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La montaña mágica: Capítulo 7 / 4 - Thomas Mann

fictograma [Unofficial] May 16, 2026
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Todavía Mynheer Peeperkorn

Mynheer Peeperkorn residió en el sanatorio Berghof durante todo el invierno —durante los meses de invierno que restaban— y hasta la primavera, de manera que al final pudo aún hacerse una excursión memorable, en la que Settembrini y Naphta también tomaron parte, al valle de Fluela, hasta la cascada «¿Al final?» ¿No permaneció aquí, por lo tanto, mucho más tiempo Peeperkorn? —No, no permaneció más tiempo—, ¿Se marchó? —Sí y no—, ¿Sí y no? ¡Por favor, basta de misterios! Sabremos guardar la tranquilidad. El teniente Ziemssen también se marchó por no hablar de otros tantos danzantes de la muerte menos honorables. ¿Peeperkorn murió acaso de su fiebre maligna? —No, no de fiebre, ¿pero por qué tanta impaciencia? Es condición de la vida y la narración que las cosas no pueden ocurrir simultáneamente, y conviene respetar las formas del conocimiento humano que debemos a Dios. Rindamos al tiempo los honores que la naturaleza de nuestra historia nos permite rendirle. Es, por otra parte, muy poca cosa; de todos modos, como quien no quiere, seguimos marchando, y si no resulta una palabra demasiado onomatopéyica procuraremos avanzar más silenciosamente.

Una pequeña aguja mide nuestro tiempo. Anda a breves sacudidas, como si marcase los segundos, pero ella indica Dios sabe qué, cada vez que fríamente y sin descanso franquea su punto culminante. Hay años en que estamos en las alturas —eso es seguro—, sentimos vértigos y soñamos artificialmente sin opio y sin hachís; el tribunal de las buenas costumbres nos condenará, sin embargo, nosotros oponemos a esa terrible anulación mucha lucidez y lógica. No es por casualidad por lo que estamos rodeados de cerebros como los de Naphta y Settembrini, en vez de hallarnos reducidos a Peeperkorn indistintos, y esto nos lleva a una comparación que, desde muchos puntos de vista y particularmente en lo que se refiere a las categorías, resulta en ventaja de ese personaje tardíamente aparecido. Hans Castorp convenía en ello en su fuero interno, cuando estaba tumbado en su balcón, y reconocía que los dos educadores demasiado articulados que se habían repartido entre ellos su pobre alma, se repetían en presencia de Peeperkorn de manera que se sentía inclinado a clasificarlos de «meros charlatanes», y se juzgó feliz de que la pedagogía hermética le hubiese puesto en contacto con un personaje tan destacado.

Era otra cuestión que no turbaba el discernimiento de Hans Castorp en lo que se refiere a los valores, el hecho de que esa personalidad hubiese aparecido en calidad de compañero de viaje de Clawdia Chauchat y que fuese, en consecuencia, un formidable obstáculo. No se modificó por eso su sincera estima ni su simpatía hacia ese hombre de talla, ante la razón de que su bolsa fuese común con la de la mujer a la que Hans Castorp había pedido prestado un lápiz la noche de Carnaval. Aceptamos que algunos de nuestros lectores se sorprenderán ante la falta de temperamento, prefiriendo que hubiese odiado y evitado a Peeperkorn y que, en su fuero interno, no hubiese hablado de él más que como de un viejo imbécil y temible borracho, en vez de visitarle cuando se hallaba presa de sus fiebres intermitentes y sentarse a la cabecera de la cama a «charlar» con el —esa expresión no puede aplicarse, naturalmente, a las palabras de Hans Castorp ni a las efusiones de Peeperkorn—, y exponerse a la acción de esa personalidad con la curiosidad de un viajero que quiere instruirse.

La cosa ocurría de ese modo y así lo consignamos, indiferentes ante el peligro de que alguien se acuerde de Fernando Wehsal. Las profundidades de la miseria espiritual no rezaban con él. En suma, no era un héroe, es decir, la mujer no determinaba sus relaciones con el sexo masculino. Fieles a nuestro principio de no hacerle mejor ni peor de lo que era, hacemos constar que sencillamente evitaba —no consciente y expresamente, sino de un modo ingenuo— el dejarse llevar por influencias novelescas y apartarse de la justicia que intentaba rendir a su propio sexo, ateniéndose al sentido práctico de que de esa relación obtendría ventajas para su cultura. Eso puede no gustar a las mujeres. Creemos que madame Chauchat se irritó contra su voluntad. Las observaciones irónicas que dejó escapar y que nosotros señalaremos, lo hacen suponer así. Seguramente ese temperamento de Hans Castorp era lo que le hacía tan propicio a las disputas de los pedagogos.

Peeperkorn se hallaba con frecuencia enfermo. No causará extrañeza saber que, al día siguiente de esa velada consagrada al juego y al champán, se había sentido mal. Casi todos los invitados a la reunión se habían sentido también indispuestos y fatigados, sin exceptuar a Hans Castorp, que sufría un violento dolor de cabeza pero que no dejó por eso de ir a visitar a su compañero de mesa.

Se hizo anunciar a Peeperkorn por el criado malayo, que encontró en el pasillo del primer piso y fue invitado a entrar.

Penetró en el dormitorio del holandés, atravesando un salón que le separaba de la habitación de madame Chauchat, y pudo comprobar que esa habitación se diferenciaba de los habituales cuartos del Berghof, tanto por sus dimensiones como por su elegancia y comodidad. Había sillones tapizados de seda y mesas de patas curvas. Una mullida alfombra cubría el suelo, y las camas no eran como las corrientes camas mortuorias, sino incluso magníficas, de cerezo barnizado con adornos de cobre y con un dosel sin cortinas.

Peeperkorn se encontraba tendido en una de las dos camas. Sobre la colcha se veían libros, cartas y periódicos y estaba leyendo Der Telegraaf con los lentes puestos.

Sobre una silla, al lado de la cama, había una bandeja con un servicio de café; en la mesita y entre algunos medicamentos destacaba una botella de vino tinto, medio vacía; era el vino picante de la pasada noche.

Hans Castorp vio, con discreta sorpresa, que el holandés no llevaba una camisa blanca, sino una camisa de lana de mangas anchas, sin cuello y con botones en los puños, que se pegaba a las anchas espaldas y al poderoso pecho del anciano. La magnificencia de su cabeza sobre la almohada aparecía más allá de la esfera de lo burgués, por aquel indumento que daba a su figura un carácter semipopular, semiobrero, semieterno y escultural.

—¡Absolutamente, joven! —dijo, cogiendo su monóculo de carey y dejándolo sobre la colcha—. Le suplico… ¡Nada de eso, al contrario!

Y Hans Castorp se sentó cerca de él y disimuló su sorpresa compasiva (¿no era acaso una verdadera admiración lo que se veía obligado a sentir?) con una charla amistosa y animada que Peeperkorn secundaba con una incoherencia grandiosa y gesticulando insistentemente.

El holandés no tenía buen aspecto; estaba amarillo, presentaba las marcas del sufrimiento. Por la mañana había tenido un violento acceso de fiebre y la fatiga resultante se combinaba con las consecuencias de la embriaguez.

—Ayer fuimos demasiado lejos —dijo—. No, permita. ¡Demasiado duro! Usted está todavía… Bueno, eso no tiene importancia… Pero a mi edad y en un estado tan peligroso… ¡Hija mía! —y se volvió con una severidad tierna, pero decidida, hacia madame Chauchat, que acababa precisamente de entrar—, todo va bien, pero repito, que hubiese sido mejor ir con cuidado, que deberías haberme impedido…

Algo semejante a una tempestad de cólera se anunció en su fisonomía y en su voz. Pero bastaba con imaginar la tempestad que hubiese estallado si seriamente se le hubiese impedido beber, para medir toda la ironía e injusticia de su reproche. Tales consecuencias formaban sin duda parte de su grandeza.

Su compañera de viaje no le hizo caso alguno y saludó a Hans Castorp, que se había puesto en pie; no le tendió la mano, pero le invitó, con una sonrisa, a que se sentase, a que en manera alguna interrumpiese su conversación con Mynheer Peeperkorn.

Luego la mujer comenzó a ir y venir por el cuarto, ocupada en mil cosas, dio orden al criado de que se llevase la bandeja del desayuno, desapareció un momento y volvió de puntillas para participar, por un instante, en la conversación y, si queremos reflejar la impresión vaga de Hans Castorp, para vigilarle un poco.

Naturalmente, ella había podido volver al Berghof acompañada de una personalidad de gran talla, pero desde el momento en que él, que la había esperado tanto tiempo aquí, testimoniaba, de hombre a hombre, todo el respeto debido a esa personalidad, ella manifestaba inquietud y al mismo tiempo un poco de amargura. Hans Castorp sonrió, inclinando un poco la cabeza para disimular esta sonrisa, y se sintió poseído de una gran alegría interior.

Peeperkorn sirvió unos vasos de vino de la botella que se hallaba sobre la mesita de noche. En tales condiciones, dijo el holandés, lo mejor era tomar las cosas desde el punto en que habían quedado la noche pasada y ese vino suplía maravillosamente el agua carbónica. Bebía a la salud de Hans Castorp, y éste, mientras bebía, miraba la mano del capitán, pecosa, de puntiagudas uñas, aprisionada en los puños por el botón de la camisa de lana; veía esa mano que elevaba el vaso, los labios anchos y desgarrados que tocaban el borde y cómo el vino iba resbalando por la garganta de obrero o de estatua, cuya nuez bajaba y subía.

Luego hablaron del medicamento que había sobre la mesita de noche, un jugo oscuro del que Peeperkorn tomó una cucharada que madame Chauchat le había ofrecido, después de recordarle que era la hora. Se trataba de un febrífugo que contenía principalmente quinina.

Peeperkorn lo hizo probar a su visitante para que apreciase el gusto característico, el sabor amargo de aquella preparación, e hizo el elogio de la quinina, que era bienhechora, no sólo porque destruía los gérmenes y ejercía una influencia saludable sobre el calor general, sino porque debía ser apreciada también como tónico: reducía la eliminación de albúminas, favorecía la asimilación; en suma, era una bebida deleitosa, un verdadero medicamento que confortaba, reanimaba, pero que era también un estupefaciente. Y comenzó a bromear de un modo grandioso, semejante, como la noche anterior, a un sacerdote pagano que bailase.

Sí, una materia magnífica era esa corteza antifebril. No hacía todavía tres siglos que la farmacopea de nuestro continente la conoció, y no hacía aún cien años que la química había descubierto, hasta cierto punto analizado, el alcaloide al que debía sus virtudes: la quinina. Pero la química no podía pretender que hubiese dilucidado completamente la constitución de ese medicamento, ni que fuese capaz de producirlo artificialmente. Nuestra farmacopea hace bien en no presumir de su ciencia, pues, pasa lo mismo en muchas otras materias. Sabía ciertas cosas del dinamismo de los efectos producidos por los cuerpos, pero la cuestión de saber a qué son debidos esos efectos la pone muchas veces en un aprieto.

El joven podía estudiar la toxicología, podía estudiar las propiedades elementales que determinaban los efectos de lo que se llamaban tóxicos. ¡Pero nadie podría decirle nada! Hay, por ejemplo, los venenos de las serpientes, sobre los cuales no se sabe más que lo siguiente: que esas secreciones animales son sencillamente combinaciones de albúmina que se componen de diferentes albuminoides, los cuales no producen su efecto fulminante más que a una dosis determinada, es decir, absolutamente indeterminada. Producen efectos sorprendentes en la circulación de la sangre, puesto que no estamos acostumbrados a considerar la albúmina como un veneno. Pero la materia contiene, al mismo tiempo, la vida y la muerte. Todos son, a la vez, remedros y venenos, la medicación y la toxicología; son una sola y misma cosa, se cura con venenos, y lo que se consideraba como una fuerza vital puede, en ciertas condiciones, matar en un solo espasmo, en el espacio de un segundo.

Habló con insistencia y con una coherencia excepcional de los venenos y las antitoxinas, y Hans Castorp le escuchaba, inclinado, menos absorto por el contenido del discurso, que parecía interesar mucho a Peeperkorn, que por el estudio, en silencio, de las manifestaciones de su personalidad que eran tan inexplicables como los efectos de los venenos de las serpientes.

El dinamismo era lo importante en el mundo de la materia; todo es dinamismo, decía Peeperkorn, lo demás está condicionado a él. La quinina también era un medicamento-veneno, incluso más poderoso que ningún otro. Cuatro gramos de quinina producían sordera, vértigo, cortaban la respiración, turbaban la vista como la atropina, embriagaban como el alcohol, y los obreros que trabajaban en las fábricas de quinina tenían los ojos inflamados, los labios hinchados y sufrían erupciones.

Y comenzó a hablar de la quinina de las selvas vírgenes de la Cordillera, patria de ese árbol, a tres mil metros de altura. Se trajo esa corteza a España, muy tardíamente, bajo el nombre de «polvos de los padres jesuitas»; esa corteza, cuyas virtudes conocían, desde los tiempos más remotos, los indígenas de Sudamérica.

Describió las formidables plantaciones de quina que el gobierno holandés posee en Java, y los millones de libras de corteza roja y semejante a la canela que cada año eran embarcados hacia Amsterdam o Londres.

La corteza, y en general los tejidos de las plantas silvestres, desde la epidermis hasta el meollo poseían extraordinanas virtudes dinámicas, tanto para el bien como para el mal. Los pueblos de color eran muy superiores a los nuestros desde el punto de vista del conocimiento de las drogas. En algunas islas, al este de Nueva Guinea, los jóvenes se preparaban un filtro de amor con la corteza de un determinado árbol, probablemente un árbol venenoso, como el antiaris toxicaria de Java, que se parecía al manzanillo y emponzoña el aire con sus emanaciones aturdiendo mortalmente a los hombres y a los animales. Machacaban la corteza de ese árbol, mezclaban el polvo así obtenido con nuez de coco, envolvían esa mezcla en una hoja y la cocían. Durante su sueño vertían sobre la mujer cruel que adoraban esa sustancia, y ella se sentía presa de amor. A veces era la corteza de la raíz lo que poseía el poder, como en el caso de una liana del archipiélago malayo, llamada Strychnos Tieuté , por medio de la cual los indígenas preparaban, añadiendo veneno de serpiente, el Upas radscha , una droga que, introducida en la circulación de la sangre, por ejemplo, por medio de una flecha, producía una muerte instantánea, sin que nadie pudiera decir cómo. Sólo se sabía que, en relación al dinamismo, el Upas era muy cercano a la estricnina… Peeperkorn —que había terminado por sentarse a la cama y que elevaba de vez en cuando con su mano temblorosa de capitán el vaso de vino hasta sus labios desgarrados, para beber a grandes sorbos—, habló del Strychnos de la costa de Coromandel, cuyas bayas color naranja —la nuez vómica— contenían el alcaloide más dinámico: la estricnina. Habló en voz baja y con las cejas arqueadas de ese follaje extraordinariamente brillante y de las flores de un amarillo verdoso de ese árbol, de tal manera que el joven Hans Castorp tuvo ante él una imagen a la vez triste e histérica y se sintió un poco inquieto.

Madame Chauchat intervino entonces en la conversación, haciendo notar que Peeperkorn se fatigaba y que tendría, de nuevo, fiebre. Sentía interrumpir la entrevista, pero se veía obligada a rogar a Hans Castorp que la diesen por terminada por ese día.

Éste obedeció, como era natural; pero después de los accesos de la cuartana, durante los meses que siguieron, se le vio sentado junto a la cama de ese hombre principesco, mientras madame Chauchat vigilaba discretamente la entrevista o tomaba parte en la conversación. E incluso los días en que Peeperkorn no tenía fiebre, Hans Castorp pasaba unas horas con él y su compañera de viaje.

Cuando el holandés no se hallaba en la cama, reunía en torno suyo después de la comida un pequeño círculo de pensionistas escogidos del Berghof, para jugar, beber y dedicarse a toda suerte de diversiones, bien en el salón o en el restaurante, y Hans Castorp ocupaba su sitio de costumbre entre la lánguida mujer y el hombre magnífico.

Daban igualmente paseos por el campo, uniéndose a ellos los señores Ferge y Wehsal, y luego Settembrini y Naphta, los dos adversarios a los que encontraron un día y que Hans Castorp se sintió verdaderamente satisfecho de poder presentar a Peeperkorn, lo mismo que a Clawdia Chauchat, sin preocuparse para nada de saber si esa presentación y esas relaciones serían agradables o no a los antagonistas, y con la secreta convicción de que tenían necesidad de un objetivo pedagógico y que preferían acoger bien a sus compañeros indeseables que renunciar a discutir delante de él.

En efecto, no se equivocaba respecto al presentimiento de que los miembros de su círculo de amigos se acostumbrarían a no acostumbrarse los unos a los otros. Se producían, naturalmente, entre ellos, diferencias, incompatibilidades, incluso una tácita hostilidad, y nos sorprende a nosotros mismos que nuestro insignificante héroe consiguiese agruparlos en torno suyo. Nos lo explicamos por su afabilidad, por sus impulsos que le hacían considerar que todo era interesante y principalmente por su carácter sociable, que no sólo lo unía a las personas y a las responsabilidades más diversas, sino que producía también la unión entre ellas.

¡Singulares relaciones! Nos sentimos tentados a hacer aparecer por un instante los embrollados hilos que las movían y que Hans Castorp mismo, durante los paseos, observaba con los ojos astutos y benevolentes.

Se hallaba con ellos el desgraciado Wehsal, que deseaba ardientemente a madame Chauchat y adulaba bajamente a Peeperkorn y a Hans Castorp. Al primero, a causa de su soberanía presente, y al segundo, en consideración a su pasado. También estaba Clawdia Chauchat, la viajera enferma y bella, la sierva de Peeperkorn, un poco inquieta y secretamente despechada al ver al caballero de una lejana noche de Carnaval intimando con su dueño y señor. ¿No hacía pensar esa irritación en la que se manifestaba en sus relaciones con Settembrini, con ese gran hablador y humanista que le era tan antipático y al que consideraba presuntuoso e inhumano? Madame Chauchat hubiera preguntado con mucho gusto a Settembrini qué palabras había pronunciado con desdén en ese idioma mediterráneo que ella apenas comprendía, al joven alemán tan correcto, a ese lindo burgués de buena familia y de la lesión húmeda, cuando éste se disponía a acercarse a ella.

Hans Castorp, perdidamente enamorado, como vulgarmente se dice, no en el sentido de esa expresión, sino amando como se ama cuando el amor está prohibido y no hay manera de cantar las tranquilas cancioncillas de la llanura, tristemente enamorado por consiguiente, y por lo tanto sumiso, sufriendo en silencio y procurando ser servicial, era sin embargo, un hombre capaz de conservar, incluso en la esclavitud, la suficiente malicia para darse perfecta cuenta del valor que su adhesión podía tener a los ojos de la enferma del lánguido andar y de los ojos de tártaro embrujadores. Madame Chauchat sospechaba esa posición de Hans Castorp, y si se hubiese fijado en la actitud de Settembrini, hubiera visto confirmada su sospecha; pero ella era demasiado distraída para eso, todo lo distraída que permitía la urbanidad humanista.

Pero lo peor, a los ojos de Hans Castorp, estaba en sus relaciones con Naphta, de las cuales ella esperaba mucho, pero que sin duda le defraudaron. A veces, Clawdia y el hombrecillo sostenían una conversación aparte; hablaban de libros, de problemas de filosofía y política, y los dos trataban esos asuntos dentro de un espíritu extremista. El terrorismo español de Naphta armonizaba, en el fondo, bastante mal con la humanidad vagabunda y despreocupada de madame Chauchat. Y Naphta añadía a esto un elemento todavía más sutil, una hostilidad ligera y apenas perceptible respecto a ella. Madame Chauchat mantenía relaciones con los dos adversarios, Settembrini y Naphta —cosa que se explicaba perfectamente su caballero del Carnaval—. El mal humor del pedagogo respecto a la mujer constituía el elemento turbador de esas relaciones, creando una hostilidad secreta y de principio; pero esa hostilidad quedaba neutralizada por sus sentimientos comunes de pedagogos y les acercaba el uno al otro.

¿No había también un poco de esa hostilidad en la actitud que los dos pedagogos adoptaban respecto a Mynheer Peeperkorn? Hans Castorp creía observarlo, tal vez porque lo había maliciosamente previsto, y en suma había deseado unir en el círculo a sus dos «consejeros de gobierno», como decía a veces en broma, y estudiar el efecto de esa confrontación.

Mynheer no era tan impresionante al aire libre que dentro de la casa. El ancho sombrero de fieltro, que se hundía sobre la trente y que ocultaba sus largos mechones blancos y los amplios dibujos de su frente, empequeñecía sus facciones, las contraía en cierto modo, haciendo incluso desaparecer la majestad de su nariz, que se enrojecía.

Era más imponente cuando permanecía inmóvil que cuando andaba. Tenía la costumbre de apoyar todo su cuerpo en una de las piernas a cada paso que daba, lo que hacía pensar en un buen anciano más bien que en un gran rey. Además, no andaba erguido, sino encorvado. Sin embargo, dominaba en más de un palmo tanto a Lodovico como al pequeño Naphta, y este hecho no era el único por el que su presencia pesaba sobre la existencia de los dos políticos de un modo tan definitivo como Hans Castorp había previsto.

Era una presión, una disminución, un prejuicio que hacía de la comparación, cosas perceptibles para un observador malicioso, pero seguramente también perceptibles a los interesados, tanto a los hombres tímidos como a los orgullosos. Peeperkorn trataba a Naphta y a Settembrini con una corrección y atención extremas, con un respeto que Hans Castorp hubiera calificado de irónico, si no hubiese tenido la sensación de que aquella actitud no se concillaba con la idea de un hombre de su talla. Los reyes no conocen la ironía, ni siquiera en el sentido de un procedimiento retórico directo y clásico, y mucho menos en un sentido complicado. Era más bien una burla a la vez sutil y magnífica lo que, bajo una apariencia de serenidad un tanto exagerada, caracterizaba la conducta del holandés respecto a los amigos de Hans Castorp.

—Sí, sí —decía, por ejemplo, amenazándolos con el dedo, inclinando la cabeza y sonriendo con aire burlón—. Son… Son… Señoras y señores, llamo su atención… Cerebrum. … cerebral. ¡Ya me entienden…! No… No…, perfectamente, extraordinario, es eso…, se ve claramente…

Los otros vagaban intercambiando miradas que luego se elevaban desesperadamente hacia el cielo y que después buscaban los ojos de Hans Castorp, pero éste procuraba hacerse el desentendido.

Ocurría que Settembrini pedía directamente cuentas a su discípulo y manifestaba así su inquietud de pedagogo:

—¡En nombre de Dios, ingeniero! ¡Es un viejo estúpido! ¿Qué le encuentra usted de extraordinario? ¿En qué puede serle útil? No lo comprendo. Todo estaría claro, sin que pudiese por otra parte alabarlo, si usted se limitase a tolerarle, si buscase por su mediación, la compañía de la que momentáneamente es su querida. Pero es imposible no darse cuenta de que usted se ocupa de él tanto como de ella. Ayúdeme a comprender, se lo ruego…

Hans Castorp se echó a reír.

—¡Absolutamente! —dijo—. Perfectamente… Parece que… Permítame… ¡Bien! —Y se esforzaba en imitar los gestos de Peeperkorn—. Sí…, sí… —Y seguía riendo—. Eso le parece estúpido, señor Settembrini; de todos modos, es muy poco claro, lo que a sus ojos debe de ser peor que estúpido. ¡Ah, la tontería! ¡Hay tantas clases distintas de tontería! Y la inteligencia no es seguramente la mejor clase… ¡Me parece que he dicho algo, que he pronunciado una frase! ¿Le gusta?

—Mucho. Espero con impaciencia la publicación de sus aforismos. Tal vez estoy todavía a tiempo de rogarle que tenga en cuenta ciertas consideraciones, que ya estudiamos un día, sobre el peligro que la paradoja encierra para el hombre.

—No dejaré de tenerlo en cuenta, señor Settembrini. No, no me dedico en modo alguno a cazar paradojas. Quería sencillamente decirle que existen muchas dificultades para discernir la estupidez de la inteligencia. Es tan difícil de distinguir, tan confuso… Lo sé perfectamente, usted odia el guazzabuglio místico y se atiene al juicio, a las valoraciones, y en esto le doy la razón. Pero distinguir la estupidez de la inteligencia constituye a veces un misterio y en ocasiones tenemos derecho a ocuparnos de misterios, admitiendo que sea con el sincero deseo de profundizar dentro de la medida posible. Voy a hacerle una pregunta: ¿Puede negar que se nos mete a todos en el bolsillo, absolutamente a todos? Me expreso de un modo vulgar, pero según parece, creo que no puede negarlo. Se nos mete a todos en el bolsillo y tiene indudablemente, no se por qué, el derecho de burlarse de nosotros. ¿Por qué? Seguramente no es por privilegio de su inteligencia. Le concedo que no puede hablarse de inteligencia. Es un hombre sensible, pero sus ideas son confusas; no es a fuerza de inteligencia como nos domina, no es por la lógica de sus pensamientos. No es por eso; pero tampoco nos domina por razones físicas. No es por sus hombros de capitán, ni por su fuerza muscular y brutal, ni porque podría derribarnos a todos de un puñetazo. No se le ocurre pensar en lo que sería capaz de hacer y, si alguna vez piensa en ello, bastan unas palabras civilizadas para calmarle… No se trata, por lo tanto, de cualidades físicas. Sin embargo, no cabe dudar, el cuerpo desempeña un papel en todo eso, no en el sentido de la fuerza muscular, sino en otro sentido, en un sentido místico, y el elemento físico se cambia en elemento espiritual, o inversamente, de manera que ya no puede distinguirse la bestialidad de la inteligencia, pero el efecto, el dinamismo, se produce y se nos mete a todos en el bolsillo. Y no podemos disponer más que de una palabra para expresar eso, decimos: «personalidad». Sin duda nos servimos apropiadamente de esa palabra, pues todos somos personalidades, morales y jurídicas, o lo que usted quiera. Pero es precisamente eso lo que quiero decir. Quiero referirme a un misterio que está más allá de la inteligencia y la bestialidad, y del cual debemos preocuparnos, bien para penetrarlo en la medida de lo posible, o bien para nuestra edificación. Y si tiene en cuenta los valores positivos, la personalidad es, en definitiva, un valor positivo, más positivo que la brutalidad y la inteligencia, un positivo de primer orden, de un modo absoluto, como la vida. En una palabra, es un valor de la vida y debe interesarnos de un modo especial. Esto es lo que creo debo decir en respuesta a lo que usted ha dicho respecto a la tontería.

Desde hacía algún tiempo, Hans Castorp no se turbaba ni se desorientaba cuando exponía sus ideas. Llegaba hasta el final de su replica sin bajar la voz, seguía su camino como un hombre, hasta poner el punto final a pesar de que todavía se ruborizaba y que, en secreto, temiese un poco el silencio crítico que seguía a sus palabras, y durante el cual tenía tiempo para avergonzarse. Settembrini hizo durar ese silencio y luego dijo:

—Usted niega de hecho las paradojas. Pero sabe perfectamente que no me gusta verle proseguir los misterios. Haciendo de la personalidad un misterio corre el peligro de caer en la idolatría. Usted venera a una máscara. Usted ve una mística donde no hay más que una mixtificación. Nos hallamos en presencia de una de esas formas vacías y engañosas por medio de las cuales el demonio del cuerpo se complace a veces en burlarnos. ¿Nunca ha frecuentado la sociedad de los comediantes? ¿No conoce esas cabezas de actores que reúnen los rasgos de Julio César, de Goethe y de Beethoven, y cuyos felices posesores, inmediatamente que abren la boca, no hacen más que revelar que son los más lamentables seres que pueden existir sobre la tierra?

—¡Bien! Un juego de la naturaleza —dijo Hans Castorp—. Pero no es sólo eso, no es únicamente un engaño, pues cuando esos hombres son actores, es preciso que tengan talento, y el talento es superior a la inteligencia y a la estupidez, y también es un valor de la vida. Mynheer Peeperkorn tiene también talento, a pesar de lo que usted diga, y gracias a su talento se nos mete a todos en el bolsillo. Coloque en una habitación al señor Naphta y hágale pronunciar una conferencia que sea de gran interés, una conferencia sobre Gregorio el Magno y sobre el reino de Dios. En el otro extremo de la habitación ponga a Peeperkorn con su boca extraña y las cejas arqueadas, sin decir más que «Absolutamente… Permítanme… ¡Clasificado!» Ya lo verá, el público se agolpará en torno a Peeperkorn; todo el mundo a excepción de Naphta, que se quedará solo con su inteligencia y su reino de Dios, a pesar de que se exprese con una claridad tal que nos penetre hasta la médula.

¿No le avergüenza adorar, hasta este punto, el éxito? —preguntó Settembrini—. Mundus vult decipi. No pido que se reúnan en torno a Naphta, pues se trata de un espíritu pernicioso que puede extraviarlos. Pero me siento inclinado a declararme su partidario en presencia de la escena imaginaria que usted ha descrito y que parece que aprueba de un modo censurable. Puede despreciar la claridad, la precisión, la lógica, el lenguaje humano y articulado, para preferir un galimatías, un charlatanismo intuitivo…, pero sin duda es usted un hombre perdido.

—Le aseguro que habla de un modo muy coherente cuando se anima —dijo Hans Castorp—. Me habló recientemente de drogas dinámicas y árboles venenosos asiáticos. Era tan interesante que me llegaba a producir una impresión siniestra, y lo que iba diciendo se hacía todavía más notable a causa del efecto producido por su personalidad. Era, a la vez, interesante y siniestro.

—Naturalmente, ya conocemos su debilidad por las cosas asiáticas —respondió Settembrini—. Yo no puedo ofrecerle milagros de ese género.

Settembrini había hablado con tanta amargura que Hans Castorp se apresuró a manifestar que las ventajas que había sacado de las enseñanzas de Settembrini eran de un orden completamente distinto, y que nadie podía atreverse a hacer comparaciones que serían injustas para ambas partes.

Pero el italiano desdeñó esos cumplidos y continuó diciendo:

—De todos modos, me permitirá, ingeniero, que admire su objetividad y tranquilidad de espíritu. Casi llega a lo grotesco, creo que estará conforme, pues las cosas, tal como se presentan… Al fin y al cabo, ese grandullón le ha robado a Beatrice… Llamo a las cosas por su nombre… ¿Y usted…? Eso no tiene precedentes.

—Diferencias de temperamento, señor Settembrini. Diferencias de la raza, en lo que se refiere a la galantería caballeresca y al ardor de la sangre. Naturalmente, usted, como hombre del sur, habría recurrido al veneno o al puñal, y en todo caso daría a la aventura un carácter mundano y apasionado; en una palabra, usted obraría como un gallo. Eso sería sin duda muy viril y galante, pero respecto a mí, la cosa es diferente. Yo no soy viril hasta el punto de ver en el rival más que el macho enamorado de la misma mujer; en realidad, tal vez no soy nada viril, o al menos no lo soy de esa manera que llamo a pesar mío, «mundana», no sé por qué. Me pregunto de todo corazón si tengo algo que reprocharle. ¿Me ha ofendido en algo? Una ofensa debe hacerse con intención; de lo contrario, ya no es ofensa. Respecto al hecho tendría que dirigirme a ella. Pero yo no tengo ningún derecho, ni de un modo general ni particularmente, en lo que se refiere a Peeperkorn. En primer lugar, es una personalidad, lo que significa algo para las mujeres, y en segundo lugar no es un civil como yo, es una especie de militar, como mi primo, es decir, que tiene pundonor, es el sentimiento, la vida… Digo tonterías, pero prefiero embrollarme un poco y expresar las cosas difíciles a medias, antes de apelar a los lugares comunes tradicionales. Tal vez hay algún rasgo militar en mi carácter, si me permite decirlo así…

—Dígalo, dígalo —manifestó Settembrini—. En todo caso, sería un rasgo digno de alabanza. El valor de conocerse y expresarse, es literatura, humanismo…

Y se separaron sin añadir más. Settembrini había dado al debate un aire conciliador y tenía excelentes razones para hacerlo. Su posición, en efecto, no era inatacable, y no hubiese sido prudente por su parte el llevar demasiado lejos la severidad. Una conversación que versaba sobre los celos constituía un terreno muy resbaladizo para él. En un momento dado, había tenido que contestar que, desde el punto de vista pedagógico, sus relaciones con el hombre no eran de un carácter exclusivamente social, y que el soberano Peeperkorn aparecía en un plano de igualdad con Naphta y con madame Chauchat. Y en definitiva no podía esperar sustraer a su discípulo a la influencia y la superioridad natural de una personalidad a la que el tampoco podía escapar de sus debates intelectuales.

La conversación era mucho más difícil cuando versaba sobre asuntos elevados, cuando discutían y llamaban la atención de los transeúntes con sus debates a la vez elegantes y apasionados, académicos, pero mantenidos en un tono como si se tratase de una actualidad candente, de una importancia vital, debate que mantenían ellos solos, pues, mientras duraban, el «gran in folio» se hallaba, en cierto modo, neutralizado porque no podía tomar parte más que con exclamaciones de sorpresa, frunciendo el entrecejo y diciendo cosas incoherentes, absurdas y burlonas. Pero incluso en esas condiciones ejercía presión, arrojaba su sombra sobre la discusión, de manera que esta parecía perder algo de su brío; la alteraba, oponía algo a todos y de este modo no favorecía a ninguna de las dos causas, haciendo perder a la querella su importancia capital, e incluso —titubeamos en decirlo— la hacía parecer vana. O más bien, la sutil controversia continuada a todo trance se refería secretamente, de una manera subterránea e indeterminada, al «in folio» que marchaba a su lado, y su magnetismo debilitaba el alcance. No podía caracterizarse de otro modo ese fenómeno misterioso y muy desagradable para los dos adversarios. La discusión hubiera adquirido una mayor intensidad si Peeperkorn no hubiese estado allí o se hubiera visto obligado a tomar parte en ella de una manera mucho más clara poniéndose, por ejemplo, del lado de Leo Naphta, que defendía el carácter revolucionario de la Iglesia contra la tesis de Settembrini, que no quería ver en esta potencia histórica más que la protectora de las formas absurdas del conservadurismo, y que pretendía que todas las tendencias favorables a la vida y al porvenir, todas las potencias de revolución y renovación, habían salido de los principios claros, científicos y progresivos de la época gloriosa del renacimiento de la civilización, y persistía en esta profesión de fe con una fuga de palabras y gestos.

Con palabras mordientes, Naphta se esforzó entonces en demostrar —y lo demostró con una evidencia cegadora—, que la Iglesia, encarnación del principio del ascetismo religioso, estaba, en sustancia, muy lejos de querer la defensa y el apoyo de lo que quería persistir: la cultura humana, por consiguiente, los principios jurídicos del Estado; por el contrario, ella mantenía constantemente el principio revolucionario más radical, la transformación más completa y que, en resumen, todo lo que se consideraba digno de ser conservado, todo eso que los débiles, los cobardes, los conservadores, los burgueses intentaban mantener —el Estado, la familia, el arte y la ciencia profana— había estado siempre en oposición consciente con la idea religiosa, con la Iglesia, cuya tendencia inicial y objetivo invariable era la disolución de las órdenes temporales y la reorganización de la sociedad según el modelo del reino ideal y comunista de Dios.

Settembrini tomó de inmediato la palabra e hizo de ella un buen uso. Tal confusión de la idea revolucionaria, luciferina, con la sublevación general de todos los malos instintos, era deplorable. El espíritu innovador de la Iglesia había consistido, durante siglos, en perseguir por la Inquisición al pensamiento fecundo, estrangularlo, ahogarlo en el humo de las hogueras y hoy se hacía proclamar revolucionaria por sus mensajeros, pretendiendo que su objetivo era reemplazar la libertad, la civilización y la democracia por la dictadura de la plebe y la barbarie. En efecto, había en eso un ejemplo de consecuencia contradictoria, de contradicción consecuente…

Naphta objetó que su contrincante no dejaba de cometer contradicciones análogas. Demócrata, según su opinión, no manifestaba mucha simpatía hacia el pueblo, por el contrario, daba muestras de una pretensión aristocrática censurable al calificar de «plebe» al proletariado universal llamado a una dictadura provisional. Pero cuando se manifestaba demócrata era cuando se enfrentaba con la Iglesia, que era la potencia más noble de la historia de la humanidad, noble en el sentido supremo y más elevado, en el sentido espiritual. Pues el espíritu ascético —si es posible servirse de ese pleonasmo—, el espíritu de la negación y la aniquilación del mundo era la nobleza por excelencia, el espíritu en su estado más puro. No podía ser popular, y por eso la Iglesia había sido siempre en el fondo impopular. Por poco que Settembrini investigase en la literatura de la Edad Media, descubriría la violenta antipatía que el pueblo —el pueblo en el sentido más amplio— sentía respecto al estado eclesiástico. Existían, por ejemplo, ciertas figuras de frailes, imaginados por poetas populares, que habían opuesto de una manera ya muy luterana el vino, las mujeres y las canciones a la idea del asceticismo. Todos los instintos del heroísmo profano, todo el espíritu guerrero y, además, la poesía galante, se habían hallado en conflicto más o menos abierto con la idea religiosa y, por consiguiente, con las jerarquías. Todo eso era el «siglo» y el espíritu plebeyo en comparación con la nobleza espiritual representada por la Iglesia.

Settembrini agradeció a su contrincante que le refrescara la memoria. El monje Ilsan, en el Jardín de las rosas , era en efecto muy sabroso en lo que se refiere al aristocratismo de la tumba, y no era un partidario del reformador alemán al que acababa de aludir. Pero estaba dispuesto a defender con ardor todo el individualismo democrático, que era la base misma de su doctrina, contra toda forma de feudalismo espiritual y acaparamiento de la personalidad.

—¡Eh, eh, un momento! —exclamó, de pronto, Naphta. Su interlocutor quería insinuar que la Iglesia era muy poco demócrata, que no tenía el sentido del valor de la personalidad humana. ¿Y qué hacía con la tan humana ausencia de prejuicios del derecho canónico, que no había exigido más que el pertenecer a la comunidad de la Iglesia y la fidelidad al dogma, mientras el derecho romano había hecho depender del estado de ciudadano el ejercicio del derecho de la posesión, y mientras el derecho germánico lo había unido a la nacionalidad y a la libertad personal? La Iglesia se había liberado de todas las consideraciones sociales y públicas, declarando a los esclavos, a los prisioneros de guerra y a los siervos, capaces para testar y heredar.

—Este aspecto —observó Settembrini, mordazmente— habrá sido mantenido con el secreto pensamiento del diezmo cobrado sobre cada herencia.

Habló luego de demagogia clerical, atribuyó a una potencia desprovista de escrúpulos el hecho de que la Iglesia crease de nuevo a Caronte cuando los dioses se apartaban de ella y afirmó que lo que importaba a la Iglesia era aparentemente la cantidad de alma más que su calidad, o que permitía deducir que se hallaba falta de nobleza espiritual.

¿La Iglesia falta de nobleza? Naphta llamó entonces la atención de Settembrini sobre el aristocratismo inflexible que se inspiraba en el principio de la herencia de las taras, la transmisión de una falta grave a los descendientes que, democráticamente hablando, eran sin embargo inocentes: el oprobio que durante toda su vida pesaba, por ejemplo, sobre los hijos naturales privados de todo derecho.

El italiano le rogó que no insistiese porque sus sentimientos humanos se sublevaban contra tal estado de cosas y, además, porque estaba cansado de los artificios de apologética de su adversario, que reconocía el culto infame y diabólico de la nada que quería ser llamado «espíritu», y pretendía hacer de la impopularidad confesada del principio ascético una cosa legítima y sagrada.

En este momento, Naphta pidió permiso para echarse a reír. ¡Hablar del nihilismo de la Iglesia! ¡Del nihilismo del sistema de gobierno más realista de la historia del mundo! ¿No se había dado cuenta, el señor Settembrini, de ese soplo de ironía humana con que la Iglesia hacía a la carne concesiones incesantes, ocultando bajo una condescendencia comprensiva las últimas consecuencias del principio y dejando reinar el espíritu como una influencia reguladora, sin forzar severamente la naturaleza? ¿No había tampoco oído hablar de ese sutil concepto de la «indulgencia», que se extendía incluso a un sacramento, el del matrimonio, que no era en modo alguno un bien positivo, como los otros sacramentos, sino simplemente una defensa contra el pecado, concedida para moderar los apetitos de los sentidos y la intemperancia, de manera que el principio ascético, el ideal de la castidad, era mantenido sin que se violentase a la carne con un rigor poco diplomático?

El señor Settembrini no podía dejar de protestar contra ese abominable concepto de la «política», contra ese gesto de una indulgencia y una prudencia presuntuosa que pretendía acaparar del espíritu —o lo que era presentado corno tal— obrando, respecto a su contrario culpable políticamente, cuando en realidad no había necesidad alguna de esa indulgencia envenenada. Settembrini protestaba contra la maldita duplicidad de un concepto ontológico que poblaba el universo de demonios. Comenzó a hablar sobre la inocencia de la voluptuosidad —lo que hizo pensar a Hans Castorp en el pequeño desván del humanista con su pupitre, sus sillas de enea y la botella de agua—, mientras Naphta afirmaba que no había voluptuosidad sin pecado, y que la naturaleza tenía motivos para mostrarse inquieta ante el espíritu, definiendo luego la política de la Iglesia y la indulgencia del espíritu como «amor», a fin de refutar el nihilismo del principio ascético. Y Hans Castorp juzgó que la palabra «amor» armonizaba muy mal con la aparición del enjuto y violento Naphta.

Parecía que esas discusiones nunca terminarían. Hans Castorp ya conocía el juego, y nosotros, como él, hemos escuchado para darnos cuenta del aspecto que adquiría una de esas discusiones peripatéticas a la sombra de la «personalidad» que acompañaba a los paseantes, y cómo esa presencia hacía moderar secretamente el debate. La necesidad de tener en cuenta dicha presencia hacía que se apagase la chispa que de vez en cuando brillaba, y que se produjese esa sensación de descorazonamiento que se apodera de nosotros cuando queda interrumpida la corriente eléctrica. Ya no había crepitaciones, chispas, ni corriente; Hans Castorp se daba cuenta de esto con sorpresa y curiosidad.

¡Revolución y conservación…! Y las miradas se fijaban en Peeperkorn. Se le veía andar, menos majestuoso, con el paso indeciso, y el sombrero inclinado sobre la frente. Movía sus gruesos labios desigualmente rasgados y se le oía decir, designando irónicamente a los interlocutores:

—¡Sí, sí, sí! Cerebrum , cerebral, ¿me comprenden? Eso es. Por otra parte, es evidente…

Y la corriente quedaba cortada. Entonces se buscaba otro tema más apasionante. Hablaban del «problema aristocrático», de la popularidad y la nobleza. Pero la chispa no saltaba. Como por arte de magia la conversación adquiría un carácter personal. Hans Castorp veía al compañero de viaje de Clawdia tendido en su cama, bajo la colcha de seda roja, con su camiseta de punto sin cuello, que le daba un aspecto de proletario y a la vez casi imperial y después de algunos sobresaltos el resorte de la disputa se rompía. Negación y culto de la nada por una parte, afirmación eterna y amor del espíritu hacia la vida, por la otra. ¿Dónde quedaba entonces el resorte, la chispa y la corriente eléctrica cuando miraban a Peeperkorn, cosa que ocurría indefectiblemente a causa de una atracción secreta?

Hans Castorp comprobaba que se trataba sencillamente de un misterio. Para su colección de aforismos podía anotar solamente que se trataba de un misterio, y un misterio no se expresa por medio de palabras sencillas.

Sin embargo, para expresar el misterio en cuestión, podía decirse sencillamente que Peeperkorn, con su máscara imperial y cubierta de arrugas, con su boca desfigurada por una mueca amarga, era partidario de los dos bandos, y que estos se anulaban en él cuando se le miraba. ¡Así ocurría con ese estúpido anciano, con ese cerebro soberano! Paralizaba el nervio de la controversia, no embrollaba las cosas como Naphta, ni se mostraba ambiguo. Estaba hecho de una materia positiva, el misterio estaba más allá de la estupidez y la inteligencia; más allá de la antítesis que Settembrini y Naphta evocaban para obtener la alta tensión necesaria a sus objetivos pedagógicos.

La personalidad no era, al parecer, educadora y, sin embargo, ¡qué hallazgo constituía para alguien que viajaba con objeto de educarse! Era extraño observar esa duplicidad de un rey cuando los querellantes hablaban del matrimonio y el pecado, del sacramento y la indulgencia, del pecado y la inocencia de la voluptuosidad, inclinaba la cabeza sobre el pecho, sus labios se entreabrían dolorosamente, la nariz se dilataba, los pliegues de la frente se hacían más profundos, y sus ojos se agrandaban con una pálida mirada de sufrimiento. ¡Era la imagen completa de la amargura!

Y en ese mismo instante, esa cara de mártir se hacía voluptuosa. La inclinación oblicua de la cabeza se hacía maliciosa, los labios todavía abiertos sonreían impúdicamente y el hoyuelo de sibarita, ya observado en otras ocasiones, aparecía en su mejilla. El sacerdote pagano y el danzante estaban allí, y mientras con la cabeza designaba burlonamente hacia la dirección intelectual, se le oía decir:

—¡Toma, toma, toma! ¡Perfectamente! Eso es, efectivamente… cosas nuevas… El sacramento de la voluptuosidad, ¿comprendes?, ¿lo comprenden, verdad?

Sin embargo, como ya hemos dicho, los amigos y los maestros destituidos de Hans Castorp se encontraban todavía en una situación relativamente favorable mientras pudiesen discutir. Se hallaban en su elemento, mientras que el «hombre de gran talla» no estaba en el suyo y no cabía indecisión alguna sobre el papel en que se hallaba en este caso. La situación les era netamente ventajosa cuando no se trataba ya del ingenio, de palabras y de espíritu, sino de cosas terrenales y prácticas, de cuestiones y cosas que ponían a prueba la naturaleza del soberano. Entonces los discutidores eran derrotados, se sumían en la sombra, se convertían en cosas insignificantes, y Peeperkorn tomaba el cetro, determinaba, decidía, ordenaba, delegaba… ¿Es acaso extraño que intentase llevar las cosas por ese camino y salir de la logomaquia? Sin duda sufría cuando ésta se prolongaba, cuando duraba demasiado tiempo. Pero no sufría por vanidad. Hans Castorp estaba seguro de ello. La vanidad no es algo grande y la grandeza no puede por tanto ser vanidosa. No, la sed de realidades palpables que sufría Peeperkorn era debida a otras razones, a su «temor», a su celo, a ese celo y a ese punto de honor que Hans Castorp había invocado en sus conversaciones con Settembrini y que quiso presentar como un rasgo en cierta manera militar.

—Señores —decía el holandés, elevando su mano de capitán con un gesto imperioso—. ¡Bien, señores! Perfecto, muy notable. El ascetismo, la indulgencia, la voluptuosidad… Desearía… ¡Absolutamente! Muy importante. Muy discutible. Pero, permítanme, temo que nos hagamos culpables de un grave… Intentamos escapar. Señores, escapamos de una manera injustificable de los más sagrados… —Y respiraba profundamente—. Ese aire, señores, ese aire anunciador de foehn que respiramos hoy nos penetra con su delicado aroma primaveral, cargado de presentimientos y recuerdos; no deberíamos aspirarlo para luego espirarlo en forma de… Se lo ruego, no deberíamos hacer eso. Es una ofensa. A él sólo queremos consagrar nuestra completa… ¡Clasificado, señores! Para celebrar dignamente sus virtudes, deberíamos con este pecho… Me interrumpo en honor… —Y permanecía de pie un poco retrasado, proyectando la sombra de su sombrero sobre los ojos, y todos seguían su ejemplo—. Llamo su atención hacia esa altura, hacia esa gran altura, hacia ese punto negro de allá arriba, por encima de ese azul extraordinario que tiende al negro… Es un pájaro de presa, un gran pájaro de presa. Señores, y tú, hija mía, ¡es un águila! Llamo decididamente su atención. ¡Miren! No se trata de un buitre. Si ustedes fueran tan cortos de vista como yo a medida que… Sí, seguramente, hija mía, a medida que yo me… Mis cabellos son blancos, es cierto… Ustedes pueden ver, lo mismo que yo, la forma redondeada de las alas. Un águila, señores, un águila imperial. Se cierne sobre nosotros, sin mover las alas a una altura prodigiosa, y sus ojos potentes y penetrantes, bajo las órbitas salientes, seguramente miran… El águila, señores, el pájaro de Júpiter, el rey de su especie, ¡el león de los aires! Tiene un vestido de plumas y un pico de acero curvo en la punta, garfios replegados en el interior. Los de delante forman un cinturon de hierro con los de detrás. ¡Miren! —Y con su mano de capitán, de puntiagudas uñas, intentó representar las garras del águila—. ¡Compadre!, ¿qué miras? —dijo mirando hacia el águila—. Vacíale los ojos con tu pico de acero, desgárrale el vientre a la criatura de Dios… ¡Perfecto! ¡Clasificado! Es preciso que tus garras se enreden en los intestinos y que de tu pico rezume la sangre.

Se hallaba poseído del mayor entusiasmo y todo el interés de los paseantes por las discusiones entre Naphta y Settembrini había desaparecido. Por otra parte, la aparición del águila continuó ejerciendo influencia sobre las decisiones e iniciativas que siguieron bajo la dirección de Peeperkorn. Regresaron, comieron y bebieron a una hora completamente desacostumbrada, pero con un apetito excitado por el recuerdo del águila. Comieron buenos manjares como hacían con frecuencia a instigación de Peeperkorn allí donde se encontraban, en Platz, en Dorf, en una hostería de Glaris o de Kloster donde iban de excursión. Eran consumidos los dones clásicos de la vida bajo las órdenes de Peeperkorn, tomaban café con leche, pan moreno, suculento queso acompañado de una exquisita mantequilla de los Alpes, castañas asadas y vino tinto de Valteli, y todo en abundancia.

Peeperkorn llenaba estas comidas improvisadas de palabras incoherentes e invitaba a Antonio Carlovitch Ferge a hablar; a ese valiente mártir ajeno a todo asunto elevado pero que sabía contar muy instructivamente la fabricación del caucho ruso. Se mezclaban al caucho azufre y otras materias, y entonces se «vulcanizaba» a una temperatura de cien grados. Hablaba también del círculo polar, pues sus viajes de negocios le habían llevado a las regiones árticas, del sol de medianoche y del invierno eterno del Cabo Norte. Allí, afirmaba por debajo de sus bigotes, el vapor le había parecido minúsculo en comparación con las rocas formidables y la extensión gris acero del mar. Zonas de luz amarilla se encendían en el cielo: era la aurora boreal. Y todo eso había parecido mágico a Antonio Carlovitch, el paisaje e incluso él mismo.

Continúa en Capítulo 7 / 5…

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