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Eventos Anómalos - Conexión clandestina del 3° tipo

fictograma [Unofficial] June 7, 2026
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El viento soplaba con fuerza, arrastrando polvo y hojas secas a través del páramo desolado. El último poste de madera que quedaba en pie se alzaba torcido contra el cielo gris, como un dedo acusador. Era el tramo final de la Línea 7 , una red eléctrica tan vieja que debía haber sido desmantelada hacía décadas. Pero desde hacía tres días, transportaba energía. Mucha energía.

—Esto no tiene sentido —murmuré, consultando el medidor de flujo energético que sostenía—. La subestación principal está desconectada. No hay fuente.

—Claramente, alguien olvidó avisarle a los electrones —comentó Rafu, trepando el poste con la agilidad de una araña alcohólica.

—Procura no caerte —dijo Alma, a mi lado, encendiendo un cigarrillo con la calma de quien está acostumbrada a ver morir cosas peores—. No voy a ser yo quien te enderece los huesos esta vez.

—Yo menos —aclaré rápido, recordando todavía el desastre gelatiniforme de la vez anterior.

—Listo —gritó Rafu desde lo alto—. Me está dando cosquillas en la lengua…

—Strano —dijo Alma, lanzándome el detector de anomalías—. Registra la firma. Y tú, Rafu, no abras la boca. La última vez que interactuaste con una fuente de energía alternativa, te convertiste en un foco humano durante seis horas.

—¡Iluminé el camino a casa! —protestó él—. Fue útil.

—Intenta enrollar alguno de los cables —ordenó Alma, ignorando su réplica.

Los cables, corroídos por el óxido, salían del último poste y se extendían unos veinte metros antes de detenerse abruptamente en el vacío. Flotaban, rígidos, vibrando con una energía palpable. El aire olía a ozono y a tierra mojada. Un zumbido agudo llenaba el silencio del páramo, constante, como un insecto eléctrico escondido dentro del cráneo.

De repente, los cables se estremecieron con más fuerza. El zumbido subió de tono, y una luz azulada recorrió su longitud, pulsante, viva. Por un instante, juraría haber visto algo al otro lado del punto de ruptura: sombras que se movían como si respiraran, destellos de un color que no existe en el espectro visible.

—¡AHHHG! —gritó Rafu, justo antes de que miles de voltios lo atravesaran. Sus ojos brillaron en tonos azules, como faros en mitad del infierno.

El detector empezó a emitir pitidos frenéticos, indignado. La energía no solo era intensa: tenía una firma extraña, retorcida, como si estuviera siendo exprimida de entre las costuras de la realidad.

—Hay un desajuste de planos —dijo Alma con su voz habitual de quien comenta el clima.

—¿Un qué? —pregunté, sin dejar de mirar los cables vibrantes.

—Alguien —o algo— está robando energía de otra dimensión.

—¿Tenemos un caso de… colgadura de cables interdimensional? —pregunté, intentando sonar profesional y fracasando rotundamente.

—Posiblemente —respondió sin inmutarse.

Nos quedamos en silencio. Una línea muerta. Cables flotantes. Un sabor metálico en el aire. Y Rafu, que seguía soltando maldiciones mientras apagaba las pequeñas llamas en su ropa.

—Ya basta —cortó Alma, exhalando una nube de humo que el viento se llevó enseguida—. Strano, documenta todo. Fotos, medidas, dibujos si hace falta. Rafu, baja sin matarte y recoge muestras del suelo. Esto es una anomalía de Clase 3, como mínimo. Un drenaje energético estable y, lo que es peor, no declarado a Hacienda.

—¿Y ahora qué? —pregunté, guardando el detector, que seguía quejándose como si tuviera opiniones fuertes sobre mi desempeño—. ¿Intentamos cerrar la brecha? ¿O le preguntamos amablemente a “eso” del otro lado qué está haciendo?

—Ahora —dijo Alma, mirando los cables que se perdían en la nada con desdén—, volvemos a la oficina. Y le pasamos este problemita a la ACC con una nota que diga “Instalar medidor”.

—A veces una factura es suficiente susto —murmuré, sin poder evitar reírme.

—Hablando de facturas —añadió Alma—, cobraremos la hora extra. Trabajar con este viento califica como “condiciones hostiles”.

Caminamos de regreso hacia el vehículo, dejando atrás la línea eléctrica fantasma. Mientras me subía, eché un último vistazo a los cables que seguían flotando, extrayendo energía de la nada.

Era un recordatorio más de que, en nuestro trabajo, lo imposible rara vez llama la atención. Y que, al final del día, lo más aterrador no son las anomalías… sino el papeleo que las acompaña.

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