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Eventos Anómalos - Saco de Fuego

fictograma [Unofficial] June 13, 2026
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El documento era hermoso. Tenía un sello holográfico que cambiaba de color según el ángulo de la luz, una firma digital encriptada de Pallas Penance y, lo más importante, una cláusula en letra negrita que decía: “AUTORIZACIÓN DE NIVEL 4: USO DE CAPACIDADES PIRO-CINÉTICAS Y TRANSUBSTANCIACIÓN PARCIAL EN ZONAS DE BAJA DENSIDAD POBLACIONAL”.

Rafu sostuvo la tarjeta de plástico frente al sol de la tarde como si fuera un billete ganador de lotería.

—Es oficial —dijo, con una voz que temblaba de emoción contenida—. Puedo quemar cosas. Legalmente.

—Dentro del perímetro, Rafu —le recordó Alma, encendiendo un cigarrillo y apoyándose contra lo que quedaba de una pared de ladrillo—. Y solo a la anomalía. Si chamuscas un solo bulldozer de la constructora, el descuento en tu sueldo será legendario.

Estábamos en lo que hasta hace una semana había sido el barrio “Los Sauces”, un conjunto de casas bajas y jardines modestos que habían sucumbido ante el avance implacable del progreso inmobiliario (léase: un futuro centro comercial con tres Starbucks). La última casa había sido vendida esa mañana. Los obreros habían entrado, los martillos habían empezado a golpear y, entonces, los escombros habían decidido que no estaban de acuerdo con el plan de urbanización.

Frente a nosotros, en medio de una nube de polvo de yeso y cemento, se alzaba Él. Un Golem. Tres metros y medio de ladrillos rotos, vigas de hierro retorcidas, trozos de empapelado floral y pura obstinada energía de negación. No tenía cara, solo una grieta dentada por boca y dos agujeros oscuros donde los caños de desagüe hacían de ojos.

—Nivel intermedio —había dictaminado Alma al llegar—. Demasiado grande para los agentes de campo con sus sprays neutralizadores, demasiado pequeño para molestar a Kafka y su equipo de demolición. Perfecto para nosotros.

Y así, la tarde se había convertido en un espectáculo privado.

Yo estaba sentada sobre una pila de sacos de cemento, con una lata de gaseosa en la mano, disfrutando de la primera fila. Alma estaba de pie a mi lado, fumando con la tranquilidad de quien mira una obra en construcción, solo que esta obra incluía fuego demoníaco.

—¡VEN AQUÍ, PILA DE BASURA NOSTÁLGICA! —rugió Rafu.

El Golem respondió con un sonido que era como el chirrido de metal contra metal y lanzó un puñetazo hecho de mampostería compactada. Rafu no se movió. En el último segundo, su cuerpo se disolvió en una columna de humo negro y denso. El puño del Golem atravesó la nube sin encontrar resistencia, estrellándose contra el suelo con un temblor que me hizo vibrar los dientes.

El humo se solidificó detrás del monstruo. Rafu reapareció, sólido de nuevo, y con una sonrisa salvaje, abrió la boca. Un torrente de fuego verde, brillante y sibilante, salió disparado, envolviendo la espalda de la criatura.

El Golem rugió, no de dolor (los ladrillos no sienten), sino de furia estructural. Giró el torso con una velocidad sorprendente para algo hecho de escombros y golpeó a Rafu con el reverso de la mano.

Esta vez, Rafu no esquivó. El golpe lo impactó de lleno en el pecho. Salió volando diez metros, atravesó una pared de durlock que aún quedaba en pie y aterrizó en una montaña de arena con un sonido sordo.

—¡Uy! —dije, dando un sorbo a mi gaseosa—. Ese tiene que haberle dolido.

—Es de goma —murmuró Alma, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo—. Además, se lo merece por fanfarronear. Podría haberlo esquivado.

Rafu emergió de la arena, escupiendo granos y riendo.

—¡Hacía meses que no sentía eso! —gritó, sacudiéndose—. ¡El dulce beso de la física contundente!

Se lanzó de nuevo al ataque. Esta vez, sus manos se encendieron. No lanzaba fuego; sus manos eran fuego. Golpeaba al Golem, y cada impacto dejaba una marca de escoria derretida en los ladrillos. Era una danza brutal. Rafu era rápido, un borrón de negro y verde, saltando sobre las vigas, deslizándose entre las piernas de la criatura, convirtiéndose en humo para evitar un pisotón y volviendo a materializarse para clavarle un gancho de derecha en lo que sería la mandíbula.

Pero el Golem era resistente. Se alimentaba de la energía del “no me voy a ir”. Cada vez que Rafu le arrancaba un pedazo, los escombros del suelo levitaban y volvían a unirse a su cuerpo.

—Es testarudo —comenté, viendo cómo Rafu era agarrado por una mano gigante y lanzado hacia arriba como una muñeca de trapo. Rafu giró en el aire, cayó sobre el hombro de la criatura y le mordió una varilla de acero.

—Es un barrio viejo —dijo Alma—. La gente echó raíces aquí. Esa energía residual es difícil de romper. Rafu se está divirtiendo, pero se le está haciendo largo. Mira cómo jadea.

Era cierto. A pesar de la euforia de tener parte de sus poderes de vuelta, mi compañero empezaba a moverse un poco más lento. El Golem, en cambio, parecía inagotable. Era una montaña de inercia.

El Golem agarró una viga de hierro del suelo y la usó como un bate de béisbol. El golpe atrapó a Rafu en pleno salto.

¡CLANG!

El sonido fue espectacular. Rafu salió disparado en nuestra dirección, rebotó dos veces en el suelo y se detuvo justo a los pies de Alma. Estaba cubierto de polvo de ladrillo, su chaqueta humeaba y tenía una expresión de profunda indignación.

—¡Eso es trampa! —jadeó, señalando al Golem—. ¡Usó herramientas!

Alma lo miró desde arriba, sin sacarse el cigarrillo de la boca.

—¿Te duele?

—Solo mi orgullo. Y quizás una costilla. Pero mi costilla es conceptual, así que se arregla sola. —Se incorporó, crujiendo el cuello—. Es duro. Me gusta.

—No juegues con la comida, Rafu —le advertí, terminando mi gaseosa—. Se nos va a hacer de noche y aun tengo toque de queda.

—Sí, sí, señora responsabilidad. —Sus ojos de hiena brillaron con una luz nueva, más peligrosa—. Se acabaron los juegos. Voy a probar la “Cláusula 5”.

—¿Qué es la Cláusula 5? —pregunté a Alma.

—Combustión interna —respondió ella, con un leve interés.

Rafu corrió hacia el Golem. La criatura levantó su viga para aplastarlo. Pero esta vez, Rafu no se convirtió en humo para esquivar. Se convirtió en humo para entrar.

Justo antes del impacto, se disolvió en una nube negra que se metió por las grietas de los ladrillos, por los huecos de la estructura del Golem. La criatura se detuvo, confundida. Se golpeó el pecho con sus propias manos, intentando sacarse algo de adentro.

Y entonces, el Golem empezó a brillar.

No por fuera, sino por dentro. Una luz verde intensa se filtró por cada junta, por cada rajadura. El sonido de un fuego rugiendo, como un horno a presión, emanó de su interior. Los ladrillos empezaron a ponerse rojos, luego blancos. La “negación” que mantenía unido al monstruo se estaba cocinando.

Con un aullido que sonó a metal retorciéndose, el Golem explotó. No hubo metralla peligrosa, solo una lluvia de polvo caliente y gravilla que cayó inofensivamente alrededor.

En el centro, donde había estado el monstruo, estaba Rafu. De rodillas, jadeando, con humo saliendo de su piel y una sonrisa de oreja a oreja.

—Demolición completada —anunció, con voz rasposa.

Alma tiró su cigarrillo y lo apagó.

—Bien. Llevó doce minutos más de lo estimado. Te lo descontaré de la pausa del café.

—Eres una tirana —se quejó Rafu, levantándose y caminando hacia nosotras con un andar un poco cojo pero triunfal. Se sacudió el polvo—. ¿Viste eso, Strano? Eso es arte.

—Vi cómo te usaban de pelota de ping-pong durante veinte minutos y luego te convertiste en una estufa —resumí, pasándole una toallita húmeda que había sacado de mi mochila—. Tienes cemento en las cejas.

—Detalles. Lo importante es que mi tarjeta funciona. —Sacó la credencial de la ACC de su bolsillo, milagrosamente intacta, y la besó—. Soy libre.

—Eres libre para cargar el equipo —dijo Alma, dándose la vuelta hacia el coche—. Vámonos. El olor a construcción me da sed.

Mientras caminábamos hacia el Porsche, con el sol poniéndose sobre las ruinas de “Los Sauces”, Rafu me pasó el brazo por los hombros, dejándome una mancha de hollín en el buzo.

—Admite que fue genial.

Lo miré. Estaba sucio, magullado y olía a humo y sudor anómalo. Pero se le veía feliz. Genuinamente feliz de poder ser el desastre que estaba destinado a ser.

—Sí, Rafu —admití, sonriendo—. Fue bastante genial. Pero si vuelves a salir volando hacia mí, la próxima te bateo para el jonrón.

—Trato hecho.

El Golem se había ido, el centro comercial se construiría, y la realidad volvía a ser aburrida. Pero nosotros teníamos una tarde de explosiones para el recuerdo. Y eso, en esta ciudad, era mejor que cualquier día libre.

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