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La presión espacial - Capítulo 2: Barro

fictograma [Unofficial] June 4, 2026
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Cap. II: Barro

Teo estaba sentado en la mesa de su bar de confianza, solo, como casi siempre, únicamente acompañado de su pequeña taza de café. En el bar apenas había tres personas más sentadas en otra mesa y el dueño que, tras la barra, miraba la televisión que tenía colgada en lo alto, en una esquina de la habitación.

En el aparato estaban emitiendo el informativo del mediodía. En él hablaban de lo ocurrido el día anterior en la reunión bisemanal de las Naciones Unidas, mientras ponían imágenes de la misma. Explicaban que había ocurrido un supuesto ataque de uno de los planetas exteriores sobre su vecino. El presidente de las Naciones Unidas, al que podía considerarse (y de hecho, se consideraba) Presidente del Mundo, aparecía ahora en primer plano, leyendo una declaración, con visible mala cara.

Teo escuchaba la voz del traductor:

—… sería totalmente inconcebible y despreciable tal actitud, y como tal, la condenaríamos. Sin embargo, el planeta Suttar niega haber recibido ningún ataque ni trato no legal por parte de su vecino y ante tal alegación, desde las Naciones Unidas no podemos actuar basándonos sólo en declaraciones y acusaciones de terceros. Es por ello que, dado que el hecho del que se advierte es grave, y de ser cierto supondría una violación de los derechos de todos los habitantes de Suttar y una amenaza para el resto de planetas, proponemos crear una comisión de investigación que esclarezca el asunto. Nuestros asesores trabajarán en conjunto con los del planeta Suttar, los del planeta Leao, es decir, los acusados, y los de todos aquellos planetas y zonas que quieran sumarse a la investigación. Se informará del resultado de la propuesta en la próxima reunión bisemanal…

—¡Bah! No van a decir nada de lo nuestro —escupió el camarero hablándole a las paredes, pues no esperaba que nadie le estuviera escuchando.

—Tranquilo, Jero —respondió Teo—, casi mejor que no se encarguen esos. Ya has visto, están atacando un planeta y ni un dedo van a mover.

El dueño del local, sorprendido por encontrar respuesta a su comentario, no pudo más que dar a conocer las ganas que tenía de hablar de aquel tema, de “ lo nuestro ”, aunque sólo fuera para desahogarse.

—¿Por qué dices eso? Yo creía que esta vez sí que nos harían caso. El alcalde dijo que lo elevaría a las más altas instancias. En la Ciudad también tienen problemas. Y necesitamos ayuda.

—Ya lo sé, Jero —contestó Teo, de nuevo—. Ya sé que necesitamos ayuda. Y no poca. Pero esa gente no nos la va a dar. Y el alcalde tampoco. Lo sabes de sobra.

—¡Pues ya me dirás cómo lo vamos a hacer! Alguien tendrá que ayudarnos, digo yo. No podemos seguir así. Antes eran uno o dos cortes al año… ¡ahora son casi todas las semanas! El otro día tuve que tirar kilos de pescado porque se me habían descongelado. Y no sé si comprar más porque total, no vendo apenas y la mitad de lo que vendo me lo dejan a deber.

Teo hizo un gesto con la cabeza como asintiendo o negando, o ambas cosas a la vez, sin saber muy bien qué decir. Podría haber dicho miles de cosas. Por ejemplo, que ni el alcalde, ni el presidente de la nación, ni mucho menos la gente de más arriba, tenían la más mínima preocupación con lo que pasaba en aquel barrio. O que daba igual que en las próximas elecciones cambiaran al alcalde, porque al siguiente alcalde la cosa le preocuparía más o menos lo mismo que a éste: nada.

Pero sólo movió la cabeza, se levantó de su mesa tras apurar el café, y se acercó a la barra.

—Toma, cóbrate, Jero, haz el favor —abrió su cartera y vio que no le quedaban subs, así que pagó con lo único que tenía: un billete de un crédito.

—Yeepaa, joder, Teo, ¿te ha tocado la lotería o qué? No sé si voy a tener cambio, que el café son noventa subs. Casi no sé ni lo que te tengo que dar.

—Me tienes que dar noventa y un céntimos de crédito. O lo que es lo mismo, novecientos diez subs. Como prefieras.

—Ya, ya… espera —abrió la caja registradora poniendo la huella dactilar de su dedo índice de la mano derecha sobre el panel que había para ello, y trasteó en su interior—. Toma, te doy una moneda de cincuenta céntimos, que por suerte me queda una… dos billetes de doscientos subs y…

—No es necesario que me des los otros diez.

—Si ya te digo yo que a ti te ha tocado algo…

—¡Qué va! Lo que pasa es que ya me da igual. Todo es basura y diez subs no me van a sacar de pobre.

—¡Ah!, ¡qué tiempos en los que la gente dejaba propina! —exclamó el camarero, mientras le daba el cambio— Venga, Teo, no te deprimas. Al próximo corte de luz estaremos mejor preparados. ¡No podrán con nosotros! El hijo de Tom, el de la panadería, sabe algo de electricidad y me ha dicho su padre que está trabajando con los de la Cooperativa para intentar poner más baterías. O un generador solar.

—Ya… hacen buen trabajo —contestó Teo, sin estar nada convencido. Entonces acercó el cuerpo a la barra y metió la cabeza, esperando que su interlocutor hiciera lo propio, para hablarle en voz baja—. Escucha, Jero… si quieres un generador solar propio para ti, conozco a alguien que me puede conseguir uno muy barato. Dímelo, ¿vale?

—¿De dónde sale? —preguntó Jero.

—¿Qué más da, Jero? Sale y punto. Si quieres uno, dímelo.

—No quiero acabar en la cárcel ni en el fondo del río, Teo.

—No es necesario que lo tengas expuesto a la vista de todo el mundo. Puedes guardarlo y usarlo sólo cuando lo necesites. Tiene una batería bastante guapa, lo puedes cargar y dejarlo preparado por si vuelven a cortar la luz. Además, ¿cuánto hace que no ves un policía por aquí?

—¿Por el bar? Años…

—Pues eso. No van a venir a registrarte.

—No quiero liarme en asuntos chungos, Teo —terminó confesando el dueño del bar.

—Tú verás. Ya te he dicho lo que hay. Yo no gano nada con ello. Si quieres uno me avisas y ya está —y siguió hablando en voz alta, al ver que uno de los otros clientes del bar se quedaba mirando extrañado por los cuchicheos— ¡Hasta luego, Jero! ¡Que vaya bien la tarde!

Y tras golpear con los nudillos en la barra a modo de despedida, salió del bar.

Nada más salir a la calle sintió ganas de llorar. Pero se reprimió, claro.

Enfiló hacia su casa e hizo que las lágrimas volvieran para adentro a través de sus lagrimales, mientras observaba el panorama. Aquel barrio nunca había sido una belleza, pero ahora daba auténtico asco. Recordaba la calle por la que ahora andaba en los tiempos de cuando era un niño: una avenida con árboles, algunos coches aparcados, zonas peatonales bien mantenidas y tráfico rodado constante, aunque amable.

Ahora, la basura se acumulaba en las esquinas. La mayoría de los árboles, o se habían muerto, o estaban enfermos. No había un sólo vehículo a motor visible y el tráfico consistía en unos cuantos niños desarrapados montados en bicicleta, esquivando escombros y basura, pisando lodo y barro y moviéndose entre la mierda general que abundaba por allí. Se preguntó cómo hacían para no caerse y para no tragarse diez moscas cada vez que se reían. Se preguntó cómo hacían para sonreír.

En seguida tuvo la respuesta: eran niños. Tampoco habían conocido nada mejor, se dijo. Otra generación que viviría peor que sus padres y mejor que sus hijos. Los abuelos ya decían esto cuando él era un niño. ¿Cuánto tiempo llevaban en decadencia?

Terminó de apenarse de sí mismo cuando llegó al portal de su casa. Subió al tercer piso, extrajo las llaves de uno de sus bolsillos y abrió un cerrojo. Luego otro, luego otro y por último, el bueno. Entró y cerró de nuevo los cuatro cerrojos. Anduvo un par de pasos y se lanzó directamente sobre el sofá. Ahora sí, pudo llorar tranquilo.

Durante un tiempo había sido un privilegiado. Quizá sin darse cuenta, siempre dentro de la miseria y desgracia de aquel barrio, se había podido medio escapar. De niño había sido de los pocos a los que le había gustado la escuela. Le gustaba leer y se le daban bien los números, y más adelante, estos incipientes intereses le sirvieron para recibir una beca y poder realizar estudios secundarios. Algo que, allí en Valencia, se realizaba estrictamente dentro de la Ciudad.

Había pasado cuatro años interno en un instituto donde había cursado matemáticas y programación informática. Con cuatro años de experiencia de vida en el interior de la Ciudad, había vuelto a su barrio, fuera de los límites, más allá de los muros. A casa de sus padres.

Al volver tuvo que ocultar que había conseguido sacar aquellas dos titulaciones porque sabía que si la gente del entorno se enteraba, le empezarían a salir amigos por todas partes. Amigos como sanguijuelas, por supuesto. No quería saber nada de nadie de allí.

Sin embargo, poco a poco se fue dando cuenta de que su juicio había sido errado.

Él mismo tardó poco en desear conocer a alguien de quien poder ser “sanguijuela” cuando se dio cuenta de que aquellos títulos no servían para nada. En tres años no consiguió un solo trabajo. Además, su padre enfermó en esa época y lo tuvieron que llevar a un hospital de residencia.

Era una enfermedad rara, aquel ingreso se comió los pocos ahorros que su familia tenía, y todo para terminar muriendo de la forma más estúpida e indigna, en la peor de las circunstancias, en el transcurso de uno de los primeros apagones.

El hospital, aunque contaba con generadores y baterías de reserva, los tenía en mal estado. Nadie se responsabilizó de aquel fallo. Los trabajadores se dejaron la piel, y alguno, la salud mental, tratando de ayudar y de salvar a los pacientes, pero por los más jodidos poco se pudo hacer. Y su padre era uno de aquellos más jodidos.

Tras su muerte, su madre perdió la cabeza y se dio a la bebida y a la droga. Estuvo un tiempo viviendo en casa con él, pero un día se marchó y ahora ya hacía años que no la veía.

Pero a aquello, de todas formas, ya se había acostumbrado hacía tiempo. Ya había llorado por ello todo lo que tenía que llorar. Ahora el problema era otro. Este problema era nuevo, y es que estaba a punto de quedarse sin dinero.

Por suerte, poco después de fallecer su padre y antes de que su madre se marchara de casa, había conseguido un trabajo. Era un trabajo a distancia, le habían dado un ordenador portátil y tenía que realizar comprobaciones visuales sobre código que venía escrito desde otro lado, y más adelante, escribiría código él también.

Pero ahora el trabajo se había acabado.

Y había sido aquel trabajo extraño, sencillo y poco gratificante, lo único que le había permitido mantener un nivel de vida medio sano durante todo este tiempo. El salario no era alto, pero el esfuerzo era mínimo y le había dado para vivir mejor que al noventa por ciento de la gente de su entorno.

Hasta que unos meses atrás le habían dado las gracias por sus servicios de años en un correo electrónico muy elegante (y genérico) y le habían ingresado su finiquito, que era de la cantidad exacta que la ley decía que tenía que ser: una miseria.

Y el dinero se acababa. Por suerte, al menos tenía un techo, aunque tuviera que protegerlo con cuatro cerrojos y tener barrotes en las ventanas en un tercer piso. Y la luz y el agua eran gratuitos, aunque había que tener en cuenta que muchos días, simplemente, no eran.

Aun así, seguía teniendo que comprar comida, ropa cuando le hacía falta, y se permitía tomarse una cerveza o un café en el bar de Jero de vez en cuando. Y aunque había tratado de tener cuidado, poco a poco, desde que había perdido aquel trabajo, el dinero se había ido yendo. Hasta ahora, cuando acababa de cambiar su último billete de un crédito en el bar.

Respiró hondo y dejó de emitir lágrimas. Se dijo que ya estaba bien de autocompadecerse, algo a lo que se estaba haciendo adicto últimamente. Encendió el ordenador que la empresa le había dado para hacer su trabajo. Le habían advertido que tendría que devolverlo, pero habían pasado meses y no lo habían reclamado, así que seguía utilizándolo para su uso personal.

Cuando cinco minutos después, el decrépito equipo hubo terminado de arrancar y conectarse a la red, revisó su correo electrónico.

Allí estaba, enterrado entre cientos de mensajes de publicidad inservible, un e-mail interesante. Era un correo en el que alguien le decía que le había conocido revisando las fichas públicas de ex-trabajadores de la empresa para la que había trabajado, y que estaba interesado en mantener una entrevista personal con él. Le preguntaba si aceptaba tener dicha entrevista. Teo había contestado días atrás de forma afirmativa, aunque con dudas. Desde entonces no había vuelto a recibir noticias.

Entró en la carpeta de nuevas recepciones y navegó entre el spam hasta que vio el remitente que le interesaba. Le habían contestado de vuelta. Por fin.

Llevó el puntero del ratón encima del correo, sin embargo, no se atrevió a abrirlo.

Sabía que hacerlo podía suponer un cambio, y no tenía claro que fuera un cambio que le interesara hacer. El firmante era el grupo terrorista Pueblo Defensor.

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