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La presión espacial - Capítulo 1: Espejo

fictograma [Unofficial] June 4, 2026
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Una emperatriz alienígena (pero no mucho), un conquistador de los planetas exteriores, el hombre que maneja los hilos en La Tierra y un chaval de barrio cuya vida se ha vuelto del revés.

Cuatro historias que se entrelazan en la lucha por el control de la Galaxia en 2286.

Cap. I: Espejo

Cleo se miró un momento en el espejo de la antesala tratando de decidir si le gustaba lo que veía. Su rostro comenzaba a tener alguna arruga demasiado visible, y su pelo estaba tan lacio y falto de vida como de costumbre, pero al menos todavía era oscuro y le envolvía la cara de forma graciosa. Siempre lo había llevado así y esperaba no tener que cambiarlo.

Al menos no aparento los casi trescientos años que tengo ” pensó, mientras se le escapaba media sonrisilla y se miraba desde un poco más lejos. No era coquetería, poco a poco iba ganando la confianza que necesitaba para entrar en el salón y soltar la bomba de información que llevaba preparada.

Cogió aire y abrió el gran portón de la sala, que no emitió ningún sonido. Observó los pendones de las antiguas familias nim colgando de las paredes de piedra, aquellos vestigios de una época felizmente pasada y al fondo, delante de uno de los ventanales panorámicos que daban al extenso Jardín Imperial, pudo ver a Gloria, su nieta, sentada de espaldas a ella, de cara al ventanal en una silla de aspecto recargado, con la cabeza ligeramente colgando hacia atrás. Raquel, su hija, le peinaba la larguísima cabellera rubia con un clásico cepillo dorado.

Cleo dio unos pasos más, tratando de hacer algo de ruido con sus zapatos para que ellas se percataran de su presencia y estaba a punto de carraspear para hacerse notar, cuando vio a su hija girarse para dejar el cepillo sobre la mesa y darse cuenta de que ella estaba allí en ese mismo instante.

—¡Mamá!

Cleo sintió un pequeño sobresalto interno, pero sus casi tres siglos de experiencia vital le hicieron ocultarlo bien. Su hija solo la llamaba “Mamá” cuando estaba enfadada con ella o cuando iba a reprocharle algo. Normalmente, si todo iba bien, solía llamarle “Madre”.

Cleo contestó, tratando de mantener una cara amable y sonriente, y una actitud afable:

—¡Hola hija! —y agitó la mano, con un gesto casi infantil— ¿qué tal?, ¿qué hacéis?, ¿probando nuevos peinados?

—¡Mamá! —repitió su hija con un tono que no dejaba lugar a dudas: estaba enfadada— ¿Cómo que probando nuevos peinados?, esta semana es la celebración del ciento cincuenta aniversario. Esta misma noche Gloria da el discurso de inauguración de las fiestas. ¿Te habías olvidado?

—Ermm… —sí, se había olvidado.

—¡Mamá! —recriminó su hija, por tercera vez— Es un día importante. ¡Llevamos en el planeta ciento cincuenta años!

—Números redondos… ¿qué más da? —contestó Cleo, que estaba harta de tanta recriminación— Sabes de sobra lo que pienso de estos aniversarios y estas celebraciones. Son una chorrada y para mí, además, un coñazo. Ya he ido a demasiadas. Me gusta que la gente celebre, pero lo pueden hacer sin mí. Y sí, se me había olvidado, pero lo mismo hasta se me había olvidado adrede…

Su hija no pudo hacer otra cosa que contestar con un sonoro suspiro. Pero fue su nieta quien cogió el testigo, girándose en su silla.

—Abuela, ya sabes cómo es la gente —dijo, tratando de mantener un tono conciliador— y la gente quiere esta fiesta. La adoran. Se habla de cada celebración decenial durante los siguientes diez años, hasta que se hace la siguiente. A la gente hay que darle lo que quiere, ya no es como al principio, que teníamos mil cosas que hacer y había que construir el planeta. Tenemos que hacer este tipo de cosas si no queremos que empiecen a pensar que ya no les servimos para nada.

Cleo estuvo a punto de decir: “¿Y si ya no les servimos para nada?”, pero se retuvo. Conocía a su nieta. De las tres, era de largo la más inteligente y la más capacitada para ser gobernante. Y probablemente la única a la que realmente le gustaba serlo. Pero también era ambiciosa y tenía una demasiado benevolente visión de sí misma. Tras más de doscientos años de relación, la conocía perfectamente. Decidió cambiar de tema.

—Raquel, cariño, ¿y no es tu hija ya mayorcita para tener un servicio de peluquería?

—Sí, mamá. Pero resulta que el amor por una hija no se pierde en toda la vida, aunque ésta dure mucho, y me gusta ser yo quien la peine para los eventos especiales.

Cleo recibió la puñalada sentimental como una campeona. Sabía que en su hija había amor y respeto, así como ella la quería y respetaba también. Pero también sabía que las muestras públicas de cariño que había sido capaz de darle durante su vida habían sido escasas. Simplemente no le salía, ella no era una mujer dada a mostrar sus sentimientos.

Comprendiendo que el cambio de tema también había resultado fallido para su intención de crear un clima familiar que acogiera de buena gana sus noticias, Cleo optó por la opción que le resultaba más fácil: soltarlo sin rodeos:

—He venido a deciros que me marcho. Me voy a la Tierra dentro de un mes.

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—Y hace ciento cincuenta años, tal día como hoy, se pusieron en marcha los motores de las primeras dos naves que significaban nuestra salvación, nuestro Gran Viaje, nuestro escape de un mundo que se nos murió demasiado pronto. Un viaje que resultó en éste, nuestro gran descubrimiento, nuestro nuevo hogar que tan bien nos ha tratado desde que llegamos. Atrás quedó nuestro viejo y maltrecho planeta sumido en su destruido clima, y aquí estamos ahora los descendientes de sus antiguos moradores, construyendo y trabajando con paciencia para que la gloria nim se restablezca en todo su esplendor y se expanda hacia nuevos horizontes en el futuro. Así pues, hoy celebramos nuestra alegría de estar aquí, de seguir vivos, de progresar y continuar siempre hacia adelante. Hoy celebramos estar forjando nuestro propio futuro entre las estrellas. Hoy celebramos los ciento cincuenta años de historia de nuestro planeta, Iilnirev. ¡Y lo hacemos deseando que sean ciento cincuenta… mil años más! ¡Adelante!

Una música estridente y mecánica, gutural y rítmica, comenzó a sonar por unos enormes altavoces camuflados tras unas rocas de algo similar al cartón-piedra. Luces de colores comenzaron a girar sobre la Plaza del Pueblo de la capital del Continente Gubernamental, mientras las estroboscópicas salpicaban rápidos haces de luz cegadora entre la multitud, que ya empezaba a bailar con ganas.

Gloria, tras su estudiado discurso, había desaparecido por detrás del escenario, teniendo mucho cuidado de no pisarse el lujoso y precioso vestido de Emperatriz con sus lujosos y preciosos zapatos de tacón lujoso y precioso… pero demasiado alto. Se los quitó nada más llegar a los bastidores, donde la esperaba su madre.

—Has estado muy bien, hija. Deslumbrante, como siempre. Eres una gran emperatriz y además… ¡qué bien te sienta ese vestido! Cualquiera diría que no has cumplido los veinticinco.

—Jajaja, que graciosa eres, madre —contestó mientras se recolocaba su larguísima melena rubia hacia un lado—. La verdad es que no he envejecido apenas en mucho tiempo. ¡Oye! y tú tampoco estás nada mal.

—Calla, hija. Parezco más vieja que la abuela.

—Bueno, es que casi lo eres —le dijo con total sinceridad—. Es lo que tiene que de jóvenes os pasarais el tiempo viajando por ahí a la velocidad de la luz. ¿Por qué no usas más el concentrador? Lo diseñé para maximizar nuestra longevidad… mira a la abuela, se ha pasado ahí dos meses, ¡normal que esté más joven que tú!

—Me agobio ahí dentro, hija.

—A este paso te vas a hacer realmente más vieja que la abuela. O lo que es peor, vieja de verdad. No quiero que eso pase…

—Pues acostúmbrate. Ni yo ni tu abuela vamos a ser eternas. Y tú tampoco, por mucho que quieras. Ya hemos durado demasiado las tres. Tenemos tres veces más edad que el más viejo de nuestros súbditos. Cualquier día puede ser el último.

—¡No digas eso! —protestó Gloria— Los médicos dicen que estáis muy bien. Las dos tenéis la salud y el cuerpo de una mujer de menos de cincuenta.

Mientras hablaban se alejaban despacio del escenario donde Gloria había dado su discurso. A Raquel no le gustaba pensar en aquello, pero el comentario de su hija le había llevado la idea a la cabeza. ¿Cuánto durarían, realmente?

Su extrema longevidad se debía a una modificación en los genes de su madre, y tanto ella como su hija habían heredado tal propiedad. O al menos, esa era la historia que su madre les había contado siempre y también la historia “oficial”, aunque las explicaciones para tal “superpoder” de las emperatrices entre la gente de su planeta fueran múltiples y variopintas.

Llegaron a donde les esperaba el coche oficial y se montaron en el largo vehículo de seis ruedas, negro y dorado. Una vez dentro, tras haberse acomodado en los enormes asientos traseros y después de que el chófer arrancara, continuaron con la conversación.

—Hablando de la abuela —dijo Raquel—, llevaba casi dos meses metida en el concentrador, y precisamente sale hoy y ni viene a la celebración. Y nos suelta que se va a la Tierra así, de primeras…

—¿Qué se le ha perdido en la Tierra? —contestó Gloria, con aspavientos.

—Bueno, ya sabes, ella es humana. Tampoco es la primera vez que se marcha allí.

—Ya, y tú también eres humana —la señaló con el dedo—, y yo un poco. ¿Y qué? No me importa lo que hagan los humanos. Están muy lejos. Tardarán décadas o siglos en saber cómo llegar aquí.

—Creo que ella no opina lo mismo —confesó Raquel.

El pensamiento de Raquel viró de nuevo hacia los orígenes de su madre. Esa historia “oficial” que siempre había contado era demasiado fantástica, pero ella sabía que era real. Incluía un nacimiento en la Tierra, una abducción, distintos viajes involuntarios entre planetas y aquella modificación genética, inducida totalmente contra su voluntad. Toda una serie de infortunios o, según se mire, golpes de suerte, que había acabado con ella siendo nombrada emperatriz de aquella especie tan similar a la humana, pero que no era humana.

Tras veinte minutos de tranquilo viaje guiadas por su experto chófer, habiendo salido de la ciudad y enfilado por la estrecha carretera que conducía por tierra al Palacio Imperial nim, el coche paró delante de las puertas del Jardín. Las emperatrices bajaron sin esperar a que su conductor les abriera la puerta y accedieron al recinto, atravesando las compuertas metálicas.

No se encaminaron hacia el edificio principal del Palacio, sino que se fueron hacia el paseo que penetraba en las zonas de adornos florales de aquel frondoso Jardín Imperial. La noche ya era cerrada y ambas caminaban en silencio entre los setos florales y los parterres repletos de plantas provenientes de todo el planeta. Era un silencio tenso, pues ambas tenían el cerebro cavilando y las dos sobre el mismo tema. Ninguna de ellas se atrevía a continuar.

Finalmente, fue la más joven la que lo hizo:

—¿Crees que los quiere traer aquí?

—No lo sé. No… no lo creo. Pero quién sabe. Ya sabes que tu abuela es una persona con una forma de pensar muy especial. Creo que solo quiere darnos a conocer. Anunciar al ser humano que los nims no estamos extinguidos, como ellos creen.

—¿Y no significará eso que vendrán?

—No tienen cómo. No pueden llegar hasta aquí aún.

—Ya, ya. Lo sé de sobra, madre. Pero pueden descubrir cómo llegar en cualquier momento. Y si lo hacen, vendrán. Y son muchos, muchísimos. Si vienen, nos machacarán.

—Pues eso es lo que tu abuela quiere evitar, supongo —dijo, sin dar muestras de estar segura.

—Pues no sé cómo. A mí me parece que va a atraerlos —protestó Gloria.

—Confía en ella. Recuerda que conseguimos venir aquí gracias a ella y al principio parecía imposible.

—Fui yo quien descubrió cómo llegar hasta aquí.

—Gloria, no te ofendas. Claro que fuiste tú quien descubrió cómo venir aquí. Y ayudaste a crear la tecnología que hizo falta para que lo consiguiéramos. Pero fue tu abuela quien convenció a ochenta millones de nims de que tenían que escapar de un peligro invisible. Los convenció para que abandonaran sus casas, su planeta, su sociedad, todo lo que conocían. Sin eso no habríamos salido de allí, nunca. Además, no se trata de ver ahora quién hizo qué. Lo que te estoy diciendo es que la abuela tiene mucha experiencia en estos casos, y si ha decidido que es el mejor momento para que los humanos conozcan a nuestros nims, debe ser por razones difíciles de rebatir.

Raquel se paró al lado de un seto y arrancó una de las flores más grandes. Un gran rosetón negro que tenía las puntas de los pétalos de color rosado y parecían brillar en la oscuridad. Se la llevó a la nariz y la olió. Su cara dibujó una sonrisa, mostrando tenues arrugas alrededor de la comisura de los labios y en el final del rabillo de los ojos. Le encantaba aquel olor y le puso la flor en la cabeza a su hija, haciendo que contrastara con su melena casi albina. Gloria también sonrió, pero no dio por zanjada la conversación.

—Espero que nos lo explique bien, porque a mí sigue sin parecerme una buena idea.

—Lo hará. Lo sabes. Seguramente ya lo habría hecho si no nos hubiéramos tenido que marchar. Lo mismo aún está despierta, aunque a saber siquiera si está en Palacio. También sabes que hace estas cosas, igual se pasa dos meses en el concentrador, que sale y se pasa tres días sin dormir.

—Aún después de tantos años, hay veces que me cuesta comprenderla —reconoció Gloria.

—Bueno, a ella le pasa lo mismo contigo. Sois muy diferentes. Pero para eso estoy yo. Las dos sois genios. Yo no. Y no sabes lo difícil que es ser hija de una genia y madre de otra. Complicado. Pero altamente gratificante cuando funciona —y le plantó un beso en la frente a su hija, aprovechando para volver a oler aquella flor que había enredado en su pelo.

—Quiero a la abuela —dijo Gloria—. Es solo que me cuesta pensar como ella. No sé qué se le ha perdido en la Tierra ahora. O por qué le otorga la más mínima importancia. No representan ningún peligro aún.

—Yo creo que ella… no es que piense que representan un peligro, es que piensa que están en peligro. Probablemente quiere ayudarlos.

—¿Y va a poner en riesgo a nuestro pueblo por ellos? —protestó Gloria—. Apenas vivió allí doce años. Y no era nadie. Lo siento, madre, no puedo entenderlo.

—Tú eres nim, Gloria. Igual que yo, por mucho que mis padres sean humanos. Hemos vivido toda la vida con los nims. Hemos vivido como nims. Nos hemos educado como nims. Para ella fueron solo doce años, pero fueron los primeros doce años de su vida. Fueron los únicos doce años en los que tuvo a sus padres. Eso marca. Ella recuerda la Tierra como tú o yo podemos recordar nuestro viejo planeta Iilnimars. Y hay algo más.

Gloria meneó la cabeza sin estar del todo convencida, aunque tratando sinceramente de encontrar la empatía que le hiciera comprender a su abuela. Habían salido de los parterres y se dirigían ya hacia la puerta principal del Palacio. Abrió el enorme portón de madera y dejó pasar a su madre. Ella pasó después.

Sumidas en la oscuridad de la enorme sala de entrada, iluminadas apenas por la escasa luz anaranjada de los faroles del jardín que podía acceder a través de los estrechos ventanucos, Raquel puso fin a la conversación.

—Tu abuelo, Gloria. Mi padre. Para ella, la Tierra es él. Y por él, ella siempre será humana. Su recuerdo no la abandonará hasta el día en que expela su último suspiro, por siglos que pasen. La humanidad es él para ella. A él no lo pudo salvar, pero sí que puede hacerlo con sus descendientes.

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