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CAPITULO 2: UNA PRINCESA SOLITARIA

fictograma [Unofficial] June 12, 2026
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En el silencio absoluto del claro del bosque, una serie de impactos secos y violentos rompían la paz de la naturaleza. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Era Nakamura Raiden, quien golpeaba una y otra vez contra la superficie de la enorme roca. Sin embargo, el gigantesco bloque de piedra no mostraba ni un solo impacto, permaneciendo tan implacable como el primer día. En cambio, las manos del chico estaban completamente destruidas. La sangre fresca resbalaba lentamente entre sus dedos curtidos, tiñendo la rugosa superficie, e incluso la carne se había desgastado tanto que dejaba entrever el blanco de sus huesos en los nudillos. -Agh… ahh… -Raiden dejó escapar un gemido ahogado por el dolor, contemplando sus extremidades temblorosas. El sufrimiento físico era atroz, pero la llama de su determinación se negaba a extinguirse. Apretando los dientes con las pocas fuerzas que le quedaban, volvió a levantar el puño y golpeó una vez más. ¡Pam! El impacto del rebote fue tan severo que sus piernas temblaron, haciéndolo caer pesadamente de rodillas. El dolor punzante en sus manos comenzó a desvanecerse, reemplazado por un frío entumecimiento a medida que su visión se tornaba borrosa y nublada. Había perdido demasiada sangre. Sin poder resistir más el dolor y el cansancio , su cuerpo se desplomó. Para cuando Raiden recuperó la consciencia, la noche ya había llegado. Se encontraba acostado en su cama dentro de la rústica cabaña, sintiendo cómo su cuerpo ardía bajo una intensa fiebre que le hacía delirar. Un trapo húmedo descansaba sobre su frente, enfriando el sudor frío que recorría sus mejillas. A su lado, la imponente silueta del anciano velaba su descanso. El abuelo observaba los destrozados nudillos de su nieto con una mezcla de severidad y profunda preocupación. -Raiden… te estás esforzando mucho más de lo que creí -murmuró el viejo con una voz inusualmente suave. Bajó la mirada, y por primera vez, sus ojos reflejaron una nota de pesadumbre-. Hijo mio… sé que estoy rompiendo la promesa que te hice… El anciano apretó con fuerza sus propios puños vendados, conteniendo las emociones que amenazaban con desbordarlo. -Pero no puedo permitir que mi nieto crezca pensando que es un error del mundo… -añadió, mirando el rostro pálido del chico-. Descuida, yo cuidaré de ti hasta que sanes. Aunque bien sabes que este camino… tendrás que recorrerlo completamente solo. Una semana después, las heridas de Raiden apenas comenzaban a cerrar. Las gruesas vendas que envolvían sus manos aún exhibían costras y manchas de sangre seca, testimonio del castigo. El abuelo se plantó frente a él en el patio trasero y se cruzó de brazos, adoptando su habitual postura firme. -Dado que tus manos aún no se han recuperado lo suficiente, suspenderemos temporalmente la primera fase del entrenamiento -anunció con voz severa. Raiden alzó la mirada, desconcertado. -¿Entonces qué se supone que haremos? El anciano extendió el brazo, señalando la inmensidad del espeso bosque que se extendía más allá de su propiedad. -Quiero que le des tres vueltas completas al perímetro de la isla. Corriendo. Raiden se quedó petrificado, abriendo los ojos de par en par. -¡¿TRES VUELTAS?! ¡¿A toda la isla?! -Para cuando termines el recorrido, tus manos habrán sanado lo suficiente como para reanudar los golpes a la roca -explicó el viejo con una leve sonrisa de medio lado-. Aunque claro, eso no es todo. La atmósfera del bosque pareció volverse más pesada y seria de un segundo a otro. -Debes saber que en las zonas profundas de esta isla habitan bestias salvajes conocidas como Grong’s. -¿Grong’s…? Abuelo, ¿estás seguro de que saldré vivo? -Ya te lo advertí el primer día, Raiden -los ojos del anciano se afilaron, destilando una intensidad aterradora-. Este camino no será sencillo. Si mueres en el intento, significará que ese era tu límite. Sin darle tiempo a replicar, el viejo le arrojó una pequeña bolsa de tela. -Tampoco regresaras a casa por comida. Tendrás que cazar y recolectar para sobrevivir por tu cuenta. Raiden atrapó la bolsa con torpeza debido a los vendajes, soltando un largo suspiro de resignación. El cielo sobre la isla se encontraba encapotado por densas nubes oscuras cuando Raiden dio inicio a su travesía. Al adentrarse en las profundidades del bosque, la vegetación se volvió tan tupida que los gigantescos troncos de los árboles bloqueaban casi por completo la luz diurna. Las hojas de tonos oscuros apenas dejaban filtrar una penumbra sepulcral, sumiendo el entorno en un frío y aterrador silencio. Raiden avanzaba a paso constante, manteniendo una respiración controlada pero con los sentidos alerta. Sabía perfectamente que este era el territorio de los Grong’s. Su abuelo le había advertido sobre estas criaturas: monstruos del tamaño de osos grizzly, pero con el pelaje erizado por espinas negras y afiladas como las de un puercoespín. Poseían las fauces alargadas de un depredador, colas felinas y garras capaces de rebanar troncos de un solo tajo. Sin armas en las manos, Raiden solo contaba con sus piernas y su inquebrantable fuerza de voluntad. Corrió durante horas, hasta que un impacto helado en su frente lo hizo detenerse. Una pesada gota de agua acababa de caer sobre su cabeza. Al levantar la mirada, vio cómo el cielo terminaba de cerrarse, dando paso a una tormenta torrencial que golpeó el bosque con una furia implacable. -Genial… lo que me faltaba -protestó Raiden mientras el agua empapaba su ropa por completo, volviéndola pesada. Sabía que correr en esas condiciones adrenalina su energía, por lo que necesitaba encontrar un refugio con urgencia. Agudizando la vista entre la cortina de agua, divisó una abertura rocosa a unos cuantos metros. -¡Una cueva! Sin pensarlo dos veces, corrió a toda velocidad y se adentró en la boca de la caverna, jadeando para recuperar el aliento. -Menos mal que encontré una cuev- ¡Crack! El crujido seco bajo su calzado interrumpió sus palabras. Raiden bajó lentamente la mirada y sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Acababa de pisar los restos óseos de algún animal mediano. El silencio de la cueva se volvió denso, casi asfixiante, y de pronto, dos intensos color rojo carmesí se encendieron en la oscuridad del fondo. -No puede ser… -susurró, paralizado por el terror. De las sombras emergió una silueta masiva y amenazante. Era un Grong adulto. -¡¡GRAAAAHHHH!! -la bestia rugió, haciendo temblar las paredes de piedra, y lanzó un zarpazo directo al rostro del intruso. Raiden se arrojó hacia un lado en el último milisegundo. ¡RASG! Las garras del monstruo pasaron rozando, rebanando parte de su camisa. Raiden cayó de espaldas al suelo, contemplando con horror el colosal tamaño de la criatura. Un solo golpe limpio y estaría muerto. «¡No quiero morir!», pensó con desesperación. Extendiendo la mano a ciegas por el suelo de la cueva, sus dedos tropezaron con una piedra afilada en forma de puñal. Con un grito cargado de adrenalina, apuntó directamente al rostro del depredador. -¡¡AAAAAHH!! ¡Chas! El proyectil improvisado impactó de lleno en el ojo izquierdo del Grong, hundiéndose en el globo ocular. -¡¡GRAAAAHHH!! -el monstruo alzó la cabeza, bramando de dolor mientras la sangre brotaba de su herida. Raiden no esperó a ver la reacción de la bestia. Se impulsó con las piernas y salió disparado de la cueva, internándose nuevamente en la tormenta. Sin embargo, el Grong, enfurecido y sediento de sangre, salió pisándole los talones. A pesar de su enorme tamaño, la criatura se desplazaba a una velocidad descomunal entre los árboles. -¡DEJA DE SEGUIRME, MALDITO MONSTRUO! -gritó Raiden, corriendo a ciegas mientras la lluvia torrencial le nublaba la vista. Los árboles pasaban a su lado como ráfagas borrosas. Raiden continuó corriendo sin mirar al frente, buscando escapar del inminente zarpazo que sentía a sus espaldas, hasta que, de pronto, la tierra firme desapareció bajo sus pies. Se había precipitado al vacío desde el borde de un acantilado escondido por la maleza. -…¿Eh? El viento golpeó su rostro con una violencia salvaje mientras su cuerpo caía en una caída libre mortal. Segundos después, el impacto llegó. ¡SPLASH! Su cuerpo se sumergió en las turbulentas y frías aguas de un río caudaloso. En la caída, la parte posterior de su cabeza impactó fuertemente con el agua helada, liberando un hilo de sangre que se disolvió rápidamente en la corriente. Antes de poder nadar hacia la superficie, la oscuridad reclamó su consciencia. La corriente del río arrastró el cuerpo de Raiden hasta depositarlo suavemente sobre un banco de arena en la orilla. Poco a poco, los párpados del muchacho comenzaron a moverse, abriéndose con pesadez ante la brillante luz de un nuevo amanecer. Raiden se llevó una mano a la cabeza, buscando la herida de la noche anterior; para su sorpresa, ya no había rastro de sangre gracias a la limpieza del agua, aunque un persistente y agudo dolor de cabeza le recordaba lo cerca que había estado de la muerte. -Auch… -se quejó, parandose con lentitud mientras sus articulaciones protestaban. Miró a su alrededor, desorientado-. ¿Cómo es que sigo con vida…? -Grrrgh… El fuerte rugido de su estómago rompió el silencio de la mañana. -Cierto… no he probado bocado desde ayer -recordó, sintiendo cómo el hambre comenzaba a restarle energías. Sin más opción que buscar sustento, Raiden comenzó a caminar sin un rumbo fijo, arrastrando los pies sobre el terreno cubierto de musgo. Tras varios minutos de marcha, un leve movimiento entre la densa maleza capturó su atención. Al apartar unas hojas, se topó cara a cara con un pequeño conejo blanco de largas orejas. Los ojos de Raiden se iluminaron con un brillo de pura necesidad, mientras el roedor lo observaba con curiosidad. -¡¡COMIDAAAA!! -bramó el pelicastaño, abalanzándose sobre el arbusto. «¿Un… un collar?», pensó por un instante al ver un fino y reluciente collar de oro puro alrededor del cuello del roedor. Sin embargo, el hambre era demasiado severa como para detenerse. El conejo se deslizó con agilidad a través de un estrecho agujero oculto debajo de unos densos matorrales. Raiden, impulsado por la desesperación, se arrojó al suelo y comenzó a escarbar la tierra con sus manos vendadas, ensanchando el hueco hasta lograr arrastrarse penosamente hacia el otro lado. Al ponerse de pie y sacudirse la tierra, el aire abandonó sus pulmones. Se quedó completamente paralizado. Frente a sus ojos se alzaba una majestuosa e imponente torre de piedra pulida. Se encontraba dentro de los jardines del mismísimo castillo real de Valdris. -¡Kon! ¿Dónde te has metido? -una melodiosa voz femenina resonó desde las alturas. El conejo, asustado por el grito, dio un salto limpio y comenzó a correr a una velocidad increíble. Raiden inició una persecución frenética, esquivando ramas y saltando raíces, decidido a no perder su desayuno. Fue en mitad de la carrera cuando un destello metálico en el cuello del animal le llamó la atención. Raiden alzó la mirada hacia una de las ventanas abiertas de la torre. Desde allí, una chica de su misma edad observaba el jardín. Poseía un largo y sedoso cabello dorado que resplandecía como el sol, y unos ojos azules tan brillantes y limpios como el cielo despejado. Vestía un elegante y ostentoso vestido de gala color azul oscuro que denotaba su alta cuna. El muchacho, que sostenía al conejo de las orejas tras haberlo atrapado justo al cruzar, levantó al animal en el aire. -¡Oye, tú! ¡¿ Acaso es esto lo que buscas?! La chica se sobresaltó al escuchar la voz, fijando sus ojos azules en el intruso. -¿Eh? ¿Cómo has logrado entrar a este jardín? -Solo estaba persiguiendo a este escurridizo conejo para comer… -explicó Raiden, rascándose la nuca. Al ver al roedor sano y salvo, el rostro de la joven se iluminó por completo. -¡¡Kon!! -¿Se llama Kon? -Raiden miró al animal, que pataleaba débilmente en el aire. «Pensar que estuve persiguiendolo para comérmelo …», pensó con una gota de sudor en la nuca. -Sí, es mi mascota -respondió ella con una sonrisa radiante-. ¿Podrías entregármelo, por favor? -Seguro. ¿Cómo te lo hago llegar? ¿Te lo lanzo? La chica soltó una pequeña risa y negó con la cabeza. -No hace falta, yo misma bajaré por él. -¿Eh? ¿Cómo piensas bajar tan rápi-? Antes de que Raiden pudiera terminar la frase, la joven se subió al marco de la ventana y, sin el menor rastro de temor, se lanzó directamente al vacío desde el segundo piso. -¡¡AAAAAHHH!! -Raiden abrió los ojos de par en par, horrorizado ante la aparente locura de la chica. ¡PUM! El impacto fue directo. El cuerpo de la chica cayó encima de Raiden, usándolo como amortiguador improvisado y mandando a ambos directo al suelo. -Jejeje… vaya, eres un chico bastante resistente -comentó ella, incorporándose sobre el pecho de Raiden con una sonrisa traviesa. -¡Desgraciada! ¡¿Estás demente?! ¡Casi me matas del susto y del golpe! -reclamó Raiden, frotándose la espalda mientras se sentaba en el suelo, adolorido. La joven se limitó a reír con ganas, una risa clara y genuina que resonó en el silencioso jardín. Raiden la observó en silencio. -Lo siento, lo siento. Es que me emocioné -se disculpó ella, poniéndose de pie con agilidad y extendiendo los brazos hacia el roedor-. Me alegra tanto que estés bien, Kon. El conejo saltó a sus brazos, moviendo las orejas con felicidad mientras se acurrucaba contra su vestido. Raiden se levantó, sacudiéndose el pasto de la ropa, y se cruzó de brazos con una ceja arqueada. -Oye… ¿y quién se supone que eres tú? La chica se giró hacia él, adoptando una postura erguida y refinada, aunque con una chispa de diversión en la mirada. -Es de muy mala educación solicitar el nombre sin haberte presentado primero. Raiden desvió la mirada, sintiendo un poco de vergüenza. -…Supongo que tienes razón -admitió. Luego, se señaló a sí mismo con el pulgar-. Mi nombre es Nakamura Raiden. Al escuchar el nombre, la joven ejecutó una perfecta y elegante reverencia, sosteniendo los bordes de su vestido azul. -Mi nombre es Himari Valdris. Raiden abrió los ojos de par en par, procesando el apellido que resonaba en cada rincón de la isla. -¿Valdris…? No me digas que… -Así es. Soy la princesa heredera de este reino. -…Eh. Un silencio incómodo se apoderó del lugar. Raiden la miró de arriba abajo, asimilando que la chica que acababa de caerle encima desde una ventana era la máxima autoridad juvenil de la isla. -Con que una princesa de verdad, ¿eh? -comentó, mirando luego hacia la enorme y reforzada puerta de hierro del castillo-. Entonces… si eres la dueña de todo esto, ¿por qué no sales a pasear por la puerta principal en lugar de andar saltando por las ventanas? La brillante sonrisa de Himari se desvaneció, siendo reemplazada por una sutil expresión de tristeza. -No tengo permitido hacer eso. Raiden inclinó la cabeza, extrañado. -¿Por qué no? -Mi padre, el rey, tiene prohibido que abandone los límites del castillo -explicó, mirando hacia las altas murallas-. Además… todo el perímetro de esta zona está resguardado por una poderosa barrera mágica. -¿Una barrera? -Sí. Solo las personas que poseen una autorización real y un colgante específico pueden cruzar a través de ella sin activar las alarmas. Raiden la observó con asombro. -Pero para burlar una seguridad de ese nivel… se requeriría ser un usuario experto en alta hechicería. Himari asintió lentamente en señal de conformidad. Sin embargo, una chispa de curiosidad volvió a encenderse en sus ojos azules mientras estudiaba el aspecto del pelicastaño. -Pero dime una cosa, Raiden… si la barrera es infranqueable para los habitantes comunes, ¿cómo es que tú lograste entrar a este lugar? Raiden se dio la vuelta y señaló con el dedo índice el pequeño agujero cubierto de fango que había cavado debajo de los arbustos. -Por ahí. Entré excavando detrás del conejo. Himari abrió los ojos por la sorpresa, soltando una pequeña exclamación. -¡¿En serio?! ¡¿La gran barrera real tiene un punto ciego bajo los arbustos?! Raiden comenzó a caminar de regreso hacia la abertura, dándole la espalda. -Bueno… supongo que ya te devolví a tu mascota, así que es hora de que me marche. Himari avanzó un paso con rapidez, extendiendo la mano hacia él. -¿Eh? ¿Te vas tan pronto? ¿Apenas acabas de llegar? Raiden levantó la mano en señal de despedida, sin detener su andar. -Tengo un horario que cumplir. Debo darle tres vueltas completas a la isla como parte de mi entrenamiento. -¿Tres vueltas a la isla? -Himari se llevó una mano a los labios, asombrada-. Pero si esta es una isla de las más grandes que hay… Te tomará semanas. Raiden se detuvo un momento y la miró de reojo, mostrando una sonrisa leve pero cargada de una confianza. -Lo sé. Pero lo hago porque he decidido volverme fuerte. Himari guardó un absoluto silencio durante unos instantes, cautivada por la mirada decidida del chico. Tras meditarlo, un destello de audacia cruzó su rostro y habló con firmeza: -Oye… ¿y si me llevas contigo a dar un paseo? Raiden casi se atraganta con su propia saliva, dándose la vuelta de golpe. -¡¡¿QUÉ?!! ¡¿Estás demente?! -Quiero salir de aquí, aunque sea por un rato -insistió ella, juntando las manos. -¡Oye! ¡No puedes ir pidiéndole una locura así a un completo extraño! ¡Eres la princesa de este reino, por el amor de Dios! Himari infló las mejillas, haciendo un tierno puchero de indignación. -Pero si ya no somos extraños en lo absoluto. Acabamos de presentarnos formalmente hace un momento. -¡Eso no tiene ningún sentido lógico! -replicó Raiden, exasperado. Himari se acercó unos pasos más, fijando sus ojos azules directamente en los de él. -Además… he estado observándote con atención, y no detecto ni una sola mala intención dentro de ti. Raiden exhaló un largo suspiro, derrotado por la terquedad de la noble. -El instinto humano suele fallar la mayoría de las veces. Podría ser un criminal. Himari negó lentamente con la cabeza, manteniendo una sonrisa confiada. -No se trata de un simple instinto, Raiden. En ese instante, sus pupilas azules destellaron con un sutil y místico brillo celestial. -Es mi don de nacimiento. Poseo la capacidad de ver y sentir las verdaderas intenciones que albergan las almas de las personas. Raiden abrió los ojos de par en par, asimilando la revelación. Sin embargo, no pudo evitar soltar una mueca divertida. -¿Qué? ¿En serio ese es tu don? Vaya… suena como un don bastante inútil para el combate. Himari infló las mejillas de nuevo, indignada. -¡Oye! ¡Qué grosero eres! Ante la reacción de la princesa, Raiden no pudo contenerse más y soltó una carcajada limpia. Himari lo observó por un segundo antes de contagiarse y unirse a su risa, rompiendo la formalidad de su estatus. Tras calmarse, la chica alzó el rostro con un toque de orgullo familiar. -Este don de discernimiento es la principal razón por la cual mi linaje ha gobernado esta isla con justicia durante generaciones. Ningún traidor puede mentir ante nosotros. Raiden asintió, genuinamente impresionado. -Vaya… Con que por eso eres la princesa. Admitiré que es un poder interesante. Fue entonces cuando Himari cambió su expresión por una sonrisa sumamente traviesa. -Bien, ahora que admites mi autoridad… exijo que me lleves a conocer el mar exterior inmediatamente. De lo contrario, comenzaré a gritar y llamaré a toda la guardia real para que te arresten por infiltración. Raiden sintió que el color se le iba del rostro. -¡¿Oye, hablas en serio?! ¡No te atreverías! Himari, lejos de amedrentarse, infló el pecho e inhaló una gran bocanada de aire, abriendo la boca. -¡¡GUAAA- En un acto de puro reflejo, Raiden se abalanzó sobre ella y le cubrió la boca con la palma de su mano vendada. -¡¡Está bien, está bien!! ¡Acepto las condiciones, pero no grites por lo que más quieras! -cedió el pelicastaño con una gota de sudor frío recorriendo su frente. Himari apartó la mano de Raiden con suavidad, exhibiendo una sonrisa de absoluta victoria. -Sabía perfectamente que terminarías aceptando. Minutos más tarde, ambos se encontraban caminando a paso lento por el sendero que bordeaba el caudaloso río del bosque. Himari avanzaba con una fascinación desbordante en su rostro, contemplando cada detalle del entorno como si estuviera descubriendo un mundo nuevo. Se detenía a tocar las hojas húmedas de los árboles, observaba el fluir del agua cristalina y cerraba los ojos para deleitarse con el canto de las aves silvestres. Raiden la observaba caminar desde atrás, completamente confundido por su actitud. -Oye… ¿Acaso es la primera vez en tu vida que ves un bosque común y corriente? Himari detuvo su andar y negó lentamente con la cabeza, manteniendo la vista fija en la copa de los árboles. -Solo los había visto a la distancia… a través del cristal de la ventana de mi habitación. Raiden abrió ligeramente los ojos, sintiendo una punzada de empatía en el pecho. -…Eso debe ser algo realmente horrible. Himari sonrió con una profunda tristeza contenida en su mirada. -Un poco, supongo. De pronto, la atención de la princesa fue capturada por un pequeño destello de color cerca de la orilla del río. Un grupo de flores silvestres de un intenso color azul crecía entre las rocas. Los ojos de la chica brillaron con una alegría pura. -¡Raiden, mira eso! -exclamó, corriendo hacia el lugar y agachándose con entusiasmo-. ¡Son verdaderamente hermosas! Raiden inclinó la cabeza, observando los brotes con indiferencia. -Solo son flores normales que crecen en cualquier parte del bosque. Himari alzó la mirada hacia él, sosteniendo uno de los pétalos con delicadeza. -Para alguien que ha pasado toda su vida entre paredes de piedra blanca… estas flores son lo más extraordinario del mundo. Raiden guardó un absoluto silencio. Por primera vez desde que la había conocido, logró comprender la realidad de Himari. Detrás de los lujos, los vestidos caros y el título de princesa, ella no era más que una chica que compartía su misma desdicha: ambos se encontraban atrapados en una prisión, encadenados por las leyes de ese reino. Tras unos minutos de contemplación, Himari se puso de pie y su mirada descendió inevitablemente hacia las manos del chico, notando las vendas manchadas de sangre seca que cubrían sus articulaciones. -Eso… debe doler muchísimo, ¿verdad? -preguntó con un tono de sincera preocupación. Raiden desvió la mirada hacia el río, restándole importancia con un ademán. -No te preocupes. Ya me he acostumbrado al dolor físico. Himari bajó la cabeza, asimilando sus palabras. Raiden dejó escapar una sonrisa cargada de amargura antes de continuar hablando: -En este reino, la gente me mira como si fuera una especie de monstruo o una blasfemia por el simple hecho de haber nacido sin un don. Todos me aíslan. La princesa lo observó fijamente a los ojos, con una calidez absoluta. -Pues yo no creo en absoluto que seas alguien raro o un error. Raiden se quedó estupefacto, clavando sus ojos castaños en los de ella. -Tus ojos transmiten una mirada sumamente amable, Raiden. Las personas malvadas no poseen esa luz. El muchacho desvió rápidamente la vista hacia el horizonte, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de rojo ante el inesperado cumplido. -…Nunca antes nadie en este lugar me había dicho algo semejante -admitió en un susurro. Himari soltó una suave y melodiosa risita. -Entonces eso solo demuestra que las personas de esta isla son unas completas tontas. Raiden no pudo evitar que una pequeña carcajada escapara de sus labios. -Sí… tal vez tengas razón en eso. Himari lo miró con renovada curiosidad, inclinándose ligeramente hacia adelante. -¿Y cuál es la verdadera razón por la que deseas volverte tan fuerte, Raiden? Raiden guardó silencio por un breve instante. Luego, apretó lentamente sus puños vendados, sintiendo cómo la determinación volvía a encenderse en su pecho. -Porque quiero demostrarle a este mundo entero que mi nacimiento no fue ningún error. Quiero ganar mi libertad con mis propias manos. Himari lo contempló en silencio durante unos segundos, evaluando la firmeza de su alma. Una sonrisa dulce se dibujó en sus labios. -Pues yo creo que ya eres alguien increíblemente fuerte, Raiden. -¿Eh? -La verdadera fuerza no radica únicamente en romper cosas -explicó Himari, mirándolo con admiración-. A pesar del miedo que sientes, a pesar del dolor de tus heridas y del desprecio de todos… tú sigues caminando hacia adelante sin rendirte. Para mí, tener el valor de avanzar en la oscuridad también es una forma de fuerza. Al escuchar aquellas palabras, Raiden sintió una extraña y cálida calidez expandirse por su pecho. Por primera vez en sus doce años de existencia, había encontrado a alguien que realmente lograba ver a través de sus muros y comprender el valor de su sacrificio. Finalmente, tras dejar atrás la espesura del bosque, ambos llegaron al límite de la orilla. Frente a ellos, el inmenso océano se extendía hasta el infinito, con sus aguas teñidas de tonos dorados y rojizos por la majestuosidad del atardecer los dos chicos se sentaron en la suave arena. -Guau… -exclamó Himari en un hilo de voz. El suave viento marino comenzó a soplar, agitando con delicadeza su largo cabello dorado. Sus ojos azules reflejaban el vaivén de las olas con una fascinación indescriptible. -Es… es el espectáculo más hermoso que he visto en toda mi vida… Raiden, observando su reacción, sonrió con un indiscutible orgullo reflejado en su rostro. -Te lo dije. Te aseguré que valdría la pena el escape. Himari giró el rostro hacia él, con un brillo de profunda gratitud en su mirada. -Muchas gracias por traerme hasta aquí, Raiden. De verdad. El pelicastaño se rascó la cabeza, notablemente nervioso y desviando la mirada por el sonrojo. -No… no fue la gran cosa, en serio. Solo caminamos un rato. -Para ti tal vez no lo haya sido -insistió Himari, dando un paso hacia él y negando con la cabeza-. Pero para mí, este día lo ha significado todo. Raiden guardó silencio, contemplando la silueta de la princesa recortada contra el sol poniente. En ese preciso instante, por primera vez en su vida, sintió que su existencia no era en vano. Alguien en ese vasto mundo realmente había necesitado de su presencia. Tras unos segundos de quietud, Raiden aclaró su garganta y rompió el silencio. -Hima-san… La princesa volteó a mirarlo, ladeando la cabeza. -¿Hm? ¿Qué pasa? -Cuando termine de curar mis manos y complete las tres vueltas completas a la isla… -Raiden desvió la mirada un segundo antes de mirarla con una sonrisa leve pero sincera-. ¿Te gustaría volver a jugar conmigo por el bosque? Los ojos de Himari se abrieron de par en par, asimilando la propuesta. -¿Lo dices… lo dices de verdad? ¿No es una broma? -Claro que lo digo en serio. Te mostraré otros lugares increíbles -aseguró el chico, levantando el pulgar. Himari bajó la mirada por un instante, sintiendo que la felicidad le desbordaba el pecho, y asintió con una radiante sonrisa. -Me encantaría muchísimo, Raiden. Luego, en un susurro casi imperceptible que se perdió con la brisa marina, añadió: -Raiden… de verdad espero que regreses a salvo. -Lo haré. Lo prometo -selló el chico con firmeza. Y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa de pura y absoluta felicidad cobró vida en el rostro de la princesa solitaria. Para cuando regresaron a los linderos del castillo, la noche ya había caído por completo sobre la isla. Raiden se detuvo frente al agujero oculto entre los matorrales, observando la imponente altura de la torre. -¿Cómo piensas ingresar a tu habitación a estas horas sin ser descubierta? -preguntó en voz baja. Himari señaló con el dedo una de las ventanas del segundo piso. -A esta hora exacta, los guardias de la torre principal suelen retirarse al comedor para cenar. Aprovecharé ese descuido para trepar por la enredadera y entrar a mi cuarto. Raiden asintió, conforme con el plan. -Bien. Entonces supongo que nos veremos después, Hima-san. Himari le sonrió desde la penumbra. -Sí. Cuídate mucho en tu entrenamiento. Raiden dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad, perdiéndose rápidamente entre la espesura de los árboles mientras se despedía agitando la mano en el aire. Himari permaneció estática en el jardín, observando el punto exacto por donde el pelicastaño había desaparecido. Himari empujó con sumo cuidado la pesada puerta de madera de sus aposentos, deslizándose al interior de la habitación en completo silencio. Sin embargo, al levantar la vista, sus movimientos se congelaron por completo. Sentada en una silla junto a la cama, una mujer la aguardaba en la penumbra. Vestía un pulcro uniforme de sirvienta real, poseía un cabello negro recogido de forma elegante y una expresión facial notablemente serena pero severa. Era Bani, la mujer que se había encargado de la crianza y protección de Himari desde que era una pequeña huérfana de madre. -Himari-sama… ¿se puede saber en qué lugar del reino se encontraba a estas horas de la noche? -inquirió Bani, cruzándose de brazos. La princesa sintió un vuelco en el estómago. -B-Bani-san… yo… -¿Y quién era exactamente ese muchacho que la acompañaba hasta el jardín? -continuó la sirvienta, clavando su mirada en ella. Himari abrió los ojos de par en par, comprendiendo que la habían descubierto por completo. -¿Tú… nos viste desde la ventana? La expresión severa de Bani se disolvió, siendo reemplazada por una sutil y cálida sonrisa de alivio. -Sí, mi señora. Los vi perfectamente. Himari bajó la mirada hacia sus pies, jugando con los dedos de sus manos con timidez. -Él… él es mi amigo. Su nombre es Raiden. Bani se quedó estupefacta por un breve instante, parpadeando con sorpresa antes de que una expresión de profunda ternura se dibujara en su rostro. -¿Un amigo de verdad…? Himari asintió lentamente con la cabeza, manteniendo la vista baja. Bani se levantó de la silla, se acercó a la princesa y colocó una de sus manos sobre su cabeza, acariciándole el cabello con suavidad. -Me alegra profundamente escuchar eso, Himari-sama. Ha estado sola durante demasiado tiempo. Presa de la emoción, Himari se arrojó a los brazos de la sirvienta, rodeándola con un fuerte abrazo. -Por favor, Bani-san… te lo ruego, no le digas nada de esto a mi padre. Si se entera, jamás volveré a ver la luz del día. Bani correspondió al abrazo, arrullándola con el instinto de una madre. -Descuida, mi pequeña. Puedes estar tranquila. Mi boca permanecerá cerrada. No diré una sola palabra al rey. Esa misma noche, Himari se encontraba recostada en su enorme y lujosa cama con dosel. El pequeño Kon dormía plácidamente hecho una bola de pelo a su costado. La brillante luz de la luna llena se filtraba a través de los cristales, iluminando con suavidad la estancia. La princesa observaba el techo artesonado en un absoluto silencio, reviviendo cada segundo de la tarde. -Mi primer amigo de verdad… eh… -murmuró para sí misma. Una amplia y feliz sonrisa cobró vida en sus labios mientras acariciaba las orejas del roedor-. Kon… no tienes idea de lo feliz que me siento en este momento. El conejo emitió un leve sonido de satisfacción entre sueños, acomodándose mejor sobre las cobijas. Mientras tanto, en las profundidades oscuras del bosque salvaje, la silueta de Raiden avanzaba a zancadas veloces entre la maleza. Esta vez, sin embargo, sus manos no se encontraban vacías; sostenía con firmeza un grueso y pesado palo de madera que había recogido del camino. La mirada de inocencia en sus ojos castaños había sido reemplazada por una determinación feroz y madura «Esta vez no voy a huir como un cobarde…», se juró a sí mismo, apretando el agarre sobre la madera hasta que sus nudillos vendados protestaron por el esfuerzo. «¿Cómo demonios pretendo volverme el hombre más fuerte si lo único que hago ante el peligro es escapar y esconderme?» En ese instante, el recuerdo de la radiante sonrisa de Himari frente al océano cruzó por su mente, provocando que una leve sonrisa se dibujara en sus labios. -Además… -murmuró, deteniéndose frente a la base del inmenso y escarpado acantilado de piedra que bloqueaba su camino. Alzó la vista hacia la cima, desafiando la altura en la penumbra de la noche-. Ya no se trata solo de mí. He hecho una promesa importante que pienso cumplir. Sin dudarlo un solo segundo, Raiden dio un paso al frente, clavó el palo en su cinturón y comenzó a escalar la escarpada pared de roca con sus propias manos, ascendiendo con paso firme hacia su destino.

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