External Publication
Visit Post

PUNTO Y COMA;

fictograma [Unofficial] June 4, 2026
Source

⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico.

Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo

PUNTO Y COMA;

Capítulo 1. Parte 2

(Táca-taca-táca)

“…sus grandes manos recorrieron el cuerpo de Marianne después de haberla poseído. Ella, aún jadeante, se abrazó a él para sentirse segura, segura de un hombre que acababa de regalarle las estrellas en una de sus noches más oscuras. Felipe la besó en los labios una vez más, abriendo la boca para saborear su lengua y despedirse de esa cama húmeda en sudores y pasión.”

Alejandro apoyó los codos sobre el escritorio y se frotó la cabeza con los dedos. El estímulo de su cuerpo no solo estaba presionando sobre su cabeza. Escribir escenas así nunca había sido un problema, pero Felipe, en este punto era mucho más sensual que cualquier hombre o mujer con los que se hubiera encontrado en la vida real. Pensó por un momento en la persona que mejor le hizo sentir en la cama alguna vez y dijo que procuraría no ser tan evidente en sus deseos ocultos dentro de su propia narrativa, o quizás si, quizás era lo mejor. Sacó la hoja del rodillo de la máquina y la puso encima de las demás. Tomó su ducha nocturna y se vistió con su playera y pants de algodón para después acostarse en la cama, y luego leyó rápidamente algún artículo del National Geographic que solía hojear antes dormir cuando estaba especialmente tenso o nervioso.

“Ha sido maravilloso” dijo la voz de Felipe en su cabeza. Últimamente había estado escuchando su voz, fresca, joven, varonil y al mismo tiempo misteriosa. No contestaba, conocía el límite, cuando el personaje habla uno se queda callado escuchando, quizás tenga algo que decir, quizás quiera contar su historia. Además, esta voz era una voz que podría escuchar en momentos de soledad y decir cosas fascinantes.

“¿Por qué no lo hacemos de nuevo?” dijo de nuevo la voz justo cuando Alejandro comenzaba a dormirse. Esta vez la escuchó especialmente clara dentro de la habitación. También estaba familiarizado con las alucinaciones hipnagógicas, pues eran un caso común en la rutina humana sobre todo cuando se imaginaba y se pensaba constantemente.

Ignoró aquellos pensamientos y creyó haberse dormido, estaba completamente seguro de ello y sin embargo estar seguro de estar dormido también era contradictorio. Sus oídos escuchaban de nuevo las voces de sus personajes. Oía las pisadas, los autos y el ruido de la ciudad a la que acababa de darles vida.

“Sabemos que ha estado aquí… Alejandro. ¡Tiene un arma!. Si miras al cielo, vas a ver sólo las estrellas más grandes y las más brillantes. ¿Te vas a dormir?. He encontrado esto, miren. ¿Te estás enamorando de él?. ¡Ja, ja, ja, ja!. Este es el mejor lugar para esconder un cadáver. ¿Quieres comer algo?. Ya no usa los mismos zapatos. Se está escondiendo. ¿Te estás enamorando de mí? ¿Nacho?”

Su nombre sonó cerca de su oído, muy cerca. Entre el sueño y esa duda llamada realidad. Sobre su abdomen sintió el calor de una mano grande, ni siquiera pensó que debía ser de él mismo. La mano bajó lentamente rozando la suave tela de su playera hasta su vientre y luego su entrepierna, momento donde se reacomodó de lado sobre la cama sin abrir los ojos. La mano, o lo que creía que era una mano masculina, continuó su camino hacia los muslos de Alejandro, acariciándolo y sin poner fuerza sobre él, sus pantorrillas y luego sus pies, área visible y poco explorada de su sensibilidad. Abrió muy bien los ojos y tragó saliva.

“Shh”, escuchó dentro de su habitación.

Sintió miedo. Había olvidado lo que era.

Se sentó de golpe y se agazapó contra la pared. Sus ojos lentamente se fueron acostumbrando a la oscuridad queriendo y no queriendo ver, pero entonces se percató de cómo una sombra grande lo observaba en la esquina junto a la ventana de la recámara con las cortinas blackout cerradas. La luz de la calle hubiera sido buena aliada. Quería ponerse de pie pero estaba muerto de miedo con los ojos bien abiertos y la respiración a mil por hora con el alma a punto de salírsele del cuerpo, nunca había tenido un encuentro como este en su vida, ¿Seguía soñando? No, ahora si que estaba seguro de ello.

La sombra avanzaba lentamente hacia él, una figura alta, vestida con lo que parecía una chaqueta con capucha, dio un paso, luego otro.

Alejandro, temblando habló sintiendo que el corazón se le saldría por la boca.

—No… ¿quién… quién es?

La sombra siguió avanzando paso tras paso, tan lento que Alejandro vio la posibilidad de salir corriendo hacia la puerta a unos metros de él.

—El… el dinero está en el armario…. —logró mascullar, pensando que quizás así aquella persona se distraería buscando el alijo a unos pasos de él, se daría la vuelta y le daría tiempo de correr.

“¿Porqué no tengo un arma bajo la cama?” pensó con frustración. La sombra se detuvo y Alejandro se armó de valor, bajó un pie sin despegar la vista de aquella figura y de un salto corrió hacia la puerta tirando al suelo la moderna lámpara de piso que estaba a unos pasos de la salida, estiró la mano para alcanzar la perilla pero una fuerza lo arrastró de nuevo hacia atrás.

—¡Ah! —gritó con todas sus fuerzas, tan fuerte que sabía que algún vecino tendría que haberle oído.

Sintió el cuerpo de la alta figura abrazando su pecho desde atrás y jalandolo de nuevo hacia la cama.

—¡Por favor! ¡Ayuda! —gritó Alejandro intentando zafarse mientras daba pataletas al aire. —¡Ah! —gritó de nuevo con la voz quebrándose.

No era hombre de peleas, el gimnasio le había otorgado un cuerpo atlético y suficiente fuerza para hacer lo que cualquier hombre podía hacer, excepto pelear; sin embargo lo intentó. Lanzó un codazo golpeando parte de la cara del hombre quien parecía imperturbable mientras lo llevaba casi a rastras hacia el colchón. Alejandro rasguñó y forzó las manos y brazos del hombre que lo sujetaba con fuerza y no escuchaba por mucho o poco que quisiera ni un atisbo de su respiración. Estaba tan calmo como si levantara un libro y no a un hombre de setenta y siete kilos.

Lo lanzó a la cama y Alejandro sollozó levantando ambas manos y piernas en señal de defensa.

—Por favor… no… solo soy un escritor. ¡El dinero está allá! —dijo con el cuerpo sudoroso temblando y la voz entrecortada apuntando con el dedo de nuevo hacia el armario.

La figura del hombre se abalanzó sobre él y con una mano sujetó sus brazos sobre su pecho y con la otra le tapó la boca, haciendo que Alejandro abriera las narinas para tomar aire suficiente. Presionado contra la cama y sin poder moverse a pesar de sus inútiles pataleos, apretó los ojos sin poder gritar. “Me voy a morir” pensó, “me voy a morir”.

—Abre los ojos.

Escuchó finalmente decir al hombre que hacía presión sobre su pecho y le estaba cortando el aire.

Alejandro abrió los ojos con las lágrimas a punto de brotar de ellos por el terror y miró el rostro de aquél espectro nocturno, del invasor.

Le sorprendió, sin apagar su miedo ni un momento, el atractivo de aquél criminal. Inesperadamente más joven que él, tenía ojos verdes, nariz recta, labios definidos que se contraían al aplicar más fuerza, cabello castaño claro y ondulado que caía sobre su frente cubierta de sudor. Tal belleza no le removió el pánico que estaba sintiendo. Hasta Ted Bundy utilizó su encanto como una herramienta para asesinar a cuanta quiso.

—Cállate. —dijo de nuevo el hombre presionando con su mano la boca de Alejandro contra la cama.

Incluso su voz, que inmovilizaba el cuerpo del escritor, sonaba demasiado serena para estar aplicando tal cantidad de fuerza.

—¿Ya no vas a seguir habloteando? —preguntó.

Aunque Alejandro no sabía a qué se refería pues no había dicho ninguna palabra, negó con la cabeza. Era mejor darle al criminal lo que estaba pidiendo sin preguntar. El hombre siguió mirándolo a los ojos con una expresión de evidente descontento.

—Que curioso, porque no has dejado de hablar y hablar y ya estoy harto. — siguió diciendo.— Luego me miras y haces como que no existo.

“¿De qué habla, Dios mío…?” pensó Alejandro.

—No sabes de qué hablo, ¿verdad? —dijo el hombre apretando sus manos sobre la boca y el pecho de su víctima.— Ese es el problema contigo.

Alejandro se quedaba sin aire, ahora la fuerte impresión, la sospecha de que supiera en ese momento lo que estaba pensando le dejó aturdido y abrió los ojos de los cuales comenzaron a caer lágrimas de miedo.

—No vas a gritar, ¿me oíste? —le ordenó el hombre.

Alejandro asintió tragando saliva como pudo.

El hombre le quitó la mano de la boca y Alejandro la abrió para tomar una bocanada de aire.

—Y no hables, o te meto un putazo en la boca. —amenazó el hombre que aún estaba sobre él presionando su pecho con sus dos manos inmovilizadas.

El hombre se acomodó sobre él abriendo las piernas a cada lado. A esa distancia, con el panorama de casi toda su figura, pudo ver dos muslos fuertes marcados bajo su pantalón negro y el color de la chamarra que llevaba desde que apareció, amarilla.

Alejandro no podía creer que aquél hombre era idéntico a la descripción del personaje de su libro. Barajó, a pesar del miedo latente, la posibilidad de que aquél hombre pudiera ser algún admirador psicópata que de alguna manera había leído su manuscrito y se había disfrazado para acercarse a él y matarlo. Nada le aterraba más después de haber leído Misery cuando apenas comenzaba su carrera como escritor.

El hombre lo miraba fijamente, sin expresión, como si estuviera esperando que dejara de pensar. Luego, con su mano libre comenzó a bajar los pants de Alejandro hasta las piernas y dejando sus calzoncillos al descubierto.

Alejandro se retorció apretando los dientes e intentando no gritar ni decir nada, pero con la evidente preocupación cayendo de su frente como gotas de sudor. “No…” pensó.

“Shh” dijo el hombre en un tono suave como si de verdad quisiera tranquilizarlo. Inmovilizando también sus piernas con el peso de su cuerpo sentado, le fue quitando los pantalones de poco en poco, volteando hacia atrás de vez en cuando para ver por donde sacarlos y de qué modo hacerlo sin soltar a su presa.

Una vez logrado el cometido. El hombre agarró los pantalones y limpió con ellos el sudor y las lágrimas de Alejandro.

—Shh, shh, ya no llores. —le dijo con un fingido tono paternal.

Luego, procedió a amarrar sus manos con una de las perneras del pantalón, se bajó de la cama, le levantó los brazos y cruzó la otra pernera por detrás de la pata de la cabecera del mueble.

Alejandro seguía al pie la instrucción de no hablar, pero no pudo evitar sollozar mientras bufaba con el miedo saliendo por su boca.

El hombre lo observó desde un lado, parecía sonreír pero no estaba seguro debido a la oscuridad y sus propios ojos nublados en lágrimas.

Sin decir nada, el hombre se acercó a sus piernas y puso sus manos sobre los calzoncillos de Alejandro. Éste se movió bruscamente para apartarse y levantó una pierna con pocas intenciones de darle una patada sabiéndose indefenso.

—No, por favor… —susurró en un quejido.

—¿Qué?

El hombre se detuvo, acercó su cara a la de Alejandro y con una mano, la sujetó con mucha fuerza.

—Cállate… Nacho. —dijo, enfatizando el nombre del escritor con especial claridad.

Solo su familia le llamaba por su segundo nombre, y la gente más cercana; amigos, que eran pocos, y uno que otro profesor de la universidad, pues desde que comenzó su carrera se presentó a todo el mundo como Alejandro Valdez, su primer nombre y por el que quería ser reconocido.

Alejandro inhaló y exhaló intentando inútilmente regular su ritmo cardiaco, estaba completamente confundido, ¿Quién era esta persona? ¿por qué lo conocía? ¿era realmente un fanático que quería hacerle daño y asesinarlo?

“me va a matar”. Pensó mientras cerraba los ojos con resignación. Pensó en su hermano y lo cerca que sentía estar en su presencia ahí donde no se acaba el mundo, donde no hay dolor ni soledad, ni miedos ni tristeza.

El intruso le bajó los calzoncillos dejando al descubierto su sexo y los deslizó por sus piernas hasta quitárselo por completo. Alejandro quería gritar.

—No estás mal, Nacho, ¿porqué no tienes novia? no eres completamente maricón, ¿verdad? —dijo el hombre sarcásticamente.

Alejandro tenía los ojos cerrados y no quería abrirlos, ya no. Si lo iba a matar, ya nada importaba entonces. Quizás era el momento que había estado esperando desde los trece años. Daría igual Cólera, darían igual los malditos premios, darían igual el dinero y el éxito, solo resentía el dolor de sus padres cuando supieran que su otro hijo había sido asesinado por un loco. Otro loco en sus vidas. “Mamá, papá. Perdón”.

El hombre giró su cuerpo hacia abajo y frotó sus muslos de abajo hacia arriba hasta llegar a sus glúteos.

Alejandro sintió que iba a vomitar debido a la posición, al miedo, a la sensación. Desde su posición, casi imovil y con poca visibilidad hacia lo que ocurría con su cuerpo, vio caer la pesada chamarra amarilla del hombre al suelo y sintió de nuevo su pesado cuerpo hundir el colchón de la cama. “Perdón…”, pensó y echó a llorar hundiendo su cabeza en la almohada para no gritar.

—¿Estás enamorado de mi? ¿Nacho?

La voz ya no se escuchó cerca de él. Se estaba desmayando, podía sentirlo con la oscuridad que ahora inundaba sus ojos y su mente junto con el mareo. O quizás estaba muriendo, sentía que era así.


Riiiing. Riiiing. [Silencio]

Riiiing. Riiiing.

“Nachito… llegamos a casa el viernes pero no te queríamos molestar, mi amor. Cuando quieras vente a vernos. Aquí te preparo tus enchiladas favoritas. Te queremos, hijo.”

La voz de su madre sonó en la contestadora de la sala. Si estaba muerto, estaba feliz de escuchar su voz, ¿vería a su hermano? ¿Sería el más allá una versión alterada de la realidad como cuando escribe los mundos de sus libros? El dolor de cabeza le daba la señal de que solo se estaba preguntando tonterías. Estaba boca abajo sobre la cama, se dio cuenta al sentir su brazo entumido cayendo por un lado. Aunque las ventanas estaban completamente cerradas con las cortinas blackout impidiendo el paso de la luz del sol, tenía frío. Se frotó la cabeza y se dio cuenta de que no tenía los pantalones ni los calzoncillos puestos.

—¡Oah! —gritó poniéndose automáticamente de pie, notando la lámpara de piso tirada junto a la puerta. Se cubrió los genitales con ambas manos mientras miraba la lámpara con una evidente sorpresa y escalofrío. Pegó su espalda a la pared buscando algo, lo buscaba a él y temía encontrarlo. En el piso, solo vio sus pants de algodón y sobre la cama sus calzoncillos, los cuales se acercó para agarrar y salir de su habitación despavorido.

No se sentía a salvo de ninguna manera. Corrió hacia la puerta del departamento para asegurarse de que estuviera completamente cerrada. Tenía llave, lo normal. Ya con los pantalones puestos, caminó hacia las ventanas que daban a la calle; también estaban cerradas y aunque no lo estuvieran, trepar al cuarto piso no era cosa fácil sin llamar la atención. Aparentemente no había nada fuera de lugar en el departamento. ¿Había sido todo un sueño? No, no. El ser humano es capaz de reconocer un sueño de la realidad y lo que vivió anoche fue algo completamente tangible. Se sentó en el sofá individual aún nervioso y se abrigó con el cardigan que siempre colgaba del respaldo. Aún podía sentir el peso del hombre de la noche anterior sobre su cuerpo, podía ver sus ojos, su boca ordenandole que hiciera silencio y su cabello.

—Fue real, definitivamente fue real —dijo bajando y frotando su cabeza con ambas manos. “Debo denunciar a la policía”.


En el ministerio público, le tomaron las declaraciones correspondientes y expidieron un informe, luego vino el interrogatorio.

—¿Es casado, señor Valdez? —preguntó el funcionario con cierta desconfianza.

—No.

—¿Y escribe, dice?

—Si, soy escritor.

—¿Suele llevar hombres a su casa con frecuencia?

—Perdón, ¿qué?

—Lo siento, pero debemos prestar atención a todo el panorama de la agresión.

La frustración y enojo se hicieron evidente en la expresión de Alejandro.

—¿Está suponiendo que porque vivo solo llevo hombres a mi casa?

—¿Es usted homosexual? —preguntó el funcionario con frialdad.

—Es que mi vida sexual no tiene relevancia aquí. —contestó Alejandro irritado. —Alguien entró a mi casa y me agredió.

—No le robaron nada, ¿no?

— Pues no, pero…

—Mire, señor Valdez, —le interrumpió el apático oficial.— cuando no hay pruebas suficientes para la denuncia podemos proceder a abrir la carpeta pero no a hacer una investigación hasta que no hayan casos similares.

—¡¿Van a esperar a que este criminal agreda o mate a alguien para proceder?!

—Vamos a esperar otra denuncia, señor Valdez. —contestó el policía de manera tajante.— Sin esperar que nadie muera, para cerciorarnos de que éste no es un caso aislado.

La policía en los libros es fabulosa, armados hasta los dientes y con detectives capaces de resolver los más complejos casos. En la vida real, la justicia era completamente inútil. No por nada había decidido estudiar literatura y crear un mundo donde todo era posible y los culpables pagaban por sus crímenes y el dolor era resarcido con esperanza.

Decepcionado y agobiado llegó al edificio de su departamento. Luis le esperaba en el pasillo junto al elevador.

—Te voy a regalar un beeper para que estemos mejor comunicados.

—Si no me lo he comprado yo es porque no lo necesito.

Luis lo notó agobiado y frustrado.

—¿Qué te pasa, Nacho? ¿A dónde fuiste? —lo interrogó.

No quería decirlo. No quería ser juzgado, ni malinterpretado, ni subestimado. Ni siquiera sabía cómo reaccionaría su amigo y editor si le contaba lo que había vivido anoche, y como un hombre entró a su casa y le quitó los pantalones sin poder defenderse. Se sentía muy estúpido después de denunciar y escuchar a la policía.

—A comprar.

—¿Y qué compraste? —preguntó Luis observando sus manos vacías.

Ya dentro del elevador, Alejandro se dio cuenta.

—No… no había lo que quería comprar. —contestó guardando sus manos en su chamarra.

—¿Y qué querías comprar?

—Luis… ¿qué pasó? ¿tu jefe te mandó? —preguntó mientras subían al cuarto piso.

—Eres mi amigo, ¿no puedo venir a visitarte?

Se abrió la puerta.

“Le gustas”.

Alejandro se detuvo en seco antes de seguir caminando. Luis, que ya había avanzado unos pasos se volteó al notar que no lo seguía.

—¿Qué pasó, Nacho?

—¿Escuchaste eso? —le preguntó a Luis con evidente desconcierto.

—No, ¿Qué cosa?

—La voz de un hombre… dijo algo.

—¿Y qué dijo?— preguntó Luis mirando a su alrededor realmente intrigado.— ¿Un hombre, dices? yo no escuché nada.

—No. Igual no es nada.

Alejandro caminó y asomó por la esquina hacia el pasillo donde estaban la puerta del departamento contiguo. No había nadie.

—A lo mejor fue un vecino. —opinó Luis.

Alejandro se rascó la cabeza con preocupación. No quería mencionar nada lo de la noche anterior.

—Si. A lo mejor. —respondió siguiendo la corriente a su amigo.

Entraron al departamento.

—Me da gusto que te esté yendo bien, Nacho, en serio.

—Gracias. —contestó Alejandro después de dejar su chamarra en el perchero y dirigirse a la cocina que estaba separada de la sala por una barra de mármol negro. —También ha sido gracias a ti, Luis.

—Tu tienes el talento y yo solo lo doy a conocer al mundo. —contestó el editor deslizando su dedo índice sobre el escritorio donde estaba la máquina de escribir.

—Oh no. Está prohibido leer. —advirtió Alejandro refiriéndose a su manuscrito.

—Ya sé, ya sé. —dijo Luis levantando ambas manos y enseñando las palmas.

—¿Cómo está tu esposa y tu hijo, Luis? —preguntó Alejandro mientras servía una bebida de soda en dos vasos.

—Bien, bien. Luisito ya entró a primaria.

—El tiempo pasa muy rápido.

—Así es. —contestó Luis y se quedó pensativo.

Miró los libros en el estante sobre el escritorio. La mayoría eran de divulgación histórica y científica, mapas, tesis prestadas de la biblioteca, hojas sueltas y uno que otro libro de literatura hispana.

El resto de la tarde hablaron de los nuevos libros publicados durante el año, los éxitos y fracasos de algunas editoriales, las expectativas con Cólera y los planes del próximo año.

—¿Porqué ‘Cólera’? —cuestionó Luis dejando su vaso de vidrio vacío sobre la mesa.

—¿Me vas a entrevistar? —contrapreguntó Alejandro sonriendo.

—Ja, ja. No. Pero probablemente te lo van a preguntar en la entrevista de UnivTv.

Alejandro miró el reloj de pared. Eran las 6:50 de la tarde. Comenzó a sentir cierta inquietud.

—Felipe Higuera…

—¿El personaje principal?

—Si… carga con mucha ira. Asesina sin razón aparente pero está impulsado por instintos casi animales. Es violento y cruel, pero en el libro intento que el lector sienta cierta compasión por su pasado.

—¡¿Compasión por un asesino despiadado?! —exclamó Luis con sarcasmo.— Si que vas a necesitar de tu talento para lograr que el lector sienta algo así.

—La cólera no es solo por él. Es por la gente común, la gente del día a día que pasa sus frustraciones a otro. Estamos llenos de cólera todo el tiempo.

Luis estaba encantando mirando a Alejandro hablar.

—¡Por eso eres el escritor revelación de 1995! —dijo Luis alzando la voz y poniéndose de pie mientras extendía los brazos a los lados.— ¡celebremos con un whiskito!

“Se quiere emborrachar”

Alejandro se levantó de golpe de su asiento y giró su cuerpo hacia la puerta con una expresión de angustia.

—¿Qué pasa, Nacho? ¿otra vez el fantasma? —preguntó Luis acercándose a él como si así pudiera escuchar lo mismo.— no me asustes, guey.

Se había hecho de noche.

—Mejor vete, Luis. Tu esposa debe estar preocupada.

Luis lo miró y se acercó impulsivamente a él haciendo retroceder a Alejandro.

—Nacho, ¿sabías que yo no…

Sin terminar la frase lo miró a los ojos con cierta ternura.

Alejandro se comenzó a sentir incómodo. Aunque Luis era un hombre bien parecido de espeso cabello negro y ojos cafés claro, respetaba completamente su estado de casado al igual que su amistad de años, así que nunca había pasado por su mente intentar algo con él.

—Te acompaño abajo. —le dijo a Luis.

—Ta’ bien. —resopló el otro resignado.

Se despidieron en la puerta del edificio donde el editor había estacionado su auto y se fue.

Alejandro volvió a entrar. El elevador se abrió y se metió en él.

Justo cuando comenzaba a cerrarse la puerta, una mano detuvo el aparato. Alejandro levantó la vista y retrocedió de tal manera que golpeó fuertemente su espalda contra las paredes del ascensor. Sus ojos se abrieron como platos y se quedó de piedra. Un hombre alto de chamarra amarilla había entrado con él y la puerta se cerraba sin que pudiera hacer algo al respecto. Era, sin duda alguna, el tipo de la noche anterior.

—Shh —dijo el apuesto hombre poniendo su dedo índice sobre sus labios.

Alejandro estaba pálido y se sentía mareado, totalmente invadido por el terror.

Era la primera vez que sentía que el elevador tardaba tanto en subir.

Ahora podía apreciar los detalles del hombre en todo su siniestro esplendor. Sus ojos verdes eran casi aceitunados y tenía algunos lunares en la cara, así como una cicatriz en el cuello apenas visible por la chamarra. Tenía un cuerpo formidablemente ejercitado, pero no excesivamente musculoso, por lo que no sabía si realmente era por eso que tenía tanta fuerza.

La puerta doble se abrió.

—Sal y no hables. —ordenó el hombre.

Alejandro caminó en silencio hacia la puerta de su departamento y lo abrió como pudo a pesar de sus manos temblorosas.

Ambos entraron y Alejandro inmediatamente corrió hacia el teléfono para llamar a la policía. El hombre lo alcanzó antes de que alguien pudiera contestarle y arrojó a Alejandro por el suelo haciéndolo golpearse la espalda en el sofá de tres plazas. El intruso colgó.

—No… por favor… —dijo Alejandro tratando de levantarse del piso con una mano extendida en señal de defensa. —No sé que quieres… no sé…

—Fuiste a la policía. —contestó el hombre con fingida calma.

—…Si, ¡no!… si… —titubeó Alejandro.

—Yo creo que eres medio masoquista, ¿lo has pensado?

Alejandro se puso de pie de nuevo y caminó lentamente hacia la puerta del departamento donde acababa de entrar sin apartar la mirada del intruso.

El hombre caminó rápidamente hacia él y lo jaló de la chamarra obligándolo a cerrar con llave. Alejandro se había sentido estúpido durante la tarde por no haberse podido defender durante la noche, pero ahora estaba completamente despierto, vestido y con un poco más de energía, así que decidió correr el riesgo y lanzó un puñetazo al hombre quien lo recibió retrocediendo un poco debido al golpe, luego lo miró y le devolvió el puñetazo directo a la nariz; tan fuerte que Alejandro cayó al piso sangrando de inmediato. ¿Podía seguir peleando así? levantó la mano y siguió rogando por su vida.

—No…

—¡¿No?! —cuestionó el hombre mirándolo desde arriba.— ¿Para qué te haces el gallito, entonces?

Alejandro se cubrió la nariz e intentó ponerse de nuevo de pie apoyándose en el escritorio.

—¿Sabes al menos quien soy, Nacho? —preguntó el otro guardándose las llaves de la casa en el interior de su chamarra amarilla.

Alejandro negó con la cabeza y con los ojos llorosos por el dolor.

—Si sabes, no te hagas.

—No sé… ¿eres un lector? —preguntó con nerviosismo.

El hombre se sentó en el sofá grande y resopló fatigado.

—Chinga…

La puerta estaba cerrada con llave, si gritaba nadie escucharía y el tipo correría hacia él antes de que pudiera hacer algo. Saltar por la ventana era una opción. Se quebraría algunos huesos pero había una pequeña posibilidad de no morir. “Demasiado riesgoso. Realmente podría morir.” pensó.

El hombre lo miró sospechosamente y luego miró hacia la ventana.

—¿Vas a saltar? —preguntó apuntando a la ventana con el dedo.

¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo podía saber lo que estaba pensando?

El hombre se levantó y se acercó a él. Alejandro volvió a golpearle, ahora en el estómago y con todas sus fuerzas.

El intruso gimió y se agazapó cubriéndose el estómago con el brazo por el dolor y antes de que Alejandro le propiciara otro golpe en la cara, el hombre tomó impulso y le golpeó la frente con su propia cabeza. Alejandro cayó de nuevo al suelo completamente mareado.

Abrió los ojos con dificultad y vislumbró la silueta del hombre en una visión doble, lo que lo hizo agarrarse la cabeza y quejarse de dolor.

—Di mi nombre, Nacho. —dijo el hombre montándose de nuevo sobre él.

Levantó los brazos de Alejandro por encima de su cabeza y presionó sus manos contra la alfombra.

—Di mi nombre.

Su voz barítona, era seductora y al mismo tiempo escalofriante. Alejandro seguía mareado sin entender nada, con la nariz todavía sangrando y la frente punzandole.

—Ayuda… —logró decir con la voz quebrada y seca.

—Nacho… —dijo el otro con un tono amenazante.

Alejandro lo miró de nuevo, cabello castaño…, ojos verdes…. Su vista se nublaba, ojos verdes… labios… voz sensual…

—Fe… —balbuceó sin sentido.

…alto, …peligroso…. Es un asesino…

—Felipe… Felipe Higuera.

—¿Ves que si sabes? —susurró el intruso.

Alejandro suspiró confundido.

Felipe acercó su rostro a él y lo besó en los labios. Le soltó las manos y las usó para sostener su cara. Alejandro apretó los ojos, pataleó, intentó empujarlo de los hombros y sacudió la cabeza inútilmente intentando esquivar el beso, pero Felipe le inmovilizó un brazo con una mano y con la otra le apretó las mejillas con fuerza provocándole dolor. Felipe no se separó de él, por el contrario, intentó mover sus labios para abrir la boca de Alejandro pero fue inútil.

—Quédate solo, entonces. —dijo Felipe apartándose de golpe de él.

Una súbita ligereza invadió el cuerpo de Alejandro. Ya no estaba sometido. Abrió los ojos y como pudo se incorporó sentándose sobre la alfombra.

En la sala no había nadie. De alguna forma, el intruso se había ido.

—No puedo seguir así… —dijo casi sollozando. “Igual la policía no va a hacerme caso”, pensó.

Caminó con dificultad hacia la cocina y agarró un cuchillo. Luego se dirigió hacia el baño con el temor de que el hombre apareciera de la nada y volviera a golpearle. Entró y abrió la puerta de vidrio translúcido de la ducha. Lo mataría esta vez, sería en defensa propia.

Se acercó al lavabo y miró su cara. Era un desastre. El tipo le había hecho tal golpe en la frente que le sacó un chichón y la nariz estaba ahora hinchada con la sangre seca escurriendo sobre su boca. No era especialmente vanidoso, pero sabía que su entrevista en la televisión sería la siguiente semana y rezó para que los moretones hubieran bajado para entonces.

El reloj marcaba la 1:05 de la mañana. No quería dormir pero estaba terriblemente cansado. Prendió la luz de su habitación con cautela mientras sostenía fuertemente el cuchillo por delante. Todo estaba calmo y ordenado.

Cuando se sintió un poco más seguro, revisó cuidadosamente cada rincón de la casa. Debajo de la cama, dentro del ropero, detrás y debajo de los sofás, detrás de las puertas, bajo la mesa del pequeño comedor, en la bodega junto a la puerta… nada.

Alejandro dejó caer el cuchillo al piso.

Aunque la ventana hacia la calle no estaba abierta, pensó en la posibilidad de que el hombre hubiera salido por ahí, tan rápido y ágil que con el mareo del golpe en la cabeza ni siquiera se dio cuenta. Se aseguró a sí mismo que aquello no volvería a pasar.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...