El Indio - Primera Parte: Mestizaje - Gregorio López y Fuentes
MESTIZAJE
En la ranchería se anuncia el amanecer con el brillo de los fogones, a través de las empalizadas de las casas. Es que las mujeres comienzan a alistar lo que será el desayuno y almuerzo de sus hombres.
Encendida la lumbre, salen con la canasta del nixtamal puesta en una mano alzada en forma de repisa, y llevando la tinaja vacía en la cabeza. Se dirigen al manantial, que brota de las raíces de algún frondoso jalamate … Después de humedecerse brazos y cara, lavan el maíz cocido y llenan la olla. Mientras tanto, los hombres, todavía en medio de la penumbra, afilan el machete en las piedras de grano clavadas en la tierra del patio.
Después ya se oye el aplaudir con que las mujeres confeccionan las tortillas. El hombre toma los primeros alimentos, sentado junto a la lumbre. Parece que rumia lentamente, sin decir palabra: es de los que se marcharán a sus propios trabajos. Los que tendrán que estar a la salida del sol en las haciendas y los que tienen algunas faenas encomendadas por la autoridad del pueblo, esos se desayunan violentamente.
Mientras la mujer alista los alimentos del mediodía: tortillas, un picante y unos granos de sal, el hombre vuelve a afilar otra vez el machete, en la piedra clavada, como sin objeto, en el suelo.
En las huertas cantan, gangosos, los gallos chinamperos. Poco después, por las distintas veredas, todavía entre las penumbras, parten los trabajadores, en silencio.
Las veredas se convierten en trilladeras apenas perceptibles. Son como las arterias: gruesas en su nacimiento y capilares en sus extremos.
Los indígenas se dirigen ágilmente hacia sus trabajos diarios. Unos caminan por el monte y, al llegar al claro hecho durante varios días de esfuerzo con el machete y el hacha, cuelgan de un arbusto orillero el morral de las provisiones, para reanudar la obra de echar por tierra el bosque. Cuando, después de algunos soles, la roza ya está bien seca, le ponen fuego. La tierra nueva y el abono de la ceniza son las mejores promesas de una buena cosecha.
En otros días, cuando las matas ya verdean en ondulaciones de hojas mecidas por el viento, los indígenas, agachados en mitad de los surcos, arrancan los hierbas que roban al maíz el jugo de la tierra. ¡Qué fuego en las espaldas humilladas, bajo un sol enrojecido de canícula! Como consuelos únicos: el vientecillo, que a ratos seca las frentes sudorosas, y el guaje del agua, diciendo quién sabe qué cosas al ser besado.
Más allá, en el ir de los días, la cosecha, cuando los naturales se organizan afanosamente para recoger con toda prontitud los frutos, ante el temor de que las aguas próximas invaliden los esfuerzos sufridos. Entonces hay alegría y hasta las mujeres regresan encorvadas bajo el peso de la carga y del hijo.
Los otros, los que van a jornalear en las haciendas, esos caminan mucho más, día a día. Al salir el sol, ya están a la orilla del rastrojo o del cañaveral. Si se trata de la siembra, entonces se escalonan como los gimnastas que van a desarrollar un evento en que urge más la precisión y el orden, que la fuerza y el arrojo. El golpe preciso de la garrocha, en el sitio que corresponde a la simetría del sembrado. Del primero, toma la distancia el segundo; y, de éste, el tercero… El mismo y uniforme movimiento del brazo. El mismo ademán para dejar caer los granos, sin que uno solo caiga afuera. Y, luego, el paso largo, que es medida de proporción para la siguiente mata.
Por la tarde, como jornal, unos cuantos centavos y un trago de aguardiente. En los días de hambre, una medida de maíz y, si el amo es generoso, el mismo agasajo de alcohol.
Si se trata de la molienda, el peón se presenta armado de un corto machete, preferentemente el que tiene un gancho en la punta y que ellos llaman huíngaro , porque suple a la mano, y guarda a ésta de la mordida de la víbora en los sitios más cerrados de hojarasca.
Estos peones se contratan por semanas. De domingo a domingo, esto es cortar y meter caña al trapiche, atizar el horno, cuidar que la miel hirviendo no llegue a los bordes del cazo, dar de comer a los animales de trabajo y envolver piloncillo. Antes del amanecer, a pegar las yuntas al trapiche. Después de haber anochecido, todavía de regreso del aguaje, con los bueyes.
Y al final de la semana, una liquidación que no alcanza ni para la manta con que la mujer haga calzones y camisas a los muchachos, sí es que el trabajo no fue en solvencia de una vieja deuda. Siempre la misma desproporción entre el salario y las necesidades: ¡un señuelo que no se alcanza nunca!
Y esto es cuando los tiempos parecen buenos, porque en otros, cuando se han perdido las cosechas por la falta de lluvia, en todas partes les dicen que no hay trabajo.
El más joven de los tres forasteros vendedores de baratijas, hecha ya la luz del día, estaba en el arroyo, cerca del manantial, lavándose los peludos brazos. Con sus botas altas, con su pantalón de montar y con su pistola al cinto, en aquel sitio un poco apartado del caserío, infundía tal desconfianza que no pocas mujeres se regresaron sin llenar sus tinajas.
Una muchacha de andar ágil, sin percatarse de la presencia del forastero, llegó hasta el pozo. Hundiendo las manos en el agua corrediza, se las lavó con toda calma. Parecía entretenida en ver su imagen en las aguas. Después se echó puñados líquidos a la cara y se alisó los cabellos de por sí untados, por sobre las orejas. Al inclinarse, al mismo tiempo que le colgaban las negras trenzas, su quezquémetl y su camisa, ambos adornados con chaquiras de colores, dejaron al descubierto el nacimiento de los senos.
Cuando, con los pies metidos en la escasa corriente, se los lavaba frotando uno contra otro, reparó en que el forastero estaba a unos pasos, mirándola atento, con unos ojos que, sin necesidad de la expresión que tenían, le inspiraban temor.
El hombre le hizo una indicación, mostrándole el monte cercano. Ella simuló no haber visto. Y cuando violentamente se disponía a ponerse la tinaja en la cabeza, el intruso la tomó por un brazo. Bruscamente, pudo desprenderse; pero con el movimiento el cacharro cayó sobre las piedras, haciéndose pedazos. El hombre le murmuraba algo que ella no entendía; pero le bastaba con verle los ojos y el labio inferior un tanto caído, para comprender y sentir miedo.
Quiso ganar el paso cavado en la pequeña ladera; pero el hombre se interpuso. Entonces cruzó a saltos el arroyo, buscando refugio en la otra orilla. El forastero la siguió a todo correr. Desde ese momento la persecución fue como la que emprende el ciervo cuando la hembra aún lo repudia por no haber llegado para ella la época del celo.
La joven corría con una gran ligereza por sobre el pedregal, a pesar de sus pies descalzos, y el hombre porfiaba en alcanzarla. Sólo por un instante logró asirla de un brazo, pues se le escapó de las manos en un supremo esfuerzo. Los ojos azorados de la muchacha se dirigían hacia las casas, en espera de protección; pero dominada por el pánico no gritaba, como si el mutismo de la raza persistiera hasta en tales trances. Al fin se decidió por el monte, convencida de que el camino de la ranchería se lo cerraba el perseguidor. Los dos se perdieron a todo correr en una matilla cerrada.
Y entonces sí se escucharon los gritos, que alzaban ecos en las serranías. Tal vez la noticia se había anticipado a las voces de auxilio, porque casi al mismo tiempo cruzaban el arroyo unos seis hombres que desenvainaban sus machetes y esgrimían garrotes. Cuando iban a entrar, como perros furiosos tras una presa, al pequeño bosque, de él salió el forastero esgrimiendo su revólver. Como uno de los naturales avanzaba amenazador a su encuentro, el blanco hizo algunos disparos al aire, con lo que los vengadores se replegaron a un lado.
Así, con el arma lista para hacer fuego, el cóyotl se dirigió al arroyo, el que cruzó a zancadas; y, luego, a la casa en que se había alojado, en busca de los otros blancos. La muchacha, por el otro lado de la matilla, con la cara oculta entre las manos, se dirigió a su casa, seguida por los hombres de su tribu, sombríos, mudos, que habían ido a rescatarla sin venganza.
A causa de lo sucedido, los naturales adoptaron una actitud rencorosa. Cuando los mercaderes volvieron a exhibir sus baratijas, ya nadie se acercó. El intérprete fue de casa en casa, ofreciendo lo que más demanda había tenido el día anterior; pero las puertas se le cerraron en la cara. A una de las casas fueron llegando los viejos a tratar sobre lo que la tribu debería hacer.
Entonces resolvieron los visitantes anticipar la exploración por las sierras; pero a las preguntas que hacían apenas si contestaban los naturales. El viejo, en cuya casa se alojaron, tampoco respondía, al parecer con la atención fija en una cesta de bejuco que iba tejiendo lentamente; sentado en un trozo de madera, la cesta cogida entre los pies, las manos moviéndose como grandes tarántulas tejedoras.
El que por su edad y actitudes parecía el jefe de la excursión, increpaba al más joven, echándole en cara su mal proceder, con el que tan sólo había obtenido el disgusto y la hostilidad. El hombre se paseaba nervioso por el patiecillo, mirando de vez en cuando las sierras encarrujadas de follaje.
De pronto se dio un golpe sobre un costado, con el ademán de quien ha encontrado una solución. Extrajo del bolsillo un legajo de papeles y apartó uno. Lo leyó y, luego, dirigiéndose al intérprete, le ordenó que se informara dónde podía hablar con la autoridad del lugar.
El viejo de la casa contestó que no había más autoridad que los huehues , los viejos como él; de mala gana señaló una casucha al extremo del callejón, precisamente donde se hallaban reunidos los ancianos, junta a la que él no asistía por temor a que los blancos fueran a cometer otro atropello, con su familia.
Allá fueron el intérprete y su jefe. Al llamado, salió un perro enjuto y de largas y paradas orejas, ladrando. Abrió la puerta un anciano de cabeza completamente blanca y de cara completamente imberbe. En los ojillos negrísimos del viejo no podía leerse absolutamente nada. Era como un ídolo doblado por los años. Únicamente los labios, jalados hacia abajo en ese corte facial de quien llora, denotaban los pasados sufrimientos. Al hablar, podía vérsele una dentadura blanca, ajustada y pareja.
Algunos de los indígenas que ya salían rumbo a sus labores, regresaron a sus casas, en espera de lo que pudiera suceder. Todo era de temerse, a pesar de que en la cara del viejo no había el menor indicio de sobresalto, pues los blancos ponían insistentemente la mano sobre la empuñadura de sus revólveres.
Bien pronto, frente a la casucha, se reunió toda una multitud, en su mayoría compuesta de muchachos. Las mujeres observaban a distancia, asomadas a las puertas de sus casas. Ojos de angustia y curiosidad.
Los perros ladraban insistentes, con la mirada puesta en los forasteros. Era toda una jauría, pues no hay indígena que no tenga un perro, cuando menos. Pero ni un solo ejemplar digno de codicia: todos ellos flacos, enjutos, como fieles representaciones de la miseria tradicional de sus dueños; las huesosas costillas sincronizadas a cada ladrido; orejas paradas como las del coyote; y hocicos afilados en un constante rastreo hambriento.
Sobre la ranchería había un ambiente como el de las noches entenebrecidas por los espantos.
El intérprete le dijo que su amo lamentaba mucho lo sucedido; que reconocía como justo el enojo de todos, pero que el hecho no era más que una locura de la juventud; que el culpable sería enérgicamente castigado y que les pedía perdón.
Como el viejo no contestaba nada, el intérprete, nuevamente instruido por su amo, le advirtió que, si a pesar del perdón solicitado ellos se negaban a darles las facilidades para buscar en las sierras algunas plantas medicinales, tendrían que valerse de una orden de la que eran portadores, firmada por el presidente municipal del pueblo, en acatamiento a órdenes muy superiores.
El antiguo temor, almacenado al correr de los siglos de sumisión, hizo que el viejo hablara, por fin. Preguntó qué era lo que ellos deseaban. Le dijeron que no solicitaban más que un guía, conocedor de los montes, de las plantas, de todo, que los acompañara. Y el papel fue puesto ante los ojos del anciano, inútilmente.
Los caracteres escritos nada decían a sus ojos. Más le intimidaba el papel por sí solo, aun cuando hubiera estado en blanco, porque ya se le había dicho que aquello era una orden: él era sabedor de las consecuencias que para su raza ha tenido siempre el no atender una orden.
Pero no resolvió nada. Adujo que la autoridad no estaba tan sólo en sus manos, sino en las de todos los viejos. Algunos de éstos ya se habían acercado, inquiriendo con la mirada qué nuevo atropello deseaban cometer, y entonces en el más viejo de los huehues. Otros fueron llamados, y el consejo se instaló bajo un cedro cuya sombra hubiera sido suficiente para una asamblea diez veces mayor.
Hubo airadas objeciones de parte de los menos viejos, diciendo que no era de accederse, sino que más bien deberían ser llamados todos los hombres y darles muerte a los coyomes , es decir, a los blancos. Otro de los exaltados expresó con ira que cuantos extranjeros pisaban el lugar sólo era para causarles daños, a pesar de que ellos siempre los habían tratado hospitalariamente y hasta con respeto. Al viejo sólo se le conocía el violento estado de ánimo, por el sentido de sus palabras y por un ligero temblor de las manos, porque su cara permanecía tan inalterable como la de un ídolo de tezontle.
A pesar de todo, se impuso la orden escrita en el papel. El más viejo hizo con palabras tranquilas el relato de los pasados sufrimientos, de las fugas por la montaña, de los años de hambre, todo porque la tribu había desobedecido y provocado el enojo de los blancos. Y se convino en proporcionar un guía para que los forasteros recorrieran los montes.
Fue designado un joven que por su estatura, conformación y aire de altivez, era un digno vestigio de una raza que fue grande y fuerte.
Continúa en siguiente capítulo…
Discussion in the ATmosphere