La montaña mágica: Capítulo 7 / 6 - Thomas Mann
Mynheer Peeperkorn termina
Una cascada es siempre un objetivo de excursión muy atrayente, y es difícil de explicar por que Hans Castorp, que había sentido siempre una afición particular por estos espectáculos, no había visitado todavía la pintoresca y famosa del valle de Fluela. En tiempo de Joachim, los escrúpulos de su primo, que no había venido aquí para divertirse, y que, sin perder jamás el objetivo que se proponía con su estancia en la altura, había limitado su rayo visual a los alrededores inmediatos del Berghof, podían haber sido una excusa. Después de la muerte de Joachim, Hans Castorp había observado, en sus relaciones con la región, la misma uniformidad conservadora, cuyo contraste con sus experiencias íntimas y con sus deberes de «gobierno» no se encontraban faltos de encanto. No obstante, aprobó con vivacidad el proyecto acariciado por el círculo de sus amigos, por esas siete personas, contándole a él, que constituían su círculo habitual, de ir en coche hasta aquel reputado lugar.
Era el mes de mayo, el mes de la felicidad si uno ha de fiarse de lo que dicen las inocentes canciones de la llanura, un mes bastante fresco y sin dulzura en estas cumbres. Sin embargo, al menos podía considerarse como terminado el deshielo. Había nevado últimamente, pero ya no quedaba nada de los gruesos copos; no habían dejado más que un poco de humedad. Las masas compactas del invierno se habían fundido y ya casi no quedaban vestigios. El mundo se cubría de verdor, se hacía practicable y constituía una verdadera tentación para todo espíritu emprendedor.
Además, las relaciones del grupo se habían visto influidas por la enfermedad de su jefe, el magnífico Peeperkorn, cuya fiebre maligna no había querido ceder a los efectos del clima extraordinario ni a los antídotos de un médico tan notable como el consejero Behrens. Tuvo que guardar cama largo tiempo, y no sólo durante los días en que la fiebre cuartana ejercía sus derechos, pues el bazo y el hígado le daban mucho quehacer, según había dicho el consejero, en particular a sus más próximos amigos. El estómago tampoco se hallaba en un estado completamente clásico, y Behrens no dejó de hacer alusión a los peligros de un debilitamiento crónico que incluso una naturaleza potente como la de Peeperkorn podía correr.
Durante esas semanas, Mynheer Peeperkorn no pudo presidir más que un solo festín nocturno, y tuvo que renunciar igualmente a los paseos, exceptuando uno sólo a muy corta distancia.
Por otra parte —dicho entre nosotros—, Hans Castorp sintió, con ese relajamiento de la comunidad, una especie de alivio, pues se encontraba verdaderamente cohibido por haber fraternizado con el compañero de viaje de madame Chauchat. En efecto, en sus conversaciones comunes tenía que hacer las mismas habilidades, los mismos rodeos y evitar ciertas formas, como había hecho antes con Clawdia, eludiendo, por medio de chocantes circunloquios, dirigirse directamente a Peeperkorn todas aquellas veces que no había manera de evitar el «tú». Era el mismo dilema, o un dilema opuesto al que pesaba en sus relaciones con Clawdia en presencia de otras personas, o ante la única presencia de su dueño, que, gracias a la satisfacción que había recibido de él, se había ampliado hasta el punto de cohibirle doblemente.
Como hemos dicho, el proyecto de una excursión a la cascada estaba en el orden del día. Peeperkorn en persona había fijado el itinerario y se encontraba dispuesto a realizar aquella empresa. Era el tercer día después de su acceso de su fiebre cuartana, y Mynheer hizo saber que tenía intención de aprovecharse de ello. No había comparecido en las primeras comidas y, como hacía con frecuencia, se había hecho servir en su habitación en compañía de madame Chauchat. Pero a la hora del desayuno, el portero cojo había transmitido a Hans Castorp la orden de encontrarse dispuesto para el paseo una hora después del almuerzo, y de comunicar esta orden a los señores Ferge y Wehsal, y hacer avisar además a Settembrini y Naphta deque se les pasaría a buscar. También recibió la orden de encargar dos coches para las tres de la tarde.
A esa hora se encontraron ante la puerta del Berghof Hans Castorp, Ferge y Wehsal, y esperaron allí a sus señores distrayéndose en acariciar los caballos que, con sus belfos negros y húmedos, cogían los terrones de azúcar que se les ofrecían en el hueco de la mano. Los compañeros de viaje aparecieron con un pequeño retraso. Peeperkorn, cuya regia cabeza se había alargado un poco, saludó de pie, al lado de Clawdia, quitándose el sombrero blando y redondo, y sus labios articularon un «buenos días» general, aunque imperceptible. Luego cambió un apretón de manos con cada uno de los tres hombres, que se adelantaron al encuentro de la pareja hasta el umbral de la puerta.
—Joven —dijo Mynheer a Hans Castorp, poniéndole la mano izquierda sobre el hombro—. ¿Cómo estás, querido hijo?
—Muy bien, gracias. Espero que todo irá bien.
El sol brillaba. Era un día bello y claro, pero, a pesar de esto, todos llevaban abrigos de entretiempo. Era muy probable que sintieran frío en el coche. Madame Chauchat también traía un grueso abrigo de una tela peluda, a grandes cuadros y cuello de piel. Llevaba en el sombrero un velillo color aceituna, que le caía hasta la barbilla, que le sentaba muy bien, y todos sus compañeros experimentaron una especie de sufrimiento, a excepción de Ferge, que era el único que no estaba enamorado de ella. Y su indiferencia dio por resultado que, en el reparto provisional de asientos hasta que se hubieron unido los invitados que vivían fuera, fuese a él a quien se concediese el lugar en el primer coche, delante de Mynheer y de la señora, mientras Hans Castorp, no sin haber recogido una sonrisa burlona de los labios de Clawdia, subió, con Fernando Wehsal, al segundo coche. La delgaducha persona del criado malayo tomaba parte en la excursión. Había aparecido detrás de sus señores con una cesta muy voluminosa, de la cual asomaban algunos cuellos de botellas, y se había colocado en el asiento delantero del primer coche, con los brazos cruzados, al lado del cochero. Se dio la señal de partida.
Wehsal advirtió también la sonrisa de madame Chauchat y, enseñando sus dientes cariados, habló en estos términos a su compañero de viaje:
—¿Se ha fijado cómo se burla de usted —dijo— porque se ha visto obligado a subir al mismo coche que yo? Cuando uno está enfermo sufre, además, la vergüenza de estarlo. ¿Es que le molesta tanto sentarse a mi lado?
—Por Dios, Wehsal, no hable tan alto, haga el favor —dijo, riñéndole, Hans Castorp—. Las mujeres sonríen por la menor causa, por el placer de sonreír. ¿Por qué se rebaja siempre de este modo? Usted, como todos, tiene sus cualidades y defectos. Por ejemplo, toca muy bien El sueño de una noche de verano , cosa que no está al alcance de todo el mundo. Debería usted tocarlo uno de esos días.
—Sí —contestó el mísero—, usted habla desde lo alto de su grandeza y no se da cuenta de la impertinencia de sus palabras consoladoras, ni de que me humilla aún mucho más hablando así. Le es fácil hablar desde lo alto de su pedestal, pues si hoy está en una situación un poco ridicula, sabe perfectamente que le tocará el turno y ¡ya ha estado usted en el séptimo cielo, Dios mío! Ha sentido sus brazos en su nuca, y todo eso me quema la garganta, y usted considera mis torturas con plena conciencia de las ventajas con que usted se beneficia…
—No es muy noble todo eso que está diciendo, Wehsal. Incluso es repugnante; no es necesario que se lo oculte, puesto que me reprocha que soy impertinente y es muy posible que usted haga todo lo posible por parecer repugnante. Hace todo lo posible para aparecer poco atrayente y no cesa de torturarse.
—¡Terriblemente! —respondió Wehsal, moviendo la cabeza—. No es posible explicar los tormentos que sufro, la sed y el deseo que siento de ella; desearía decir que eso será mi muerte, pero no se puede ni vivir ni morir con ello. Durante su ausencia me sentía mejor, la perdía poco a poco de vista. Pero desde que ha regresado y la tengo cada día ante mis ojos, me siento tan desesperado que me muerdo los brazos, gesticulo en el vacío y no sé que hacer. No debería existir semejante cosa, pero no me atrevo a desear que no exista. Cuando uno siente eso no puede desear que este sentimiento no exista, pues sería abolir la propia vida que está amalgamada con él; ¿de que serviría morir? Después sí, ¡con placer! ¡En sus brazos, con mucho gusto! Pero antes es estúpido, pues la vida es el deseo, es el deseo de vivir, que no puede volverse contra sí mismo, y de esta manera, ¡condenación!, nos hallamos continuamente cogidos. Y cuando digo «condenación» no es más que una manera de hablar, lo digo como si fuese otro, pues yo mismo no puedo pensar. Hay muchas torturas, y el que sufre una tortura quiere verse liberado, lo quiero a todo trance, a toda costa. Pero uno no puede verse liberado de la tortura del deseo carnal más que a condición de satisfacerlo, no hay otro medio, no hay otro camino. Cuando uno no experimenta esto, no puede comprenderlo, pero cuando lo experimenta se comprende a Cristo y las lágrimas fluyen a los ojos. ¡Dios del cielo! ¡Qué cosa más singular que nuestra carne desee de ese modo la carne, sencillamente porque no es nuestra carne y pertenece a otra alma! ¡Qué extraño y, mirando más de cerca, qué poca cosa! Se podría decir: si la carne no desea nada más que eso, ¡séale concedido en el nombre de Dios! ¿Es que quiero derramar su sangre? ¡No quiero más que acariciarla! Castorp, mi querido Castorp, perdóneme que gima de esta manera, pero ¿no podría entregárseme? Hay en esto algo muy elevado, no soy una bestia; a mi manera soy yo, a pesar de todo, un hombre. ¡El deseo de la carne va en todos los sentidos, no está atado, no está fijo, y por eso lo llamamos bestial! Pero cuando se ha fijado sobre una persona humana con un rostro, nuestros labios hablan de amor. No es únicamente su torso lo que yo deseo, o la muñeca de carne de su cuerpo, pues si su rostro fuese de una forma tan sólo un poco diferente cesaría tal vez de desearla toda entera, y se ve claramente que es su alma lo que yo amo con mi alma, ya que el amor hacia un rostro es el amor del alma…
—¿Qué le pasa, Wehsal? ¡Se halla fuera de sí y habla en un tono extraño!
—Pero por otra parte, y aquí está precisamente la desgracia —continuó diciendo el pobre hombre— es precisamente que ella tenga su alma, que sea un ser humano provisto de cuerpo y alma, ya que su alma no quiere saber nada de la mía, y su cuerpo no quiere saber nada del mío. ¡Qué tristeza y qué miseria! ¡Por eso mi deseo está condenado a la vergüenza y mi cuerpo se retuerce eternamente! ¿Por qué no quiere saber nada de mí, ni por el cuerpo ni por el alma? ¿No soy, acaso, un hombre? Un hombre repugnante, ¿no es un hombre? Soy un hombre en la más alta expresión de la palabra, se lo juro. Soy capaz de realizar proezas sin precedentes si ella me abre el remo de las delicias de sus brazos, que son tan bellos porque forman parte del aspecto de su alma. Le daría todas las voluptuosidades del mundo, Castorp, si no se tratase más que de cuerpos y no de almas, si no hubiese su alma maldita que no quiere saber nada de mí, pero sin la cual yo no desearía tal vez todo su cuerpo. Ése es un infierno de todos los diablos y por eso me retuerzo eternamente…
—Wehsal, hable más bajo. El cochero lo oye. Disimula y no vuelve la cabeza, pero sé que nos escucha.
—¡Comprende y escucha, Castorp! ¡Ya está aquí de nuevo la maldita historia con su carácter y sus particularidades! Si hablase de palingenesia, o de… hidrostática no comprendería nada, no escucharía siquiera, no le interesaría nada, pues no sería popular. Pero el asunto más alto, más importante y el más espantoso secreto de nuestra carne y de nuestra alma ha sido planteado y puede burlarse del que se halla cogido y para quien el día es una tortura de voluptuosidad y la noche un infierno de vergüenza. Castorp, mi querido Castorp, ¡déjeme gemir un poco en mis noches! Cada noche sueño con ella. ¡La garganta me quema cuando pienso en ello! Y el sueño termina siempre con arañazos, ella me araña, me escupe a la cara; con el rostro de su alma convulsionado por el asco me escupe, y en ese momento me despierto bañado en sudor, en placer y en vergüenza…
—Vamos, Wehsal, procure calmarse y guardar silencio hasta que algún otro compañero suba a nuestro coche. ¡Se lo ruego, se lo ordeno! No quiero lastimarle y le admito que se encuentra en una difícil situación, pero en nuestro país se cuenta la historia de un individuo que fue castigado de modo que al hablar le salían serpientes y sapos por la boca, y cada palabra era un sapo o una serpiente. La historia no dice cómo pudo salir del apuro, pero yo supongo que fue cerrando la boca.
—Pero hablar es una necesidad humana —dijo Wehsal lastimosamente—, es una necesidad del hombre, mi querido Castorp; es necesario hablar y aliviar el corazón.
—Incluso es un derecho del hombre, Wehsal, si usted quiere. Pero según mi opinión, hay derechos que es mucho mejor no usarlos.
Permanecieron callados, como Hans Castorp había decidido, y llegaron muy pronto a la casa de la parra. Naphta y Settembrini se encontraban ya en la calle, el uno enfundado en su abrigo raído y el otro con un abrigo amarillento. Se cambiaron saludos. Naphta subió al primer coche, sentándose al lado de Ferge, y Settembrini, que estaba de muy buen humor y hacía alegres bromas, se unió a Castorp y a Wehsal. Éste cedió su lugar y Settembrini lo ocupó, adoptando la actitud de un paseante por el corso , una actitud de abandono y distinción.
Settembrini comenzó a celebrar los atractivos del paseo, lo agradable de ir bien sentado contemplando el paisaje cambiante, testimonió a Hans Castorp sentimientos de afecto fraternal y dio golpecitos en la mejilla de Wehsal, invitándole a olvidar su propio ego antipático para contemplar el mundo luminoso que iba señalando con su mano enfundada en un guante usado.
Dieron un excelente paseo. Los caballos, vivos, bien alimentados, de pelo liso y lustroso, trotaban por una excelente carretera que no se había cubierto aún de polvo. Macizos de rocas, entre cuyas junturas crecía la hierba y aparecían algunas flores, pasaban muy cerca de ellos; los postes del telégrafo iban quedando atrás; los bosques se extendían a lo largo de los taludes; la carretera describía curvas graciosas, manteniendo siempre despierta la curiosidad, y cadenas de montañas cubiertas de nieve en algunos puntos, aparecían en la lejanía a pleno sol.
Pronto se perdió de vista el paisaje familiar del valle, y el desplazamiento de la decoración cotidiana producía sobre el alma un efecto confortante. Se detuvieron en el lindero de un bosque. Desde aquel punto los excursionistas debían seguir a pie hasta el final, hasta el lugar pintoresco que ya se comenzaba a columbrar. Todos oyeron un ruido lejano, un rumor, un zumbido.
—Por el momento —dijo Settembrini, que había ido algunas veces hasta aquel lugar—, por el momento el ruido parece bastante tímido, pero cuando se llega allí, sobre todo en esta estación es brutal. No podremos oír nuestras voces.
Penetraron en el bosque por un sendero cubierto de húmeda hierba. Peeperkorn iba delante, apoyado en el brazo de su compañera, el sombrero metido hasta las orejas y andando con paso vacilante; después seguía Hans Castorp, sin sombrero, como todos los demás, con las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada y silbando ligeramente. Luego iban Naphta y Settembrini, después Ferge y Wehsal, y finalmente el criado malayo, que llevaba la cesta de la comida.
Todos hablaban del bosque. Aquel bosque no era como los demás; presentaba un pintoresco aspecto, un aspecto singular, exótico y, sobre todo, lúgubre. Por todas partes aparecía una especie de liquen musgoso de largas barbas unicolores que se agarraban a las ramas de los árboles. No se veía más que guirnaldas de musgo y eso desfiguraba extrañamente el bosque, que ofrecía un aspecto enfermizo y encantado. El bosque no gozaba de salud, sufría una enfermedad llena de lujuria que amenazaba ahogarlo, tal era la opinión general de la pequeña tropa que según avanzaba por el sendero escuchaba el ruido de la cascada que iba aproximándose, un estrépito y un silbido que se convertían, poco a poco, en un verdadero trueno y parecían confirmar la predicción de Settembrini.
Al dar la vuelta por el pequeño camino apareció la garganta rocosa y cubierta de boscaje, atravesada por un puente y a cuyo fondo caía la cascada. Entonces el ruido pareció aumentar; era un estrépito infernal. Las masas de agua caían verticalmcntc desde una altura de siete u ocho metros. Luego el agua iba resbalando entre las rocas, levantando un estruendo incesante en el que parecían mezclarse todos los ruidos y todas las sonoridades posibles: el rumor del trueno, los silbidos, los balidos, los aullidos, la crepitación, el gruñido, el sonar de las campanas. Verdaderamente aquello ensordecía. Los visitantes se habían acercado a la roca y contemplaban el soberbio espectáculo azotados por un soplo húmedo, envueltos en un vaho de agua, con los oídos entumecidos por el ruido. Se miraban mutuamente, se encogían de hombros y sonreían intimidados. Era una catástrofe continua hecha de espuma y ruido, cuyo loco rugir les aturdía, les causaba miedo y provocaba ilusiones del oído. Se creía oír detrás de sí y por todas partes gritos de alarma y amenazas, trompetas y voces rudas de hombre.
Agrupados detrás de Mynheer Peeperkorn —madame Chauchat se encontraba entre los cinco hombres—, contemplaban con él aquella gran oleada. No distinguían el rostro de Peeperkorn, pero vieron cómo descubría su cabeza cana y cómo dilataba su pecho llenándolo de aquel aire fresco. Se comunicaban entre sí por medio de signos y miradas, pues las palabras, incluso las que se pronunciaban junto al oído, quedaban completamente ahogadas por el estruendo del agua. Los labios formulaban frases de sorpresa y admiración, pero no se oían.
Hans Castorp, Settembrini y Ferge convinieron, por medio de señas, escalar la roca y contemplar el agua desde la altura. No era muy fácil de realizar. La subida era dura, por los desiguales escalones, tallados en la roca, que conducían a una especie de estanque superior. Subieron, uno detrás de otro, pusieron el pie sobre la pasarela y, al hallarse a la mitad del puente suspendido por encima de la curva de la cascada, hicieron señales a sus amigos que se hallaban abajo. Luego atravesaron el puente, descendieron con esfuerzo por el otro lado y reaparecieron a los ojos de los que habían quedado más allá del torrente.
La mímica se refirió luego a la comida. Algunos estimaban que convenía alejarse de la zona hirviente a fin de poder disfrutar de una comida al aire libre y no tener que permanecer sordos y mudos, liberándose de una vez de aquel ruido. Se dieron, sin embargo, cuenta de que Peeperkorn no opinaba lo mismo. Meneó la cabeza, señaló repetidamente con el dedo índice el fondo de la garganta y sus labios desgarrados articularon con esfuerzo «aquí». En estas cuestiones de gobierno era el jefe. El peso de su personalidad hubiera decidido la cuestión aunque no hubiese sido, como siempre, el organizador y el iniciador de la empresa. Aquel hombre de gran tamaño había sido siempre tiránico, autocrático y continuaría siéndolo. Mynheer quería comer junto a la cascada, sumido en el ruido del trueno; tal era su capricho soberano y quien no quisiera verse privado de la comida debía quedarse.
La mayoría de ellos estaban descontentos. Settembrini, que vio desaparecer toda posibilidad de relación humana, de charla o de debate democrático y bien articulado, elevó la mano encima de su cabeza en señal de desesperación y resignación. El malayo se apresuró a cumplir las órdenes de su dueño. Trajo dos silletines plegables, que dispuso junto a la roca, para Mynheer y la señora. Luego extendió a sus pies un mantel y comenzó a sacar el contenido de la cesta: tazas, termos, pasteles y vinos. Comenzó la distribución de víveres. Los demás se hallaban sentados en los salientes de las rocas, junto a la balaustrada del puente, con la taza de café en la mano y el plato sobre las rodillas. Y comenzaron a comer en silencio, sumidos en aquel ruido.
Peeperkorn, con el cuello del abrigo levantado y el sombrero en el suelo, bebió en un vaso de plata y lo vació repetidas veces. De pronto, se puso a hablar. ¡Extraño hombre! Era imposible que oyese incluso su propia voz, y los demás, con mucha razón, no podían oír una sola sílaba. Pero elevaba el dedo índice, alargaba el brazo izquierdo, sostenía el vaso en la mano derecha, y se veía su rostro regio movido por las palabras; se veía cómo su boca articulaba vocablos que no tenían sonido como si hubiesen sido pronunciados en un espacio vacío de aire.
Todos pensaban que renunciaría pronto a aquel inútil esfuerzo, pero él continuaba hablando, haciendo con su mano izquierda gestos fascinadores que obligaban a la atención, a pesar del estrépito espantoso, y dirigiendo las miradas de sus ojillos pálidos y fruncidos con esfuerzo a unos y a otros, de manera que el que recibía aquellas miradas se veía a su vez obligado a hacer signos de aprobación con la cabeza, a ponerse la mano junto a la oreja, o a abrir la boca, como intentando remediar de alguna manera aquella desesperada situación. ¡Incluso llegó a ponerse en pie! Con el vaso en la mano, envuelto en su capa de viaje que le llegaba casi a los pies, descubierto, su amplia frente de ídolo rodeada de llamas de cabellos blancos, se apoyaba en la roca y su rostro se animaba con un gesto doctoral juntando la yema de los dedos como para acompañar su brindis mudo y confuso con un signo imperioso de exactitud. Se comprendía por sus gestos y se leían en sus labios ciertas palabras que ya se tenía costumbre de oír de su boca: «perfecto» y «clasificado», nada más. Luego inclinaba la cabeza, una gran amargura desgarraba sus labios y ya no era más que la imagen del dolor. Luego se veía florecer en sus mejillas el hoyuelo picaresco de sibarita, se tenía la ilusión de que danzaba sosteniéndose la capa, y aparecía de nuevo con el impudor sagrado de un sacerdote pagano. Elevó su vaso, le hizo describir un círculo ante los ojos de los invitados y lo vació en dos o tres sorbos. Luego alargando el brazo, dio el vaso al malayo, quien lo tomó inclinándose con una mano sobre el pecho. Después dio la señal de partida.
Todos se inclinaron ante él para darle las gracias y se dispusieron a obedecer sus órdenes. Los que estaban sentados en el suelo se pusieron inmediatamente de pie. El frágil javanés recogió la vajilla. En el mismo orden de marcha en que habían venido siguieron por el sendero húmedo, a través del bosque transfigurado por el liquen, dirigiéndose adonde esperaban los coches.
Esta vez Hans Castorp tomó asiento en el que iban el señor y su compañera. Se hallaba sentado ante la pareja, al lado del excelente Ferge, a quien las cosas elevadas eran completamente extrañas. Casi no se habló nada durante el regreso. Mynheer permanecía con las manos sobre la manta que envolvía sus piernas y las de Clawdia, y tenía la boca abierta. Settembrini y Naphta descendieron antes de que el coche hubiese franqueado la línea férrea y el curso de agua. Wehsal permaneció solo en el segundo coche. Luego se pararon ante la puerta del Berghof.
Durante la noche el sueño de Hans Castorp fue de una ligereza muy particular. ¿Era a consecuencia de una alarma interior de la que su alma no sabía nada, o porque había percibido algo anormal en el habitual silencio nocturno del Berghof? ¿El rumor, apenas sensible en la casa, de un paso lejano había bastado para despertarle sobresaltándole con plena conciencia?
En efecto, se había despertado algún tiempo antes de que llamasen a su puerta, lo que ocurrió poco después de las dos de la madrugada. Contestó al instante, completamente despierto, con toda su energía y su presencia de espíritu. Era la voz alta e insegura de una enfermera que le rogaba, de parte de madame Chauchat, que bajase inmediatamente al primer piso. Contestó que bajaría de inmediato. Saltó de la cama, se vistió rápidamente, rechazó con la mano los cabellos de su frente y bajó sin prisa, pero también sin lentitud, preocupado, no de lo que se trataba, sino de que fuese a aquella hora.
Encontró completamente abierta la puerta del salón de Peeperkorn, lo mismo que la del dormitorio del holandés, en el que estaba encendida la luz. Los dos médicos, la superiora Mylendonk, madame Chauchat y el criado malayo se encontraban allí. Este no iba vestido como de costumbre: vestía una especie de traje nacional, una blusa a anchas rayas, de mangas amplias y largas, una especie de faldellín en vez de pantalones y un bonete cónico de tela amarilla en la cabeza. Llevaba, además, sobre su pecho unos amuletos. Se mantenía inmóvil con los brazos cruzados, a la izquierda de la cabecera de la cama en la que Peeperkorn se hallaba tendido, de espaldas. Hans Castorp contempló, muy pálido, aquella escena. Madame Chauchat le volvía la espalda. Estaba sentada en un sillón bajo, a los pies de la cama, con el codo apoyado, la barbilla en la mano y mirando el rostro de su compañero de viaje.
—B. N. (buenas noches), amigo mío —dijo Behrens, que había hablado a media voz con el doctor Krokovski y la superiora, y se encogió de hombros con aire melancólico, atormentándose con la mano el bigotito. Venía vestido con la blusa de médico, y el estetoscopio asomaba en el bolsillo. Llevaba zapatillas bordadas y cuello bajo.
—No hay nada que hacer —añadió a media voz—. ¡Trabajo fino! Acérquese, pues. Lance sobre eso una mirada inteligente y me concederá que se ha previsto concienzudamente toda intervención médica.
Hans Castorp se acercó a la cama sigilosamente. Los ojos del malayo vigilaban cada uno de sus movimientos y le seguían sin que saliese de su inmovilidad, de manera que se le veía el blanco de los ojos. Por medio de una mirada comprobó que madame Chauchat no se preocupaba de él y permaneció de pie, en su actitud característica, apoyado en una pierna, con las manos juntas sobre el vientre, la cabeza inclinada, sumido en una contemplación respetuosa y pensativa.
Peeperkorn se hallaba tendido sobre la colcha de seda roja, vestido con su camiseta de punto como Hans Castorp le había visto con frecuencia. Sus manos estaban hinchadas y habían adquirido un color azulado, casi negro; lo mismo ocurría en ciertos lugares de su rostro. Esto le desfiguraba sensiblemente, a pesar de que sus rasgos no hubiesen cambiado mucho. El dibujo de su amplia frente de ídolo, rodeada de mechones blancos —cuatro o cinco rizos horizontales que descendían en ángulo recto a los dos lados de las sienes hundidas por la tensión habitual de toda una vida—, se destacaba intensamente por encima de los párpados cerrados. Los labios, con su amargo desgarrón, se hallaban entreabiertos. Su tono azulado denotaba una detención brusca, violenta y apoplética de sus funciones vitales.
Hans Castorp permaneció un instante en recogimiento, interrogándose sobre la situación. Titubeaba en cambiar de actitud, esperando que la «viuda» le dirigiese la palabra. Como no lo hacía, prefirió no molestarla y se volvió hacia el grupo de las otras personas que estaban a su espalda. El consejero hizo un signo de cabeza en la dirección del salón. Hans Castorp le siguió.
—¿Suicidium? —preguntó en voz baja.
—¡Caramba! —exclamó Behrens, con un gesto despreciativo, y añadió—: ¡Y de qué manera! En tono superlativo. ¿Ha visto alguna vez ese objeto de lujo? —preguntó extrayendo del bolsillo de la blusa un estuche de forma irregular del que sacó un pequeño objeto que presentó al joven—. Yo nunca lo había visto, pero vale la pena observarlo. Nunca se sabe bastante. Se trata de una ingeniosidad fantástica. Se lo he quitado de la mano. ¡Cuidado! Si le cae una gota sobre la piel puede quemarse.
Hans Castorp cogió entre sus dedos aquel objeto misterioso. Era de acero, de marfil, de oro, de caucho, y tenía un aspecto muy extraño. Se veían dos puntas de agujas, curvas y muy afiladas, de acero, en la parte media ligeramente onduladas montadas en marfil nielado de oro, y terminando en una especie de pera rígida de caucho.
—¿Qué es eso? —preguntó Hans Castorp.
—Esto —contestó el doctor Behrens— es una jeringa de inyecciones. O, desde otro punto de vista, es un mecanismo que reproduce los dientes de la serpiente de cascabel. ¿Comprende? —añadió al ver que Hans Castorp no separaba los ojos del extraño instrumento—. Aquí están los dientes. No son completamente macizos, se hallan atravesados por un tubo capilar, por un canal muy fino cuyo comienzo puede ver claramente aquí, en la parte de delante, un poco por encima de las puntas. Por supuesto, esos pequeños tubos están igualmente abiertos en el otro extremo y comunican con la pera de caucho que se halla unida a la parte media de marfil. En el momento de la mordedura los dientes se contraen ligeramente, es fácil de comprender, y ejercen sobre el depósito que los alimenta una ligera presión, de manera que en el instante preciso en que las puntas penetran en la carne la dosis es precipitada en la circulación de la sangre. Eso parece muy sencillo, cuando se tiene el objeto ante los ojos, pero era necesario que se le ocurriese a alguien. Sin duda lo fabricaron según sus propias indicaciones.
—Seguramente —convino Hans Castorp.
—La dosis no puede haber sido muy considerable —continuó diciendo el consejero—. La cantidad ha tenido que ser sustituida por…
—El dinamismo… —completó Hans Castorp.
—Si usted quiere. Ya aclararemos de qué se trata. Se puede esperar con una cierta curiosidad el resultado del análisis, eso nos dará sin duda la ocasión de aprender cosas nuevas. ¿Quiere apostar que nuestro exótico personaje, el sirviente que se halla allá dentro, podrá informarnos muy exactamente? Supongo que se trata de una amalgama de venenos animales y vegetales, el fin del fin, pues el efecto ha tenido que ser fulminante. Todo indica que la pócima le cortó inmediatamente la respiración. Comprenda: asfixia rápida y probablemente sin esfuerzo ni dolor.
—¡Dios lo habrá querido así! —dijo Hans Castorp piadosamente, y suspirando devolvió el inquietante instrumento al consejero y volvió al dormitorio.
Únicamente se hallaban en él el malayo y madame Chauchat. Esta vez Clawdia elevó la cabeza hacia el joven cuando éste se acercó de nuevo a la cama.
—Usted tenía derecho a que se le llamase —le dijo.
—Ha sido muy amable —respondió—, tiene razón. Nos tuteábamos. Me avergüenzo hasta el fondo del alma que me costara hacerlo ante la gente y haber recurrido a subterfugios. ¿Se hallaba usted a su lado durante sus últimos instantes?
—El criado me avisó cuando todo había terminado.
—Era un hombre admirable —manifestó Hans Castorp— que experimentaba el desfallecimiento del sentimiento ante la vida como una catástrofe cósmica, como una vergüenza delante de Dios, pues él se consideraba como el órgano nupcial de Dios. Era de una locura regia… Cuando uno está impresionado tiene valor de servirse de expresiones que parecen groseras e impías, pero que son más solemnes que las palabras usuales de recogimiento.
—Es una renunciación —dijo ella—. ¿Estaba al corriente de nuestra locura?
—No pude ocultárselo, Clawdia. Lo adivinó cuando me negué a besarla a usted, delante de él, en la frente. Su presencia en este momento es más simbólica que real, ¿me permite que lo haga ahora?
Con un movimiento breve, ella elevó su frente hacia él con los ojos cerrados, y Hans aproximó los labios. Los ojos castaños del malayo vigilaban la escena, dirigidos hacia ellos, mostrando el blanco de sus córneas.
Continúa en Capítulo 7 / 7…
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