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PUNTO Y COMA; parte 1

fictograma [Unofficial] June 2, 2026
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⚠️ Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico.

Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo

PUNTO Y COMA;

Capítulo 1. Parte 1

(Táca-taca-táca)

“Las últimas palabras de la carta se perdieron en su cabeza mientras sus ojos las arrastraban sobre el papel, borrándolas, perdiéndolas, como había hecho él con su antiguo amor compartido. Marianne no soltó ninguna lágrima, pero ella sabía que no valía la pena entender. Quizás al menos, podía pronunciar su nombre al final de la hoja para enterrarlo con el polvo de sus sentimientos despedazados:

“Felipe”

El escritor se acomodó en el asiento y miró de nuevo la hoja dentro del rodillo de la máquina de escribir. Se acercó y se alejó como si la distancia hiciera alguna diferencia a las palabras impresas.

Las cartas de sus lectores se amontonaban sobre el escritorio cerca de las libretas de notas, libros de geografía y manuales topográficos, algunas abiertas y otras aún cerradas.

“Señor Valdez, su libro me ha emocionado considerablemente. Estoy esperando su siguiente obra con ansias…”

Felicitaciones por su último premio, sin duda lo tiene bien merecido. Georgina Lucio es un personaje profundo y melancólico. He llorado con las últimas páginas…”

“Maestro, estaré pendiente de su siguiente obra. El periódico alaba su prosa intensa que atrapa y te deja sin salida. Felicidades…”

Alejandro Valdez, había leído varias cartas más no todas. Su nuevo libro titulado “Cólera”, era el nuevo motivo de sus desvelos. Había pasado del borrador con personajes poco completos, a una trama compleja desde el primer capítulo. Cólera también, iba a ser su obra más sincera, un pedazo de su alma, sus miedos, frustraciones y traumas de la infancia.

El periódico marcaba la fecha al 20 de septiembre de 1996. Un año antes había ganado el premio ‘Cuervos’ como autor revelación del año, lo que le valió un cheque por doce mil pesos y la publicación de su obra con dos de las mejores editoriales del país. Pero incluso desde mucho antes, su obra había estado en el ojo mediático de la literatura ganando premios nacionales e internacionales.

[Si te arriesgas esta vez quizás la gente no se espante tanto, Nacho. Ya tienes lectores, ya tienes audiencia y tu obra ya tiene credibilidad y prestigio. Oye, ¿Pero, cuando me mandas el borrador de ese caldo que andas cocinando?]

Alejandro suspiró con desgano mientras se frotaba entre los ojos con los dedos después de escuchar a su editor desde la contestadora.

Desde hacía muchos años quería escribir “Cólera” una historia donde un personaje bisexual, como él, se convertía en un peligro para la sociedad al ser liberado de prisión después de ser acusado de asesinato de dos mujeres y dos hombres, pero Alejandro, entonces, tenía la constante incertidumbre y los miedos de que al no ser “nadie” en el vasto mundo de las letras, la crítica no se tomara en serio su narrativa. ¿Un hombre bisexual? ¿Escenas eróticas entre hombres? impensable. Entonces escribió “Mimosa sin nombre”, la que le abrió las puertas en el mundo de la literatura nacional y “Gina. Escondida” la que le valió reconocimiento internacional. Era hora de mostrar al mundo lo que podía hacer con un thriller psicológico y policiaco adaptando partes de su vida y sus experiencias como un hombre con diferentes preferencias sexuales.

“Si los tiempos cambian, yo debería estar ahí” decía para sí.

Se acostó a dormir a las 2:00 de la mañana como de costumbre y solo después de que su cabeza, bombardeada de explosiones creativas se calmaba un poco. Durmió tres horas completas, dos horas a medias y media hora más estaba más despierto que dormido.

Tomó el café de la mañana, leyó el periódico del 21 de septiembre y se sentó frente a su escritorio donde su máquina, con la que escribió su primera novela, le esperaba como un ente vigilante.

No fumaba, no bebía, y a sus treinta y tres años no se había dejado llevar por las tentaciones tecnológicas que mucha gente de su edad ya usaba con normalidad.

Llevaba ya cinco meses escribiendo Cólera, su personaje principal, Felipe Higuera era un ser llamativo que poco había sido nombrado en la historia, pues el peso de sus actos eran, hasta entonces, más perdurables que él, sin embargo, en los últimos capítulos, Alejandro describiría más de su persona, sus miedos y pecados. Escribió y Describió.

“La calle respetaba sus botas de cuero, los pantalones ajustados enfatizaban con cada paso su ritmo decidido al andar, el sol mismo se calentaba a inicios del otoño al verlo salir de casa y le regalaba una caricia que su cuerpo agradecía con frescas gotas de sudor que caían de su frente hasta su pecho descubierto. El mundo, sin embargo, no estaba listo para sus ojos, que tras sus lentes oscuros, ocultaban la belleza del color de la aceituna y cejas definidas a tono con su cabello castaño claro ondulado y desordenado, adornándolo como una corona de bronce que peinaba con sus largos dedos de porcelana.

Higuera, tal cual gris, áspero y hermoso, como en poesía de Ibarbourou, desprendía al andar miradas de las mujeres que querían un poco de su rudeza. Y los hombres de mirada furtiva que se esconden entre los callejones lamían con los ojos su alta figura y soñaban con el viento que dejaba detrás.

¿Cómo podía un hombre bendecido acabar en prisión? Y si no fuera por su esmerada conducta, quizás nunca hubiera salido pues la belleza no paga años de libertad.”

Alejandro escribió hasta las once, justo cuando pasaba el cartero a su vecindario.

Seis cartas más ahora eran parte del montón.

Se tiró al sofá y cerró los ojos. ¿Qué faltaba en su personaje? Tomó el bolígrafo sin pararse del asiento y cerró los ojos. La imagen de Felipe Higuera vino a su mente de nuevo y revivió el carbono de la máquina para rellenar los agujeros narrativos.

Regresó a su caminar, a sus pasos sobre la calle, a su cabello… En su imaginación Felipe Higuera caminaba en cámara lenta como si quisiera darle tiempo de examinarlo, levantó el brazo y se bajó los lentes oscuros para girar la cabeza y mirarlo directamente a los ojos con una sonrisa indiscreta en la calle, en su calle.

Alejandro abrió los ojos lentamente y se encontró con el techo blanco de su departamento.

Felipe Higuera podía ser cualquier persona en el mundo real, pero en su obra, no podía ser cualquiera. Un hombre como él no le habría sonreído así sobre todo porque él era experto en apartar la mirada por mera costumbre y poca experiencia en las relaciones sociales. No tenía muchos amigos y mucho menos gente de confianza. Sus padres eran ya personas jubiladas que aprovechaban sus últimos años de adultez antes de la vejez para viajar. Hermanos, no. Su único hermano había fallecido cuando él apenas tenía trece años, un hecho que lo marcó y lo alejó del mundo y lo acercó a la escritura ‘Mimosa sin nombre’ estaba inspirado en él, en su bebida favorita y en el titular de la nota en el periódico:

** ** “UN HECHO QUE NO TIENE NOMBRE”

Dos jóvenes de diecinueve y veintidós años fallecieron la tarde de ayer en un accidente automovilístico propiciado por un potencial suicida…

El provocador del accidente está gravemente herido, sin embargo, a pesar de la gravedad del accidente, ha sobrevivido dejando a dos familias sin sus seres queridos.

** ** Una foto de su hermano seguía de pie sobre el mueble de la TV, siempre presente, con una mimosa en la mano, sonriendo y celebrando su último catorce de febrero en 1976.

—Felipe… —Alejandro dispersó los tristes recuerdos pronunciando el nombre de su personaje.

De nuevo se puso de pie y con el bolígrafo en mano comenzó a escribir en su libreta de notas donde transcribía los borradores directo de la mente a la tinta.

El nombre de los personajes secundarios comenzaron a aparecer junto con una pequeña descripción de sus rasgos y personalidades a modo de ficha.

En la cocina, preparó huevos revueltos con jamón y lo acompañó con un vaso de leche, siempre leche. De nuevo la contestadora.

[“Nacho, hablé con el jefe. Eh, te quiere ver el sábado en las oficinas de acá, creo que es por lo de la entrevista con UniVTv. La neta ojalá te presentes y los apantalles con los datos de tu nueva novela, ya sabes, no tienes que decir todo, ¿solo una pista, tal vez?”]

[“Oye Nacho, contestame, ¿no?”]

Alejandro se levantó de la mesa del comedor y volvió a sentarse frente a su máquina de escribir.

Las notas ya tenían un orden aparente y las pulió desde la máquina. Táca-taca-táca, escribió sin parar durante sus horas más productivas hasta que el sueño de la tarde lo adormeció.

Las ventanas de guillotina desde el cuarto piso del edificio dejaban pasar el viento fresco que le acariciaba la cabeza bajo su oscuro cabello corto y rizado. Puso punto final al capítulo y se levantó para cerrar la ventana, no sin antes observar el paisaje de la ciudad, la gente yendo y viniendo, creando su propia historia, autos de buenas marcas y últimos modelos acorde a la plusvalía de la vecindad.

Desde la máquina de escribir tomó las hojas que ya había escrito y se sentó de nuevo en el sofá para re leerlo y modificarlo si era necesario, acción de protocolo.

“La huella de sus botas eran reconocibles y las gotas de sangre serían tomadas para analizar. Una joven había visto a un sospechoso por la calle aquella noche, su altura era inconfundible y aunque llevaba una chamarra amarilla con capucha se podía ver su camisa blanca debajo. No se le vio el rostro.”

—¿Qué hiciste, Felipe? —dijo Alejandro recostándose por completo sobre el sofá y con los ojos cerrándose a causa de la modorra.

Se sumergió en lo profundo de su psique donde todo es negro y al mismo tiempo hay mil colores y formas que copian las realidades dentro y fuera del televisor, de la radio y el periódico.

** ** ASESINO MATA A GOLPES A UN HOMBRE EN SANTA ROSA

El asesino de Santa Rosa, llamado así por lo que parece ser un homicidio en la colonia de la capital, escapa de la policía tras dejar unas huellas de sus botas y algunas manchas de sangre en el suelo. El cuerpo de la víctima fue encontrado semi desnudo en los baños de una cancha de fútbol. El nombre del occiso era Santiago Iturriaga, de cuarenta y ocho años de edad, su familia….

“Tienes que verle los nudillos, así te darás cuenta de quién es el culpable. Vamos a pasarnos la vida mirando los nudillos de cada persona. ¡Haz tu trabajo, Gutiérrez!, Señor, tenemos un informe… otro asesinato. ¡Corre, corre!. Una mujer, señor, de cuarenta y dos años…, ¿Crees que estamos cerca?”

“¿Por qué te dice Nacho?”

Alejandro despertó al caer la noche con las voces de todos sus personajes retumbando en su cabeza. “ Vaya… ”. Los hados y musas se habían apiadado de él y su sueño, ¿o quizás se lo imaginó todo sin haberse dormido siquiera? Su mente tuvo la gentileza de traer de vuelta la voz de su hermano preguntando las cosas más obvias, cosas que otros ya habían preguntado por curiosidad. La voz, aunque era un eco, más bien sonaba grave, joven pero barítona, una voz que un muchacho de diecinueve años no hubiera podido tener. Era un niño cuando su hermano falleció así que quizás ni siquiera lo recordaba bien.

Dieron las nueve con dieciocho y aún tenía tiempo de cenar algo y volver a escribir hasta la madrugada, como siempre.

Salió al mismo tiempo que las criadas de las casas grandes y de su propio edificio, a comprar el pan con el panadero del último turno. Las mujeres de servicio siempre le sonreían gustosas, algunas ya ansiosas por verlo como otras noches y saludarle.

—Hoy salió más tarde, joven. —observó una.

—Si, es que me dormí. —contestó él forzando la amabilidad que se espera de todos.

—¿Anda escribiendo ahorita?

—Si.

—Nos pasa el nombre de su libro cuando lo publique para que lo compremos.

—Muchas gracias. Claro. Que pasen buenas noches. —respondió Alejandro regalándoles una sonrisa después de pagar y dándose la vuelta para regresar a casa.

—Igualmente, joven. —contestaron ellas.

Pudo escuchar a sus espaldas las risitas coquetas de las mujeres mientras lo veían marcharse. Treinta y tres años, soltero, una carrera aparentemente exitosa, pero definitivamente no se sentía joven. No se consideraba un hombre demasiado atractivo, pero sabía que tenía lo suyo y quizás para ellas, que eran mujeres sencillas, él les parecía un adonis.

2:00 a.m. Hora de dormir.

Sacó la última hoja llena del día de la máquina de escribir, la unió a las demás, las sacudió y golpeó ligeramente contra el escritorio, luego las acomodó a un lado del aparato, junto a las cartas amontonadas.

Aunque tenía un televisor casi no lo veía, pues prefería leer el periódico para inspirarse en caso de necesitarlo en lugar de llenarse de imágenes de un mundo real pero ajeno. Era mejor que con cada nota que leyera se creara una imagen general de lo que ocurría, lo que no fuera conocido, lo investigaba en sus libros y mapas y en el peor de los casos, llamaba a su editor para recabar información específica de diferentes especialistas, a los que solía hablar y entrevistar.

Se bañó y se tiró a la cama con una playera simple y shorts de algodón. Las últimas palabras de su escrito rebotaban de aquí a allá entre las paredes. A veces podía ver las palabras flotar y entre sueños extendía la mano para tomarlas y pegarlas en las hojas del manuscrito.

Esa noche soñó con luces rojas y azules giratorias, toda su habitación se iluminaba de esos colores que no tenían fuente directa pero eran claramente las luces de una patrulla policiaca. Azul, rojo, azul, rojo y en la esquina del departamento, una figura estaba agachada como si se escondiera. No veía su rostro pero parecía grande y llevaba una chamarra amarilla con capucha. Alejandro no sintió su propio cuerpo, no sabía en qué parte del departamento estaba parado, pero estaba seguro de una cosa: la figura lo estaba mirando. Entonces aquella silueta levantó la mano derecha y pegó su dedo índice a sus labios “Shh”, dijo, y las luces se apagaron dejando completamente a oscuras la habitación.

Alejandro despertó. Eran las 4:23 a.m según el despertador. Había dormido poco y no había dormido nada. Se rascó la cabeza y se levantó para ir al baño. “Qué sueño tan lúcido” pensó. Salió hacia la sala donde estaba el escritorio y asomó por la ventana para mirar la todavía oscura calle. Se sentó frente a su máquina y anotó su visión en la libreta de notas. Luego, se fue a dormir de nuevo.

—Gracias. —dijo al repartidor de leche y subió a su departamento.

Esa mañana había dormido hasta las 8:30 a.m. y aprovechó para preparar su desayuno y comenzar a escribir. La contestadora sonó después de los timbres que nunca contestaba, era su madre.

[Hola, mi amor. Ya no contestas el teléfono, ¿Es por los editores? De vez en cuándo contéstale a tus papás. Ya estamos en México, te llamaré cuando lleguemos a casa.]

“A mamá y a Papá sí que hay que contestarles, han pasado por mucho”.

De nuevo frente a la máquina de escribir, Alejandro se dispuso a teclear en orden las ideas que ya tenía en la cabeza para la conclusión del penúltimo capítulo.

“Felipe Higuera lavó sus botas desde la manguera de su patio. La tierra cayó y se deslizó por el suelo como un diminuto río hacia la alcantarilla de la calle. Echó la chamarra amarilla a la lavadora junto con la camisa blanca de botones descubriendo su musculatura y sus brazos tonificados. Se quitó los pantalones y los echó a la máquina también, luego elevó la manguera por encima de su cabeza para dejar caer el agua fría sobre su cuerpo, lo que le hizo estremecerse. El agua se deslizó desde su cabello, su cara, su pecho y su abdomen hasta los músculos de sus piernas y pantorrillas, limpiándose el sudor del cuerpo hasta los pies…”

Los ojos de Alejandro se concentraron en el teclado y el movimiento de sus propios dedos que eran los causantes de tal delirio sensual originado en su mente.

Despegó sus ojos del teclado por un momento para asegurarse de que el fax no había recibido algún mensaje importante. Estaba apagado. Se puso de pie y se acercó al cable, luego se inclinó para enchufarlo de nuevo a la pared. En el suelo algo llamó su atención: un pequeño grumo de lodo estaba embarrado en la alfombra; miró a su al rededor, no había más que esa mancha, la que tocó con el dedo y sintió seca. “Debí haberla dejado hoy que bajé por la leche”, se intentó convencer. Fue una casualidad que Felipe Higuera hubiera estado ahí escondido en sus sueños la noche anterior.

Intentó no pensar más en eso y regresó a su asiento frente a la máquina de escribir.

Había perdido la concentración pero no hizo más que releer el último fragmento para retomar la escritura.

A las tres en punto sonó el teléfono. Alejandro levantó el tubo inalámbrico.

—Híjole, por fin contestas. —dijo el editor.

—Ayer me llamaste. Dejaste unos mensajes, ¿necesitas que hablemos?

—Pues si, hombre. Por lo del sábado.

—Ah, si.

—Es que el jefe te va a hacer unas preguntas que van a salir en las entrevistas y necesitamos repasar las respuestas.

—¿Y no me las pueden mandar por fax y las contesto? Es más fácil y rápido, ¿no?

—Si, pero ya sabes como son las formalidades, Nacho.

Alejandró suspiró con impaciencia mientras miraba su máquina de escribir. Se sentía ansioso, como si tuviera una cita importante. Mientras tanto, el editor continuó con tono directo que le hacía parecer confiable.

—Si fueras un escritorucho de revista semanal, les daría igual, pero quieren que te veas bien.

—Es porque no soy un escritorucho es que no necesito esa junta. Prefiero quedarme a escribir. Les falta confiar más en mí. —aseguró Alejandro mientras caminaba con el teléfono en la mano.

—Yo confío en tí, ¿o no? —inquirió el editor suavizando su tono de voz.

—Pues dile a Ricardo que me mande las preguntas. Yo aquí las contesto.

El editor suspiró resignado.

—Vente el sábado, Nacho, en serio. Me ayudarías a mi también.

—…Si, está bien…

Un sonido en el baño lo distrajo.

—Nos vemos luego, Luis. —Alejandro se despidió con la vista clavada en dirección al baño.

Alejandro caminó con seguridad hacia donde provenía el sonido y abrió la puerta. La regadera estaba abierta, así que la cerró de inmediato. “¿Un evento paranormal?” pensó con escepticismo.

De nuevo en el escritorio las palabras comenzaron a fluir.

“La oficial Díaz se paró frente a la puerta del edificio a esperar a los detectives. Nuevas pistas llenaban los documentos sobre el asesino de Santa Rosa o “De la chamarra amarilla” como le llamaban algunos.

Los oficiales entraron al departamento de policía hasta llegar a la oficina central.

—Sabemos que se escondió en una casa de otra colonia, sus huellas nos llevan hasta allá. —Afirmó un oficial.

—¿Cuál?

—Aún estamos investigando, pero no puede ir lejos. Suarez cree que en la zona rosa. Próximamente volverá a atacar y tenemos que estar preparados.

—¡Ya lleva tres víctimas! ¡Ese tipo nunca debió salir de la cárcel!

—¿Hablamos de corrupción? Qué noticia…

—No se va a volver a salvar si lo agarramos.”

Alejandro llenó diez páginas más sin parar. Cuatro horas transcurridas y solo el hambre le hizo detenerse. El reloj de pared marcaba las 8:50 p.m.

“Voy bien, a este ritmo tendré el libro listo en menos de tres meses. A tiempo para la presentación de Enero.” Se sintió satisfecho con su calendario de trabajo y se dirigió a la cocina, no prepararía gran cosa esta noche así que sacó el cereal y la leche y se sentó a comer como en los días en los que quería dormir temprano.

“Felipe Higuera entró al club vestido con un blazer azul marino y pantalones ajustados que marcaban sus firmes glúteos. Los hombres y las mujeres volteaban casi por inercia buscando entre rostros, la mirada del castaño. La música la hacía de su canto ritual, unas guitarras que raspaban el viento a un ritmo suave, denso y casi erótico parecían un homenaje a su presencia.

Camisa blanca, blazer azul, sudores, luces parpadeantes, oscuridad. Felipe se camuflajeaba como si su anatomía fuera de humo; como el del tabaco y la glicerina que lentamente subía y cubría todo el espacio donde los cuerpos bailaban y confluían entre sí.

Entre las sombras pintadas de múltiples colores encontró a su siguiente víctima. La hermosa chica, vestida en polipiel rojo con pronunciado escote y minifalda que dejaba ver sus delgadas y elegantes piernas, le había sonreído…”

“Ella no.”

—Ella no… —susurró Alejandro apartando sus dedos del teclado.

“Sus ojos se clavaron en una hermosa mujer rubia cuyo chaleco de cuero abierto dejaba ver una definida silueta…

“Ella tampoco.”

—Ella… tampoco… —repitió Alejandro pausando la escritura y rascándose entre las cejas.

“Observó a lo lejos a la chica de gruesas piernas que bailaban al ritmo sensual de la música, los riffs…”

“No. Ella no.”

—…los riffs de la guitarra provocaban cada movimiento de sus caderas…

“Él.”

Alejandro dudó como si la voz de su cabeza le hubieran dicho algo que ni siquiera había pensado.

“Chamarra de piel café… —comenzó a escribir casi por impulso.— , cabello largo y espeso amarrado por la nuca… (táca-taca-táca) largo cuello… suave mezclilla sobre la que podían sentirse los músculos de sus piernas. (táca-tica-táca) Piernas que le abrazarían la cintura desde su lugar sobre la cama… (Táca taca taca tica) brazos ágiles que se aferrarían a su cuello… (tica-taca-táca) Su cuello joven que sería fácil de estrangular…

—¡No! —Alejandro se levantó de golpe de la silla después de levantar la voz con impotencia.

Pocas veces perdía la compostura escribiendo. Su corazón latía con fuerza mientras sentía que en la sala se disipaba un ambiente similar al del club que acababa de describir, como si hubiera estado lleno de gente y súbitamente todo el mundo hubiera desaparecido. Sintiéndose igualmente estúpido, voltéo la cabeza para mirar al rededor mientras se sentaba titubeante sobre su silla.

Eran las 2:12 de la madrugada y su hora de dormir había pasado. Suspiró mirando de nuevo el papel lleno de letras en el rodillo de la máquina. “Será mañana…” pensó y se fue a dormir.

—Vente, Nacho.

—¿Qué haces aquí, Joaquín?

—Hay muchachas muy guapas. —dijo Joaquín y sonrió levantando las cejas.

Era un sueño extraño. Joaquín Valdez llevaba una chamarra de piel y sus tenis Panam grises, sus favoritos.

—Papá te va a regañar por venir a lugares como estos.

—¡Te pasas! Ya soy mayor de edad. —dijo el chico mientras intentaba colarse en la fila de la discoteca .—Es más, metete conmigo, yo te voy a cuidar. ¡Vente!

—¡Joaquín! —Gritó el joven Alejandro.— ¡Yo no puedo, Joaquín!

—¡Vente!

Alejandro se sentía pequeño entre el gentío, hombres y mujeres, todos guapos y bien vestidos y perfumados. No veía hacia sus caras, le daba demasiada vergüenza porque ni siquiera sentía que se había vestido para la ocasión.

De alguna forma, logró colarse. Sobre el escenario una banda de rock se sacudía, saltaba y tocaba sin que él pudiera entender muy bien qué era lo que decían sus letras. Miraba las piernas, los zapatos, cuerpos y vestimentas de las gentes. Una mujer con vestido rojo, un hombre de pantalones blancos demasiado ajustados, una chica de cabello rubio besuqueándose con otro tipo, un hombre mayor de camisa desabrochada, una muchacha de pelo rojo y largo hasta los glúteos, gente, más gente.

—¡Joaquín!

Una mano lo jaló del brazo.

—¡Te vas a perder, vente!

Joaquín se acercó a la barra.

—Una mimosa, por favor.

—¿Cuántos años tienes, chamaco?— Preguntó el bartender.

—¡Ya tengo diecinueve, guey!— Exclamó Joaquín Valdez sacando de mala gana su identificación desde el interior de su chamarra.

Alejandro, mientras tanto, miraba al rededor al interior del club sintiéndose cada vez más alto, como si de repente hubiera crecido de edad, observó los rostros, las miradas, las acciones de cada persona, escuchando los sonidos de la música retumbando en los altavoces. Se tapó los oídos con ambas manos.

Observó a una hermosa mujer de vestido de polipiel rojo completamente concentrada en un hombre a unos metros de ella. Más que aquella mujer, fue el hombre quién llamó su atención sobremanera. Era increíblemente apuesto, alto y de cuerpo tonificado marcado a través de su blazer azul y su camisa blanca abierta ligeramente en el pecho donde podía notar un fino vello, incluso desde la distancia en la que estaba. Alejandro estaba extasiado con la imagen del hombre de alrededor de unos veinticinco años, de su cabello castaño ondulado que caía sobre sus orejas y su frente sudorosa. El corazón de Alejandro comenzó a palpitar al verlo acercarse desde la mitad de la pista de baile. No era la primera vez que un hombre le hacía sentir cosas deleitables, lo supo desde niño. No podía apartar la mirada de él y de su belleza. Aquél hombre seguía caminando, pasando de largo a la mujer de rojo quien no ocultó su cara de disgusto y decepción al sentirse rechazada, pasó de largo a otra mujer rubia que también había estado mirándolo y luego a otra mujer de minifalda y piernas gruesas y tentadoras. El hombre estaba cada vez más cerca y ya podía ver el color de sus ojos verdes entre tanto humo y coloridas luces centelleantes.

Joaquín, que bebía su mimosa con calma, parecía más preocupado en buscar con quien bailar.

El apuesto hombre de blazer azul ya estaba junto a ellos, le sonrió a Alejandro y se dirigió a Joaquín.

—Oye, amigo, ¿Dónde compraste tu chamarra? —preguntó de manera amigable.

Joaquín, orgulloso de su excelente instinto para la moda, le contestó.

—En la plaza Calles.

—¡¿Dónde?! —gritó el otro acercando su oído a Joaquín para escucharlo mejor entre tanto escándalo.

—¡En la plaza Calles!

—¡Está muy bonita! ¡Igual tus pantalones, se ven muy cómodos!

—¡Están comodísimos, hermano! —contestó Joaquín con satisfactoria vanidad. — ¡Está más liviana que la mezclilla normal!

Alejandro sintió una extraña incomodidad. Miró los pantalones de su hermano y discretamente pasó sus dedos sobre la tela suave.

—Joaquín, vámonos… —dijo.

Enfrascados en una amena conversación, los otros dos jóvenes parecían no escucharle.

—¡Joaquín!

Joaquín Valdez se dio la vuelta dándole la espalda desde cuya nuca cayó un espeso cabello largo que le llegaba a los omóplatos. Se dio cuenta de inmediato. Escuchaba las risas, la música, el estruendo y se sintió perdido entre lo que ahora parecía más bien un caos.

—¡Joaquín! ¡No hables con ese! —gritó sacudiendo el brazo a su hermano, quien parecía empeñado en ignorarle. El único que no lo ignoró fue el otro hombre, que lo miró directamente a los ojos, levantó la mano y apuntó a su hermano con el dedo índice.

Él. —dijo con una sonrisa en los labios.

No. —susurró Alejandro jalando a su hermano de nuevo. Parecía terriblemente pesado, como una estatua aferrada al piso y a la barra de la discoteca.— No, él no… ¡Joaquín! ¡No!

Alejandro despertó sentándose de golpe en la cama y con el grito de su propia voz retumbando en las paredes de su cuarto. Respiraba profusamente y estaba bañado en sudor.

El sueño terriblemente lúcido aún estaba en su cabeza y debajo de los párpados cada que cerraba los ojos. El despertador marcaba las 5:33 a.m. Se levantó y se dirigió al baño a orinar, después de todo, aquél solo había sido un mal sueño.

Salió de su habitación y se dirigió directo a la máquina de escribir de donde tomó la última hoja que había escrito la noche anterior, la arrugó y la tiró a la cesta de basura junto a su mesa.

No quiso regresar a la cama, en su lugar, se sentó en el sofá de tres plazas de la sala y agarró un libro para leer. Abrió “Extraños en un tren”, su lectura del momento y a poco de terminarla, pero después de una sola página, cerró el libro de nuevo.

—No, mala idea. —resopló.

No encontrando otra manera de despejar su mente, se recostó en el sofá mirando al techo. Cerró los ojos evitando imágenes, diálogos y escenas, y después de unos minutos, se volvió a dormir.

La junta del sábado había sido todo un éxito. Alejandro habló de las actualizaciones de su nuevo libro y presentó una sinopsis breve al director de la editorial y a Luis, su editor personal. Respondió a las dudas de los presentes respecto a algunos detalles confusos de la historia y escuchó inútilmente algunas de las sugerencias, al igual que algunos detalles narrativos que a la gente podría “incomodarles”. “Podrías, quizás, no ser tan detallado en la descripción de los cuerpos de los hombres”, “¿Dijiste que es bisexual?”, “¿No sería bueno que tuviera familia? No todos los asesinos han sufrido en su infancia” “¿No crees que el tipo es un poco sádico?” “¿Tienes pistas del final? Eso me preocupa”. Casi todas las preguntas venían del director mientras Luis solo se quedaba callado mirando de reojo a Alejandro y quien a su vez solo escuchaba atento fingiendo que cada pregunta le importaba. Después de un rato, regresaron al tema de la entrevista de la televisión. “Te van a preguntar esto y aquello”, “No te recomiendo que digas esto”, “Eres bastante respetado, debes cuidar esa reputación”.

—Te dije que iba a ser una pérdida de tiempo. —dijo Alejandro mientras caminaba con Luis hacia un café cercano después de la junta.

—No tanto, ¿no?, lo importante es que ya cumpliste. Ya está.

—No le dije pero voy a dar otra entrevista la próxima semana para una revista pequeña.

—¡No manches, Alejandro! Al menos dime a mi para estar enterado. ¡Soy tu editor pero también soy tu amigo!

—No es una cosa importante.

—¿Y para qué te aceptaste?

—Por eso.

—Ahí vas. No me vas a decir nada.

—Después te voy a decir todo.

—¿Después, cuando?

Alejandro miró a la calle buscando un escondrijo para su impaciencia y suspiró.

—Cuando sepa que hacer con mi personaje principal.

Entraron al café.

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