Eventos Anómalos - Ángeles Cósmicos
El aire dentro de la iglesia olía a incienso rancio y a quietud, una quietud tan densa que se podía morder. El detector geiger de frecuencias anómalas que sostenía emitía un pitido agudo y constante, como si se hubiera vuelto loco. O como si estuviéramos en el epicentro de algo muy, muy malo.
—Las puertas no ceden —gruñó Rafu, dando una patada a la pesada madera tallada que ni se inmutó—. Ni un rasguño. Y las ventanas…
—Ya sé —corté, mirando los vitrales que, desde fuera, deberían mostrar el atardecer, pero que ahora solo reflejaban un vacío gris y estático—. “Ya no estamos en Kansas, Toto”.
El cura, un hombre nervioso llamado Padre Benifacio, había llamado a la agencia quejándose de voces. “Susurros en los confesionarios”, dijo. “Risas en la nave central”. Lo típico. Pero esto… esto no era típico. Esto era un Espacio Cerrado , una burbuja fuera de la realidad donde las reglas del tiempo y el espacio eran más bien… sugerencias. Alma lo odiaba. Decía que daban más papeleo que un apocalipsis menor.
—El tiempo se ha detenido —murmuré, observando el polvo flotando inmóvil en un rayo de luz que no se movía—. O va tan lento que para cuando salgamos, Alma será una anciana y seguirá quejándose del papeleo.
—Prefiero no pensar en eso —refunfuñó Rafu—. Su mal humor empeoraría con la edad.
Fue entonces cuando la Voz resonó. No venía de ningún sitio y de todos a la vez, como si el propio aire hubiera decidido hablar. Era profunda, calmada, y hacía vibrar los huesos.
— No tengan miedo…
Rafu y yo nos miramos. Por una vez, estábamos completamente de acuerdo. Él se encogió, mostrando los dientes en un gesto más de incomodidad que de amenaza. Yo, por mi parte, reaccioné antes de pensar.
—¡Por lo que más quieras, no te aparezcas con alas y varios ojos! —supliqué, mirando a la nada a mi alrededor—. ¡No estoy lista para ese tipo de conversación ahora mismo!
El silencio que siguió fue tan pesado como el anterior, pero con un deje de… ¿sorpresa? La Voz volvió a sonar, con un matiz ligeramente ofendido.
— …Puedo ayudarlos a salir.
Rafu levantó una ceja. —¿Eso es un ángel? Suena como el locutor de un programa de radio de medianoche.
—No lo sé, y no quiero saberlo —susurré, antes de dirigirme al vacío—. ¿Ayudarnos? ¿A cambio de qué? Porque en mi experiencia, cuando algo atrapado en una burbuja dimensional te ofrece ayuda, generalmente quiere tu hígado, tu alma o que le firmes un contrato de exclusividad.
La Voz emanó algo que podría haber sido un suspiro etéreo.
— No deseo tus órganos, pequeña entrometida. Ni tu alma, turbulenta. Solo… compañía. La soledad aquí es absoluta. Un eco, para recordar que existo.
Rafu me miró. —¿Te das cuenta? Hasta las entidades cósmicas se quejan de estar solas. Patético.
—Cállate —le espeté, antes de responder a la Voz—. ¿Un eco? ¿Qué significa eso?
— Permítanme… adjuntarme a uno de ustedes. No como un parásito. Como un recuerdo. Un susurro en el fondo de la mente. Un pasajero silencioso. A cambio, los guiaré de vuelta a vuestra realidad.
Rafu se rió, un sonido seco y desagradable. —¡Genial! ¡Un polizón interdimensional en el cerebro! ¡Justo lo que me faltaba! ¿Tú lo quieres o me lo quedo yo?
— El no humano… arde con un fuego demasiado caótico. Sería como habitar un volcán. Prefiero a la joven. Su ruido mental es… más ordenado.
—¡Oye! —protesté—. Mi ruido mental es mío. ¿Y si empiezas a darme antojos de mirar el sol directamente o a cantar salmos en arameo?
— Te daré… paz. Y te guiaré a casa.
Miré a Rafu. Él se encogió de hombros. —Es esto o esperar a que Alma se aburra y decida dinamitar la iglesia. Yo voto por lo segundo, pero tú eres la que tiene que llenar el informe de daños.
Respiré hondo. No me gustaba. Ni un poco. Pero la alternativa era envejecer en una iglesia atemporal con Rafu como única compañía. Eso sí que era un infierno personalizado.
—Está bien —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Trato. Pero un susurro, ¿entendido? Nada de tomar el control, nada de hablar con extraños por mí, y absolutamente NADA de revelarme los misterios del universo antes de un examen.
Un calor leve, como el de un sorbo de té, se expandió detrás de mis ojos. No era invasivo. Era… extrañamente calmante.
— El camino está abierto.
Frente a nosotros, la pesada puerta de la iglesia crujió y se abrió lentamente, mostrando el atardecer normal, los ruidos de la ciudad, el mundo real. Era como si nunca se hubiera cerrado.
Salimos a la calle. El aire olía a contaminación y libertad. Rafu estiró los brazos como si despertara.
—Bueno, eso fue raro hasta para nosotros. ¿Y ahora qué, oh portadora del eco cósmico?
Me toqué la sien. Nada. Solo un leve zumbido, como el de un televisor encendido en otra habitación.
—Ahora —suspiré—, volvemos a la oficina. Y espero que este “pasajero silencioso” sepa mantenerse callado cuando esté llenando el formulario 7-G.
Caminamos de vuelta, y por primera vez en horas, no me sentí completamente sola en mi propia cabeza. Era perturbador, pero también, de una manera extraña, un pequeño alivio. Después de todo, en mi línea de trabajo, un ángel (o lo que fuera) en el oído era probablemente el menor de mis problemas. Al menos, hasta que intentara darme consejos de vida. Eso sí que sería el verdadero horror cósmico.
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