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CAPITULO 3: EL INICIO DE UNA GRAN RIVALIDAD

fictograma [Unofficial] June 13, 2026
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Los pasos de Raiden resonaban con fuerza sobre la tierra húmeda del bosque. El viento golpeaba su rostro y el sudor empapaba su frente, pero él no disminuía la velocidad. Había pasado poco más de un mes desde que su abuelo le impuso aquella brutal rutina de darle tres vueltas completas a la isla. En ese momento, se encontraba en los límites de la segunda vuelta, rozando el agotamiento pero con la meta de ese tramo a tiro de piedra. El cambio en él era evidente. Su cuerpo se notaba más esbelto y adaptado a las inclemencias de la naturaleza, aunque su ropa, ahora desgastada, rota y cubierta de tierra, delataba el precio de su esfuerzo. -¡Ya lo veo! -exclamó Raiden, forzando la vista hacia el frente. Al salir momentáneamente de la espesura, una imponente vista del reino se desplegó ante sus ojos. A la distancia, la majestuosidad de las estructuras revelaba la verdadera naturaleza de esa sociedad: un lugar movido enteramente por el comercio, los negocios de comida y las lujosas tiendas de ropa. Sin embargo, detrás de esa fachada de prosperidad se escondía una realidad asfixiante. Los habitantes de la isla solo podían cruzar sus fronteras si contaban con un estricto permiso laboral, e incluso entonces, debían ser escoltados de ida y vuelta por los caballeros reales. No había verdadera libertad; el reino era, en esencia, una hermosa jaula de oro. Sin detenerse a contemplar el paisaje, Raiden aceleró el paso y se adentró corriendo por las calles empedradas de la periferia del reino. A su paso, los ciudadanos comenzaron a cruzarse de brazos, observándolo de reojo y dedicándole murmullos despectivos. -Es ese chico de nuevo… -susurro una mujer. -Solo viene a correr por aquí, qué molesto -añadió un comerciante. Mientras Raiden continuaba con su marcha fija, unos ojos almendrados y curiosos lo seguían desde la acera. Era Kasai. El chico de cabello rojizo lo contempló con una ceja arqueada, extrañado de verlo en el mismo estado de siempre. «¿Otra vez corriendo? ¿Acaso estará persiguiendo o qué?», pensó. Impulsado por la curiosidad, Kasai dio un salto al frente y comenzó a correr a la par del pelicastaño, igualando su velocidad sin el menor esfuerzo. -¡Hola! -saludó Kasai con una sonrisa casual, manteniendo el ritmo. Raiden dio un respingo, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa. -¡¿Eh?!… Hola. -Quería disculparme por lo de la otra vez -explicó Kasai, mirando hacia el frente-. No pude hacerlo como es debido porque llevaba mucha prisa. -Ah, eso… -Raiden desvió la mirada, concentrándose en el camino-. No te pregunté por ello, pero ya no me importa. Me da igual lo que piensen unos tipos como esos. -Tienes razón. De todos modos, esos idiotas no te volverán a molestar, te lo aseguro. Raiden lo miró de reojo, escéptico. -¿Tú crees? Kasai guardó silencio un momento, analizando detenidamente el aspecto desaliñado de Raiden, su respiración agitada y su ropa sucia. -Oye, ¿por qué corres tanto? ¿Te está persiguiendo alguien? Si quieres, voy y les doy una paliza ahora mismo. -¡No, no es eso! -replicó Raiden de inmediato, soltando una risa nerviosa-. Aunque bueno, técnicamente creo que sí estoy metido en problemas… -¿Por qué siempre que te veo estás metido en problemas? -preguntó Kasai con una gota de sudor detrás de la nuca. Raiden guardó silencio, apretando los dientes mientras seguía avanzando. -Vamos, si no te están persiguiendo, ¿por qué corres con tantas ganas? -insistió el pelirrojo. Raiden dudó por unos segundos, sopesando si debía confiar en él o no. Finalmente, exhaló un suspiro y soltó la verdad: -Estoy entrenando. -¿Eh? -Kasai parpadeó, sorprendido. -Sé que me ayudaste la otra vez… Pero, ¿por qué lo hiciste? -preguntó Raiden, queriendo cambiar de tema. Kasai sonrió de medio lado, mirando al cielo con un brillo de orgullo en los ojos. -La verdad es que no soporto la injusticia. Si veo que alguien está siendo golpeado en desventaja, no dudaré ni un segundo en detener esa pelea. -¿Por qué tanto empeño? -Porque mi sueño es convertirme en un… Bueno, no importa ahora -Kasai se interrumpió a sí mismo, sacudiendo la cabeza con timidez. Luego, detuvo su carrera gradualmente-. Si no estás metido en problemas con guardias o maleantes, entonces te dejaré entrenar en paz. ¡Adiós! -Adiós… -alcanzó a decir Raiden. Kasai dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria. Raiden desaceleró hasta detenerse por completo, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento mientras observaba la silueta del pelirrojo alejarse. -Qué tipo tan peculiar… -murmuró Raiden, dibujando una leve sonrisa en su rostro-. Bueno, no hay tiempo que perder. Tengo que visitar a Himari. Minutos más tarde, Raiden se encontraba agazapado detrás de los densos arbustos que colindaban con los jardines traseros del palacio. En sus manos, sostenía con delicadeza un pequeño ramo de flores silvestres de intensos tonos rojos y azules. Al mirarlas, un breve recuerdo cruzó su mente: la imagen de Himari observando con nostalgia el jardín real, anhelando la libertad del exterior. -Con que aún no han descubierto esta entrada, ¿eh? Perfecto -susurró para sí mismo, asomándose con cuidado. La escena cambió al patio interior. ¡Tack! El seco impacto de una pequeña piedra golpeó el cristal de la ventana del segundo piso. En el interior de la habitación, una hermosa chica de cabello amarillo se sobresaltó. -Ah… ¡Es Raiden! -exclamó Himari, esbozando una sonrisa-. Qué rápido dio la segunda vuelta. Sin perder tiempo, abrió la ventana de par en par. Abajo, en el jardín, el pelicastaño la saludó con la mano. Himari vestía un atuendo mucho más casual de lo habitual, un hermoso vestido de color azul que resaltaba con sus ojos. Presa de la emoción, y sin medir las consecuencias, se lanzó directo por la ventana. «Oh, no… Otra vez no», pensó Raiden, abriendo los ojos con horror mientras la sombra de la princesa se cernía sobre él. ¡PAF! Himari cayó con todo su peso directamente sobre el estómago de Raiden, mandándolo al suelo. -¡Auch!… -se quejó Raiden, con el aire fuera de sus pulmones-. Tú sí que no aprendes, ¿verdad? -¡Jajaja! ¡Perdón, perdón! -se disculpó Himari, soltando una risita melodiosa mientras se incorporaba y lo ayudaba a sentarse. -En fin… Vine a visitarte y a traerte un regalo -dijo Raiden, extendiéndole el ramo de flores que milagrosamente había protegido del impacto. Los ojos de Himari se abrieron de par en par, iluminándose con un brillo tan intenso como las estrellas. -¿En serio? -recibió el ramo, abrazandolo contra su pecho-. ¡Muchas gracias! -Toma… Sé que te gustan mucho las flores -añadió Raiden. -Gracias, Raiden… De verdad, este es el mejor regalo que he recibido en toda mi vida. Raiden soltó una carcajada nerviosa, restándole importancia con un ademán. -Qué va, jaja… Solo son simples flores del bosque. -¿Sabes una cosa? -Himari se inclinó hacia él, hablando en un tono cómplice y emocionado-. Dentro de dos semanas, mi padre va a salir de la isla por asuntos oficiales. ¡Eso significa que podré salir un día completo a jugar! Ya se lo mencioné a Bani y me dijo que me iba a cubrir con los guardias. -¡¿De verdad?! -Los ojos de Raiden brillaron con genuina emoción-. ¡Entonces te mostraré muchas cosas increíbles de este lugar! Lo esperaré con ansias. -¡Bueno, entonces nos vemos, Raiden! -se despidió la princesa, dándole un rápido abrazo antes de trepar con agilidad de vuelta a su ventana. -¡Nos vemos! Raiden dio media vuelta y caminó de regreso hacia los arbustos, saliendo del perímetro del palacio con el corazón ligero. -Bueno, es hora de regresar con mi abuelo para terminar la última vuelta… -Vaya… No puedo creerlo. La voz repentina e inesperada hizo que a Raiden se le helara la sangre. Se giró de golpe, asombrado. -¡¿Cuánto… cuánto tiempo llevas ahí?! -exclamó, señalando al intruso. Kasai se encontraba apoyado contra el tronco de un árbol, con una sonrisa pícara y los brazos cruzados. -Así que conoces a la señorita Valdris… -comentó en un tono juguetón. -¡Oye, responde a mi pregunta primero! -reclamó Raiden, entrando en el juego defensivo. -Estuve aquí todo este tiempo. Te seguí -confesó Kasai, avanzando un paso con aire burlón. -¡Es de mala educación seguir a las personas! -reprochó Raiden, cruzándose de brazos. -Te seguí porque las víctimas nunca dicen la verdad -argumentó el pelirrojo, adoptando una postura seria-. Además, ¿qué haces en este bosque? ¿Por qué no regresas a tu casa? -Eso es exactamente lo que estoy haciendo -replicó Raiden, dándose la vuelta para retomar su camino. -Bueno, entonces yo seré tu guardia personal el día de hoy -anunció Kasai, colocándose a su lado con naturalidad. -No tienes por qué hacerlo… La escena cambió mientras ambos se internaban más y más en la densa vegetación del bosque. El silencio era interrumpido únicamente por el crujir de las hojas secas bajo sus pies. -Oye, ¿en serio me vas a seguir todo el camino? ¿Acaso no tienes nada mejor que hacer con tu vida? -preguntó Raiden, un tanto fastidiado pero extrañamente cómodo con la compañía. -No, la verdad es que no -respondió Kasai, entrelazando sus manos detrás de la cabeza con total despreocupación. -¿Y por qué me sigues justamente a mí? -Porque me caes bien. -¿Esa es tu única razón? -Raiden arqueó una ceja. -No eres como las otras personas de este lugar -explicó Kasai, mirándolo de reojo-. Tú no me hablas con miedo. Raiden soltó una leve risa, mirando hacia el frente. -¿Y por qué debería temerte? Si la verdad es que eres un buen tipo. Kasai se quedó estupefacto por un segundo, asombrado por la sincera respuesta, antes de estallar en una carcajada limpia. -¡Jajaja! -¿De qué te ríes ahora? O tal vez… ¿es que eres un chico raro? -bromeó el pelicastaño. -Oye, por cierto, ¿cómo te llamas? -preguntó el pelirrojo, deteniendo sus risas. -Yo me llamo Raiden. ¿Y tú? -Kasai. Tras un breve silencio, Kasai volvió a preguntar con genuina curiosidad: -Oye, Raiden… ¿Por qué estás entrenando tan duro? -Para hacerme fuerte -respondió con severidad. -¿Y para qué? -Cielos, esto parece más un interrogatorio que una charla… -se quejó Raiden, aunque terminó por ceder-. La verdad, es una promesa que hice con mi abuelo. -¿Una promesa? -Sí. En unos cuatro años habrá una gran competencia en el reino. -¿Te refieres a la competencia real? -Kasai abrió los ojos de par en par. -Sí, esa misma. Mi abuelo me dijo que si ganaba, podría tener el permiso para salir de esta isla. -¿Y para qué quieres salir de aquí? -Para tener una gran aventura -confesó Raiden, con un brillo de anhelo en su mirada-. La verdad… quiero saber cuál es el propósito de mi nacimiento. No tengo un sueño claro ni un propósito definido en este momento, así que quiero recorrer el mundo para averiguar cuál es. Kasai se detuvo en seco, mirándolo con un profundo respeto. -Eres… increíble, Raiden. Raiden se detuvo también, pensativo por un momento antes de lanzar su propia duda. -Dime tú ahora… ¿A qué se debe tu obsesión con ayudar a las personas? -Quiero convertirme en un guardián -declaró Kasai sin dudar, con una firmeza inquebrantable en su voz. -¿Un guardián? -Sí. Los guardianes son aquellos que detienen a los malos. Son los que defienden la verdadera justicia. -Justicia… -repitió Raiden, saboreando la palabra-. Eso suena muy noble. ¡Ah, mira! Esa de ahí es mi casa. -Entonces sí era verdad… Vives en mitad del bosque -comentó Kasai, contemplando la rústica cabaña de madera que se alzaba en un claro. -¡Abuelooo! ¡Ya llegué! -gritó Raiden, acercándose a la entrada. La puerta se abrió lentamente, revelando la imponente figura del anciano. -Ya era hora… Por el ruido, sabía que eras tú, Raiden -dijo el abuelo, pero su mirada se desvió de inmediato hacia el invitado-. ¿Quién es tu amigo? -Ah, él es Kasai. El pelirrojo dio un paso al frente y realizó una respetuosa reverencia. -Me presento. Soy Kasai Hinokami. El abuelo entrecerró los ojos, asimilando el apellido. -Ya veo… Eres de la familia Hinokami. Hola, muchacho. Puedes llamarme “anciano”. -¿Eh? -Kasai parpadeó, confundido por el apelativo. -A mi abuelo no le gusta que lo llamen por su nombre de pila -explicó Raiden con una sonrisa resignada. -Ah, bueno… Entonces te dejo aquí, Raiden. Ya se está anocheciendo -dijo Kasai, dando media vuelta al notar las sombras de la tarde alargarse. -Oye, muchacho -intervino el abuelo, deteniéndolo-. Ya es muy tarde y el bosque es peligroso de noche. Si quieres, puedes quedarte a dormir hoy. Raiden abrió los ojos de par en par, escandalizado. -¡Abuelo! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! -Es la primera vez que traes a un amigo a casa, Raiden -respondió el anciano con tono firme pero cálido-. Debo darle una cálida bienvenida como es debido. -Si tú lo dices… -murmuró Raiden, rascándose la mejilla, completamente apenado. -La verdad es que… -Kasai dudó, sin querer ser una molestia. -Oye, Kasai -lo interrumpió Raiden, mirándolo de reojo-. Me dijiste antes que no tenías nada mejor que hacer, ¿no? Puedes quedarte. Kasai sonrió de par en par, contagiado por la hospitalidad. -Si tú lo dices, acepto. -Bien, entonces prepararé la cena -anunció el abuelo, dándose la vuelta-. Raiden, tú puedes continuar con el paso uno del entrenamiento de hoy. -De acuerdo. -Raiden, ¿adónde vas? -preguntó Kasai al ver al pelicastaño caminar hacia el patio trasero. -Ve con el muchacho, Kasai -sugirió el abuelo desde el interior. Sin pensarlo, ambos salieron corriendo hacia el claro de entrenamiento. ¡GOLPE! ¡GOLPE! ¡GOLPE! La escena cambió al área de prácticas. Raiden se encontraba propinando puñetazos secos y consecutivos contra la superficie de la enorme roca. A unos metros de distancia, Kasai observaba la escena mientras concentraba energía en su mano derecha, creando un pequeño y brillante pájaro hecho de llamas mágicas que ascendió hacia el cielo. -Kasai… ¿Qué es eso? -preguntó Raiden entre jadeos, sin detener sus golpes. -Es un mensaje mágico para mi madre, para que sepa dónde estoy y no se preocupe -explicó el pelirrojo con naturalidad. -¿En serio se puede hacer eso?… -murmuró Raiden, asombrado por el don de su amigo. Sin embargo, Kasai cambió su expresión a una de horror al notar un detalle en la piedra. -Raiden… ¿Por qué estás golpeando esa roca con tanta furia? ¡Tus manos están sangrando! ¡GOLPE! ¡GOLPE! ¡GOLPE! La sangre fresca teñía los nudillos de Raiden y dejaba marcas rojas en la piedra, pero el chico no mostraba intenciones de parar. -Tengo que esforzarme más que los demás… -respondió Raiden, con la voz entrecortada por el dolor y el cansancio-. Soy muy débil. No nací con ninguna habilidad especial ni ningún don como tú… Por eso debo esforzarme el doble o el triple. Kasai lo contempló en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. -Cada vez pienso más que eres un tipo increíble, Raiden… -¿Tú crees?… ¡¡Ahhggg!! -Un grito de puro dolor escapó de los labios de Raiden al impactar una vez más. -¡Oye, detente! ¡Ya estás perdiendo mucha sangre! -advirtió Kasai, dando un paso al frente para detenerlo. -¡No… importa! ¡¡Ahhhh!! ¡GOLPE! ¡GOLPE! ¡GOLPE! ¡GOLPE! -¡Diecisiete… dieciocho… y… diecinueve! -contó Raiden con las últimas fuerzas de sus pulmones, antes de que sus ojos se pusieran en blanco y su cuerpo se desplomara sobre el suelo. -¡¿Raiden?! ¡¿Estás bien?! -gritó Kasai, corriendo a su lado. La escena cambió al interior de la cabaña, iluminada por la tenue luz de las velas. El abuelo se encontraba sentado al borde de la cama, aplicando ungüento y envolviendo con sumo cuidado los destrozados nudillos de Raiden con vendas limpias. Kasai observaba desde una esquina, con los brazos cruzados y una expresión sombría. -Vaya… Sí que se esfuerza hasta el límite -comentó el pelirrojo en voz baja. -Sí -suspiró el anciano, con una mezcla de tristeza y orgullo-. Desde el día en que nació, el mundo ya lo discriminaba por no poseer habilidades. Por eso siente que debe esforzarse más que cualquiera para ganarse un lugar. Kasai desvió la mirada hacia el rostro pálido del chico desmayado, procesando las palabras del anciano. -Muchacho, ¿podrías ir al bosque a traerme una cosa que necesito para sus curaciones? -pidió el abuelo. -¿Qué cosa, señor? -preguntó Kasai, asintiendo de inmediato. Minutos después de que Kasai saliera de la casa, Raiden comenzó a quejarse débilmente, abriendo los ojos de manera lenta y pesada. -Raiden… Ya despertaste -dijo el abuelo con voz suave. -¿Me… volví a desmayar? -preguntó el chico, mirando el techo de madera con frustración. -Sí. Kasai te trajo cargando hasta aquí. Afuera, la silueta de Kasai se recortaba contra la ventana. Justo cuando se disponía a entrar con los materiales, se detuvo al escuchar la conversación. Pegó el oído a la madera, escuchando con atención. En el interior de la habitación, gruesas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Raiden, resbalando por sus mejillas. El peso de la frustración era demasiado grande. -Abuelo… No he mejorado nada… -confesó Raiden con la voz rota por el llanto-. Por más que me esfuerzo, nada da resultado. Me volví a desmayar… El anciano guardó silencio por un momento, terminando de asegurar la venda antes de mirarlo con severidad pero con un infinito cariño paternal. -Dime… ¿Cuántos golpes le diste la primera vez a esa roca? -¿Ah?… -Raiden parpadeó, desconcertado por la pregunta. -Dime, ¿cuántas veces pudiste golpearla antes de caer? -Le di… doce golpes. -¿Andando? ¿Y cuántos le diste esta vez? Raiden bajó la mirada, recordando su conteo. -Diecinueve… -Raiden, ya te lo había dicho antes: esto no será un camino fácil -sentenció el abuelo, esbozando una cálida sonrisa-. Así que no te atrevas a decir que no estás mejorando. Cada vez eres capaz de resistir más golpes. Créeme, si sigues por este camino, te convertirás en alguien verdaderamente fuerte. Raiden guardó silencio, asimilando las palabras de su abuelo. Se limpió las lágrimas con el dorso de sus manos vendadas. -Lo siento… Es solo que… ya extrañaba estar en este lugar -admitió, sintiendo el confort del hogar. -Tranquilo, Raiden -respondió el abuelo, sobándole el cabello con ternura para calmarlo. Mientras tanto, en el exterior, Kasai apretó los puños con fuerza, sintiendo un vuelco en el corazón. «Ya veo… Este chico se tiene que esforzar muchísimo más que cualquiera de nosotros sólo para estar al mismo nivel», pensó conmovido. Decidido, Kasai abrió la puerta de golpe y entró a la habitación con pasos firmes. Se plantó frente a la cama y señaló directamente a Raiden con el dedo índice. -¡Raiden! ¡Quiero enfrentarte! Pero no ahora… ¡Quiero que peleemos en el torneo real! -¡¿Eh?! -Raiden se quedó estupefacto, con los ojos abiertos de par en par. Kasai apretó los dientes, con una mirada ardiente de determinación. «No puedo permitirme quejarme ni holgazanear mientras este chico se esfuerza de esta manera», se dijo a sí mismo. -¡Quiero que te hagas increíblemente fuerte, porque soy yo quien te va a derrotar en ese escenario! -declaró el pelirrojo a viva voz. Al escuchar el desafío, la tristeza de Raiden se disipó por completo. Una chispa de competitividad se encendió en su pecho y, apretando sus puños vendados, sostuvo la mirada de su amigo. -Gracias, Kasai… ¡Pero el ganador de ese torneo seré yo! -¡Eso ya lo veremos! -desafió Kasai con una sonrisa retadora. Lo que había iniciado ese mismo día como una simple e inesperada amistad, se había transformado en el nacimiento de una inquebrantable rivalidad. Ninguno de los dos chicos estaba dispuesto a perder ante el otro. El abuelo, contemplando la escena desde un lado, no pudo evitar sonreír con satisfacción al ver los ojos determinados de ambos jóven -Bueno, es hora de comer -anunció el anciano, rompiendo la tensión. Más tarde, tras una abundante cena, los dos chicos se encontraban acostados boca arriba en el suelo dela noche. -Dime, Kasai… ¿Por qué tratas de ayudar tanto a los indefensos? -preguntó Raiden, rompiendo el hielo. Kasai exhaló un largo suspiro, desviando la mirada hacia la ventana. -Es una larga historia… Todo ocurrió hace unos cinco años. La mente de Kasai viajó al pasado. Se mostró el recuerdo de un Kasai mucho más pequeño, un niño alegre y rebosante de energía que solo quería jugar con los demás niños de su edad. Sin embargo, todos lo rehuían y lo excluían por el simple hecho de ser considerado un “prodigio” debido a su don elemental. Cuando regresaba a su casa, las cosas no eran mejores. Su padre era un respetado guardián del reino, pero tenía un grave problema con la bebida. Aquella noche de tormenta, su padre se encontraba completamente borracho y, en un ataque de ira, comenzó a golpear salvajemente a su madre. La impotencia corrió por las venas del pequeño Kasai. Por más que todos lo llamaran “prodigio”, no era más que un niño incapaz de hacerle frente al hombre más fuerte de la casa. -¡Ma… má! -lloraba el pequeño Kasai, interponiéndose-. ¡Detente, papá! Sin embargo, el padre, cegado por el alcohol, le propinó un fuerte golpe que mandó al niño a volar contra la pared, dejándolo inconsciente en el acto mientras continuaba agrediendo a su madre. Kasai regresó al presente, apretando los puños con una furia contenida en sus ojos. -Por esa razón es que soy amable con los demás… Me repugna profundamente la gente que abusa y golpea a los indefensos. Por eso ya no soy amigo de esos idiotas que te atacaron en el reino. Y ahora… tengo más razones para hacerme fuerte. -¿Qué razones? -preguntó Raiden, conmovido por el relato. -No pienso perder ante nadie -sentenció Kasai, mirándolo fijamente-. Protegeré a mi madre, cueste lo que me cueste. -Mmmm… -Raiden asintió en silencio, respetando su dolor. Poco después, el silencio volvió a reinar en la cabaña mientras ambos se entregaban al sueño. Al día siguiente, los primeros rayos del sol iluminaron el claro del bosque. Los dos jóvenes se encontraban fuera de la cabaña, despidiéndose. -¿Ya te vas? -preguntó Raiden, con un deje de decepción en su voz al ver a su primer amigo marcharse. Kasai lo notó y sonrió con calidez, levantando su mano derecha con el puño cerrado. -Sí, ya debo regresar a mi casa. Pero no te pongas así… Seguiré viniendo de vez en cuando para entrenar contigo, Raiden. Al escuchar eso, la energía de Raiden regresó de inmediato. Levantó su propia mano, listo para sellar el pacto. -Ahora yo también tengo otra gran razón para hacerme más fuerte… ¡Y es que no pienso perder contra ti, Kasai! ¡CHOC! Sus puños impactaron en un firme y sonoro choque de manos. -¡No perderé! -aseguró Kasai. -¡Ni yo! -replicó Raiden con una sonrisa desafiante. Una fuerte ráfaga de viento sopló a través del claro del bosque, agitando sus cabellos y ropas. Esta gran rivalidad apenas estaba empezando, pero prometía cambiar el destino de ambos para siempre.

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