Eventos (no tan) Anómalos - Gorgonzola - Tracción a Sangre y Amortiguadores
fictograma [Unofficial]
June 11, 2026
Si alguien me hubiera dicho hace diez años que iba a pasar un sábado a la mañana metido en un local que olía a talco de bebé y plástico nuevo, rodeado de colores pastel que me daban dolor de cabeza, le habría apostado el título de mi auto a que estaba loco.
Pero ahí estaba yo. Gorgonzola Strano. Un tipo cuya jubilación no existe en ningún registro del Estado, parado en el pasillo tres de “Mundo Pequeñín”, esquivando osos de peluche del tamaño de un pastor alemán.
A unos metros de mí, mis dos razones para soportar la tortura visual estaban enfrascados en un debate automotriz. O, bueno, en la versión para infantes de uno.
—Mira este, Lu —decía Anónimo, agachado frente a un armatoste negro y gris que parecía diseñado para ir a la guerra, no a la plaza—. Tiene suspensión independiente en las cuatro ruedas. Y frenos de disco, creo. El manual dice que el chasis es de aluminio aeroespacial.
Lueur se rió, una carcajada suelta y luminosa que hizo que un par de vendedoras giraran la cabeza. Estaba de seis meses. La panza, redonda y perfecta bajo una remera de algodón gris, ya le cambiaba el centro de gravedad. Tenía una mano apoyada en la base de la espalda y la otra sobre su vientre, en ese gesto instintivo y antiguo de las madres.
Y estaba radiante. No es una metáfora barata. Había una luz en ella, un aura de fiereza y ternura mezcladas que le suavizaba los bordes de chica dura. Esa chica que había conocido siempre a la defensiva, ahora parecía haber plantado bandera en el mundo, reclamando su lugar con una sonrisa.
—Anónimo, mi amor —le contestó ella, pasándole una mano por el pelo castaño—. No vamos a llevar a la nena a correr el Rally Dakar. Solo necesitamos que ruede hasta la verdulería y que no se desarme si subimos el cordón de la vereda. Además, fíjate el precio. Con lo que cuesta este “vehículo aeroespacial”, pagamos tres meses de alquiler.
Me acerqué, metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta de cuero.
—Tiene razón la fiera, hijo. A ese armatoste solo le faltan seis marchas y limpiaparabrisas. Si le pones un motor, paga patente.
Anónimo se levantó, suspirando, pero sin poder borrar la sonrisa de su cara.
—Es que quiero que esté segura, papá. Ya tenemos el catre, la ropa… —Empezó a enumerar con los dedos, entrando en su modo de contabilidad nerviosa—. Compramos los chupetes, los baberos, la bañadera esa que parece un balde ergonómico, las mantas en seis cuotas sin interés, y los cinco libros de maternidad que me leí la semana pasada…
—Los cuales te tienen diagnosticando enfermedades imaginarias cada vez que me patea —acotó Lueur, dándole un codazo cómplice.
—La prevención es importante —se defendió él, besándole la sien.
Yo los miraba y sentía un nudo en la garganta. Un nudo de orgullo. Veía cómo habían ido armando el nido, peso sobre peso. Aprovechando ofertas, buscando precios, estirando los sueldos al máximo para que a esa niña que venía en camino no le faltara nada. Eran un equipo.
Se movieron hacia otra fila de cochecitos. Estos eran más terrenales. De tela resistente, colores lisos, cuatro ruedas normales y un sistema que prometía cerrarse “con una sola mano” (una mentira del marketing que yo mismo había comprobado al intentar ayudar a un vecino hace años).
—Este —dijo Lueur, señalando uno de color azul noche, robusto, de estructura de caño grueso y tela lavable—. Es simple. Se reclina entero para cuando sea chiquita, tiene canasto abajo para las compras, y no parece que se vaya a romper si lo miramos fuerte.
Anónimo lo evaluó. Movió un poco la manija para probar la resistencia.
—Es… lógico —concedió, aunque noté que le tiraba un ojo de reojo a la etiqueta del precio. No era el aeroespacial, pero los accesorios de bebé cuestan más que los repuestos de mi auto. Sacó su billetera con un gesto disimulado, probablemente calculando el límite de la tarjeta de crédito.
Fue entonces cuando di un paso al frente y puse mi mano pesada sobre el manillar del cochecito azul.
—Adjudicado —dije, con voz ronca—. Llevemos la caja. Y agreguen el plástico ese para la lluvia, que conociendo mi suerte, la nena va a nacer en medio de un diluvio.
Lueur me miró de inmediato, su instinto de independencia encendiéndose.
—Gorgonzola, no. Venimos ahorrando para esto. Lo pagamos nosotros.
—No seas terca, Lu —le respondí, sosteniéndole la mirada con cariño—. Este es el carruaje de mi nieta. No voy a permitir que lo pague un banco en doce cuotas. Lo paga el abuelo. Al contado.
Anónimo quiso intervenir. —Papá, es mucha plata. Sabemos que vos… bueno, no te sobra.
Era cierto. Mi patrimonio neto oficial era nulo. Vivía de changas, de arreglar motores que otros daban por muertos y de “gestiones extraoficiales”. Mi único bien registrable era el Mustang negro del ’77 que estaba estacionado afuera. Una máquina hermosa que me había ganado, justamente, en una partida de póker trasnochada cobrando una deuda a un ex compañero del ejército que creyó que un par de reyes le iban a salvar el pellejo.
Pero lo que mi hijo no sabía, o no quería admitir, es que tener dinero en el banco no te hace rico. Míralos. A mi hijo, con su cara de cansancio pero los ojos brillantes de futuro. A Lueur, con mi nieta pateándole las costillas bajo la remera gris. Esos dos valían más que todo el oro del Banco Central y cincuenta Mustangs juntos.
Saqué el fajo de billetes del bolsillo interior de mi chaqueta. Un fajo grueso, atado con una bandita elástica, que tenía el inconfundible olor a trabajo hecho en la sombra y ahorros debajo del colchón.
—Escúchame bien, Anónimo —dije, usando mi tono de sargento retirado que no admite discusión—. Un abuelo tiene muy pocas obligaciones reales en esta vida, pero la principal es malcriar. Y yo no trabajé fuera del sistema toda mi vida para no poder comprarle un cochecito a la niña que va a llevar mi apellido.
Lueur se rió, una risa que le arrugó la nariz. Cruzó los brazos sobre la panza.
—Es testarudo como una mula, Anónimo. Pelear con él es gastar saliva.
—Acepta la derrota con dignidad, hijo —le guiñé un ojo—. Además, mira este armatoste. —Palmeé el carrito azul—. Ruedas anchas, buen centro de gravedad. Acá vamos a llevar a la pequeña tormenta a conquistar la ciudad.
Anónimo suspiró, pero una sonrisa inmensa se dibujó en su rostro. Se acercó y me dio un abrazo rápido, de esos de hombres que no saben bien qué decir.
—Gracias, viejo. De verdad.
—Anda a buscar al vendedor para que nos dé uno en caja cerrada, anda —lo despaché con un gesto.
Anónimo se alejó por el pasillo. Me quedé solo con Lueur.
Ella pasó la mano por el manillar del cochecito. Su mirada se volvió un poco más suave, más húmeda.
—¿Estás bien, fiera? —le pregunté bajito.
Levantó la vista hacia mí.
—Nunca pensé… —su voz se quebró apenitas, pero carraspeó, tragándose la emoción con esa fuerza bruta que siempre tiene—. Nunca pensé que iba a estar en un lugar así, eligiendo cosas para mi propia hija. Que alguien me iba a regalar algo sin pedir nada a cambio.
Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro. Era menuda, pero se sentía sólida.
—Lueur, tú te ganaste cada cosa buena que te está pasando. Le devolviste a mi hijo la sangre al cuerpo. Estás a punto de darme una nieta. Este carrito no es un regalo, es un peaje por el privilegio de dejarnos ser tu familia.
Ella me miró, y por un segundo, esa loba callejera que había aprendido a sobrevivir a base de desconfianza, me regaló una mirada de pura, cruda y desarmante vulnerabilidad. Y luego, tan rápido como apareció, volvió a su sonrisa sarcástica.
—Bueno —dijo, secándose una lagrimita invisible de la comisura del ojo—. Pero si la nena saca tu genio insoportable, el carrito no va a tener garantía que alcance.
—¡Ja! —Solté una carcajada—. Si saca mi genio, pobre de las maestras. Va a ser una maravilla.
Anónimo volvió con un muchacho de chomba polo que empujaba una caja enorme sobre un carrito de almacén.
Fui a la caja registradora, conté los billetes uno por uno ante la mirada espantada del cajero (que probablemente no había visto efectivo físico en cantidades mayores a diez mil pesos en toda la semana), y agarré el remito.
Salimos a la calle. El sol pegaba fuerte sobre el capó del Mustang.
—La pregunta del millón —dijo Anónimo, mirando la caja del carrito y luego mi auto de dos puertas con forma de bala—. ¿Cómo vamos a meter esa caja de metro y medio en el Mustang sin que tengamos que dejar a Lueur en la vereda?
Me puse mis lentes de aviador con la parsimonia de quien ha resuelto problemas peores bajo fuego enemigo.
—Hijo, esto es ingeniería básica —declaré, abriendo el baúl que estaba estratégicamente vacío—. Si pude meter un bloque de motor V8 y una rueda de repuesto, este cochecito para infantes entra de taquito. A las malas, Lueur viaja adelante y a ti te ato al techo.
Lueur estalló en carcajadas, sosteniéndose la panza.
—Apoyo la moción. Él lee los libros de maternidad, pero yo quiero ir con el aire acondicionado en la cara.
Metimos la caja. Anónimo, encogido en el asiento de atrás como un contorsionista, no se quejó ni una vez durante todo el viaje de regreso al departamento.
Mientras manejaba, miré por el espejo retrovisor. Lueur llevaba la ventanilla baja, el viento le revolvía el pelo castaño oscuro y tenía los ojos cerrados, sonriendo hacia el sol.
Puse primera, el motor rugió suave, y supe que, sin importar lo que el universo nos tirara encima, esa niña que venía en camino iba a estar cubierta. Con armadura de sobra. Y con las mejores ruedas del mercado.
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