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La presión espacial. Capítulo 7: ¿Dónde vas?

fictograma [Unofficial] June 9, 2026
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En capítulos anteriores: Teo se ha quedado sin trabajo y sin dinero. El grupo terrorista Pueblo Defensor ha contactado con él ofreciéndole una salida. Ha ido al vertedero a por comida y ha recibido la solidaridad de dos abuelos entrañables. Pero una serie de infortunios encadenados ha colmado su ira. Hambriento y harto, Teo ha decidido dar el paso

Cap. VII: ¿Dónde vas?

Teo miraba al horizonte con el morro torcido y estaba empezando a tiritar. Apostado en la azotea en ruinas de un edificio de cuatro plantas del que más de tres quedaban bajo el mar, miraba al frente, planteándose si valía la pena continuar.

Veía la silueta de la torre del hotel en la lejanía, pero en el espacio situado entre él y ella ya solo había agua. El mar Mediterráneo.

Aún podía intuirse algún que otro esqueleto de edificio algo más adelante, más ruinoso y desvencijado todavía que aquel en el que se encontraba, pero hasta aquellos ya no se podía llegar mediante los pequeños puentecillos entre azoteas que habían sido construidos con el paso de los años con escombros y palitroques.

El hotel estaba edificado en un barrio que estaba en la costa en la época antigua, y ahora quedaba varios kilómetros adentro del mar.

Había creído que podría llegar hasta él saltando de la azotea de un edificio a otro por aquellos puentecillos que mantenían, a duras penas, por la gente que utilizaba aquella zona para pescar.

Sin embargo, había llegado hasta “el último edificio”, y la distancia que quedaba hasta el hotel era insalvable. El barrio donde se había edificado aquel hotel en el siglo XX estaba constituido íntegramente por pequeñas casitas de pescadores, y éstas habían quedado completamente sumergidas bajo las olas tras las subidas del nivel del mar.

No podía distinguirlo bien por la oscuridad y la falta de referencias, pero calculaba que aquella torre aún debía quedar a un buen par de kilómetros.

Podría haber pensado en una solución. Una pequeña barca improvisada, o moverse lateralmente por las azoteas en busca de un lugar que quedara más cercano a aquel edificio. Pero la noche era oscura, la luna apenas mostraba una pequeña parte de su cuerpo en el cielo y además, estaba cubierta por nubes. Había llevado una linterna que alumbraba bastante bien, pero “bastante bien” no era suficiente en una situación como aquella. Y la brisa era molesta, tenía frío.

El lugar estaba desangelado, nadie que viviera en la zona gustaba ya de ir por allí, ni siquiera los delincuentes, y a esas horas de la madrugada no solo estaba vacío, parecía haberlo estado desde el principio de los tiempos.

Era como un lugar maldito que la gente no gustaba frecuentar, pues sabían que era un recordatorio de lo que podía llegar a conseguir la estupidez humana. Habían pasado más de doscientos años, pero nadie quería recordar aquella época.

Era imposible estar allí y no sentir nostalgia. Melancolía por unos tiempos pasados que, en realidad, nadie que estuviera vivo había conocido.

Las baldosas rojas que ahora Teo pisaba, bañadas por el agua a intervalos dictados por las olas, mostraban una capa verduzca por encima. El limo se acumulaba en la superficie de alguno de aquellos edificios, mientras otros tenían auténticas malezas en sus interiores, ramilletes de cañas y plantas de manglar mediterráneo asomaban por algunas de las ventanas que aún sobresalían por encima del agua, ya redondeadas por el paso del tiempo y el efecto del salitre y la erosión.

El liquen no solo era llamativo, también convertía la zona en un lugar extremadamente resbaladizo, y caer al agua en aquel sitio podía resultar mortal, especialmente si el oleaje arreciaba, aunque ahora permanecía calmo.

Teo iluminó con la linterna hacia adelante y no vio más que pequeñas olas espumadas hasta donde la negrura le dejaba ver, con la torre del hotel destacando en la lejanía acuática.

Se dijo que era un imbécil. ¿A qué jugaba?

Él no era un hombre de acción. Nunca lo había sido.

Pero tampoco era uno que supiera gobernar bien sus emociones, al parecer. Y de nuevo, éstas le habían jugado una mala pasada. La rabia estúpida de ver cómo su mal ganado plato de cena estaba lleno de bichos había hecho “clic” en su cabeza y había desatado una ira irresponsable que no había sabido contener, pero que ahora se había disipado con el frío, la oscuridad, y la soledad de aquel lugar distópico.

Además, andar entre aquellas azoteas y tejados no era rápido, y aunque no llevaba un reloj encima, sabía de sobra que las doce de la noche debían haber pasado un buen tiempo atrás. Movió la cabeza en un gesto negativo, cruzó los brazos para protegerse del fresco viento costero y se dio media vuelta.

Si iba a hacer aquello, debía hacerlo bien. Continuar ahora aún habría sido más estúpido que romper sus muebles por pura rabia.

Al volver, ya sin las prisas con las que había iniciado el camino, se fue fijando mejor en aquel paisaje. Mientras cruzaba por uno de los maltrechos y frágiles puentecillos construidos a base de tablones, cascotes y restos varios entre las azoteas, pensó que allí abajo, antes, habría habido una calle. Una calle mucho más bonita que la suya, seguro. Con sus árboles, sus plantas, sus coches, sus tiendas, su gente paseando… Había visto representaciones y fotografías de aquella época.

Y ahora era mar. Peces vivían en los interiores de habitaciones que habían sido de chicos aficionados a la música o los ordenadores o los deportes, y que habían vivido juventudes e infancias mucho más afortunadas que la suya. Pero ahora no eran más que eso: un paisaje para animales acuáticos.

Pensó cuánto le quedaba a su propio pueblo para pasar a ser algo parecido. Esta vez no sería el clima, pero sería cualquier otra cosa.

Para él, estaba claro que la gente que tenía el poder simplemente les estaba dejando morir. La rabia que le había asolado unas horas atrás ahora se había convertido en pura desesperanza.

Siguió saltando de un tejado a otro teniendo cuidado de no caer al agua y poco a poco vio cómo el mar iba quedando más abajo en la altura de los edificios. Cuando por fin llegó al lugar donde ya se podía ver el suelo de la calle, buscó uno de las azoteas que tenían escaleras externas y bajó por ellas hasta el suelo, ahora cubierto de arena de playa.

Anduvo por las desérticas y extrañas calles de arena entre los ruinosos edificios iluminándose como podía con su linterna y en un momento dado, se paró en seco.

Había escuchado ruidos en el interior de una de aquellas fincas. Aguzó el oído. Oyó otra vez esos ruidos. Echó unos pasos atrás. Trató de seguir la estela del sonido. Era como un balbuceo…

Se acercó a la puerta de la construcción que tenía más cerca. La puerta en sí ya no estaba, pero el hueco donde debía haber estado permanecía y por él accedió al patio, que estaba lleno de arena de playa más húmeda que la exterior.

Aquella humedad y la corriente de aire le hicieron tiritar otra vez. Escuchó de nuevo el ruido. Algo gutural, pero que no daba miedo. Pasó al lado del esqueleto de lo que una vez había sido un mueble de buzones y comenzó a subir por las resbaladizas escaleras interiores del edificio hacia el primer piso.

Le pareció ver algo de luz. Sí, ahora el ruido que periódicamente escuchaba como una voz gutural estaba acompañado por un pequeño “clonc” mecánico e intermitente que Teo no pudo identificar pero que, como pudo comprobar en cuanto llegó al primer rellano, provenía de una lámpara eléctrica portátil que alguien había dejado en la entrada de uno de los apartamentos.

Teo se acercó tratando de hacer el menor ruido posible, accedió a la antigua vivienda y giró la esquina que hacía el pasillo tras el recibidor. Y nada más girar pudo ver allí, en medio de aquel corredor, apenas iluminada por la tenue luz de la lamparita, a una mujer sentada en el suelo amamantando a un bebé.

La mujer tenía la piel muy oscura y el bebé, enganchado a uno de sus pechos, mamaba con ansia y destacaba con su claridad sobre el cuerpo de ella. La mujer lo miraba con cariño.

Hasta que levantó la vista y vio a Teo allí.

Entonces gritó y por otra puerta que daba al pasillo apareció un hombre al momento. Ataviado con ropas desgastadas, visiblemente confeccionadas por él mismo, portaba una caña de pescar en una mano y un destornillador, bastante oxidado, en la otra. Automáticamente se puso delante de la mujer, entre ella y Teo, y amenazó a éste con la herramienta.

—Fora! Fora d’aquí!

El hombre gritó con lo que a Teo le pareció un acento extraño. Contestó como pudo, todavía en shock por la escena que estaba presenciando.

—Sí… sí… perdonen, me he equivocado, ya me voy —contestó mientras se daba la vuelta. Pero el hombre no se daba por satisfecho, avanzó un paso y le amenazó de nuevo, moviendo el destornillador delante de él.

—Fora! Fora! No us volem aquí! Fora!

Teo comenzó a andar deprisa y en cuanto llegó a los escalones los bajó a saltos de dos en dos hasta llegar abajo. Cuando sintió la arena de playa bajo sus pies miró atrás y el hombre lo miraba desde el primer piso, asomado por el hueco de la escalera, todavía con el destornillador levantado y cara de asesino.

—¡Perdón! —dijo por última vez. Y salió por la puerta del patio, apresurándose para alejarse de allí.

Ahora que ya no corría peligro, se sentía terriblemente avergonzado.

¿Quiénes eran aquellas personas? ¿Vivirían allí? ¿Subsistirían a base de pesca y caza? Nunca había escuchado nada de aquello, pese a que siempre se contaban historias fantasmagóricas sobre aquella zona.

Le vino a la cabeza su plato lleno de hormigas y la idea de pescar le empezó a resultar atractiva, pero después recordó cuando siendo un niño su padre se lo había llevado de pesca y las horas que había necesitado para conseguir dos míseros pescaditos enanos, y la idea ya le pareció menos atrayente.

Siguió andando hacia su barrio, saliendo de aquella urbanización fantasma. Pasó entonces a la zona de campos de cultivo que habían contenido naranjos, manzanos y otros frutales en la antigüedad, pero ahora no eran más que enormes rectángulos de follaje diverso y mala hierba.

Los veinte minutos que transcurrieron mientras andaba por los caminitos entre aquellos terrenos los pasó pensando en la familia que había divisado.

Al entrar en su barrio dio gracias a que gracias a alguna buena gente del barrio, el alumbrado público aún funcionaba. Su linterna ya no estaba para muchas fiestas. Pasó por la “Plaza de abajo”, una gran explanada que antiguamente había sido un mercado y que ahora era un lugar de reunión de la gente que vivía en aquella zona del barrio.

Vio personas en uno de los costados de la plaza con sillas, sentadas charlando “al fresco” bastante animadas. Algunas de las casitas de alrededor dejaban ver luz por sus ventanas, y por una o dos chimeneas salía algo de humo con olor a carne asada. Aquello le resultó familiar y acogedor y se alegró de, al menos, pertenecer a una comunidad que pese a sus evidentes penurias conseguía de vez en cuando sacarle alguna chispa de felicidad a la vida.

Se preguntó si Jan y Carmen estarían en aquel corrillo, pero desde donde él estaba no conseguía distinguir bien, y decidió no acercarse. En aquella zona del barrio no le conocían y en caso de no haber estado sus amigos del vertedero, la gente le habría mirado con suspicacia.

Una cosa era que le vieran de vez en cuando la felicidad a la vida y otra que no desconfiaran hasta de su sombra, como era normal por sus circunstancias.

Continuó andando avenida arriba hacia su propia zona, que en lugar de casitas, tenía edificios de apartamentos. Pasó por al lado del bar de Jero, cerrado ya a aquellas horas de la madrugada y unos cientos de metros más adelante, se quedó parado delante de su patio. Suspiró. Abrió la puerta y subió los tres pisos hasta llegar a su casa. Cuando terminó de echar los cuatro cerrojos, se dio la vuelta, ya dispuesto a lanzarse a la comodidad de su sillón, y entonces casi escupe el corazón por la boca.

Alguien le esperaba allí sentado.

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