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Implosión

fictograma [Unofficial] May 16, 2026
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Capítulo 24

A pesar de que Susana había apuñalado a su esposa e hija, ahora Gerardo la llevaba de regreso a su casa. La lealtad por encima de todo.

—Aquí está el dinero que le quité a Pancho —dijo Gerardo, extendiendo el fajo de billetes.

Susana lo recibió con brillo en la mirada y una sonrisa incómoda.

Gerardo orilló la patrulla frente al zaguán.

—¿Qué es esto? —preguntó alterada—. ¿Me robaron mi casa? ¿Quién me la quitó? ¿Fuiste tú, verdad? ¡Hijo de puta!

Gerardo no se movió. Sus dedos, como tentáculos de pulpo, apretaban el volante. Ahora solo podía mirar en silencio para no estallar contra ella. Toda la ayuda que le brindó durante muchos años en sus momentos de debilidad había quedado cubierta en la neblina del vicio. Ella puso en riesgo de muerte a su familia y ahora iba a ser premiada.

La puerta del zaguán se abrió. Jensen salió emocionado.

—¡Jen! —gritó ella al abrir la puerta para salir corriendo—. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está mi casa?

—Pasa —dijo él con una sonrisa contenida, acercándose para darle un abrazo. Quizá el primero con iniciativa propia que le había dado en toda su vida.

Susana correspondió al abrazo, pero sin dejar de verlo intensamente, como sospechando que de algún modo hubiera sido desplazada a una realidad paralela. Caminó guiada por Jensen a través del zaguán verde, su color favorito. En el interior del terreno estaba la nueva construcción, con aplanado fino y pintada en diferentes tonos de verde, incluyendo la puerta principal, aunque ese tono era tan oscuro que de lejos parecía negro.

Con falta de aliento y el cuerpo temblando, se abrazó del torso de Jensen. Este abrazo no fue de cordialidad, sino de soporte para evitar caer al pasto que había sustituido la tierra polvorienta.

—¿Qué ha pasado? ¿Jensen, qué ha pasado?

—Nada, mamá. Solo que decidí construirte la casa que te mereces. La que siempre has merecido…

—¿Qué está pasando? —Gritó Susana—. ¿Quién eres? Tú nunca me has llamado “mamá”. ¿Quién eres? ¿Replicaste a mi hijo? ¿Quién eres?

—¡Soy yo, mamá! El mismo de siempre, pero ya sé la verdad. ¡Ahora te creo! Lo sé todo.

Las piernas de Susana se doblaron, sus ojos se cerraron, su cuerpo se encorvó, como si estuviera implosionando sobre el pasto. El llanto desgarró su aliento con tal intensidad que pareció haber volteado su diafragma, impidiéndole respirar y gritar. Era el sonido de algo que se derrumba por dentro, piedra por piedra, antes de que el polvo se asiente.

Jensen quiso levantarla, reanimarla, convencerla, pero todo fue inútil.

—Mi hijo —chilló con dificultad—. Me han quitado a mi hijo.

—¡Mamá! Comprende que podemos comenzar de nuevo.

Pero ella ya no lo escuchaba. El llanto cesó como si alguien hubiera apagado una luz. No gradualmente. Fue un corte seco, el silencio después de un disparo. Susana abrió los ojos, y Jensen supo, antes de que ella dijera nada, que ya no estaba allí. Su mirada se había ido a algún lugar donde él no podía seguirla. Un lugar al que ella había estado viajando durante años, sorbo a sorbo de vino, noche a noche de insomnio, y del que ahora decidía no regresar.

Pero mientras su cuerpo intentaba ponerse de pie para regresar a su forma original, algo no encajaba. Era como si una serpiente que ha mudado la piel intentara introducirse de nuevo en el cascarón vacío.

Vio la casa grande y hermosa, el jardín lleno de flores, el pasto verde donde antes solo había tierra polvorienta. Todo lo que siempre soñó tener. Todo lo que supo que nunca tendría.

—Ellos van a destruir este mundo y tú lo sabes —dijo, y su voz ya no temblaba aunque su mirada permanecía ausente—. Nadie puede evitarlo. Tú eras lo único que me mantenía atada a esta miserable vida. Si ya sabes la verdad, significa que ya eres uno de ellos. Un cómplice. Un esclavo. Sé que eres mi hijo, pero no puedo ser la madre de un traidor. Me avergüenzas. Me deshonras.

Volteó a verlo por última vez. Sus ojos se inundaron de lágrimas, pero su rostro permaneció disociado, como una máscara de sí misma. No dijo adiós. Ya no tenía de quién despedirse.

Dio media vuelta y caminó hacia el zaguán, dejando caer sin ninguna energía los billetes que Gerardo le había dado. No corrió. No huyó de él. Caminó con la certeza de quien ya ha roto las paredes de la caja que la mantenía en incertidumbre, porque ya había decidido su destino.

No quiso levantar la vista. No quería dar la impresión de que buscaba con la mirada las naves que seguramente la observaban. Mantuvo la cabeza agachada, percibiendo el aroma a pintura fresca y viendo el pasto verde que anteriormente había sido símbolo de vida, ahora solo le provocaba repugnancia. Su mensaje era muy íntimo, no tanto un reclamo al creador, sino un lamento, un susurro con un toque de decepción y tristeza.

—Espero que sepas lo que estás haciendo —masculló—. Tantas posibilidades, tanta esperanza. La gente cree en ti, ¿y así les pagas? ¿De verdad vas a permitir que todo se vaya al caño? Supongo que has de tener tantas realidades que no te importa desperdiciar esta. Pero si a ti no te importa, ¿por qué habría de importarme a mí?

Abrió la puerta del zaguán sintiendo asco de la realidad que le había tocado vivir. La patrulla ya no estaba. Vio un camión de mudanzas bajar apresurado sobre el pavimento. Corrió para atravesarse. La cabeza recibió el primer golpe.

Desde el zaguán, Jensen escuchó el chirrido de llantas, vio todo, sintió el silencio, el vacío. Después se desmayó.

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