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La montaña mágica: Antepenúltimo capítulo

fictograma [Unofficial] May 28, 2026
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La gran irritación

A medida que los cortos años iban pasando, comenzó a reinar un nuevo espíritu en la casa del Berghof. Hans Castorp no dejaba de darse cuenta de que se trataba de la obra del demonio del que anteriormente ya hemos hablado. Con la curiosidad y el desprendimiento del viajero que no tiene más preocupación que la de instruirse, había estudiado ese demonio e incluso había hallado en sí mismo aptitudes inquietantes para desempeñar un importante papel en el culto monstruoso que se le tributaba. Notó, con espanto, en sus palabras y en sus maneras de comportarse, por aquella infección a la que nadie podía sustraerse.

¿Qué pasaba? ¿Qué flotaba en el aire? Un espíritu de querella. Una crisis de irritación. Una impaciencia sin nombre. Una tendencia general a discusiones envenenadas, a explosiones de ira.

Grandes discusiones, gritos sin objeto ni medida estallaban cada día entre individuos o entre grupos enteros, y la característica de estos ataques era que los que no tomaban parte en la disputa, en lugar de sentirse movidos a tranquilizar a los que discutían y se peleaban, tomaban una parte activa en ella y se abandonaban al mismo vértigo.

Los huéspedes palidecían y temblaban de ira, sus ojos brillaban y las bocas se retorcían apasionadamente. Se envidiaba a los que tenían más derecho a gritar por ser los protagonistas de la pelea. El deseo de imitarlos torturaba el alma y el cuerpo, y aquel que no tenía la fuerza de voluntad de refugiarse en la soledad se sentía irremisiblemente arrastrado por el torbellino.

Los conflictos banales, las acusaciones recíprocas en presencia de conciliadores daban por resultado que éstos se dejasen llevar, con una espantosa facilidad, por la grosería y los gritos. Esta clase de escenas se multiplicaban en el Berghof. Los que salían de la casa relativamente tranquilos no podían afirmar en qué estado de espíritu regresarían.

Una pensionista que se sentaba a la mesa de los rusos distinguidos, una joven natural de Minsk, muy elegante y ligeramente enferma —se le habían prescrito solamente tres meses—, se marchó un día a la aldea para hacer compras en la camisería francesa. Pero se sintió poseída de una cólera tan violenta contra la vendedora, que regresó presa de una gran agitación y tuvo una hemoptisis terrible que la convirtió en una enferma incurable. Se avisó a su marido que estaba condenada a quedarse para siempre en el sanatorio.

Éste es un ejemplo de lo que pasaba. Contra nuestra voluntad, citaremos otros. Tal vez algunos de nuestros lectores se acuerden de aquel colegial con gafas, de la mesa de la señora Salomon, de aquel tímido joven que tenía la costumbre de transformar la comida en una especie de pasta y engullirla inclinado sobre el plato, limpiando de vez en cuando los cristales de sus gafas. Se había comportado de esa manera durante todo el tiempo, había devorado y se había limpiado las gafas, sin que hubiese sido necesario conceder una atención particular a su persona.

Pero una mañana, a la hora del desayuno, tuvo un acceso repentino de cólera que llamó la atención general y que hizo que todos los que se encontraban en el comedor se pusieran de pie.

Muy pálido, gritaba dirigiéndose a la enana, que se hallaba de pie cerca de él:

—¡Usted miente! —aullaba con voz ronca—. El té está frío. El té que me ha traído está helado. Pruébelo antes de mentir. Ya me dirá si eso no es lejía tibia y si un hombre honrado puede beberlo. ¿Cómo se atreve a servirme té helado? ¿Cómo ha podido ocurrírsele servir ese brebaje? ¡No beberé!

Y comenzó a dar puñetazos sobre la mesa, haciendo retemblar toda la vajilla.

—¡Quiero té caliente, té hirviendo! ¡Tengo derecho ante Dios y los hombres! Antes reventar que beber un solo sorbo de esa porquería. ¡Aborto maldito!

Su voz era chillona, hacía gestos como si desease morder y parecía sentir con entusiasmo la libertad de la locura furiosa. Alzó los puños contra Emerenciana y le enseñó los dientes. Luego continuó aporreando la mesa y gritando: «¡Quiero!», «¡No quiero!»

Una simpatía terrible había nacido en torno al colegial delirante. Algunos se habían sobresaltado y cerraban también los puños, hacían rechinar los dientes y tenían la mirada encendida. Otros que permanecían sentados, se habían puesto pálidos y temblaban. Este estado duró largo tiempo, aun después que le fue llevado té caliente al colegial, que ya no pensó ni siquiera en beberlo.

¿Qué ocurría?

Entró un hombre en la comunidad del Berghof, un ex negociante de unos treinta años de edad, que tenía fiebre desde hacía mucho tiempo y que había ido, durante años enteros, de sanatorio en sanatorio. Este hombre era un enemigo de los judíos, un antisemita; lo era por principio y hacía de ello un deporte.

Esta actitud de oposición era el orgullo de su vida. Había sido negociante, y ya no lo era; ya no era nada en el mundo más que enemigo de los judíos. Estaba gravemente enfermo, tenía una tos blanda, y entre los accesos parecía que su pulmón estornudaba con un sonido agudo, corto, aislado, inquietante. Pero no era judío, y esto era una cosa positiva. Se llamaba Wiedemann, tenía nombre cristiano, no era un nombre impuro. Estaba abonado a una revista titulada La Antorcha Aria y decía cosas como la siguiente:

—Llego al sanatorio X, en B… Estoy a punto de instalarme en la sala de curación. ¿Qué es lo que veo a mi izquierda, en una chaise-longue? ¡Wolf! Naturalmente, me marché enseguida…

«No faltaba nada más que eso», pensó Hans Castorp con antipatía.

Wiedemann tenía una mirada miope y recelosa. Parecía que llevaba un plumero en la punta de la nariz, que sus ojos estaban fijos en él y que, salvo ese plumero, ya no veía nada más. La falsa idea que poseía se había convertido en una verdadera manía de persecución que le llevaba a poner en claro toda impureza oculta o disfrazada que podía hallarse entre los que le rodeaban. En una palabra, se pasaba los días poniendo en la picota a todo ser vivo que no poseyese la ventaja de la que él podía enorgullecerse.

El estado de espíritu del Berghof que acabamos de describir agravó extraordinariamente la enfermedad de este hombre. Y como no podía dejar de encontrar aquí seres afectados por la tara de la que él estaba libre, este estado general provocó una escena lamentable a la que Hans Castorp tuvo que asistir y que nos servirá como nuevo ejemplo de lo que estamos describiendo.

Estaba allí otro hombre. No había nada que desenmascarar en él, pues su situación era clara. Ese hombre se llamaba Sonnenschein y, como no podía existir nombre más repugnante, la persona de Sonnenschein, desde el primer día fue el plumero suspendido delante de la nariz de Wiedemann, hacia el cual miraba con una miopía malvada y hacia el que tendía la mano para tocarle y hacer que el plumero se balancease a fin de irritarse más con esto.

Sonnenschein, negociante como el otro, estaba también gravemente enfermo y tenía una susceptibilidad enfermiza. Era un hombre amable, nada tonto, incluso alegre, y odiaba a Wiedemann a causa de sus ironías, de sus alusiones, y una tarde todo el mundo acudió corriendo al vestíbulo porque Wiedemann y Sonnenschein se habían agarrado por los pelos con una violencia bestial y desenfrenada.

Era un espectáculo entristecedor y abominable. Se pegaban como muchachos, pero con una desesperación de adultos que se ven reducidos a tal extremo. Se arañaban la cara, se agarraban por la nariz y la garganta, se golpeaban uno contra otro, se estrechaban, caían por el suelo presa de una cólera negra, se escupían y se daban patadas.

Los empleados de la oficina, que habían acudido de inmediato, hicieron grandes esfuerzos para separarlos. Wiedemann sangraba, en su rostro se veía la estupidez de la cólera, y presentaba el curioso fenómeno de los cabellos erizados. Hans Castorp nunca había visto eso y no creía que fuese posible. Los cabellos de Wiedemann se mostraban tiesos sobre su cabeza, rígidos y derechos, y en este estado se alejó corriendo, mientras se llevaban a Sonnenschein, uno de cuyos ojos desaparecía bajo una mancha azul, y el cual mostraba un agujero en la coronilla.

Esto es lo que pasó entre Wiedemann y Sonnenschein. Todos los que lo presenciaron estuvieron temblando durante horas.

Ante tal miseria, constituye para nosotros un hecho halagador el poder narrar un verdadero asunto de honor que se desarrolló durante ese período que merece este título hasta el ridículo, gracias a la solemnidad formalista con que fue tratado.

Hans Castorp no asistió a las diferentes fases de este asunto, pero fue informado de su dramático curso por las actas que fueron difundidas en copias, no sólo en el Berghof, en la aldea y en el cantón, sino también en el extranjero e incluso en América.

Era un asunto polaco, un asunto de honor que había estallado en el seno de un círculo polaco que se había formado recientemente en el Berghof, en una pequeña colonia que ocupaba la mesa de los rusos distinguidos. Hans Castorp, advirtámoslo de paso, ya no se sentaba a esa mesa. Al pasar el tiempo se sentó a la de Herminia Kleefeld, luego a la de la señora Salomon y finalmente a la de la señorita Levy. Dicho círculo tenía un barniz muy elegante y mundano, y bastaba con fruncir el entrecejo para que todo el mundo se diese por enterado. Había allí una pareja, una señorita que mantenía con uno de aquellos señores íntimas relaciones de amistad, y otros hombres de mundo. Se llamaban: Zutavski, Cieszynski, Rosinski, Miguel Lodygovski, León de Asarapetian y otros más.

En el restaurante del Berghof, al beber champán, un cierto Japoll había hecho en presencia de otros dos caballeros algunas consideraciones referentes a la esposa de Zutavski y a la amiga de Lodygovski, llamada señorita Krylov, consideraciones de un calibre que resulta difícil repetir aquí. Se hicieron luego gestiones y se levantaron actas, que fueron distribuidas por todas partes.

Hans Castorp pudo leer:

«Declaración traducida del original polaco. —El 27 de marzo de 19… el señor Stanislav de Zutavski se ha dirigido a los señores doctor Antonio Cieszynski y Stefan de Rosinski para rogarles vayan en su nombre a visitar al señor Casimir Japoll y le pidan una reparación conforme al código de honor por las graves ofensas y difamaciones de que el señor Casimir Japoll se ha hecho culpable respecto a la señora Jadwiga de Zutavski, en una conversación con los señores Janusz Teofil Lenart y León de Asarapetian.

»Cuando el señor de Zutavski tuvo indirectamente conocimiento de la conversación mencionada, cosa que ocurrió a fines de noviembre, hizo inmediatamente lo necesario para obtener una certidumbre completa sobre la naturaleza de la ofensa de que había sido objeto. Ayer, 27 de marzo de 19… la difamación y la ofensa fueron demostradas por boca del señor León de Asarapetian, testigo directo de la conversación durante la cual las palabras ofensivas y las insinuaciones fueron pronunciadas. El señor Stanislav de Zutavski juzgó entonces oportuno dirigirse a los abajo firmantes concediéndoles mandato para entablar, sin pérdida de tiempo, un procedimiento contra el señor Casimir Japoll, de conformidad con las leyes del honor.

»Los abajo firmantes hacen, pues, la siguiente declaración:

»1.° En virtud del acta levantada por una de las partes el 9 de abril de 19…, redactada en Lemberg por los señores Zdsistav y Zygulski y Tadeusz Kadyj en el asunto del señor Ladislao Goduleczny contra el señor Casimir Japoll, y ateniéndose a la declaración del jurado de honor de 18 de junio de 19… redactada en Lemberg respecto a dicho asunto, se hace constar que, «a consecuencia de las reiteradas faltas a las exigencias del honor», el señor Casimir Japoll no puede ser considerado como un caballero.

»2.° Los abajo firmantes deducen de los hechos consignados las conclusiones que se impone y comprueban que el señor Casimir Japoll no puede, en modo alguno, conceder una reparación por sus actos.

»3.° Los abajo firmantes estiman que no es admisible entablar un procedimiento de honor contra un hombre que ha faltado al honor, ni intervenir en tal procedimiento.

»A causa de este estado de cosas, los abajo firmantes llaman la atención del señor Stanislav Zutavski sobre el hecho de que es vano entablar contra el señor Casimir Japoll un procedimiento de honor, y le aconsejan que denuncie a éste a los tribunales a fin de impedir que una personalidad que ya no está en situación de conceder reparaciones, como es el caso del señor Casimir Japoll, le cause nuevos perjuicios.

»Fechado y firmado: Dr. Antonio Cieszynski, Stefan de Rosinski.»

Hans Castorp pudo también leer lo siguiente:

«Acta de los testigos del incidente entre los señores Stanislav de Zutavski y Miguel Lodygovski, de una parte, y Casimir Japoll y Janusz Teofil Lenart, por otra, sobre el incidente que se produjo en el bar de Kurhaus de D…, el 2 de abril de 19…, entre las siete y media y las ocho menos cuarto de la tarde.

»Considerando que el señor Stanislav de Zutavski, en virtud de la declaración de sus representantes los señores doctor Antonio Cieszynski y Stefan de Rosinski en el asunto del señor Casimir Japoll, del 28 de marzo de 19…, ha llegado, después de una madura reflexión, al convencimiento de que la denuncia a los tribunales contra el señor Casimir Japoll no puede constituir una reparación suficiente de la grave ofensa de difamación de su esposa Jadwiga.

»Considerando que hay razones para temer que, llegado el momento, el señor Casimir Japoll no comparezca ante la justicia y que las denuncias contra él, en su calidad de subdito austríaco, sean no sólo difíciles, sino imposibles:

»Considerando, además, que una condena en justicia del señor Casimir Japoll no puede borrar la ofensa por la que el señor Casimir Japoll ha intentado deshonrar calumniosamente el nombre y la casa del señor Stanislav de Zutavski y su esposa Jadwiga.

»El señor Stanislav de Zutavski ha elegido la vía más directa y, en razón de las circunstancias dadas, la más oportuna, después de haberse enterado indirectamente de que el señor Japoll se proponía ir al lugar más abajo indicado.

»Y el 2 de abril de 19…, entre las siete y media y las ocho menos cuarto de la tarde, en presencia de su esposa Jadwiga y de los señores Miguel Lodygovski e Ignacio Mellin, ha abofeteado varias veces al señor Casimir Japoll, que iba acompañado del señor Janusz Teofil Lenart y de dos mujeres desconocidas, cuando se hallaba consumiendo bebidas alcohólicas en el bar Americano de Kurhaus.

»Inmediatamente después, el señor Miguel Lodygovski ha abofeteado al señor Casimir Japoll, manifestando que era a causa de las graves ofensas que había hecho a la señorita Krylov y a él.

»Acto seguido, el señor Miguel Lodygovski ha abofeteado al señor Janusz Teofil Lenart por el daño causado a los señores de Zutavski, después de lo cual, sin perder un instante, el señor Stanislav de Zutavski ha abofeteado repetidas veces al señor Janusz Teofil Lenart por haber manchado calumniosamente el honor de su esposa y el de la señorita Krylov.

»Los señores Casimir Japoll y Janusz Teofil Lenart han permanecido pasivos durante todos estos incidentes.

»Fechado y firmado: Miguel Lodygovski, Ignacio de Mellin.»

La situación interna impidió a Hans Castorp reírse de aquella avalancha de bofetadas oficiales, como sin duda lo hubiese hecho en otro tiempo. Tembló mientras leía, y la corrección inatacable de los unos y el deshonor crapuloso de los otros le impresionaron profundamente por su contraste. Lo mismo ocurrió a todo el mundo. Todos estudiaban apasionadamente el asunto de honor polaco y lo comentaban con igual pasión, apretando los dientes.

Una réplica del señor Casimir Japoll enfrió un poco los ánimos. Japoll afirmaba que Zutavski había sabido que él, Japoll, había sido en otro tiempo descalificado por un cualquiera, y que todas las gestiones que Zutavski había hecho no habían sido más que pura comedia, porque sabía que no podía batirse. Por otra parte, Zutavski había renunciado a denunciarle por razones que todo el mundo conocía perfectamente, o sea, que su mujer Jadwiga le había gratificado con una variada colección de cuernos, cosa que Japoll hubiese hecho constar ante la justicia, y la presencia de la señorita Krylov, ante el juez, no hubiese sido menos edificante. Se había establecido que, en lo que se refiere a él, no podía haber reparación por medio de las armas, pero no ocurría lo mismo con otro de los ofensores, y Zutavski no había hablado de él para no correr peligro. Respecto al papel que Asarapetian había desempeñado en este asunto, valía más no hablar. En lo que se refería a la escena del bar de Kurhaus, convenía señalar que Japoll era un hombre de constitución débil, a pesar de que tuviese réplicas vivas y espirituales. Zutavski, acompañado de sus amigos y de su esposa, que era una mujer extraordinariamente vigorosa, se hallaba en una situación muy superior, mientras que las mujercitas que estaban en su compañía eran criaturas sin duda alegres, pero temerosas como gallinas. Para evitar un espantoso conflicto había rogado a Lenart que permaneciese tranquilo y se había decidido a soportar los contactos pasajeros con Zutavski y Lodygovski, pues no habían sido muy dolorosos y los vecinos los habían tomado por amistosas bromas.

Así se defendió Japoll que, naturalmente, no tenía mucho que salvar. Sus observaciones no pudieron borrar el bello contraste entre el honor y la cobardía más que de un modo superficial, pues no poseía los medios técnicos de que disfrutaba el partido de Zutavski y no pudo distribuir más que algunas copias a máquina. En cambio, las actas que acabamos de consignar fueron repartidas a todo el mundo. Llegaron igualmente a Naphta y a Settembrini. Hans Castorp vio esos documentos entre las manos de sus amigos y observó, con sorpresa, que los estudiaban detenidamente.

Esperaba que Settembrini haría algunas bromas, pero la epidemia reinante había contagiado también el claro espíritu del francmasón y le quitaba las ganas de reír haciéndose sensible a las bofetadas. Además, el estado de salud de Settembrini empeoraba de un modo lento pero regular; eso le ponía sombrío y le hacía maldecir su estado, sentía vergüenza y se despreciaba, y en esa época tuvo que guardar cama unos días.

Naphta, el vecino y adversario de Settembrini, no estaba tampoco muy bien de salud. En su organismo progresaba la enfermedad que había sido la causa física —o el pretexto— de la interrupción de su carrera, y las cualidades del aire que respiraba no podían atajar el mal. Con frecuencia también tenía que guardar cama. Lo cascado de su voz se hacía ahora sensible y, a medida que su fiebre subía, se mostraba más radical y más mordiente.

Esas resistencias dolorosas a la enfermedad y a la muerte que tanto deprimían a Settembrini, debían de ser desconocidas para Naphta, que acogía la agravación de su estado físico, no con tristeza, sino con una alegría sarcástica, con una combatividad sin ejemplo, con una necesidad de crítica, de negación y de perturbación espirituales que irritaban peligrosamente la melancolía de Settembrini, y aguzaban, cada vez más, sus querellas intelectuales.

Naturalmente, Hans Castorp no podía hablar más que de las que había presenciado, y tenía la impresión de que su asistencia era necesaria para contener el tono de las controversias. Causaba gran pena a Settembrini el oír cómo Hans Castorp alababa las maldades de Naphta, aunque reconocía que éstas rebasaban toda medida y con frecuencia los límites de un espíritu sano.

Este enfermo no tenía la fuerza ni la buena voluntad de sobreponerse a la enfermedad, y veía al mundo entero bajo el signo del mal. Con gran cólera de Settembrini, que hubiese deseado que su discípulo saliese de la habitación, Naphta declaraba que la materia era una sustancia demasiado grosera para que el espíritu se encarnase en ella. El resultado práctico de la Revolución Francesa, tan alabada, era el Estado burgués capitalista. ¡La república universal sería indudablemente la felicidad! ¿El progreso? ¡Dios mío! Era este famoso enfermo que cambia sin cesar de posición porque espera encontrar alivio. El deseo inconfesado de ver estallar una guerra era la expresión de este estado. ¡Ya vendría la guerra! A pesar de que traería cosas muy diferentes de las que esperaban sus autores, Naphta despreciaba el Estado burgués, preocupado de su seguridad. Aprovechó la ocasión de expresar su punto de vista un día de otoño, mientras se paseaban por la carretera y comenzaba a caer una lluvia fina, de manera que todo el mundo abrió los paraguas: eso era para él signo de la cobardía, trivial resultado de la civilización. Un accidente como el naufragio del Titanic llevaba al hombre a sus orígenes. Entonces, a grandes gritos, habían reclamado más seguridad en los medios de transporte. De un modo general, se manifestaba la mayor indignación cuando la seguridad parecía amenazada. Era lamentable, y esa debilidad humana concordaba muy bien con el salvajismo bestial e infame del campo de batalla económico que constituía el Estado burgués. ¡Guerra, guerra! Y aquella impaciencia le parecía incluso honrosa.

Pero apenas Settembrini introducía en la conversación la palabra «justicia» y recomendaba ese elevado principio como un medio preventivo contra las cuestiones interiores y exteriores, Naphta, que hacía un momento había juzgado que el espíritu era demasiado puro para encarnarse en una forma terrestre, ponía en duda ese espíritu mismo y se esforzaba en denigrarlo. ¡La justicia! ¿Era ésta una idea digna de admiración? ¿Es un principio divino, un principio superior? Dios y la naturaleza, concedían a los unos ventajas peligrosas y preparaban a los otros una suerte fácil y banal. ¿Y el hombre provisto de voluntad? A sus ojos, la justicia era, por una parte, una debilidad que paralizaba y, por otra, una música que impelía al hombre a realizar actos irreflexivos. Se era justo, además, desde un punto de vista o desde otro. Lo demás no era otra cosa que liberalismo. La justicia era una palabra vacía de la retórica burguesa, era preciso saber en la acción de qué justicia se hablaba, de la que quería conceder a cada uno lo que le pertenecía o de la que quería dar la misma cosa a todos.

Hemos elegido al azar un ejemplo de las discusiones sin salida, para demostrar la manera cómo Naphta intentaba turbar toda la razón. Pero era todavía mucho peor cuanto hablaban de ciencia, en la que no creía. No creía porque el hombre era absolutamente libre para creer o no creer. Era una fe como cualquier otra, pero más estúpida y más perjudicial, y la palabra «ciencia» era la expresión del realismo más estúpido que circulaba como el dinero. Era la cosa más desprovista de espíritu que se haya inculcado al género humano. ¿La idea de un mundo material existente por sí, no es la más ridicula de todas las contradicciones? La ciencia natural moderna, como dogma, reposa únicamente en esa hipótesis metafísica de las formas de conocimiento que nos son propias; espacio, tiempo, causalidad —formas en las que se desarrolla el mundo fenomenal—, y que existen independientemente de nuestro conocimiento. Esa confirmación monista era la impertinencia más audaz dicha respecto al espíritu. El espacio, el tiempo, la causalidad, en lengua monista se llamaban evolución, y éste era el dogma central de la seudorreligión de los librepensadores y los ateos. ¡Empirismo! ¿Se pretendía que el átomo, esa bella broma matemática de la «más pequeña parte indivisible», era una cosa cuya existencia estaba demostrada? ¿La doctrina de lo infinito del espacio y el tiempo se basaba en la experiencia? En efecto, para demostrar la realidad del espacio y el tiempo se pueden realizar experiencias que dan un resultado regocijante: la nada. Hay que convenir en que el realismo es el verdadero nihilismo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que la relación de cualquier medida con el infinito es igual a cero. No hay medida en el infinito, ni duración ni cambios en la eternidad. En el infinito espacial, cuando la distancia es matemáticamente igual a cero no se pueden concebir siquiera dos puntos situados uno al lado del otro. Esto lo hacía constar Naphta para contestar a la desvergüenza de la ciencia al presentar sus combinaciones astronómicas, su charla sobre el universo como un conocimiento absoluto. ¡Infortunada humanidad que, ante una larga exposición de cifras equivalentes a cero, se había dejado sugerir el sentimiento de su propia nulidad, se había dejado privar del sentido patético de su propia importancia! Se puede aceptar que la inteligencia humana se contente con sus experiencias sobre lo objetivo y lo subjetivo, manteniéndose en el dominio terrenal, pero cuando rebasa este círculo y se introduce en los enigmas eternos entregándose a la pretendida cosmología, a la cosmogonía, la broma va demasiado lejos y la presunción se hace siniestra. ¡Qué estúpida blasfemia el querer medir la distancia de la Tierra a una estrella en trillones de kilómetros o en años luz, e imaginar que con esas fanfarronadas se puede dar al espíritu humano una vista al infinito y a la eternidad, cuando el infinito no tiene nada de común con la distancia, ni la eternidad significa la abolición de lo que nosotros llamamos naturaleza! Preferiría mil veces la ingenuidad de un niño que cree que las estrellas son agujeritos de la tela del cielo a través de los cuales traspasa la luz eterna, a la charla insensata, vacía y presuntuosa de la ciencia monista al tratar del «universo cósmico».

Settembrini le preguntó si, por su parte, se explicaba la existencia de las estrellas, a lo que Naphta contestó que reservaba a su escepticismo toda humildad y libertad. Se podía deducir de nuevo, de esa confirmación, la idea que tenía de la «libertad», y Settembrini temía que Hans Castorp encontrase tales cosas dignas de consideración.

Naphta buscaba, con mala intención, las ocasiones que podían poner de relieve la debilidad del progreso vencedor de la naturaleza. Los aviadores, decía, eran con frecuencia individuos tortuosos y desagradables, sobre todo muy supersticiosos. Llevaban mascotas, un cuervo, escupían tres veces a un lado y a otro, se ponían los guantes de sus antecesores afortunados. ¿Cómo era posible que una cosa tan primitiva se conciliase con los conceptos filosóficos sobre los que se apoyaba su profesión…? Pero no podríamos agotar los ejemplos del humor agresivo de Naphta. Debemos ceñirnos a cosas más reales.

Una tarde de febrero estos amigos se pusieron de acuerdo para ir a Monstein, a una hora y media de trineo de su lugar de vida habitual. Eran Naphta, Settembrini, Hans Castorp, Ferge y Wehsal. Se marcharon en dos trineos tirados por dos caballos cada uno. Hans Castorp iba con el humanista, Naphta con Ferge y Wehsal —este último sentado al lado del cochero—. El ruido de los cascabeles rompía agradablemente el silencio del paisaje nevado. Pasaron por delante de Frauenkirch y Glaris, hacia el sur. La nieve salía rápidamente a su encuentro. El frío era vivo, la montaña estaba cubierta de bruma. La ruta que seguían entre la montaña y el abismo subía recta por un bosque de abetos. Avanzaban al paso.

Al hallarse cerca del término de su camino apareció la bella vista de Zugen. Los excursionistas salieron de entre sus mantas ante la pequeña hostería de Monstein, llamada Kurhaus, y, dejando los trineos atrás, avanzaron unos pasos para poder contemplar el Stulsergrat. El muro inmenso de tres mil metros de altura se hallaba velado por la bruma, haciendo pensar en un Walhalla santamente inaccesible. Hans Castorp admiró ese espectáculo y fue él quien, con sentimiento de humildad, pronunció la palabra «inaccesible», dando así ocasión a Settembrini para hacer observar que, naturalmente, ya se había llevado a cabo la ascensión a ese pico. Podía decirse que la palabra inaccesible no existía, pues ya no había lugar de la Tierra en que el hombre no hubiese puesto su pie. Naphta hizo constar que esto era una pequeña exageración y una baladronada. Citó el monte Everest, que se hallaba cerrado ante la temeridad de los hombres y que parecía querer permanecer aún mucho tiempo en actitud de reserva y el humanista se molestó.

Los excursionistas se dirigieron al Kurhaus, ante el cual se hallaban algunos otros trineos junto a los suyos.

En el primer piso había habitaciones por alquilar. Allí estaba situado también el comedor, de un aspecto rústico y bien caldeado. Los excursionistas encargaron la comida al hostelero: café, miel, pan blanco y pan de pera, especialidad del lugar. Se envió vino a los cocheros. Visitantes suizos y holandeses se hallaban sentados a las otras mesas.

Estamos tentados de decir que el café caliente y muy bueno había hecho que la conversación entre nuestros amigos se hiciese más elevada, pero sería inexacto. La conversación consistía en un monólogo de Naphta que, después de unas palabras pronunciadas para los demás, comenzó un tema que condujo de una manera muy chocante desde el punto de vista de las conveniencias, porque el antiguo jesuita se volvía únicamente hacia Hans Castorp instruyéndole amistosamente, pero volviendo la espalda a Settembrini. Tampoco hacía caso de los otros compañeros.

Hubiese sido difícil decir cuál era el tema de su improvisación, que Hans Castorp iba acompañando con movimientos de hombros y cabeza. Sin duda no se refería a un tema único, se movía arbitrariamente en el dominio del espíritu, tocando una serie de problemas y tendiendo a demostrar la ambigüedad de los fenómenos espirituales de la vida, la naturaleza incierta y la inutilidad de la lucha por los grandes principios. Se hubiera podido decir que su conferencia se refería al tema de la libertad, y que la cuestión era tratada con intención de embrollar más el tema. Habló, entre otras cosas, del romanticismo y del doble sentido fascinador de ese movimiento europeo de principios del siglo XX, ante el que los conceptos de reacción y revolución se desvanecieron, no pudiendo sin embargo condenarse en un concepto más alto. Era ridículo eso de querer ligar la idea revolucionaria a la del progreso y civilización victoriosa. El romanticismo había sido un movimiento liberalizador: anticlásico, antiacadémico, dirigido contra el antiguo gusto francés, contra la antigua escuela de la razón, Naphta comenzó entonces a hablar con entusiasmo de Fichte y de las guerras de liberación. Luego exhortó a su joven oyente a que se diese cuenta de la diferencia, o más exactamente del contraste entre la libertad exterior y la interior, y examinase la cuestión de saber qué servidumbre era menos compatible con el honor de una nación. La libertad era, en realidad, un concepto más romántico que progresista. La tendencia individualista a la liberación había preparado el culto histórico o romántico, procedía de la Edad Media en su concepto de la importancia infinita y cósmica del individuo. Por otra parte, el individualismo era una cuestión del humanismo liberalizante, que se inclinaba a la anarquía y quería impedir que el individuo fuese sacrificado a la colectividad. Pero había que convenir que la exaltación de la libertad había provocado los más brillantes adversarios de la libertad, los campeones más espirituales del pasado, en la lucha contra el progreso destructor e impío. Naphta citó a Arndt, que había maldecido al industrialismo y elevado hasta las nubes a la nobleza. Citó a Goerres, el autor de la Mística cristiana. ¿Y la mística no tenía nada de común con la libertad? Había que considerar la jerarquía como una potencia liberal, pues había opuesto una muralla a la monarquía absoluta. Pero el misticismo, a fines de la Edad Media, había afirmado su naturaleza liberal siendo el precursor de la Reforma —¡de la Reforma…! que, por su parte, era una maraña indisoluble de libertad y reacción medieval.

El gesto de Lutero… sí, tenía la ventaja de demostrar con ruda evidencia la naturaleza problemática de la acción misma, de la acción en general. ¿El oyente de Naphta sabía lo que era un acto? Un acto había sido, por ejemplo, el asesinato del consejero de Estado Kotzebue por el estudiante Sand. ¿Qué había armado la mano de Sand? El entusiasmo por la libertad. Pero visto de más cerca, ese entusiasmo había sido un fanatismo de la moral, del odio contra una frivolidad contraria al espíritu nacional. Mas, por otro lado, Kotzebue había estado al servicio de la Santa Alianza; sin embargo, Sand había apuñalado por amor a la libertad, lo que por otra parte parecía poco probable, pues entre sus mejores amigos se habían contado los jesuitas. De todos modos, fuese el que fuese el acto perpetrado, era un mal sistema para poner de manifiesto su pensamiento y no contribuía a dejar en claro los problemas espirituales.

—¿Puedo informarme de cuándo terminará con sus equívocos?

Settembrini hizo esta pregunta con un tono mordaz, mientras golpeaba con los dedos sobre la mesa. Había terminado su paciencia, estaba pálido y miraba a su enemigo con los ojos brillantes.

—¿Qué ha tenido usted a bien manifestar? —fue la pregunta con que contestó Naphta.

—He tenido a bien —dijo el italiano, y tragó saliva—, he tenido a bien hacerle saber que estoy decidido a impedir que importune a una juventud sin defensa.

—Señor, le ruego que mida sus palabras.

—Señor, no hay necesidad de tal invitación. Tengo la costumbre de hacerlo, y las que he pronunciado responden exactamente a las circunstancias. Digo que su manera de dirigirse a la juventud constituye una infamia , y las palabras no son suficientes para castigarla…

Cuando pronunció la palabra «infamia», Settembrini dio un golpe sobre la mesa, rechazó su silla y se puso en pie, lo que imitaron todos los demás. Los que estaban en las otras mesas se dispusieron a escuchar. Todos los de nuestra mesa se hallaban, pues, de pie, todos pálidos y temblorosos. ¿Los compañeros desinteresados no debían intervenir en un sentido conciliador, hacer desaparecer la tirantez con alguna broma, arreglarlo todo con palabras tranquilizadoras? No hicieron esta tentativa. Su estado anímico se lo impedía. Permanecieron de pie, nerviosos y, contra su voluntad, sus puños se cerraban. El mismo Ferge, para quien todos los asuntos elevados estaban fuera de su alcance, como él mismo había dicho —y, por lo tanto, no podía medir la importancia de la querella—, estaba convencido de que se trataba de doblegarse o de romper y que, arrastrado él mismo al debate, no podía hacer más que las cosas siguiesen su curso. Su bigote espeso y jovial subía y bajaba violentamente.

Todos permanecían en silencio y por eso se podía oír el rechinar de dientes de Naphta. Para Hans Castorp, fue una experiencia análoga a la de los cabellos erizados de Wiedemann. Creía que se trataba de una frase y que, en realidad, ese hecho no se produciría jamás. Pero ahora, Naphta, en efecto, hacía rechinar los dientes. Era un ruido terriblemente desagradable, salvaje, pero que no dejaba de ser por eso la señal de un dominio de sí mismo, pues dijo con voz suave:

—¿Infamia? ¿Castigar? ¿El asno virtuoso también lanza voces? ¿La policía pedagógica de la civilización va a sacar la espada? Eso constituye un éxito fácilmente obtenido, lo digo con desdén, pues una burla ligera ha puesto en pie de guerra el sentido moral vigilante. Lo demás ya se hará solo, señor. Y el «castigo» también. Espero que sus principios de ciudadano no le impedirán saber lo que me debe, pues, si no fuese así, me vería obligado a poner esos principios a prueba, por medios que…

Y al ver que Settembrini se erguía, añadió:

—¡Ah, veo que no será necesario! Arreglaremos, pues, esa pequeña diferencia en el lugar conveniente. Por el momento, he de manifestar que, en su temor devoto por el estado escolástico de la Revolución jacobina, usted considera mi manera de hacer dudar a la juventud, de desposeer a las categorías de su calidad académica y de su apariencia de virtud, como un crimen contra la pedagogía. Este temor está bien justificado, pues ya se halla completamente desacreditada su humanidad, se lo aseguro. Ya no es más que una peluca vieja, un objeto clásico y pasado de moda, una cosa muy aburrida que hace bostezar, y que la nueva revolución, la nuestra, señor, se dispone a arrinconar. Cuando nosotros, como educadores, sugerimos la duda, sabemos perfectamente lo que hacemos. No es más que el escepticismo extremo, el caos moral que se desprende del absoluto, el terror sagrado de que la época tiene necesidad. Esto lo digo para justificarme y para su gobierno; lo demás se decidirá en otra parte. Ya tendrá noticias mías.

—Y usted ya tendrá con quién hablar, señor —exclamó Settembrini a Naphta, que había abandonado la mesa y se dirigía precipitadamente hacia la percha para apoderarse del abrigo. Luego el francmasón se dejó caer pesadamente en la silla y se puso ambas manos sobre el corazón.

Distruttore! Cane arabbiato! Bisogna ammazzarlo! —gritó casi sin aliento.

Los demás continuaban de pie en torno a la mesa. El bigote de Ferge seguía subiendo y bajando. Wehsal tenía la boca abierta. Hans Castorp apoyó su barbilla a la manera de su abuelo, pues su nuca temblaba. Todos, sin exceptuar a Settembrini, pensaban que era una ventaja que hubiesen tomado dos trineos y no uno común. Esto facilitaba el regreso. Pero ¿y después?

—Le ha provocado en duelo —dijo Hans Castorp, con el corazón oprimido.

—En efecto —contestó Settembrini.

—¿Acepta usted? —preguntó Wehsal.

—¿Y me lo pregunta? —respondió Settembrini, mirándole severamente por un instante—. Señores, deploro el resultado de nuestro paseo, pero todo hombre debe esperar en la vida tales incidentes. Desapruebo teóricamente el duelo, y deseo conformarme a la ley; pero en la práctica es otra cosa y hay situaciones que… contrastes que… En una palabra, estoy a disposición de ese señor. Me resultará ahora útil el poco de esgrima que hice durante mi juventud, y algunas horas de ejercicio me desentumecerán el puño. ¡Vamos! Supongo que ese señor ha dado ya la orden de que enganchen.

Durante el regreso, y aun después, Hans Castorp tuvo momentos en que se sentía presa de vértigo ante lo extraño del inquietante acontecimiento que se anunciaba, sobre todo cuando vio que Naphta no quería saber nada de florete ni de espada y persistía en pedir el duelo a pistola, y que él tenía derecho a elegir armas, pues, según los preceptos del honor, él era el ofendido.

Hay que decir que en ciertos momentos Hans Castorp conseguía sobreponerse a la enfermedad general y se decía que se trataba de una locura que era preciso evitar.

—¡Si hubiese una verdadera ofensa! —exclamó en su conversación con Settembrini, Ferge y Wehsal, que Naphta había elegido como testigos, y que llevaban las negociaciones entre las partes—. ¡Una injuria de carácter burgués y mundano! Si se hubiese arrastrado el honorable nombre del otro en el barro, si se tratase de una mujer o de cualquier otra fatalidad análoga y palpable de la vida, entonces bueno, en estos casos el duelo es el último recurso indicado, y cuando la ceremonia se ha efectuado se puede decir «los adversarios se han separado reconciliados», incluso se puede decir que el duelo es una buena institución para los casos complicados. Pero ¿qué ha hecho? No quiero, en modo alguno, hacerme su defensor, pregunto sólo ¿en que le ha ofendido? Ha zarandeado las categorías, ha despojado ciertas nociones de su dignidad académica. Se ha sentido por eso ofendido, admitamos que con razón…

—¿Admitamos? —repitió Settembrini, y le miró con altanería.

—¡Con razón, con razón! Pero no le ha insultado. Hay una diferencia, permítame. Se trata de cosas abstractas, intelectuales. Se puede ofender con temas intelectuales, pero nunca insultar. Es un axioma que todo jurado de honor admitiría, puedo asegurárselo. Y lo que usted le contestó sobre «infamia» y «castigo severo» tampoco es un insulto, pues se expresó en un sentido simbólico, intelectual, y eso no tiene nada de común con una cuestión personal. El pensamiento jamás puede ser personal, es el complemento y la interpretación del axioma, y por eso…

—Usted se equivoca, amigo —contestó Settembrini con los ojos cerrados—. Se equivoca primeramente al admitir que el pensamiento no puede tener un carácter personal. No debería pensar eso. —Y sonrió finalmente y con expresión dolorosa—. Pero se equivoca principalmente en la apreciación de que el espíritu, en general, es una cosa demasiado débil para acarrear conflictos. All’incontro! El elemento abstracto purificado, ideal, es a veces absoluto y, por consiguiente, el elemento de más rígido rigor, que encarna más que el comercio social, posibilidades más inmediatas y más radicales de odio, de oposición absoluta e irreductible. No puede extrañarse que lleve a una oposición entre el «tú» y el «yo», a una situación verdaderamente extrema, a la del duelo, de la lucha física. El duelo no es una «institución» como cualquier otra. Es un último recurso, es la vuelta al estado de la naturaleza primitiva, apenas atenuado por ciertas reglas de carácter caballeresco que son muy superficiales. Lo esencial de esta situación es su elemento netamente primitivo, el cuerpo a cuerpo, y todos debemos estar dispuestos para esa situación, por alejados que nos sintamos de la naturaleza. Quien no es capaz de defender una idea pagando con su vida y con su sangre, no es digno. Y se trata de ser un hombre, por espiritualista que sea.

Hans Castorp había recibido una lección. ¿Qué podía contestar? Permaneció callado, meditativo. Las palabras de Settembrini parecían lógicas; sin embargo, un poco extrañas en su boca. Sus pensamientos ya no eran sus pensamientos, como tampoco era él quien había tenido la idea del combate singular, era una idea del terrorista, el pequeño Naphta. Era la expresión del malestar general, y Settembrini se había convertido en su esclavo.

En Hans Castorp había también un malestar moral. Recordaba el estremecimiento de la pelea entre Wiedemann y Sonnenschein, agarrados en una lucha bestial y desesperada, y comprendía que al final de todas las cosas no quedaban más que los cuerpos, las uñas y los dientes. Sí, sí, era preciso batirse, de esta manera se podía atenuar el estado de naturaleza por medio de un código caballeresco. Hans Castorp se ofreció a Settembrini como padrino.

Su ofrecimiento no fue aceptado. No, eso no podía ser, le manifestó Settembrini con una sonrisa. Ferge y Wehsel opinaron lo mismo, sin que pudiesen justificar esa opinión. Tal vez podría asistir como árbitro para poner atenuaciones caballerescas a la bestialidad. Naphta se pronunció en este sentido por mediación de su representante Wehsal, y Hans Castorp se declaró satisfecho. Testigo o arbitro, fuese lo que fuese, tenía la posibilidad de influir sobre las modalidades del combate, que creía era una necesidad cruel.

Naphta estaba fuera de sí y sus proposiciones rebasaban toda medida. Reclamó cinco pasos de distancia y el cambio de tres balas en caso de necesidad. La misma noche del incidente hizo comunicar esta locura por medio de Wehsal, que persistía en defender estas proposiciones en parte para cumplimentar las órdenes y en parte por gusto personal. Settembrini no tuvo nada que objetar, pero Ferge y el imparcial Hans Castorp se mostraron indignados. Castorp incluso estuvo grosero con Wehsal. ¿No le daba vergüenza decir tales insensateces, cuando se trataba de un duelo puramente abstracto que no se basaba en ninguna injuria real? No se trataba de tirar contra Wehsal a una distancia de cinco pasos, por eso podía manifestarse tan intransigente como mandatario. Wehsal se encogió de hombros. Durante las idas y venidas se consiguió reducir el número de balas a una, y regular la cuestión de la distancia de manera que los beligerantes serían colocados a una separación de quince pasos y tendrían derecho a avanzar cinco pasos antes de disparar.

No tenían pistolas, pero el señor Albin, además del pequeño revólver con que se complacía en asustar a las mujeres, poseía un par de pistolas de reglamento, de origen belga, encerradas en un estuche. Hans Castorp las había visto un día, y, contra su propia convicción, se ofreció para pedirlas prestadas. Así lo hizo sin disimular el objeto de aquella gestión, pero invocando la discreción del caballero. Albin le enseñó incluso a cargarlas y disparó al blanco varias veces.

Todo eso exigió tiempo y trascurrieron dos días. El lugar del encuentro había sido propuesto por Hans Castorp. Era un sitio pintoresco, cubierto de flores azules, al que se retiraba para «gobernar» sus sueños.

En este lugar, la querella sería solventada a la tercera mañana. A última hora de la noche, Hans Castorp tuvo la idea de que era preciso llevar un médico y deliberó inmediatamente con Ferge sobre este punto verdaderamente difícil de resolver. Rhadamante había sido sin duda miembro de una corporación de estudiantes, pero era imposible solicitar el concurso del director del establecimiento para semejante ilegalidad y, además, por tratarse de enfermos. De un modo general, había muy pocas probabilidades de encontrar aquí un médico que estuviese dispuesto a asistir a un duelo entre enfermos graves. En lo que se refiere a Krokovski, no era muy seguro que ese cerebro exaltado fuese capaz de curar una herida.

Wehsal manifestó que Naphta había ya hablado en este sentido y que no quería médico. No iba al terreno del honor para hacerse curar, sino para batirse seriamente. Lo que ocurriría después le era completamente indiferente y ya se arreglaría por sí solo. Esto parecía una declaración de mal augurio, pero Hans Castorp se esforzó en interpretarla como si Naphta estimase que, aparte de él, no habría necesidad de médico para Settembrini. Éste dijo también que la cuestión no le interesaba. No era descabellado pensar que los dos adversarios estaban secretamente de acuerdo para no verter sangre. Se había ya dormido dos veces pensando en el asunto, y por la mañana, con la pistola en la mano, los dos contrincantes ya no serían los mismos que la tarde de la querella. Obrarían mecánicamente, movidos por el sentimiento del honor y no por el placer y convicción como hubieran hecho si hubiesen obrado inmediatamente.

Hans Castorp no se equivocaba en sus reflexiones, tenía razón, pero de una manera que nunca hubiera podido imaginar, ni siquiera en sueños. Tenía perfecta razón por lo que se refería a Settembrini. Pero si hubiese podido sospechar en qué estado se hallaba Naphta, hubiera modificado sus intenciones en el instante decisivo, a pesar de que no hubiera hecho esfuerzo alguno para impedir lo que iba a pasar.

A las siete, el sol estaba muy lejos de aparecer, pero una luz nebulosa surgía ya por encima de la montaña cuando Hans Castorp abandonó el Berghof, después de una noche agitada, para dirigirse al terreno. Los criados que limpiaban el vestíbulo le miraron sorprendidos. La puerta se hallaba ya abierta; sin duda Ferge y Wehsal, juntos o separadamente, se habían marchado ya. El uno para ir a buscar a Settembrini, el otro para acompañar a Naphta. Hans Castorp iba solo, porque su calidad de arbitro no le permitía unirse a ninguno de los bandos.

Andaba maquinalmente. Constituía para él una necesidad el asistir al encuentro. Era imposible mantenerse al margen y esperar el resultado en la cama, en primer lugar porque… —no desarrolló este primer punto— y en segundo lugar porque no se podía dejar que aquello siguiese su curso. Gracias a Dios, todavía no había ocurrido nada grave y era preciso evitar que ocurriese. Las cosas no adquirieron para Hans Castorp un aspecto desagradable, vale más no tratar de adivinar por qué, pero a pesar de esto, aquella mañana fue la mañana más desagradable de todas las que podía recordar. Sin vigor y fatigado por el insomnio, Hans Castorp no podía impedir que le castañeteasen los dientes. Wiedemann y Sonnenschein —el asunto de honor polaco— se agitaban en su espíritu. No podía imaginar que, en su presencia, dos hombres disparasen el uno contra el otro y se cubriesen de sangre. Pero cuando pensó en lo que había ocurrido, en su presencia, entre Wiedemann y Sonnenschein, desconfió de sí mismo y de su universo, y temblaba bien abrigado en su abrigo de pieles con una cierta conciencia del carácter extraordinario y de lo patético de la situación, al mismo tiempo que los elementos fortificantes del aire matinal le exaltaban y le animaban. Presa de esos sentimientos subió por la pendiente, pasando por Dorf y por la pista de bobsleigh , llegando hasta el bosque completamente cubierto de nieve. Como andaba deprisa, alcanzó pronto a Settembrini y a Ferge. Este último llevaba la caja de las pistolas. Hans Castorp no dudó en unirse a ellos, y apenas había llegado a su lado cuando vio igualmente a Naphta y Wehsal que marchaban delante a corta distancia.

—Mañana fría, al menos 18 grados —dijo con buena intención, pero él mismo se asustó de la frivolidad de sus palabras, y añadió—: Señores, estoy persuadido…

Los otros permanecieron en silencio. Ferge hacía subir y bajar su bigote. Al cabo de un momento, Settembrini se detuvo, cogió la mano de Hans Castorp y dijo:

—Amigo mío, yo no mataré. No haré eso. Me expondré a su bala, es todo lo que el honor puede exigirme. Pero no mataré, confíe en mí.

Soltó la mano de Hans Castorp y continuó andando. Éste, que estaba profundamente emocionado, dijo después de unos pasos:

—Es una gran generosidad por su parte, señor Settembrini; pero por otra… Si por el otro bando…

Settembrini se limitó a encogerse de hombros. Y Hans Castorp pensaba que, si uno no disparaba, el otro tampoco se decidiría a hacerlo, y estimó que todo se anunciaba y que sus suposiciones comenzaban a confirmarse.

Cruzaron la pasarela que atravesaba la garganta, por la cual descendía el torrente ahora helado. Naphta y Wehsal iban y venían por la nieve, ante el banco en el cual, en otro tiempo, Hans Castorp se vio asaltado por recuerdos extraordinarios que terminaron con una hemorragia de la nariz. Naphta fumaba un cigarrillo, y Hans Castorp se preguntó si tenía también ganas de fumar y dedujo, después de esta pregunta, que Naphta lo hacía por afectación.

Miró alrededor y vio con satisfacción la intimidad de su valle que, bajo la nieve, era también bello. Los troncos y ramas de pino aparecían cargados de blancas almohadas.

—Bueno días, señores —dijo con voz clara, con el deseo de introducir un tono natural en la reunión, para contribuir a disipar las nubes. Pero no tuvo éxito, pues nadie le contestó. Los saludos cambiados consistían en reverencias mudas, tan tiesas, que se hacían invisibles. Sin embargo, se manifestó resuelto a hacer servir, para un resultado favorable, la rapidez cordial de su aliento, el calor que le había comunicado la marcha rápida a través de la mañana de invierno y comenzó diciendo:

—Señores, estoy convencido…

—Ya desarrollará en otra ocasión sus convicciones —interrumpió Naphta fríamente—. Las armas, si gusta —añadió con la misma actitud altiva.

Y Hans Castorp tuvo que mirar cómo Ferge sacaba las pistolas del estuche; cómo Wehsal cogía una para entregarla a Naphta y Ferge entregaba la otra a Settembrini.

Luego Ferge, en voz baja, les rogó que comenzasen a medir distancias y a marcarlas. La línea fue trazada con taconazos en la nieve, y las barreras interiores por medio de los bastones de Hans Castorp y de Settembrini.

¿Qué hacía el mártir bonachón? Hans Castorp no podía dar crédito a sus ojos. Ferge daba largos pasos, de manera que quince pasos fueron una distancia respetable, a pesar de que hubiese luego el límite de avance. Seguramente estaba lleno de buenas intenciones. Pero ¿cómo se podían hacer preparativos tan siniestros?

Naphta había arrojado su abrigo de pieles sobre la nieve; se situó, con la pistola en la mano, en uno de los límites exteriores, mientras Ferge se hallaba todavía ocupado en trazar otras líneas de demarcación.

Cuando hubo terminado, Settembrini se colocó en su sitio, en posición, con el abrigo desabrochado. Hans Castorp se arrancó de su letargia y avanzó rápidamente.

—Señores —dijo, ansioso—, no se apresuren. Es, a pesar de todo, mi deber…

—¡Cállese! —gritó Naphta—. Exijo la señal.

Pero nadie daba la señal. No se habían puesto de acuerdo sobre este punto. Sin duda era preciso decir «¡vamos!», pero el arbitro no había pensado en hacer esa espantosa invitación. Hans Castorp permaneció mudo y nadie le sustituyó.

—Comencemos —declaró Naphta—. ¡Avance, señor, y dispare! —gritó a su adversario, y comenzó él mismo a avanzar con el brazo tendido y la pistola dirigida hacia Settembrini a la altura del pecho. Settembrini hizo lo mismo, y al tercer paso (el otro había llegado a la barrera) elevó la pistola desviándola y apretó el gatillo.

La seca detonación fue repetida por un eco múltiple. Las montañas devolvían el sonido. Hans Castorp pensó que aquello iba a intranquilizar a los habitantes de toda la región.

—Usted ha disparado al aire —dijo Naphta dominándose y bajando el arma.

Settembrini contestó:

—Disparo como me place.

—¿Va a disparar otra vez?

—No pienso hacerlo. Ahora le corresponde a usted.

Settembrini miraba hacia el cielo y se había puesto ligeramente de perfil. Se notaba que había oído decir que no era conveniente presentarse al adversario en toda su anchura y se inspiraba en este consejo.

—¡Cobarde! —gritó Naphta, haciendo con este grito una concesión al sentimiento humano de que es necesario más valor para disparar que para que disparen. Y elevando su pistola de una manera que no tenía nada que ver con un combate, se disparó en la cabeza.

¡Un espectáculo lamentable e inolvidable! Titubeó y cayó al suelo, mientras las montañas jugaban a la pelota con el ruido seco.

Todos permanecieron un instante inmóviles. Settembrini arrojó lejos de sí el arma y fue el primero en inclinarse sobre su adversario.

Infelice! —exclamó—. Che cosa fai, per l’amor di Dio!

Hans Castorp le ayudó a volver el cuerpo. Vieron un agujero negro y rojo en la sien, y vieron su rostro, que fue cubierto inmediatamente con un pañuelo de seda que asomaba del bolsillo de la chaqueta de Naphta.

Continúa en el Capítulo Final…

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