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La presión espacial. Capítulo 6: Universidad

fictograma [Unofficial] June 9, 2026
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En capítulos anteriores: Cleo, la Gran Emperatriz nim, de origen humano, ha decidido que se marcha a la Tierra. Aliz, su ayudante, ha aceptado embarcarse con ella en esta misión que parece larga y complicada.

Cap. VI: Universidad

La Universidad Imperial era una de las instituciones más respetadas y prestigiosas de Iilnirev y de la sociedad nim. Había sido creada por la propia Emperatriz Cleo y era más antigua que el mismo planeta, pues dicha creación se había producido en el planeta que se habían visto forzados a abandonar, Iilnimars.

Los terrenos que ocupaba eran extensos. Visto desde un punto de vista humano, la Universidad tenía la extensión de una pequeña nación terrestre y cada departamento o “zona de estudio” era como un pequeño poblado que se especializaba en la investigación, la enseñanza y la veneración de alguna versión del conocimiento.

Situado en un valle cercano a las dependencias del Palacio Imperial, el “Gran Pabellón de la Conversación” era un edificio diseñado para tener un aspecto visual agradable en medio de la naturaleza. Un edificio geométrico de piedra sin lucir ni pintar que desde el exterior no rivalizaba con la belleza de su entorno, sino que se integraba en ella, y en cuyo interior, el espacio era bien diferente.

Por dentro era cálido y acogedor, tecnológico y moderno, capaz de albergar a más de cinco mil nims sentados en cómodos asientos en un semicírculo alrededor de un estrado algo elevado, desde el que un ponente podía ofrecer un discurso, exponer un tema, defender una tesis o contar un chiste.

Sobre aquella tarima, rodeada de focos que la iluminaban desde todos los ángulos y luciendo su vestido oficial de Gran Emperatriz que le resultaba incomodísimo, pero sus súbditos adoraban, Cleo se dirigía al público:

—No sé si conocéis la historia de Aktele, es una historia muy antigua que probablemente ya se contaba en nuestro planeta ancestral —Cleo había comenzado su discurso hablando de forma firme pero confiada, mostrando un tono natural contra el escenario que tenía delante, lleno de estudiantes y expertos de todas las materias—. Por si no la conocéis, os la cuento.

—Aktele era un guerrero popular de la antigüedad que había liderado a su pueblo, los Aknares, durante años de forma pacífica y próspera. Un día, un jefe guerrero de otro pueblo cercano se acercó al suyo y lo amenazó. Quería parte de su cosecha de frutas y verduras, pues la suya se había terminado antes de lo previsto y estaban hambrientos. Aktele se negó a negociar, pues él mismo tenía la comida justa para los suyos. La guerra comenzó, y Aktele y los Aknares se vieron derrotados en una batalla muy desequilibrada: el pueblo invasor estaba mucho más avanzado tecnológicamente en armamento.

Un murmullo recorrió la sala mientras Cleo cogía aire y tomaba un trago de agua. Evidentemente, había quien ya conocía la historia y probablemente se preguntaba qué narices tenía que ver con aquello por lo que les habían citado allí. Cleo continuó.

—Aktele fue encarcelado y gran parte de los guerreros de su pueblo murió, o bien en la batalla, o bien en el saqueo posterior. En su lúgubre celda dentro del poblado rival, lloraba su mala suerte mientras sus enemigos celebraban la victoria. Y mientras lloraba, vio cómo algo caía a través del ventanuco de su celda desde el exterior. Un soldado enemigo, sumido en una borrachera descomunal en la plaza del pueblo celebrando la victoria, había tropezado y caído, con la mala suerte de que un manojo de llaves se le había salido del bolsillo al caer. Al intentar cogerlas al vuelo, las había empujado aún más allá y habían caído a través de unos barrotes de un ventanuco que estaba a ras de suelo. Aquel manojo de llaves era el manojo que contenía la llave de la celda de Aktele. Y aquel ventanuco era el ventanuco de la celda de Aktele.

—Nuestro protagonista —siguió Cleo, tras echarle una ojeada al público y comprobar que alguno ya se estaba durmiendo— dejó rápidamente de llorar, recogió el manojo de llaves, probó una a una hasta que encontró la buena y abrió la celda, salió y adquirió rápidamente un machete y un escudo que los soldados enemigos, confiados, habían dejado tirados por allí. Subió armado a la calle, en medio de las celebraciones. Escapó sin demasiado problema hasta su pueblo, organizó rápidamente un ejército de contraataque en el que participó todo aquel capaz de sostener una espada. Atacaron esa misma noche, aprovechando la fiesta… y no solo recuperó su pueblo, sino que pasó a dominar también al del enemigo.

Cuando volvió a mirar al público, vio más caras extrañadas de las que le habría gustado, incluidas las de su hija y su nieta, que la miraban desde uno de los palcos de la zona superior. Procedió a aclarar el motivo por el que había contado aquello.

—Les cuento esta historia como un ejemplo de que puede haber ocasiones en la vida en las que uno, por muy pocas posibilidades que parezca que tiene, gana una partida. Es al mismo tiempo un ejemplo de cómo a veces la suerte puede poner en bandeja una victoria que parece imposible en primer lugar, simplemente alineando una serie de casualidades que uno debe saber aprovechar. Aktele fue afortunado al recibir en la celda aquel manojo de llaves, pero estuvo lo suficientemente atento para darse cuenta, fue rápido para coger las armas que los soldados habían dejado tiradas, y aprovechó la fiesta y la borrachera para lanzar un contragolpe inmediato. Tuvo un enorme golpe de suerte o hasta varios seguidos, si queréis, pero solo salió airoso porque supo cómo aprovecharlos.

—Nosotros, ahora mismo, nos encontramos en esta misma situación, con respecto a los humanos —Cleo paró, esperando lo que efectivamente se produjo: un silencio total y repentino cuando pronunció la palabra “humanos”—. Como sabéis, el ser humano lleva tiempo expandiéndose por los mundos cercanos al suyo en la Galaxia. Todavía no saben cómo llegar hasta aquí, pues solo han descubierto una parte de la red de agujeros blancos, pero lo descubrirán en unas décadas o quizá antes. Nos superan en población en una ratio de cien a uno, por lo que cuando nuestras civilizaciones se junten, el choque puede ser preocupante para nuestra especie, incluso si ese es un encuentro pacífico.

—Esto no va a cambiar en un futuro próximo porque, aunque quisiéramos hacer como ellos y expandirnos sin freno ni control, que no queremos, ya llegaríamos tarde. La única esperanza que tenemos para tratar de minimizar el impacto que tenga la interacción entre nuestras dos especies cuando esta se produzca es que el ser humano nos profese un amplio e inquebrantable respeto.

El murmullo en la sala se elevó de nuevo. Pero esta vez parecía un murmullo animado. Cleo lo sabía, y se sentía satisfecha en su interior: eso era exactamente lo que deseaba provocar. Sabía que era un debate bastante popular entre la comunidad universitaria: la futura relación con el ser humano. Pero siempre se veía como algo “futuro”, algo teórico que tenía más tintes de discusión puramente académica sin términos prácticos que de algo que de verdad fuera a pasar.

La impaciencia por conocer más datos se palpaba en el ambiente.

—He decidido… —Cleo hizo un gesto con los brazos, como tratando de “bajar el volumen” del auditorio, lo cual consiguió al instante— He decidido que es el momento adecuado para que los nims nos demos a conocer al ser humano. Ya me entendéis, para que sepan que todavía estamos vivos. Nos conocen como especie desde hace tiempo, desde que descubrieron nuestro primer planeta, pero solo a través de ruinas y documentos. Nunca han visto un nim vivo. Hay que aprovechar el momento actual para que sea ahora cuando ellos nos “descubran” y forjar en su conciencia colectiva un respeto que no solo nos merecemos, sino que necesitamos.

El murmullo general volvió a elevarse tras estas palabras y Cleo hizo una nueva interrupción para refrescarse la garganta con un trago de agua y dejar un poco que la gente fuera asimilando lo que estaba diciendo. Tenía experiencia en ello.

Mientras tanto, en el palco, su hija y su nieta observaban el discurso. Ellas estaban ya informadas de cuáles eran los planes de su madre y abuela, pero habían querido asistir para ver cómo ella informaba y seleccionaba a los que irían con ella. Y para acompañarla, claro.

—No sé por qué le da tantas vueltas —dijo Gloria—. Va allí a enseñarles que somos como lindos humanos pero en versión bajita, y a caer bien. Que lo diga y ya…

—Va, Gloria —contestó Raquel—, sabes que no es tan sencillo como eso. Es mucho mejor que nos vean como a hermanos que como a un monstruo al que hay que temer. Tu abuela cree que puede conseguir el respeto humano de otra forma.

—No sé si podrá —habló Gloria, con displicencia—. Pero como siga dando rodeos se le va a dormir la gente.

Cleo, en el atril, recolocó un poco su melenilla por detrás de la oreja y continuó con el discurso.

—Solo hay dos formas de conseguir el respeto que necesitamos para asegurarnos de que el ser humano no aprovechará su superioridad numérica contra nosotros. Una de ellas es el miedo… —el murmullo se inició de nuevo, esta vez con más excitación incluso que las dos anteriores— y la otra es el amor.

Y ahora el gentío estalló. El murmullo se convirtió en clamor y todo el mundo discutía, conversaba, convencía y, sobre todo, trataba de hablar más fuerte que quien tenía al lado para ser escuchado, cosa que no hacía absolutamente nadie.

Arriba, en el palco, Raquel sonreía.

—¿Ves? Por eso daba tantas vueltas. Esto es exactamente lo que quería conseguir. Parece una falta de respeto, porque la han interrumpido con el jaleo. Pero absolutamente todo el mundo está en el saco. Todos están atentos. Todos implicados. Algunos estarán muy a favor y otros muy en contra, pero todos quieren escuchar lo que tenga que decir.

—Ya… la he visto otras veces en acción. Pero está provocando muchas voces discordantes. Con lo que acaba de decir está diciendo que hay una alternativa fácil y que estamos escogiendo la difícil por pureza de espíritu. Muchos preferirán el miedo. Yo sigo sin estar tan segura de lo que ella dice. No sé si existe esa alternativa que ella quiere tomar. Quizá solo exista el miedo.

Raquel iba a contestar, pero se calló al instante, porque Cleo había comenzado a hablar de nuevo y todo el público se había callado también.

—Es posible que escuchéis eso del “amor” con una sonrisilla en la cara. Tranquilos, no vamos a ir a La Tierra a enamorar a humanos y humanas con nuestras irresistibles personalidades y belleza —la gente rió, mientras ella hacía un gesto coqueto—. Lo que vamos a hacer es generar un sentimiento de paternalismo, un sentimiento de ayuda y rescate, una sutil dependencia emocional. En general, vamos a presentarnos como los héroes que necesita La Tierra ahora mismo.

—Aquí es donde entra la historia de nuestro amigo Aktele: la civilización humana se encuentra en el momento idóneo para que alguien llegue y salve a la humanidad. Un gran número de elementos se han juntado para que podamos llegar y ser los héroes. Y lo mejor es que en este momento podríamos hacerlo sin que haya violencia y sin crearnos demasiados enemigos para el futuro.

Cleo paró de nuevo, dando pie a comentarios entre el público. En esta ocasión, lo que buscaba era que la gente tomara especial atención a su siguiente segmento, así que esperó pacientemente a que el gentío fuera terminando de discutir y argumentar. Cuando se sintió satisfecha, empezó.

—Actualmente, la situación del sistema humano es bastante especial. Pese a que han conquistado un gran número de planetas, la gran mayoría de ellos solo se usan para extraer recursos, y en los que están habitados y se están desarrollando ciudades y nuevas colonias, son todavía pocos habitantes. Se podría decir que son mundos que están en pañales.

—Aún con ello, la calidad de vida en estos planetas es bastante elevada, especialmente en comparación con cómo se vive en la Tierra. Allí, un pequeño número de personas vive a todo lujo mientras más de cinco mil millones, una cuarta parte de la población, vive en una situación de extrema pobreza con poco más que lo mínimo para subsistir.

—La situación empeora década tras década y el resto de personas se divide entre los que viven atemorizados en grandes ciudades organizadas en base al control y al miedo, y los que hacen todo lo posible para tener el dinero suficiente como para emigrar a uno de los planetas nuevos. La insatisfacción es generalizada y la sociedad solo se sostiene por una inercia implícita a las civilizaciones planetarias. Pero esa inercia está a punto de romperse.

El público ardió de nuevo mientras Cleo, satisfecha, los miraba desde el atril y saboreaba el interés que había generado. Era exactamente lo que quería. Gente implicada. Lo iba a necesitar. Ahora todo eran palabras bonitas y esperanzadoras, pero la cosa podía ir bien… o podía no ir tan bien. El idealismo era bonito cuando se hablaba, pero era complicado mantenerlo tan estético cuando había que implementarlo.

Cleo continuó:

—Ahora podemos hacer un trabajo perfecto. No fácil, desde luego. El ser humano es especialmente intransigente en sus costumbres y tradiciones, por más dañinas que estas puedan resultar. Pero confío en que nuestra experiencia pueda poner de nuestro lado a esa gran mayoría de la población que sufre y, en ese caso, nuestra potencia se multiplicaría por cien.

—Por último —Cleo se dio cuenta de que la cantidad de información era suficiente y de que la gente tenía demasiadas ganas de discutir y comentar como para seguir escuchando por mucho más tiempo—, sé que muchos pensarán que sería más fácil llegar y destruir medio planeta con una de nuestras mejores armas y decirles: “si no queréis que hagamos lo mismo con el otro medio, respetadnos”. Y sí, lo reconozco, sería mucho más fácil.

Tras escuchar algunas risillas y ver como la atención retornaba a ella, continuó.

—Pero no sería duradero. No es necesario tener una visión moralista de este acto. Pensadlo así: si llegamos y destruimos medio planeta nos ganamos su respeto inmediato a través del miedo. Nuestra tecnología bélica, aunque en desuso desde hace siglos, es infinitamente superior a la suya. Pero en este caso, ellos pasan a ser víctimas y quieren venganza. E incluso si al final no la consiguen, tienen todas las excusas éticas necesarias para intentar hacernos daño sin el más mínimo remordimiento. Nos pasaríamos la vida tomando precauciones para evitar sus ataques y sería dañino para ambas especies.

—Sin embargo, si en un momento malo como este, un momento en el que sabemos que se va a producir un cambio radical por sí mismo, llegamos y nos hacemos dueños de ese cambio y lo moldeamos con nuestra experiencia, conseguimos que esa insatisfacción generalizada desaparezca y todos tengan más oportunidades, se sientan más justos, mejoren sus cifras de civilización, su bienestar, su comodidad, su evolución científica… lo que ellos percibirán es que somos los que hemos dado forma a su nueva sociedad. Cuando vean que este cambio les ha llevado a un futuro más próspero nos verán como a “padres” y eso es algo eterno. Si lo hacemos bien, nos ganaremos su respeto hasta el fin de los tiempos.

—Pero esto no será fácil. La misión implicará ciertas maniobras políticas y militares, por lo que he de avisarles que, si bien no espero que haya víctimas de ningún tipo, ni nuestras ni del lado humano, el resultado puede llegar a ser bien distinto a esa esperanza.

—Les invito a que vean esta misión como una oportunidad de participar en algo que será digno de permanecer en la historia, más que como un acto de mejora profesional o académica. Tengan en cuenta que la misión tendrá una duración mínima de seis años, y no todo será en el planeta, la permanencia en la nave puede alargarse.

—En la sala contigua hay cinco stands donde pueden hacer su solicitud si están decididos a implicarse en el proyecto. También pueden ver toda la información y alistarse en la red, desde sus casas. Reflexionen bien antes de apuntarse. En unos días, dependiendo del número de alistados, se les indicará si han sido elegidos o no, y en caso de estarlo, tendré con ustedes una entrevista personal para explicarles con más detalle el trabajo que espero de cada uno. Pueden borrarse del proyecto hasta un minuto antes de partir, sin consecuencias. Pero por favor, reflexionen bien antes de inscribirse en lugar de inscribirse sin pensar y luego borrarse, porque necesitamos saber cuántos somos para determinar cuál es la mejor forma de actuar.

Dicho esto, cerró una libreta que tenía en el atril delante de ella y que no había mirado en ningún momento, pues estaba en blanco y su único cometido era estar abierta para que ella la cerrara cuando quisiera dar por concluida su ponencia. La gente entendió el gesto al momento y el guirigay comenzó de nuevo. Algunos, haciendo caso omiso a lo dicho por ella, ya corrían a la sala contigua para ser los primeros en inscribirse. Otros lo harían más tarde, y otros, no lo harían nunca y tratarían de convencer a los demás de que no lo hicieran. Cleo sabía todo eso, no esperaba un cien por cien de efectividad, pero por el número de personas que había congregado, muy mal tenía que haber ido para que los voluntarios no fueran al menos, los suficientes.

Al bajarse del atril y encaminarse hacia la puerta que había tras éste hacia la trastienda del escenario, vio que Aliz la esperaba allí, donde había estado viendo el discurso a través de una pequeña pantalla que daba la imagen de seguridad interna.

—¿Qué te ha parecido, Aliz?

—Estupendo, mi señora. Se van a alistar por cientos. Va a tener trabajo para seleccionar.

—Lo importante es que no se arrepientan luego. Una vez estemos ahí arriba, no podrán volver. Si la cosa se alarga, habrá que estar atento a los disgustos y los motines. La nave es amplia, pero es una nave.

—Es algo que tendré en cuenta cuando zarpemos, mi señora —contestó Aliz, profesional.

—¿Has visto a mi hija y a mi nieta? creo que venían… Ah sí, ahí están.

Gloria y Raquel habían bajado del palco y se acercaban por el pasillo que recorría la zona tras el estrado.

—Hola abuela. Yo ya te lo dije el otro día, pero optaría por la opción del pepinazo…

—Jajaja —rió Cleo—, ya lo sé, Gloria. Acabo de explicar por qué eso no serviría del todo, aunque bien podría servir de sobra para esta generación y la que viene. Seguro que cuando esté allí, me acordaré de este momento y me entrarán ganas de darte la razón.

—Esto que tratas de hacer es imposible. Nadie lo ha hecho antes. Pasar ha pasado, no digo que no, pero ha pasado por casualidad. Ha pasado de forma espontánea. No creo que puedas conseguirlo de forma planeada. Es demasiado riesgo.

Cleo asintió y miró a su nieta con confianza, pero cierto aire de desafío.

—Demasiado riesgo, es posible. Pero con una compensación enorme. La única vez en la que vale la pena asumir demasiado riesgo es cuando la recompensa es infinita.

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