Sangre del eclipse - Capitulo 5
En cuanto Sara salió del trance, sus dones espirituales volvieron a activarse después de mucho tiempo. El miedo a que los soldados de Solestecia la mataran de las formas más crueles la había obligado a bloquear esa parte esencial de su identidad. Incluso todos los días se tapaba el símbolo que solo las sacerdotisas y los sacerdotes de Aerténum llevaban en el cuello.
Abrió los ojos y sintió, en lo más profundo de su corazón, el aura espiritual de Layra. Era tan pura que incluso se manifestaba ante sus ojos.
—Harold, esta niña no debe ser encontrada nunca por los soldados de la corona.
El anciano estaba sorprendido por el mensaje que la Luna había enviado a través de los labios de Sara. Hacía mucho que no escuchaba aquella lengua antigua y sagrada. Pero tampoco entendía del todo lo que ella quería decirle. Sí había notado cosas extrañas: la piel de Layra brillaba de forma inusual y, a veces, parecía jugar con sus pequeñas manos con algo suspendido en el aire.
—Sara, no te entiendo. Sé lo que significa haberla encontrado justo en una noche de eclipse, pero es una niña. No es un varón. Está a salvo…
Sara se estremeció y lo miró con intensidad, intentando que el anciano comprendiera lo que tenían entre manos.
—Harold, por el amor de los dioses. Ayer por la noche, cuando venías del templo, ¿tus dones no estaban activados?
—No. Ya estaban adormecidos después de la sesión en el templo. Además, yo ya estaba cansado.
Sara resopló.
—Harold, por favor. Despierta tu sensibilidad y entenderás lo que te digo.
El anciano suspiró, cerró los ojos y apoyó una mano sobre el símbolo de su cuello. No necesitó pronunciar palabras en voz alta; solo dejó caer la barrera que, de manera natural, mantenía levantada.
Fue como si un velo se deslizara de sus párpados y de su corazón. El aura de Layra surgió de golpe, no como fuego, sino como un amanecer silencioso: pétalos de luz dorada y plateada, de un brillo divino, palpitaban con la misma cadencia que el pulso de la niña, envolviéndola sin tocarla, revoloteando a su alrededor. Harold contuvo el aliento.
—Sara… —dijo con voz ronca—. El Sol y la Luna están con ella.
El anciano entendió entonces con qué jugaba Layra en el aire: con aquellos mismos pétalos. Pero nunca había visto ambas naturalezas reunidas en una sola persona.
—Espera. Me pondré los anillos para ver si capto algún mensaje, como hiciste tú. Creo… que nos están observando.
El sacerdote llevó las manos a sus dedos, apartando las mangas con cuidado. Allí estaban los anillos de Aerténum, reliquias antiguas que había ocultado durante años: tres piezas de oro solar y plata lunar, apiladas en capas sutiles, con runas incrustadas que solo un sacerdote ungido podía despertar.
Uno a uno los colocó en su dedo anular derecho, sintiendo cómo el metal frío se calentaba al contacto con su piel, como si recordara su propósito. El sello central —el disco radiante del Dios Sol con manos extendidas— encajó al final, y un pulso suave recorrió sus venas, un calor que comenzaba a despertar.
Cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, profunda, casi imperceptible. El cuerpo se enderezó, inmóvil, como una estatua en adoración. Las runas de los anillos comenzaron a brillar tenuemente desde dentro, proyectando sombras doradas que danzaban en el aire alrededor de sus manos.
Extendió la mano derecha hacia la cabecita de Layra, rozando apenas sus cabellos con las yemas temblorosas. En el instante en que sus dedos tocaron la frente de la niña, algo cambió.
De pronto, su pecho y su cabeza se elevaron con un movimiento brusco y simultáneo, como si una fuerza invisible lo hubiese tirado desde el cielo. La espalda se arqueó en una curva elegante y reverente, el rostro alzado hacia lo alto, los hombros abiertos en ofrenda. Sus ojos se abrieron de golpe: las pupilas se dilataron durante un segundo antes de inundarse de un brillo dorado e intenso, como oro fundido que no cegaba, sino que irradiaba calidez y certeza.
Las runas de los anillos despertaron con mayor fuerza, proyectando sombras doradas desde su mano, que se extendieron hacia Layra, tejiendo un hilo luminoso que conectó sus frentes.
Entonces descendió el trance: su espíritu se elevó en una comunión silenciosa, y la intención del Dios Sol fluyó a través de las reliquias y del contacto con la pequeña, clara y absoluta.
Su voz surgió serena, resonante, teñida de aquella misma luz dorada, en la lengua santa:
Toradh ar gràidh shìorraidh thoirmisgte… Bheir i òrdugh, ceartas, agus maitheas… Thèid a’ chrùn a tha air a phuinnseanachadh le fuil a thoirt… Agus air a ceann a-mhàin a thèid a ghlanadh… Fada beò banrigh an dubhar-grèine…
Las palabras se repitieron una vez más, eternas y precisas, como un decreto del cielo.
Cuando el mensaje terminó, el brillo dorado se desvaneció lentamente de sus ojos. Su cuerpo, que había estado sostenido por aquella fuerza invisible, se relajó de golpe. Las rodillas le flaquearon, los hombros cayeron hacia adelante y se desplomó hacia un lado, apoyándose con ambas manos en el suelo para no caer del todo. No se desmayó: seguía consciente, respirando agitadamente, el pecho subiendo y bajando con fuerza. El sudor perlaba su frente y su rostro, ahora pálido, mostraba una mezcla de agotamiento profundo y asombro reverente.
Sara, que había observado todo en silencio, se acercó de inmediato y lo sostuvo por los hombros. Sus ojos estaban muy abiertos y el corazón le latía con fuerza: nunca había visto una conexión tan directa, tan abrumadora en un sacerdote, ni siquiera en los rituales antiguos que le habían enseñado. Harold levantó la vista hacia ella, todavía temblando, y murmuró con voz ronca y quebrada:
—Nunca… nunca había sido así… tan fuerte… El Sol mismo… tocó a través de mí…
Ambos se quedaron mirándose durante un largo instante, atónitos, mientras el leve calor residual de los anillos se apagaba en sus dedos y el hilo de luz entre Harold y Layra se disolvía en el aire. La niña, intacta y serena, solo los observaba con esos ojos demasiado sabios para su edad.
—Harold… lo que los dioses dijeron… ella es…
—Sí… lo es. —La voz del anciano salió ronca, casi rota—. Pero ¿cómo puede ser? Los dioses nunca han hecho algo así. Es… impensable. Prohibido.
Sara se levantó de golpe, como si el suelo le quemara.
—Debemos protegerla. Tenemos que sacarla de Solestecia lo antes posible. Llevarla a algún rincón remoto donde pueda crecer como cualquier niña, sin que nadie sepa quién es. Si se queda aquí, el regente terminará oliéndola. Y cuando la encuentre… la matará. Sin hacer preguntas.
Harold negó con la cabeza lentamente, aún apoyado en el suelo, respirando con dificultad.
—No. Yo decidí darle un hogar. Adoptarla como hija. Ahora lo entiendo: no fue casualidad que la encontrara esa noche del eclipse. Los dioses me eligieron a mí. Querían que la criara, que la protegiera… hasta que llegue el momento.
Sara lo miró como si le hubiera hablado en otra lengua.
—¿Te has vuelto loco, Harold? ¿Qué momento? ¿Que se convierta en qué? ¿Que crezca en este pueblo miserable, entre hambre y barro, y que un día salga hacia Solestecia a presentarse ante el regente? ¿Crees que va a llegar tan lejos sin que la destrocen antes?
Harold se incorporó con esfuerzo, apoyándose en la pared. Sus ojos brillaban con una mezcla de cansancio y fuego interior.
—No es tan simple, Sara. No fue una visión cualquiera. El Sol me tocó. Lo sentí en los huesos. Ese hilo de luz que unió mi mano con su frente… era real. Ella no es solo una niña con un aura hermosa. Es nuestra salvadora.
Sara dio un paso hacia él, con los puños apretados.
—¡Por eso mismo! Cada día que pase aquí es un riesgo. El regente tiene ojos en todas partes: sacerdotes comprados, espías, traidores entre los nuestros. Si la encuentran antes de tiempo, la matarán… o peor: la usarán. La convertirán en arma, en mártir. ¿Quieres verla sufrir así?
Harold bajó la mirada hacia Layra. La niña jugueteaba con los pétalos invisibles de luz, ajena al peso de las palabras que se cruzaban sobre su cabeza.
—No quiero nada de eso —susurró—. Pero tampoco quiero que crezca huyendo toda su vida, sin raíces, sin saber quién es. Si la enviamos lejos… ¿quién la protegerá cuando los dioses decidan recordárselo? Yo la encontré. Si me eligieron a mí, un viejo roto en un pueblo olvidado… entonces debo quedarme con ella. Debo prepararla. Aunque eso signifique arriesgarlo todo.
Sara se arrodilló frente a la niña y le tomó las manitas con delicadeza. Los hilos de luz danzaron entre sus dedos.
—¿Prepararla para qué, Harold? ¿Para morir joven?
Un silencio denso cayó entre ellos. Layra levantó la vista, primero hacia Sara y luego hacia Harold. Sus ojos parecían entenderlo todo.
Harold tragó saliva, con la voz quebrada.
—Entonces… ¿qué propones? ¿Que la entreguemos a un monasterio lejano? ¿Que la hagamos olvidar? ¿Que la dejemos crecer como una humana común… y que, cuando llegue el momento, sea demasiado tarde para defenderse?
Sara no soltó las manos de la niña. Su voz salió baja, casi en un susurro.
—No lo sé. Solo sé que no puedo verla morir. No puedo ver cómo la arrancan de este mundo antes de que sepa lo que significa vivir. Si la dejamos aquí… la perderemos. Si la enviamos lejos… tal vez la salvemos. Pero ¿a qué precio para ella? ¿A qué precio para los dioses que la engendraron en secreto?
Harold se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su voz se volvió más baja, pero también más firme, como si estuviera hablándole tanto a Sara como a sí mismo.
—Sara… la criaré bien. No será una niña encerrada en una botella, creciendo sin saber quién es ni de dónde viene. Le enseñaremos todo. Tú le darás lecciones con la espada, como las que a ti te enseñaron. La haremos más fuerte, más astuta de lo que ya es. Leerá todos los libros que podamos conseguir, los antiguos, los prohibidos, los que hablan de Aerténum y del equilibrio roto. Le contaremos todo sobre Solestecia: sus palacios, sus traiciones, sus sombras. Sabrá quién la busca y por qué. No crecerá ciega. Crecerá preparada.
Sara lo miró fijamente, los ojos brillando con una mezcla de rabia y terror puro.
—¿Preparada para qué, Harold? ¿Para que la encuentren y la maten de la peor forma posible? ¿Para que la arrastren por las calles de Solestecia, la torturen delante de la multitud, la quemen viva o la desangren lentamente, como hicieron con tu fam…?
Se detuvo de golpe, pero las palabras ya habían salido. Harold se echó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe físico, hasta chocar la espalda contra la pared. Su rostro palideció aún más y los labios se le apretaron en una línea fina. El silencio que siguió fue ensordecedor.
Sara se llevó una mano a la boca, horrorizada consigo misma.
—Harold… lo siento. No quise… no debí decir eso. Perdóname.
Él no respondió de inmediato. Cerró los ojos y respiró hondo una vez, y luego otra, como si estuviera conteniendo una tormenta interior. Cuando volvió a hablar, su voz salió ronca, pero cargada de una emoción tan profunda que parecía brotarle desde las cicatrices del alma.
—No pude protegerlas.
Sara alzó la vista hacia él.
—No pude proteger a mis hijas cuando las mataron —continuó Harold, con la mirada perdida en algún rincón del pasado—. No estuve ahí. No fui suficiente. Y desde entonces no ha pasado un solo día en que no me pregunte qué habría ocurrido si hubiera llegado antes, si hubiera luchado más, si hubiera dado mi vida por ellas.
Su garganta tembló. Bajó la mirada hacia Layra, que seguía allí, pequeña y serena, como si el mundo todavía no se hubiera atrevido a tocarla.
—Pero ahora ella está aquí. Esta niña… esta niña que los dioses me dejaron en los brazos… es mi oportunidad para redimirme como padre. Esta vez no voy a fallar. Esta vez no voy a mirar hacia otro lado. La defenderé aunque tenga que poner mi pecho frente a ella para detener el filo que venga a buscarla.
Sara apretó la mandíbula, con los ojos húmedos, aunque endurecidos por el miedo.
—Y yo te digo que justamente por eso no debemos mantenerla en este camino. Debemos apartarla de todo esto. Ignorar a los dioses por una vez, Harold. Dejar que crezca lejos de sus designios, lejos del peso de una profecía. Que viva. Aunque sea lejos de nosotros. Aunque sea como una niña cualquiera.
Harold levantó el rostro de golpe. Algo en él se tensó.
—No —dijo, más seco de lo que ella esperaba.
Sara frunció el ceño.
—Harold…
—No puedo hacer lo que hiciste tú.
Ella se quedó inmóvil.
La frase cayó entre ambos como una piedra en agua quieta.
—No puedo darles la espalda —continuó él, con una firmeza que empezaba a rozar la ira—. No puedo fingir que no existen. No puedo vivir como si no los sintiera respirando sobre nosotros. Ellos siempre nos observan, Sara. Siempre. Incluso cuando callan. Incluso cuando duelen.
Sara retrocedió medio paso, herida.
—No tienes derecho a…
—¿Y qué clase de sacerdote de Aerténum sería yo —la interrumpió, con la voz quebrándose entre rabia y dolor— si ignorara lo que los dioses, con tanto amor y tanto sufrimiento, dejaron en mis manos? ¿Qué clase de hombre sería si volviera a abandonar lo que me confiaron? No. No esta vez.
Sara lo miró con furia. Había entendido perfectamente el golpe escondido en sus palabras. Ella también había sido sacerdotisa. Ella también había llevado la marca. Y sí: ella había huido. Había enterrado sus dones, había cerrado la puerta, había elegido sobrevivir antes que servir.
Por un instante pareció que iba a responderle con otro estallido. Pero entonces bajó la vista hacia Layra.
La niña la observaba en silencio.
Y algo en el pecho de Sara cedió.
Cerró los ojos, respiró hondo y, cuando volvió a hablar, su voz era más baja. Más cansada. Más rendida ante una verdad que no quería aceptar.
—Está bien.
Harold no dijo nada.
—Te haré caso —continuó ella, tragándose el orgullo como si fuera vidrio—. Le enseñaré a controlar su magia cuando despierte. Le enseñaré a pelear, a moverse, a defenderse, como nos enseñaron a todas las sacerdotisas de Aerténum. Haré de ella alguien a quien no puedan quebrar fácilmente.
Se arrodilló frente a Layra y la miró a los ojos. La luz dorada y plateada seguía danzando alrededor de sus pequeñas manos.
—Y cuando llegue el momento… —su voz vaciló apenas— yo también ofrendaré mi vida por ella, si es necesario. Para compensar a los dioses. Para compensar todo lo que les negué.
Harold sintió que algo se aflojaba en su pecho. Dolía, pero dolía distinto.
Se acercó más a Sara y a Layra, y puso una mano temblorosa sobre el hombro de la mujer.
Ambos contemplaron a la niña durante un largo instante.
Entonces, casi al mismo tiempo, como si aquella promesa no les perteneciera solo a ellos, dijeron en voz baja:
—La criaremos y le daremos todo lo que podamos… para que algún día nos salve a todos, si ella así lo decide.
Layra sonrió. Y en el aire alrededor de los tres, los pétalos de luz dorada y plateada volvieron a girar en silencio, como si los dioses hubieran escuchado el juramento.
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