Eventos Anómalos - Filosofía de Revista
fictograma [Unofficial]
June 21, 2026
El aburrimiento en la oficina de Grau & Asociados no es una ausencia de actividad; es una presencia física, densa y pegajosa, como la miel vieja o una conferencia sobre ética burocrática. Afuera llovía con esa persistencia gris que invita a la introspección barata. Adentro, el reloj de pared hacía tac-tac-tac, pero la aguja de los minutos no se movía, probablemente en huelga.
Rafu estaba tumbado en el suelo, mirando el techo con una intensidad que sugería que esperaba que se cayera o que le revelara los secretos del cosmos. Yo estaba sentada en mi escritorio, equilibrando un lápiz sobre el labio superior mientras intentaba construir una torre con clips y gomas de borrar.
—Oye, Strano —dijo Rafu, sin mover ni un músculo—. ¿Alguna vez pensaste que quizás el problema no somos nosotros, sino la estructura narrativa inherente a la realidad?
El lápiz se me cayó del labio. Lo atrapé en el aire.
—Elabore, compañero no-humano. Estoy intrigada.
Rafu se sentó lentamente, cruzando las piernas en posición de loto, adoptando una expresión de gurú iluminado que contrastaba terriblemente con su camiseta de una banda de punk de otra dimensión.
—Piénsalo. Las anomalías. Los formularios. Nosotros. —Hizo un gesto vago con la mano—. Todo sigue un patrón. Como si alguien estuviera escribiendo un guion pésimo y se hubiera olvidado de corregir los agujeros de la trama. Yo digo que el universo es, en esencia, un texto, y que la magia es simplemente una cuestión de sintaxis.
Asentí gravemente, colocando un clip rojo en la cima de mi torre.
—Profundo. Eso explicaría por qué el inodoro del vecino del tercer piso empezó a recitar a Shakespeare. Fue un error gramatical en el código fuente de la existencia.
—Exacto —dijo Rafu, tomando un sorbo de una taza vacía solo por el efecto dramático—. Somos erratas. Erratas gloriosas en una novela que nadie está leyendo.
Me recliné en mi silla, entrelazando los dedos detrás de la cabeza, sintiéndome repentinamente como una filósofa griega atrapada en un cuerpo de becaria administrativa.
—Pero eso nos da poder, Rafu. Si somos texto, podemos editar. Mira la Pirámide. Todos dicen “Oh, el fin del mundo llega el martes”. Pura fatalidad narrativa. Pero yo digo que, aunque el fin del mundo esté programado para el martes, con algo de voluntad y papeles por triplicado, lo puedes postergar hasta dentro de tres meses.
Rafu chasqueó los dedos, señalándome.
—¡Burocracia como resistencia existencial! ¡Me gusta! Es la forma más aburrida de heroísmo jamás inventada.
—No es aburrido, es pragmático —corregí, con un aire de suficiencia—. El apocalipsis es solo un trámite administrativo mal gestionado. Si le pides a los Jinetes del Apocalipsis que presente su permiso de circulación en la ventanilla 4, te aseguro que se rinde y se va a casa.
Rafu se levantó y empezó a caminar por la habitación con las manos en la espalda, como un profesor excéntrico. Se detuvo frente a la heladera anómala, que zumbaba con su habitual olor a limón.
—Entonces, si todo es un trámite y la magia es sintaxis… ¿qué nos queda? —preguntó, mirando su reflejo distorsionado en el metal verde—. Somos seres ridículos luchando contra conceptos abstractos por un sueldo mínimo. ¿Dónde está el honor en eso?
Me levanté y me paré a su lado. Los dos miramos nuestros reflejos: yo con el pelo revuelto y él con esa cara de hiena que parecía estar perpetuamente planeando una travesura.
—El honor está sobrevalorado —dije solemnemente—. Lo que tenemos es algo mejor. La dignidad humana que reside en la capacidad de mirar al absurdo a los ojos y responderle con sarcasmo.
Rafu asintió lentamente, conmovido por mi elocuencia barata.
—Amén, hermana. Si el abismo te mira, hazle una mueca. Si te gruñe, pregúntale si tiene acidez.
—Exacto. —Tomé un imán de la heladera (uno que decía “Mejor Gato del Mundo”) y lo moví dos centímetros a la derecha. El equilibrio del universo pareció restablecerse—. Porque al final del día, Rafu, el universo está roto y nadie tiene el manual de instrucciones.
—Nadie —confirmó él.
—Así que —continué, sintiéndome en el clímax de mi discurso motivacional absurdo—, la única estrategia viable es simple: agárrate fuerte de la gente que quieres, ríete de los monstruos para que no te coman, y asegúrate de entregar el papeleo a tiempo, porque la vida sigue, incluso después del fin del mundo.
Nos quedamos en silencio un momento, absorbiendo la “profundidad” de nuestras propias tonterías, sintiéndonos los seres más sabios de la galaxia.
Entonces, la puerta de la oficina se abrió.
Alma entró, sacudiendo un paraguas mojado. Nos miró. A mí de pie en una pose heroica frente a la heladera, y a Rafu asintiendo con gravedad mística. Su mirada barrió la torre de clips, la taza vacía y nuestras expresiones de iluminación fingida.
—Si terminaron de arreglar el universo con frases de galleta de la fortuna —dijo, con su voz plana y cortante—, necesito que alguien baje al sótano. El archivo de “Maldiciones Húmedas” se ha desbordado y ahora hay un charco que insulta a quien lo pisa.
El momento se rompió. La filosofía se evaporó.
—Voy yo —dijo Rafu, derrotado—. Mi dignidad sarcástica necesita ejercicio.
—Yo preparo los trapos —suspiré, volviendo a la realidad—. Y el Formulario de Incidentes Hídricos Groseros.
Alma se sentó en su escritorio y encendió la computadora.
—Ah, y Strano.
—¿Sí, jefa?
—“El universo es texto” es una teoría bonita. Pero si vuelves a usarla para justificar por qué no archivaste los recibos de ayer, te voy a editar fuera de la nómina.
Rafu y yo intercambiamos una mirada rápida y cómplice mientras él bajaba al sótano y yo iba por el balde del baño.
El universo podía estar roto, sí. Pero al menos, nuestras tonterías seguían intactas.
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