El diario del sapo: Crónicas de un demonio
Capitulo 1: Eres Tu
"Tu realidad es un punto de vista efímero del mismo universo deseando verse a sí mismo" M.V
En cualquier ciudad y en cualquier país podrás encontrar una habitación donde las luces tenues del sol apenas cruzan el umbral de la ventana para sumergirse en la penumbra de ese espacio. una habitación donde la oscuridad forma parte natural de ese ambiente, un ambiente que termina perturbado con un corte de luz abrupto proveniente de una ventana.
—Ya es tarde,Bianca —dijo mientras abría la cortina, inundando la habitación de luz—. ¡Debes levantarte! Se nos va a hacer tarde… —Me quedé dormida… —murmuró Bianca apenas audible, enterrando la cara en la almohada. —Ándale, levántate y cámbiate —insistió, y antes de que Bianca protestara,cerró la puerta tras de sí y añadió desde el pasillo—: Haré el desayuno.
Bianca suspiró y lentamente comenzó a salir de su nido hecho de almohadas, peluches y cobijas; una habitación cuyos colores habían muerto hace tiempo, peluches llenaban la habitación sin embargo ya no contaban con su distintivo brillo, rosados, amarillos, celestes, una variedad de color que debería dotar de una vibra alegre y calidez, ahora solo eran un decorado más sin ánimo alrededor del cuarto.
Una figura salía del baño en la habitación, de complexión delgada, piel de tonos cobrizos y pálida a la vez portando un uniforme escolar un poco desalineado, buscaba debajo de su cama sus zapatos de un negro cuyo brillo contrastaba con el descuido de la habitación una clara señal de que las prioridades de “ella” habían cambiado hace tiempo; se los colocó, ajusto su uniforme con meticulosidad y un cuidado al detalle que solo podría describirse como “Perfección”.
Por otra parte, sobre su cabeza se dejaba caer una frondosa cabellera negra, con ligeros tonos verduscos cuyas vueltas y giros asemejaban a lianas que serpenteaban por su espalda y hombros, hasta casi llegar a su cintura era como si denotaran vida propia, una vida que se negaba a doblegar ante los intentos de la niña por peinar su cabello.
Frente al espejo de un pequeño peinador la curiosa niña ajustaba los últimos detalles de su vestimenta después de su infructífera lucha contra su propia melena una rutina que se repite día tras día sin cambio alguno; Cuando Bianca por fin esta lista y está por dejar su cuarto se gira hacia una cajonera al lado de su cama donde arriba la espera como otros días un pequeño frasco de medicinas, naranja de tapa blanca como cualquier otro que podrías conseguir en una farmacia, dentro del recipiente amontonadas la esperan unas pequeñas píldoras rojas carmesí aunque simples como vitaminas tienen algo que logra siempre atrapar la mirada pensativa de la niña; Toma una de las píldoras con rapidez y la toma sin vacilar antes de salir de su habitación.
Bajando las escaleras se podía escuchar en inconfundible sonido del crepitar de una sarten al mismo tiempo que un aroma dulce y salado hacia su presencia más allá de la cocina, llegando incluso hasta las escaleras; Bianca entro en silencio y se acomodó en su lugar de siempre en la mesa del comedor contemplando un plato con un apetitoso desayuno compuesto por huevos, tocino y poco de frijol refrito acompañado de un vaso de jugo, suspiro antes de comenzar a comer mientras del otro lado de aquel espacio otra figura pasaba por el umbral de la puerta de la cocina al comedor.
Era Rebeca la hermana de mayor de Bianca una mujer joven de 27 años, de complexión media y una estatura ligeramente más alta que el promedio, de tez morena con una cabellera lacia de color marrón oscuro y unos ojos de tono avellana con salpicaduras en negro cubiertos por unos lentes redondos para dar apoyo a su pobre y cansada visión, se notaban ligeramente los efectos de las trasnoches que a veces suele pasar al investigar y leer a altas horas, todo esto complementado con una vestimenta semi formal desalineada, un adulto comprometido y de buenos valores que quizá no sea tan meticulosa con los detalles más finos pero no por eso deja de ser un modelo a seguir.
Rebeca se sentó en la mesa para acompañar a su hermanita en el desayuno junto a una taza de café y un periódico.
—La ciudad está cada vez más alterada, me preocupa — mencionaba para sí mismaRebeca mientras tomaba un sorbo de café.
— “si sales temprano recuerda siempre hablarme para ir por ti, no me gusta que vengas sola a casa, últimamente las cosas están muy delicadas afuera” —
Bianca asiente con la cabeza mientras termina de comer, Rebeca por su parte sigue leyendo el periódico con una expresión de ligera intriga y preocupación a partes iguales mientras continua con su lectura, robos, asaltos, accidentes viales, una serie de acontecimientos que aunque presentes siempre día tras día en una gran ciudad, siguen causando angustia en su lector puesto que todos aunque “comunes” han visto un aumento que puede no significar mucho, salvo para aquellos que vean las noticias y conozcan el historial de la ciudad.
El tiempo continuo con su indetenible avance, Rebeca quien esta absorta en la lectura de ese impreso mira de reojo su reloj de muñeca sin tomarle mucha importancia ya que su atención aún seguía sumergida entre esas páginas, solo para que su subconsciente hiciera sonar las alarmas en su cabeza por ella, “ya es tarde” resonó en su interior, de una vista rápida y con algo de pánico Rebeca miro nuevamente su reloj “7:43am”.
—Bianca vámonos!! ya se nos hizo tarde, me van a regañar en tu escuela otra vez— decía Rebeca mientras se levantaba y corría por sus cosas
Bianca tranquilamente se levantó, junto su plato y se lavó los dientes con calma antes de tomar su mochila y dirigirse a la puerta
—Traes todo Bianca? — comentaba Rebeca mientras inspeccionaba a su hermana quien parecía tener todo en orden salvo por su cabello y el muñeco que siempre suele cargar
—oye … Intenta peinarte — Rebeca tomo un cepillo para intentar infructíferamente arreglar rápidamente el cabello de su hermana pequeña
—No sé qué tienes en el pelo, siempre intento, pero nunca queda bien— Un suspiro y cansancio se puede escuchar mientras Rebeca se rinde nuevamente
—Está bien como esta— Susurraba Bianca sin inmutarse ante los tirones de cabello
Rebeca detiene su esfuerzo, observa el cabello de su hermana mientras sujeta con ligera fuerza el peine de plástico, suspira y procede a salir de la casa junto a su hermana pues ya se les ha hecho tarde como cualquier “ otro día”.
llaves, mochila y un peluche remendado son los objetos esenciales para comenzar la mañana, afuera se percibe un ligero ambiente a humedad, un viento frio pero ligero abraza y da la bienvenida a todo aquel que se aventura afuera de sus cálidos aposentos; el mundo aunque renovado por un nuevo amanecer no logra contagiar con esa misma energía a los habitantes de esta ciudad, todos comienzan de alguna manera sus días siguiendo una ruta remarcada y esclavizante en algunos casos donde la monotonía impregna cada fibra de sus cuerpos. todos simplemente aceptando esta realidad como algo inamovible, todos excepto por…. “ella”.
En el camino, Bianca mira por la ventana del auto, los frondosos naranjos, los robustos matorrales y las enormes y distantes palmeras mientras se dirigen a su escuela, ella parece preguntarse sobre la forma y las intrincadas maneras en las que estos paisajes se habrían visto años atrás, antes que las edificaciones y carreteras le arrebataran terreno a la madre naturaleza. Pensamientos que claramente, podrían denotarse un poco más profundos para alguien de su edad, él como lo sé, bueno eso será para otro día.
Las hermanas durante todo el trayecto, no cruzan palabra alguna, solo el sonido de la radio y el motor del auto rellenaron los espacios silenciosos, ligeros susurros, pensamientos e intenciones no dichas se pueden sentir en el aire sin embargo aquello que tanto desea manifestarse jamás ocurre, Rebeca una vez mas no logra iniciar alguna conversación con su hermana, sabe que cuando lo intenta no logra que su hermanita hable mucho; simples pero certeros diálogos recibe en sus intentos que en si no logran dar el efecto esperado, no logran calmar su inquietud y añoranza por una plática amena con su hermana.
Su camino culmina a la mitad justo delante de la escuela de Bianca; esto porque la academia de Bianca quedaba justo en medio del camino al consultorio de su hermana mayor, una pequeña clínica psiquiátrica donde antes solía compartir piso con otros dos colegas, pero después de diversos sucesos, decidieron ir cada uno por su lado; mientras Bianca baja del auto, su hermana un poco angustiada como de costumbre, le dice
—Bianca, cuídate mucho y si pasa algo no dudes en hablarme, cuando salgas si tienes miedo llámame y vendré por ti rápido— Dijo Rebeca a través de la ventana del auto
— sí, no te preocupes, estaré bien— Dijo Bianca con una expresión neutra y tranquila
Seguido del cierre de la puerta y la marcha del automóvil, Bianca se dirige al interior del edificio, una vez más, cómo cualquier otro día ….
Capitulo 2: Lecciones
Bianca, después de bajarse del automóvil de su hermana, se dirigió sin mucha dilatación ni distracción hacia su aula de clases, el cual se ubicaba en una de las dos edificaciones que conformaban el área de los alumnos, en el segundo piso del edificio B, subiendo las escaleras al lado derecho. Dado el pequeño atraso producto del alboroto de esta mañana, se podría decir que Bianca había llegado un par de minutos tarde, pero nada que afectase su asistencia.
Mientras ella caminaba cruzando el campus, una escuela de buen tamaño, con varios edificios adornados a su alrededor por un par de pinos de Oyamel y algunos álamos, todo esto le daba un toque más verdoso al ambiente. Algunos conserjes y jardineros realizaban sus tareas comunes, regando y podando una fila de bellos arbustos de Buganvilias, dando un agradable aroma a lo que llamarían “tierra húmeda”. Sin embargo, nada de esto parecía importarle a Bianca. Para ella solo era algo simple, un día más.
Aún había varios alumnos y compañeros fuera de sus salones, al igual que los maestros, quienes apenas se preparaban para retomar su rutina diaria después de un merecido fin de semana. Charlaban y reían mientras bebían un poco de café y comían panecillos de la cafetería. Esto, por su parte, le dio a Bianca la oportunidad de llegar puntual, a pesar del retraso.
Su salón quedaba en el edificio B de la escuela, en el segundo piso, justo al lado de las escaleras, donde se podía tener una buena vista del patio escolar, junto con la cafetería y parte de la cancha, aunque esta última había quedado más oculta gracias a una nueva edificación que realizaron durante las vacaciones.
Mientras la pequeña niña subía por las escaleras, varios de sus compañeros de clase seguían conversando sobre sus anécdotas y chismes producto de sus salidas del fin de semana. Cosas a las que Bianca no prestaba atención ni quería escuchar. Avanzó entre sus compañeros hasta llegar a su aula; dentro de esta se topó con tres compañeras, quienes, al igual que los demás, conversaban sin preocupaciones y en cierto modo de manera burlesca, temas entre la vida de famosos, algunas series, pero también sobre los súbitos casos de robos y asaltos que estaban fuera de control, y sobre una posible droga que se estaba esparciendo por la ciudad.
Al ver a Bianca, saludaron a la pequeña, quien les devolvió la cortesía sin mucho ánimo ni esfuerzo. Las tres jóvenes decidieron continuar con su plática mientras Bianca se sentaba en su pupitre. Con mucha pesadez y pereza, sacó un pequeño cuaderno de color púrpura, donde se dispuso a rayonear, cuando por la puerta y sin previo aviso, llegaba una peculiar joven, de tez morena, complexión media, con un cabello largo y liso de color castaño, de aproximadamente 1.60 metros, una cara alegre y sonriente junto a unos brillantes ojos de color ámbar.
Se acercaba de una manera un tanto extraña, en un inútil y mal intento de pasar desapercibida, mientras las otras tres chicas solamente se quedaban observando con una expresión entre incomodidad y risa. Pero para esta chica nada de eso importaba, solo el hecho de llegar y lograr su ataque sorpresa contra una despistada y distraída Bianca. Claramente, ella también la notaría, pero con un suspiro y sin despegar la vista de su cuaderno, simplemente se resignó a recibir el ataque de esta joven, quien, en un pequeño brinco, la tomaría entre sus brazos, casi levantándola del banquillo y sacudiéndola. Una escena bastante graciosa, de no ser por la cara de indiferencia y aburrimiento de Bianca, mientras se movía de un lado a otro entre los brazos de su captora, quien se veía inundada por una alegría y ternura tan visibles en su expresión y movimiento que fácilmente podían ser contagiosas.
—¡Bianca! ¿Cómo estuvo tu fin de semana? ¿Pudiste ver la película que tanto te recomendé? Oye… ¿tú sí entendiste los ejercicios del libro? Yo no supe qué debía hacer después de…—
Mientras la entusiasta joven dejaba que la niña anclara sus pies nuevamente en la seguridad del concreto y azulejos, Bianca sacó su libro de química de la mochila y se lo entregó a quien, a sus ojos, solo era parte de su rutina y la distraía de sus pensamientos. Mientras que, para la otra joven, Poleth , Bianca era su pequeña amiga, alguien con quien se entretenía durante los largos días en la escuela, aunque también le era más fácil cumplir con sus tareas al tenerla cerca. No porque fuese menos capaz que ella, sino que, al trabajar con su padre en el negocio familiar, a veces dejaba de prestar atención a los deberes escolares. Eso es lo que usualmente le comentaba a Bianca.
—Oh, gracias, Bianca. Estaría en problemas si no me ayudaras de vez en cuando. Últimamente, las cosas han estado más pesadas que de costumbre en la tienda. ¿Te importa si te lo devuelvo más tarde? — dijo Poleth con una ligera mueca de pena y risa a partes iguales
La niña intentó sentarse y seguir con lo que estaba haciendo en su cuaderno, tratando de concentrarse, cuando, en eso, Poleth tomó su muñeco. Lo miró cuidadosamente y le preguntó:
—Oye, lograste coserlo nuevamente. Estaba bastante desgarrado cuando se atoró en el portón de la escuela. Yo pensé que finalmente lo tirarías y conseguirías otro, pero veo que me equivoqué. ¿Por qué tanto esfuerzo? El pobre tiene tantos remiendos que ya no parece ser el mismo muñeco. — Mencionaba mientras acariciaba al pobre muñeco casi sintiendo pena por el
Bianca miraba fijamente a la joven mientras ella examinaba el curioso muñeco. Cuando estaba por tomarlo de vuelta, Poleth le preguntó:
—Oye, ¿conoces esa vieja paradoja de Teseo? —
Bianca se detuvo y, después de pensarlo un par de segundos, movió la cabeza de lado a lado, señalándole que lo desconocía por completo. Con curiosidad, pero sin mostrar mucho ánimo, le dijo:
—No. ¿Me la podrías contar? — Respondió Bianca con una expresión de ligera intriga casi imperceptible si no supieras que buscar
Poleth, mientras sostenía el muñeco y al darse cuenta de que tenía la total atención de la niña. ya sea porque tenía su gracioso muñeco o por la intriga generada con lo anteriormente dicho. lo examinaba lentamente mientras caminaba y lo usaba de ejemplo mientras preguntaba:
—Este es tu muñeco, ¿verdad? — expuso el muñeco frente a Bianca
Bianca solo asintió, intrigada por las acciones de Poleth.
—Entonces, ¿Qué pasaría si reemplazara todo el material del muñeco después de tanto repararlo? ¿Seguiría siendo tu muñeco? —
Bianca se quedó pensando mientras Poleth seguía explicando:
—Anoche, mi papá me la contó mientras reparaba su auto. —
— Él me dijo que, en la antigüedad, un viejo barco que tenía mucha fama fue aparcado en un puerto y puesto como monumento a las hazañas de su dueño. Pero, con el tiempo, el barco se maltrataba, ya sea por culpa de las olas o del fuerte clima del lugar, así que, cada cierto tiempo, decidían repararlo, cambiando algunas tablas, cuerdas, clavos y hasta las velas del barco. Después de años de tantas reparaciones, ya no quedaba ni una sola pieza del barco original. Entonces, alguien tuvo la duda: si juntara las viejas piezas del barco y las pusiera al lado del nuevo, ¿Cuál sería el barco de Teseo? ¿Sería el montón de piezas desgastadas del barco original, o el que estaba como nuevo? Este muñeco, ¿sigue siendo el tuyo? —
Poleth terminaba de contarle a Bianca lo que su padre le había preguntado la noche anterior. Mientras le entregaba el extraño muñeco, ella lo tomaba entre sus brazos y lo acercaba a su frente, pensativa, mirándolo fijamente, hasta que, después de un rato, volvió a ver a Poleth y dijo:
—Yo creo que lo más importante no es de lo que esté hecho algo, sino lo que tenga en su interior, las emociones u otras cosas que uno deposite en él. Este sigue siendoel mismo muñeco para mí, aunque ya no tenga ni un solo hilo original, porque yo así lo quiero. Entonces, lo seguirá siendo, aunque lo repare por siempre. —
Poleth se quedó impresionada con la respuesta que Bianca le había dado. Su amiga no se había tomado tanto tiempo en analizar lo que su padre le había contado, por lo que la respuesta de Bianca la tomó por sorpresa. Además, Bianca no solía hablar o expresarse mucho más allá de simples gestos y frases sencillas. Era la primera vez que escuchaba algo así proveniente de ella. Poleth, después de pensarlo, le sonrió amablemente, pues había encontrado una manera de poder tener su atención y, más aún, el poder tener charlas con ella. Después de esto, Poleth simplemente le dijo antes de pasar a sentarse, pues la clase ya estaba por iniciar:
—Puede que tengas razón. — respondió Poleth
Su conversación concluyó cuando su maestro atravesó la puerta del aula, dando inicio a una semana más en la escuela. Todos los alumnos que aún estaban afuera del aula comenzaron a entrar tranquilamente y buscar sus respectivos asientos. Era un día más, como cualquier otro.
Durante la clase de química en la que se encontraban, Bianca parecía más absorta en sus pensamientos que en poner atención a lo que su maestro dictaba y explicaba a los alumnos. Para ella, eran cosas muy sencillas que ya había aprendido gracias a un pequeño estante de libros que sus padres tenían en casa. Temas como la física, química, artes y manualidades rellenaban los espacios en aquel polvoriento mueble. Además, de vez en cuando, Bianca le pedía a su hermana mayor que le trajera libros de la biblioteca pública de la ciudad. Con ellos, aprendió también sobre geografía y botánica, este último tema, además de la química y las manualidades, solían ser de los que más llamaban su atención.
Para una niña de su edad, normalmente lo último que interesaría serían los libros, pero para ella, eran una ventana para explorar y conocer el mundo que la rodeaba.
Esta actitud no fue siempre así. Su hermana lo había mencionado antes: una niña alegre y juguetona había pasado a convertirse en alguien más reservada, tímida e indiferente hacia los demás. Algunos la catalogaban como alguien diferente, muy fría y de poca empatía; incluso, a veces, un poco aterradora. Pero, ¿Quién la culparía? La pobre había pasado por un desastroso accidente que casi le costó la vida. Perdió dos años de su existencia debido a aquel incidente. Cualquiera cambiaría su actitud después de permanecer en coma todo ese tiempo, y más aun tratándose de una niña.
Después de aquel accidente y las escasas probabilidades de recuperarse completamente, con el tiempo logró volver en sí, aunque bastante diferente a lo que solía ser. Los doctores, en su momento, lo atribuyeron al daño ocasionado por el evento, y aseguraron que probablemente le tomaría tiempo volver a la normalidad. Según sus estudios y el tiempo que pasó en cama, daban por hecho que le tomaría al menos dos años recuperarse completamente. Sin embargo, contra todo pronóstico logró recuperarse en un tiempo considerablemente más corto, escapando de toda estimación médica.
Gracias a las terapias de rehabilitación y a la buena respuesta de su cuerpo al tratamiento, Bianca pudo volver a caminar en apenas un mes; Para el tercer mes, ya podía correr y saltar con pocas o ninguna dificultad. Fue una recuperación física impresionante, sin embargo, en el aspecto psicológico y emocional no tuvo la misma suerte. Le tomó al menos un mes volver a comprender el idioma. Podía seguir una serie limitada de acciones en base a las pocas palabras que era capaz de reconocer. Para el tercer mes, apenas comenzó a hablar. Curiosamente, su lectura fue lo que mejor progresó en ese tiempo, llegando a leer varios cuentos en un par de días y prosiguiendo rápidamente a libros y textos más complicados.
Sin lugar a dudas, todo el proceso fue sorprendente y misterioso para todos los médicos, enfermeros y terapeutas que participaron.
Después de un año internada, fue dada de alta finalmente, tras considerarse física y psicológicamente autosuficiente para sus actividades cotidianas. Pese a esto, el único inconveniente fue el cambio en su personalidad, el cual, a pesar de las sesiones con psicólogos y psicoterapeutas, no lograron revertir. Aunque aseguraron que quizá aún era demasiado pronto para que se recuperase emocionalmente y que, con el tiempo, iría recobrando esa vivaz y fugaz personalidad que tenía anteriormente. A fin de cuentas, aún era una niña; con el crecimiento y el tiempo, irían reparándose los últimos problemas que no lograron solucionarse completamente en su momento.
Ya de vuelta en casa, junto a su hermana y sus padres, lentamente fue recobrando parte de su sentido de sociabilidad, aunque nunca fuera de lo que ya conocemos: poco conversadora, tímida y retraída. Hacía un perfecto contraste con su anterior yo. Pasaba gran parte del tiempo en su habitación leyendo, ya que al menos había adquirido ese hábito mientras estaba en tratamiento. Así que no sería del todo malo. Se interesó por la botánica, llegando a pasar ratos en el patio de su casa mirando y estudiando los diversos tipos de árboles, arbustos, flores y malas hierbas que crecían en los alrededores. Su familia no la interrumpió, pese a que les parecía extraña la atención que ella mostraba por esto, pero gracias a que era una de las pocas actividades que lograba hacer que Bianca saliera de su habitación, prefirieron dejarla tranquila.
Después de un año de haber salido del hospital, se le dio el visto bueno para comenzar a retomar su vida escolar con normalidad. Retomaría sus estudios en quinto grado de primaria, dada su edad, puesto que se consideró que sería lo mejor para ella. Todo marchó bien por un par de semanas, hasta que Bianca demostró tener capacidades más allá de lo normal, evidenciando que su grado actual debía ser más alto de lo que creían.
Durante ese año, se le movía de grado y escuelas en un intento por encontrar un lugar donde pudiese estar más acorde a su “inteligencia”. Mes tras mes, era sometida a diversas pruebas para conocer el límite actual de sus capacidades. Se pensó que sus habilidades le permitirían ingresar sin problemas a cualquiera de las universidades de la ciudad o de otros estados. Esto, en sí, sería una gran noticia que la daría a conocer como una niña genio por todo el país. Pero había un problema, y ese era su actitud, la cual ahuyentaba a muchos de los posibles asesores, tutores y representantes privados de diversas academias prestigiosas.
En cuestión académica, estaría por encima de cualquiera visto en los últimos cincuenta años en la ciudad, pero, debido a su falta de interés en algunos temas y su poca empatía hacia sus compañeros y maestros, se decidió que aún no estaría lista para ese nivel académico. Así que se optó por darle tiempo para madurar y socializar en un entorno aún en desarrollo, intentando respetar su nivel académico. El resultado fue que terminase en la preparatoria de Campo Santo, en una de las colonias centrales de la metrópolis, lugar donde ha estado este último año hasta la actualidad.
Su actitud ha tenido pocos cambios durante este año. Si bien hay materias y clases que no le llaman la atención, es capaz de, por lo menos, hacer sus tareas y responder cuando los maestros le piden participación, aunque, ya conociéndola, no es como si la invitaran mucho a hacerlo.
También había logrado hacer una amiga en este período. Bueno… aunque, para ella, no era más que solo una chica quien se la lleva a su lado. Caso contrario a Poleth, ella la percibe en cierto modo como una hermana pequeña. Día a día ha pasado este ciclo escolar, entre aburrimiento y pesadas clases llenas de información, hasta que la tan ansiada y esperada alarma escolar trae consigo el merecido descanso que tanto maestros como alumnos necesitaban.
En su receso, Bianca salió a dar un pequeño paseo por la escuela, tal vez para contemplar los alrededores, o quizá porque en su aula se había quedado cierto grupo de chicas que podían volverse algo ruidosas en ciertos momentos. A veces incluían en sus temas de conversación a Bianca, pero nada que fuese demasiado relevante. Quizá tocando el tema de lo extraña que les parecía o la envidia que podían tener, dada su corta edad para el nivel académico donde se encontraba. Sin embargo, jamás terminaban en nada, y después de cruzar un par de frases sobre ella, perdían el interés.
La niña, a pesar de la gruesa cantidad de personas que paseaban por los alrededores, no se molestó en absoluto. Simplemente se limitó a pasar entre ellos con cuidado, disfrutando del paseo, con los rayos del sol alumbrando y realzando vívidamente los colores verdes y amarillentos que cubrían las fachadas de la institución.
El cálido abrazo del sol lentamente se volvió empalagoso, hasta que, en algún momento, Bianca se decantó por un árbol en específico. Uno donde la sombra y lo alejado de la mirada pública lo volvían ideal para cualquiera que fuese tímido o tuviera inconvenientes con estar entre multitudes. Bianca se sentó en una pequeña banca de madera, que dada su figura seguramente había sido algún proyecto escolar por parte de los alumnos de construcción, pero después de ser calificado, quedó abandonada junto a aquel árbol, que ahora podría gozar de la compañía de aquella misteriosa niña.
En su goce de soledad, Bianca se encontraba en la compañía de su muñeco, aquel que horas antes había sido zarandeado por Poleth. Aunque sorpresivamente, ella no había seguido a Bianca, quien aprovechaba para hincarle un diente a un sándwich que su hermana le había dado.
La lejanía entre este lugar y el resto de la escuela era idónea para entrar en un ambiente de tranquilidad, con ligeros ruidos provenientes del resto del instituto, cuando el aire era favorable. Estos eran cubiertos por el sonido de las hojas rozando entre sí en las grandes alturas de los inmensos álamos que había en esa parte de la escuela. Un bello lugar, que podría ser la fuente de inspiración para algunos, donde la creatividad fluyera sin desdén por los canales del cerebro hasta llegar a las extremidades, cubriendo por completo el cuerpo y dando lugar así a grandes obras de diferente índole artística, filosófica y hasta académica. Lugar donde todo esto y más podía ser plausible, pero no para Bianca, quien veía este lugar como lo que quizá realmente era: “ un rincón tranquilo donde podría descansar de la gente y comer sin preocupaciones”. Algo que, claro, también era válido en esta situación.
Tanta paz sería demasiado pedir en un lugar así. Un par de minutos después de que Bianca llegase, se comenzaron a escuchar unas voces lejanas, que lentamente se volvían cada vez más fuertes. Los tonos se marcaban con claridad, revelando, junto a sus correspondientes figuras, a las personas detrás de ellas: un grupo de alumnos, probablemente de segundo año, aunque era difícil saberlo con exactitud.
Tres chicas y dos chicos se acercaban desde el extremo derecho del lugar, rompiendo la suave corriente de quietud que reinaba allí. Charlaban entre ellos con un tono burlón y despreocupado, acompañados de risas que se acentuaban con cada paso que daban, hasta que finalmente cruzaron frente a Bianca. Curiosamente, al notar su presencia, la que parecía ser la líder del grupo se detuvo abruptamente, y con una señal casi imperceptible, hizo callar a los demás.
El silencio, incómodo y repentino, se extendió mientras pasaban junto a Bianca, quien aparentemente los ignoraba por completo. Seguía comiendo como si nada, absorta en su almuerzo y en su propio mundo.
Dos de los chicos, aún intrigados, susurraron entre ellos:
— ¿Quién es esa? —preguntó uno de los varones, frunciendo el ceño y observando de reojo a Bianca—. ¿Por qué de pronto todos se quedaron callados?
Una de las chicas, con gesto serio y algo de nerviosismo, respondió en voz baja, pero lo suficiente como para que se escuchara claramente en ese espacio tranquilo:
— Es… la niña rara de la que hablan —murmuró, bajando la voz como si temiera que Bianca pudiera escucharla, aunque la distancia no era demasiada — Esa que dicen que si te involucras con ella… te pasan cosas malas — .
El chico alzó una ceja, esbozando una sonrisa incrédula.
— ¿Y eso será verdad? Digo, solo es una niña… una niña genio, como la llaman algunos, pero no creo que sea la gran cosa— Murmuro mientras intentaba mirar de reojo
—Sea o no una prodigio… — la chica vaciló un segundo, cruzándose de brazos— Igual da miedo. Algunas de las de mi clase quisieron hacerse las listas y…. tiraron su muñeco por la ventana —
La voz le tembló un poco al recordar el incidente.
— ¿Y? —insistió el chico, curioso—. ¿Qué pasó?
—Pues… — la joven bajó aún más la voz—. Al poco tiempo, varias de ellas se enfermaron, otras tuvieron “accidentes” o problemas. No sé… —tragó saliva—. Ya de por sí su aspecto es un poco espeluznante y…. después de aquello, ahora muchos prefieren evitarla—
— ¿No crees que fue mucha casualidad? —preguntó el otro chico, rascándose la cabeza.
La líder se encogió de hombros, insegura.
—Como sea… es mejor no andar muy cerca. No es que seamos malos con ella, es solo que… no trae buena fama. Y sinceramente, no tengo ganas de averiguar si esos rumores son verdad— Dijo la chica mientras los demás asintieron en silencio, y sin mirar atrás, el grupo se alejó hacia otro rincón de la escuela.
Bianca, que había escuchado cada palabra, aunque su expresión permanecía impasible y sus ojos seguían fijos en su sándwich, no reaccionó en lo más mínimo. Terminó su almuerzo con la misma calma indiferente, recogió sus cosas y, antes de marcharse, sacó algo del bolsillo de su falda. Era aquel medicamento de la mañana. Lo miró unos segundos, pensativa y tal como había hecho al inicio del día, se lo tomó sin necesidad de agua. Un gesto tan automático y frío que habría incomodado a cualquiera que lo observara detenidamente.
Poco después, de vuelta en clase, todo transcurrió como cualquier otro día, sin interrupciones ni nada fuera de lo común. Un par de recesos entre clases, charlas esporádicas con Poleth, anotaciones, exposiciones… la rutinaria monotonía hacía que algunos cabecearan intentando no caer dormidos entre las “ pesadas ” clases que llenaban sus días. Y hoy, no sería la excepción.
Lentamente, el sol recorrió su habitual trayectoria, derramando su luz dorada y cálida sobre los tejados y estructuras de la ciudad. Su incesante mirada comenzaba a mostrarse más complaciente, anunciando sus últimas horas, cerrándose suavemente, mientras su tonalidad cambiaba hacia un naranja profundo que teñía el cielo. El día se apagaba poco a poco.
Cuando la última campanada sonó, marcando el final de la jornada, el sol ya mostraba esos primeros pigmentos otoñales, anunciando el inminente atardecer. Para la mayoría, era el fin de otro día escolar… pero para cierta joven, todavía quedaban cosas por hacer.
Tras salir al exterior de la escuela, entre un mar de alumnos que se despedían y reían, Bianca se separó del grupo. Poleth, como siempre, la alcanzó, sonriente, y le dijo con tono animado:
—Nos vemos mañana, pequeña. Y… —se inclinó ligeramente hacia ella, bajando la voz en tono confidente—. No olvides lo del libro, ¿vale? Si no me lo explicas, estoy perdida.
Bianca apenas la miró, asintiendo con la cabeza, y Poleth, acostumbrada ya a ese trato seco, le dedicó una sonrisa paciente antes de irse.
La niña quedó casi sola. Algunas miradas curiosas e incómodas la seguían desde la distancia, pero nadie se acercó. Bianca se mantuvo de pie, frente a la escuela, supuestamente esperando a su hermana mayor. Pero tras unos segundos, miró hacia ambos lados con detenimiento, como buscando algo… o alguien.
De pronto, giró a su izquierda en un movimiento casi mecánico, tan perfecto que parecía ensayado, y comenzó a caminar, alejándose de la escuela… desobedeciendo abiertamente las instrucciones de su hermana.
Ella tenía… asuntos más importantes que atender.
Capitulo 3: Cosecha
El día lentamente se acercaba a su fin, intercambiando ese suave tono azulado del cielo por uno más amarillento, hasta consecuentemente llegar a uno más rojizo. Las hojas de los árboles se precipitaban desde las grandes alturas de lo que alguna vez fue su hogar, para verse en una bella danza junto al tranquilo viento, hasta concluir el espectáculo a los pies de Bianca, quien seguía su camino sin dilación hasta su destino.
Un día escolar más habría dado paso a una tarde de curiosidad y misterio, donde la pequeña, con paso firme, se dirigía hacia el centro de su ciudad. Bianca quiso dar un paseo sin esperar a su hermana; extrañamente, y sin titubeo en su rostro, anduvo por las calles aledañas a su escuela, cruzándolas una a una hasta un mercado en las inmediaciones de la colonia céntrica de la ciudad. No le tomaría mucho tiempo entre ambos puntos. Desde su inicio hasta su destino habían pasado no más de 20 minutos… quizá hubiese sido más, o quizá menos, no lo sé con certeza. Entre cruce y cruce me había perdido mirando las aves, las personas, los vehículos pasando, los árboles meciéndose y saludando mientras uno pasaba al lado de ellos. Sus hojas lentamente cubrían, con varios tonos de amarillo, marrón y naranja, los suelos por donde Bianca pasaba; combinándose con el atardecer, era simplemente hermoso… al menos desde mi punto de vista. Para ella, nada de eso importaba, era solo otra tarde más, por la prisa que intentaba disimular.
Una vez en el centro de la ciudad, la niña estuvo frente a un portón que daba paso a un mercado municipal. Dentro, ya hacían muchos puestos de comida, juguetes y ropas coloquiales de vibrantes colores; niños corriendo de un lado a otro, figuras que charlaban entre ellas, comprando víveres, regateando, comiendo y bebiendo, o simplemente dando un paseo por el lugar. El olor a comida, madera y cuero proveniente de los productos locales, bebidas de todo tipo y sabores abundaban en aquel lugar. Una verdadera ventana a otro mundo para aquellos que están fuera; tantas luces y colores que es fácil marearse con todo esto, pero para Bianca no era más que un lugar concurrido por el cual era difícil moverse. Dado su tamaño, no era especialmente complicado atravesar el lugar.
En uno de estos curiosos puestos, sentada mientras tejía una pequeña pero sofisticada cartera de cuero, reconoció a la joven que pasaba frente a su mesa.
—¡Miren quién anda perdida otra vez! —exclamó, alzando la vista con una sonrisa cansada—. ¡Hola, Bianca! ¿Cómo estás hoy, mija? ¿Vienes por otra de estas? —preguntó mientras, de por debajo de la mesa, sacaba una máscara de plástico.
Bianca, con poco movimiento en su rostro, movió levemente la cabeza para afirmar lo que quería.
—Aquí tienes, hija. Hoy tenía el presentimiento de que vendrías por aquí —comentó mientras le entregaba la máscara—. Por eso le pedí a Carlos, el del puesto de juguetes, que me regalase una. Me hubiera gustado darte una tallada como siempre, pero no me dio mucho tiempo… y menos ahora con las fiestas de la semana que viene.
Hizo una pausa breve, observando a la niña colocarse la máscara.
—Por cierto… ¿Cómo están tus papás?— preguntó ladeando la cabeza, frunciendo un poco el ceño—. ¿Ya volvieron o todavía están allá en… Blash… Bladesh… en… ese lugar con nombre raro? ¿Cómo se llama?
—Bangladesh, señora Mónica —respondió Bianca mientras intentaba colocarse la máscara, su voz sonaba casi ausente, pero educada.
—Ay, gracias, mija… —rió la mujer, agitando la mano—. Tú dime “nana”, hija, que no te dé pena. No seré tu abuela, ¡pero me porto igual!
Bianca miraba a la señora Mónica mientras escudriñaba en su mochila, buscando algo preciado para la mujer. De algún recoveco en su mochila aparecieron un par de dulces de calabaza y nuez, envueltos en papel de china morado y rosado. Una golosina típica del lugar, que para la señora Mónica eran especialmente dulces, sabrosos y adictivos. Últimamente, la familia de Bianca había estado preparando lotes de ellos para su venta. Ellos se dedicaban al ámbito de comercializar productos típicos del país en varios lugares, algunos locales, otros más lejanos, llegando a cruzar fronteras entre países. Producto de esto, no solían pasar mucho tiempo en familia; rara vez estaban más de un par de días en su hogar. Por ello, su hermana mayor tenía que hacerse cargo de la labor de cuidado de Bianca y, más aún, después de aquel pequeño accidente que tuvo un par de años atrás. Pero, me temo que de eso hablaremos otro día.
Bianca le entregó los caramelos a la señora, quien los esperaba con ansias.
—Ay, mija… muchas gracias por los dulces —dijo con una expresión alegre, desenvolviendo uno rápidamente—. Tus padres tienen un toque único para hacer estos en particular… me gustan tanto. Aunque estos últimos… —probó un bocado y cerró los ojos con deleite—… han estado mucho mejor.
Hizo una breve pausa, saboreando el dulce, y añadió entre risas:
—Espero que un día tu mamá me regale una caja de estos, jaja…
Mónica desenvolvió otro de los dulces mientras seguía contándole a Bianca sobre su tierra natal; de cómo migraron a la gran ciudad en busca de oportunidades hace más de treinta años, de cómo cambió la ciudad desde entonces, quiénes llegaron, quiénes se mudaron… Una charla, o más bien, mitin de la señora Mónica, donde el único espectador, pero a su vez, el único que le importaba… la pequeña niña.
Bianca, aparentemente concentrada en escuchar a la señora Mónica —o al menos eso aparentaba bajo su máscara—, reaccionó ante un brillo salido de una de las partes metálicas de su mochila, la cual tenía frente a ella, a sus pies. Esto, como si se tratase de algún despertador, recordatorio o alerta, la hizo reaccionar. Sabía que se le hacía tarde, pues tenía que volver a la escuela justo a tiempo para que su hermana llegara por ella, sin que descubriera que se había marchado por su cuenta.
Cerró su mochila, la alzó sobre sus hombros y se dispuso a marcharse. La señora Mónica, al notar el movimiento, detuvo casi abruptamente su discurso.
—Bueno, hija… —se despidió, agitando su mano con suavidad, sus párpados empezaban a cerrarse, somnolientos, como si el sueño la estuviera venciendo de repente—. Cuídate, mija…
Intrigante, pero nada nuevo para Bianca, quien, con un simple gesto de su mano, se despidió de la señora Mónica y emprendió su ruta, atravesando el camino central del mercado. Este se extendía a lo largo de toda una manzana. No avanzó mucho hasta que ella se detuviera en medio del camino central del mercado. Se quedó mirando al otro extremo, hasta donde topaba y solo se mirase una luz al final, como si de un túnel se tratara… solo que lleno de vívidos colores. Ella solo se quedó ahí, observando, como si estuviese viendo algo. Debido a la máscara que tenía, no podía percibirse gesto alguno, por lo que solo se podría intuir hacia dónde miraba por la posición de esta máscara.
El aire comenzaba a resoplar ligeramente con un gélido tacto que se extendía por los alrededores, colándose entre los árboles, los puestos y atravesando a las personas que se encontraban allí. No fue un cambio tan brusco, ni podría percibirse como extraño dada la hora del día; solo que, en esta ocasión, se sentía especialmente intenso.
Una a una, las personas comenzaban a marcharse; lentamente, los puestos empezaban a verse vacíos. La gente se agrupaba en el camino central, pasando por el puesto de la señora Mónica y, sobre todo, justo donde se encontraba Bianca. Quieta e inmóvil, las personas solo pasaban a su lado, como si ella no estuviese ahí, como si fuera parte del paisaje. El aire, cada vez más enérgico, agitaba las hojas secas y alzaba pequeñas nubes de polvo. Mientras más gente se marchaba, ella seguía allí, impasible, hasta que finalmente comenzó a avanzar.
Tras unos pasos —rompiendo aquel silencio extraño—, Bianca avanzó en sentido opuesto al de la multitud. Uno pensaría que sería difícil pasar por ahí, sin embargo no fue un problema para ella. Como si se tratase de un fantasma, atravesó aquel cúmulo de figuras sin el más mínimo roce; nadie la notó, nadie siquiera reaccionó. Solo cruzaron a su lado. Bianca siguió su camino hasta salir del mercado por un área trasera, poco transitada. Iba en busca de un lugar apartado del montón de puestos que quedaban atrás.
Se internó en una zona donde era evidente que la vida no había sido particularmente amable con sus habitantes. El paso del tiempo había hecho estragos en las estructuras circundantes y la naturaleza comenzaba a reclamar lo que una vez fue suyo. Sin embargo, y a diferencia de otros lugares similares, aquí ni siquiera la vegetación parecía viva: las plantas lucían mustias y marchitas, como si la misma tierra estuviese cargada de oscuras vibras. Era una zona olvidada por muchos, donde los menos afortunados buscaban refugio, algo que pudieran llamar hogar o, al menos, donde no los menospreciaran.
Unos intentaban mantenerse con lo poco que tenían; otros, en cambio, se aprovechaban de la miseria ajena: pandilleros, vendedores de droga y ladrones habitaban aquel terreno. Cualquiera era presa fácil para quienes habían perdido todo y solo podían refugiarse en el vicio, la inmundicia y la soledad. Y, en medio de aquel lúgubre contraste, deambulaba una niña.
Era un lugar peligroso, frío y deprimente, por donde nadie querría pasar y, aun así, allí estaba Bianca: una niña que, sin lugar a dudas, no debería estar en un sitio como ese. Personalmente, yo podía ver poco desde donde me encontraba, pero ya conocía el lugar. Bianca solía visitar estos rincones cada cierto tiempo, y en esas ocasiones podía “ver” mejor el ambiente.
Quienquiera que la viera sabría que no tenía sentido que una niña de doce años merodeara por ahí. Incluso para mí es desconcertante a veces; pero yo solo me limito a observar mientras ella obra a su modo. No es como si necesitase a alguien que la cuidara… pobres de aquellos que caigan bajo su influjo.
Mientras Bianca rondaba por los callejones de esta “pintoresca” área, el sol, lentamente, pasó de ser un ente cálido y comprensivo a uno que desprendía malicia. Con tono carmesí rojizo, anunciaba sus últimos momentos en el cielo, aunque antes cubrió todo con un peculiar aire de melancolía e incertidumbre.
Allí, en algún lugar sin nombre donde solo la luz del sol evitaba que la inmundicia lo consumiera todo se hallaba la razón de su peregrinaje: su objetivo. Detrás de un par de cajas de cartón, junto a un contenedor de basura, yacía una figura temblorosa, demacrada y escuálida. Recostado, se cubría los oídos: un ser delirante y maloliente, despojado de toda humanidad por sus semejantes. En sus manos corría la sangre de innumerables víctimas, fruto de su demencia y la euforia de poseer algo atroz, tan horrendo que solo podía compararse con el alma de quienes lo crearon. Un individuo cuyos años dorados habían sido arrebatados por promesas de ese “paraíso embotellado” que, en realidad, eran las llaves del mismísimo infierno.
La niña se detuvo abruptamente a escasos metros, en un segundo episodio de repentino detenimiento para contemplar a este individuo. El viento, que en un principio fue dócil, ahora se volvía cada vez más brusco y, en su furia, hacía crujir los árboles a su alrededor. El ambiente se tornó frío mientras ella, con calma imperturbable, se quitaba la mochila y la dejaba en el suelo. Junto a ella depositó el muñeco, que ante aquel entorno empezaba a desprender un aura de oscuridad y malicia, como si cobrara vida propia y encajara perfectamente con el lugar.
La niña avanzó lentamente, sin mostrar señales de miedo; más bien adoptaba la postura de un depredador, cauteloso y observador. El hombre, al sentir su presencia, entre babeos, temblores y delirios, se detuvo en seco, como si algo lo poseyera. Se incorporó con extraña serenidad, se limpió la baba y realizó una reverencia tan ceremoniosa y medida que ni el mayordomo más pulido podría igualar la devoción de sus modales. No pronunció palabra alguna: sus gestos hablaron por él con perfecta elocuencia. Después, se arrodilló frente a la niña, quien le indicó con un gesto asertivo de cabeza que continuara.
Él se puso de pie de nuevo y se acercó al contenedor tras él, de donde extrajo una pequeña caja de cartón, raída y manchada. Más que la caja, era su contenido lo que importaba. Con cuidado de quien ofrece un tesoro real, se inclinó y la presentó ante Bianca. Ella se acercó, la abrió y examinó su interior con mirada imperturbable. Sin gesticular, la dejó a un lado, dando a entender que estaba satisfecha.
En ese instante, la figura alzó las manos, suplicante. Su fervor era tal que, aunque parecía controlado como un títere, tenía espasmos involuntarios. Saboreaba su recompensa. Bianca levantó su mano y la cerró con fuerza ante sus ojos. De su palma brotó un líquido rojizo que, al reflejar los últimos rayos del sol, adquirió un tono púrpura vibrante. No era un color estático: alternaba entre rojos y morados en un baile hipnótico.
La gota cayó en las manos del hombre, que la recibió con temblor. El líquido resbaló y se absorbió en su piel como aceite. Tras unos segundos de silencio, el fluido burbujeó antes de introducirse completamente en su carne. Instantáneamente, sus ojos se volvieron negros; su cuerpo se convulsionó. Gimió y babeó, retorciéndose en dolor y placer simultáneos. Era un tormento exquisito: el anhelado premio que habría llevado a aquel ser al límite de cualquier acto para obtener siquiera una sola gota.
Bianca observó sin inmutarse, mientras el hombre se entregaba a su agonía, atrapado entre el sufrimiento y el éxtasis de lo prohibido.
Ella solo observó mientras el pobre hombre agonizaba hasta que, finalmente, cesó. Quedó tendido en el suelo, inerte, sin señales de vida: ya no respiraba. Parecía que la existencia se le había escapado de los ojos, y su aliento se marchaba para no volver.
Se acercó un poco al cuerpo inerte y se quedó mirándolo mientras el sol moribundo sucumbía ante las garras de la oscuridad. Aún en sus últimos instantes, el astro tiñó todo con un rojo intenso, y las sombras se alzaron para revelar la verdadera naturaleza de quienes aún permanecían bajo su luz.
Los segundos transcurrían uno tras otro en un silencio absoluto. Ni siquiera el viento tan insistente en su danza momentos antes parecía existir ahora. Entonces, tan repentinamente como se fue, el cuerpo dio un fuerte espasmo que lo dejó rígido, contrayendo sus músculos por un par de segundos. Después, por fin, se liberó de aquellas cadenas: vivía, o al menos había regresado de entre los muertos para quedar inconsciente.
La niña, que había permanecido en completa calma y silencio, dejó escapar un único sonido, apenas perceptible, ahogado por la máscara. Su vibra ennegrecida, malvada y horrenda impregnó el aire había logrado su cometido. Una pequeña risa, tenue y macabra, acompañó la escena.
Desde mi refugio en la mochila pude ver, a través del grueso plástico de la máscara, cómo sus labios formaban una sonrisa vil. El sol se ocultó por completo y en la asfixiante oscuridad, ella me habló:
—Está listo.—
Y supe que, tras aquel acto atroz, solo acababa de comenzar algo aún peor.
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