Solo debes seguir insistiendo -lo animó Kasai, dándole una palmada en la espalda-. A mí me costó mucho trabajo poder atrapar el primero. De repente, un destello brillante llamó la atención de Raiden. A lo lejos, volando entre las copas de los árboles, se divisaba un pequeño pájaro que parecía estar hecho de puras llamas vivas. -¡Eh, mira Kasai! Un pájaro de fuego -señaló Raiden, asombrado por la criatura. Kasai miró en la dirección señalada y extendió su brazo derecho. El ave de fuego descendió del cielo con elegancia y se posó suavemente sobre su muñeca, sin quemarlo. -Es un mensaje de mi madre -explicó el pelirrojo, con el rostro serio. -¿Tu madre? -Raiden ladeó la cabeza-. O sea que… ¿ella tiene el mismo don que tú? El pájaro de fuego comenzó a desvanecerse en el aire, convirtiéndose en pequeñas chispas mágicas que desaparecieron por completo. -Sí. Toda la familia Hinokami comparte el mismo don. -Eso quiere decir que… ¿varias personas pueden tener el mismo don? -preguntó Raiden, procesando la información. -Sí, así es. Pero solo ocurre en casos muy especiales. Mi familia es una de ellas. En este mundo solo hay cuatro familias con esa condición… Créeme, el mundo es increíblemente inmenso. -¿Andando? ¿Y qué dice ese mensaje? -inquirió Raiden, curioso. La expresión de Kasai se ensombreció un poco, denotando urgencia. -Dice que me necesitan en casa. Lo siento, Raiden, tendré que irme de nuevo. -No te preocupes -respondió Raiden, restándole importancia con una sonrisa sincera-. Me has ayudado mucho, más de lo que crees. Ambos se miraron con respeto y sellaron su despedida con un firme choque de puños. -Entonces, nos vemos, Raiden. -¡Sí, adiós! Kasai partió a toda velocidad, desapareciendo una vez más entre los árboles. Raiden se quedó solo frente a la cascada, sosteniendo su herramienta de pesca. -Bueno… ahora debo seguir intentando conseguir mi propia comida. ¡SPLASCH! Lanzó el palo con fuerza. -¡Nada! ¡SPLASCH! -¡Otra vez! ¡SPLASCH! -¡Una vez más! Mientras Raiden seguía insistiendo tenazmente bajo el constante rugido de la cascada, las horas transcurrieron de forma implacable. El cielo diurno comenzó a teñirse de tonos anaranjados y purpúreos hasta que, finalmente, la oscuridad de la noche cubrió por completo el bosque. Pero este chico no se rendiría tan fácil. Dos semanas después… ¡Mastica, mastica! (Sonido de alguien comiendo con ganas). Se podía ver a Raiden sentado junto a una pequeña fogata, devorando un pescado perfectamente asado. Su aspecto físico denotaba un cambio sutil pero evidente; se le veía mucho más adaptado a las inclemencias de la zona, aunque todavía le costaba bastante esfuerzo sobrellevar el riguroso entrenamiento. -¡Ahh, este pescado sí que está bueno! -exclamó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Contempló el fuego con gratitud-. Te debo muchas, Kasai… Me enseñaste a pescar y a encender una fogata. Creo que sin tu ayuda no hubiera conseguido nada de esto. Se puso de pie de un salto, apagando los restos de la fogata con tierra. Una chispa de emoción brilló en sus ojos. -Creo que ya es hora. Hoy es el día de mi cita. Sin perder un solo segundo, comenzó a correr con todas sus fuerzas en dirección a los límites de la propiedad real. Mientras tanto, en una lujosa y amplia habitación dentro del palacio, una hermosa chica de cabello amarillo brillante y profundos ojos azules se encontraba frente al espejo. Esta vez, llevaba el cabello recogido en una elegante cola de caballo y vestía una ropa mucho más adecuada y cómoda para salir a caminar. -Ahh… Ya se le está haciendo tarde a Raiden -suspiró Himari, mirando con cierta ansiedad hacia la ventana-. Espero que no se le haya olvidado nuestro encuentro… Caminó hacia el gran ventanal y observó el jardín que colindaba con los límites del bosque. A lo lejos, distinguió la silueta de un chico que corría a toda prisa, esquivando los obstáculos con torpeza pero gran velocidad. Al reconocerlo, los ojos de la princesa se llenaron de un brillo tan radiante como el mismo sol, y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. -¡Es él! En el borde del jardín, Raiden se arrastró hábilmente por debajo del espeso arbusto que servía como su pasadizo secreto. -Así que no han descubierto este camino, ¿eh? Perfecto. Ahora toca llamar a- Antes de que pudiera terminar la frase, un ruido sobre su cabeza lo hizo mirar hacia arriba. La silueta de Himari caía directamente desde la ventana del segundo piso. ¡PAF! Ambos impactaron contra el suelo, terminando en una pila de extremidades sobre el césped. Raiden soltó un quejido, sintiendo el peso de la chica sobre él. -¿Sabes, Himari…? Esto ya no me molesta -comentó con tono cómico, mirando al cielo. -¡Jajaja! ¿En serio? -respondió ella, soltando una risita nerviosa. -Pero… deberías pararte. -¡Jajaja, listo! -Himari se levantó rápidamente, acomodando su ropa, y luego extendió su mano hacia él para ayudarlo-. Creo que esto ya es un déjà vu, con las mismas palabras y todo. Raiden tomó su mano y se puso en pie, sacudiéndose la tierra de su ropa nueva. -Gracias, Himari. La princesa se quedó estática por un momento, detallando el aspecto del pelicastaño de arriba abajo. Sus mejillas se tiñeron de un leve rosa. -Eh… Raiden, ¿y esa ropa? -¿Ah, esta? Me la regaló un buen amigo -respondió él con orgullo, acomodándose la chaqueta negra. -¿Un buen amigo? -Himari repitió las palabras, frunciendo el ceño sutilmente con un pequeño e inconsciente deje de celos. -Sí, así es -asintió él, sin notar el cambio de humor de la chica-. Por cierto, ¿hasta cuándo podrás estar afuera, Himari? -Hasta mañana en la mañana -respondió ella, recuperando la sonrisa. -¡Perfecto! -gritó Raiden con una enorme sonrisa de oreja a oreja-. Es justo el tiempo que necesito para mostrarte muchas cosas. ¡No perdamos tiempo! Sin pensarlo dos veces, Raiden tomó con firmeza la mano de la princesa y comenzó a guiarla. Himari se sobresaltó notablemente, sintiendo cómo su rostro se encendía por completo ante el repentino y atrevido contacto físico, pero no soltó su agarre. Tras avanzar unos metros, ella plantó firmemente los pies en el suelo, deteniéndose. -Oye, Raiden… Quiero que me muestres una cosa primero. Raiden se detuvo y se giró hacia ella, ladeando la cabeza con curiosidad. -¿Qué quieres que te muestre? -Es algo que me he estado preguntando todos estos días… -admitió Himari, mirándolo con seriedad y fijeza-. ¿Cómo es tu forma de hacerte fuerte? ¿Y por qué razón lo haces? -¿La forma de hacerme fuerte? -repitió él. -Sí. Mejor dicho, ¿qué clase de entrenamiento haces? Raiden suavizó la mirada y sonrió con confianza. -Ahh… Ven, te mostraré dónde es mi lugar de entrenamiento. La escena se trasladó a las cercanías de la cabaña del abuelo. En el interior de la vivienda, el anciano se encontraba organizando algunas cosas de la cocina cuando un movimiento extraño fuera de la ventana llamó su atención. -¿Eh? Pero… ¿ese no es Raiden? -se preguntó, entrecerrando los ojos. Al enfocar la vista, se quedó estupefacto-. ¡Ahhh! ¡Pero si es una chica! El viejo se quedó mirando fijamente a la pareja desde la penumbra de la cabaña, conmovido hasta la médula. -Ya está a esa edad… Qué rápido crecen. Estoy sumamente orgulloso de ti, muchacho -murmuró, mientras unas cómicas pero sinceras lágrimas de orgullo paterno se desbordaban de sus ojos. Sin embargo, al detallar las finas facciones y las costosas prendas de la acompañante, su expresión cambió a una de puro shock-. ¿Eh? Ahora que veo bien… ¿esa no es la princesa del reino? ¿Y ahora por qué señala hacia acá…? El abuelo se ocultó levemente detrás de la cortina para no ser descubierto. Afuera, Raiden señalaba la estructura de madera. -Mira, esa es la cabaña donde vivo con mi abuelo. Pero por causa de mi entrenamiento, actualmente no puedo entrar ahí. -¿Y eso por qué? -preguntó Himari, extrañada. -Hasta que no rompa una roca. -¿Una roca? -Ven, te la enseño. Caminaron unos pasos más hasta llegar al claro del bosque que servía como el calvario diario del joven. -Mira, esta es mi zona de entrenamiento. Y esta es la roca de la que te he hablado. Himari se acercó lentamente al enorme bloque de piedra. Al poner su pequeña mano sobre la superficie rugosa, su expresión se transformó en una de total perturbación. La roca estaba visiblemente manchada con restos de sangre seca, testimonio de los brutales impactos de los puños de Raiden. -¿Esto… esto es lo que haces? -preguntó con la voz temblorosa. -No solo eso -explicó Raiden con total naturalidad-. También tengo que hacer flexiones, abdominales y seguir dándole vueltas a esta isla una y otra vez. Himari se giró hacia él, con los ojos cargados de una mezcla de dolor y profunda admiración. -Dime, Raiden… ¿Por qué te esfuerzas tanto? Raiden desvió la mirada hacia el sol que comenzaba a ocultarse en el horizonte, reflejando una madurez impropia de su edad. -Es por una promesa que le hice a mi abuelo. -Una promesa, eh… -susurró Himari, conmovida. -¡Sí! -exclamó Raiden, pero luego, recordando algo que le rondaba la cabeza, cambió radicalmente de tema-. Ahora que lo pienso… Himari, ¿tú te quieres casar? -¿Eh? -El rostro de la princesa se tiñó de rojo instantáneamente, tomándola completamente por sorpresa-. ¡¿P-Por qué preguntas eso tan de repente, Raiden?! -Mi abuelo me contó sobre un torneo que sucederá en unos años… -explicó él, rascándose la mejilla. Al escuchar la palabra “torneo”, la timidez de Himari se desvaneció, siendo reemplazada por una profunda y amarga melancolía. Bajó la mirada hacia sus propios zapatos. -Ah, eso… -dijo con voz apagada-. Es una antigua tradición del reino. Cuando el hijo de los reyes nace siendo una chica, su mano se le entrega automáticamente al hombre más fuerte que gane el torneo. -¿Eh? ¿Así como así? -Raiden frunció el ceño, claramente indignado. -Sí… -respondió ella, mostrando una facción de total tristeza y desamparo. Raiden la miró fijamente. Una chispa de fuego pareció encenderse en su interior, y la determinación en su rostro se volvió inquebrantable. -Entonces, ahora tengo otra gran razón para hacerme más fuerte. -¿Qué? -Himari alzó la mirada, estupefacta. El chico le mostró una sonrisa enorme, brillante y llena de una confianza arrolladora. -No dejaré que te cases con un desconocido. Participaré en ese torneo y les daré una buena paliza a todos esos chicos. Himari se quedó sin aliento. Un intenso sonrojo cubrió sus mejillas y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa leve pero genuinamente feliz y aliviada se dibujó en sus labios. -Entonces… ¡es hora de ir a divertirse! -anunció Raiden, rompiendo la tensión con su habitual energía. La escena cambió a un hermoso claro del bosque donde no había árboles, solo un extenso y suave manto de pasto verde que se mecía con la brisa de la tarde. -¿Andando? ¿Y este lugar? -preguntó Himari, mirando a su alrededor con curiosidad. -¡Vamos a jugar a los tocados! -propuso Raiden, dándose la vuelta. -¿Tocados? -Sí, las reglas son muy simples: habrá un perseguidor que tendrá que tocar al otro. Una vez que el perseguido sea tocado, se convertirá automáticamente en el cazador. -Ahh… ¡suena muy divertido! -admitió la princesa, adoptando una postura de juego. -Sí, este juego me lo enseñó Kasai. -¿Kasai? -Himari arqueó una ceja-. ¿Ese es el amigo que mencionaste hace un rato? -Sí, es un gran amigo. Es muy amable y me ha enseñado un montón de cosas -explicó Raiden con entusiasmo. -Mmmm… -Himari hizo un pequeño puchero inconsciente. -Él es muy fuerte, me ha estado ayudando con mis entrenamientos y lo considero mi rival más cercano. -¿Rival? -Así es. ¡No puedo dejarme superar por ese chico! -sonrió Raiden, apretando los puños con fervor-. En todo caso, ¡yo seré el perseguido primero! Puedes correr libremente por toda esta zona, pero está estrictamente prohibido entrar al bosque, ¿entendido? -¡Sí! -gritó Himari con emoción. La escena mostró a ambos jóvenes corriendo de un lado a otro sobre el pasto, persiguiéndose mutuamente mientras el sol caía poco a poco, tiñendo el cielo de tonos dorados. -¡Eso no es justo! -gritó Himari finalmente, deteniéndose para recuperar el aliento-. ¡Tú eres mucho más rápido que yo! -¡Jajajaja! ¡No me atrapaste ni una sola vez! -se burló Raiden con total madurez infantil, deteniéndose a unos metros. Himari lo miró con fingida indignación, cruzando los brazos sobre el pecho y mostrando un adorable puchero con los labios. -¡Otra vez! -exigió la chica, negándose a perder. -Creo que es todo por hoy -dijo Raiden, suavizando su tono-. Vamos a cenar. El pelicastaño caminó hacia ella y le extendió la mano con caballerosidad. La doncella, notablemente avergonzada por el gesto, aceptó el agarre mientras intentaba ocultar su timidez. -¿Y qué cenaremos? -preguntó con curiosidad. Raiden sonrió con absoluta suficiencia, tocándose levemente la nariz con el dedo índice. -Comeremos mi especialidad. -¿Tu especialidad? -¡Pescado asado! Más tarde, la noche había caído por completo. En medio del claro, una pequeña fogata crepitaba alegremente, arrojando luz y calor a los alrededores. Himari se encontraba sentada junto al fuego, dando un mordisco tímido a algo que jamás en su vida de realeza había probado; por otro lado, Raiden devoraba su porción con la naturalidad de quien hace eso todos los días. -¿Qué tal, eh? -preguntó Raiden, mirándola con ojos expectantes, esperando su aprobación. ¡Mastica, mastica! Himari terminó de pasar el bocado, tapándose delicadamente la boca con la mano antes de responder. -No está nada mal… De verdad está rico. Al escuchar eso, Raiden asintió repetidamente con la cabeza, inflando el pecho como si hubiera ganado el premio más importante del mundo. -¿Y dónde dormiremos? -preguntó la chica con un deje de inquietud, mirando la densa oscuridad del bosque que los rodeaba. -Aquí mismo -respondió Raiden con total tranquilidad, señalando el suelo cubierto de pasto. -¿Eh? La princesa no podía creer lo que estaba escuchando. Ella, que estaba acostumbrada a dormir en una cama gigantesca, tan suave que ninguna nube del cielo se le podía comparar, ¿iba a dormir en la tierra? -¿Hay algún problema? -preguntó Raiden, mirándola con una inocencia desarmante. -No, nada… -respondió la chica de inmediato, sintiéndose un poco culpable por sus pensamientos de realeza. Se rascó la cabeza con una sonrisa nerviosa-. Supongo que siempre debe haber una primera vez para todo, después de todo. Ambos se recostaron sobre el suave pasto, uno al lado del otro, entrelazando las manos mientras fijaban la mirada en el firmamento. Una hermosa luna llena brillaba con esplendor en lo alto, iluminando la oscura noche y bañando el claro con una luz plateada. -Gracias, Raiden… -susurró Himari rompiendo el silencio. -No hice nada especial… ¿Por qué me agradeces? -preguntó él, volteando a verla. -Me estás mostrando un mundo que nunca creí que conocería… -admitió ella, contemplando la luna con una pizca de melancolía en sus ojos azules. Raiden la observó en silencio. Bajo la luz plateada de la luna, las facciones de la princesa se veían increíblemente hermosas, casi irreales. Sintió que su corazón se aceleraba un poco. -No debes agradecerme nada… Después de todo, eres muy especial para mí. Al escuchar aquellas palabras, Himari se quedó muda, sintiendo un vuelco en el corazón. Raiden se incorporó lentamente. Con movimientos sumamente dulces y cuidadosos, se quitó su nueva chaqueta negra y la extendió sobre el cuerpo de la chica, arropándola con delicadeza para protegerla del frío de la madrugada. -Qué linda… -susurró para sí mismo, contemplándola-. Hasta mañana, Himari. Se acostó de nuevo a su lado y, vencido por el extenuante cansancio de las últimas semanas, se quedó profundamente dormido en pocos minutos. Himari, sin embargo, permanecía completamente despierta. Su rostro estaba totalmente encendido en un rojo vivo y su corazón latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo. Con suavidad, abrazó fuertemente la chaqueta negra contra su pecho, aspirando el aroma del chico. -Hasta mañana… -susurró en un hilo de voz, cerrando finalmente los ojos con una felicidad que nunca antes había experimentado. A la mañana siguiente, el cielo se tiñó de un hermoso tono rojizo mientras el sol comenzaba a despuntar en el horizonte. Ambos se encontraban nuevamente al pie de la alta torre del palacio. -Entonces… nos vemos, Himari -dijo Raiden, preparándose para marchar. -Sí, Raiden… -respondió la chica. Su corazón aún latía con fuerza por los recuerdos de la noche anterior. -¡Nos vemos! -exclamó él, dándose la vuelta y deslizándose hábilmente por debajo del arbusto secreto. Himari respondió con un hilo de voz tan bajo que la respuesta se perdió en la brisa de la mañana, observando el lugar por donde él había desaparecido. Ya en el bosque, Raiden comenzó a correr con todas sus fuerzas. El viento golpeaba su rostro y sus pies se movían a una velocidad nunca antes vista en él. Una sonrisa de pura determinación se dibujó en sus labios mientras aceleraba el paso. «¡Ya lo verán! ¡Les mostraré a todos lo fuerte que me estoy haciendo!» Sus pasos resonaban con fuerza en la tierra mientras se adentraba en el bosque, listo para reanudar su camino hacia la cima.

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